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lunes, 29 de agosto de 2011

Hugo del Carril - Gilda Manso


Para D.

—El otro día escuché a un cantante, un muchacho. Es nuevo, no lo conocía. No sabés lo bien que canta. No le digas a Roberto porque va a decir que estoy loca y que no entiendo nada, pero para mí canta mejor que Gardel, mirá lo que te digo. Sólo tiene un defecto: es peronista. No me puedo acordar cómo se llama.
—¿Hugo del Carril?
—¡Ése! Hugo del Carril. ¿Lo conocés?
Marina no pudo evitar sonreír, y luego se sintió culpable. No tenía que sonreír. No era gracioso.
Ocurría que Marina no veía dolor en su abuela. El dolor estaba en ella misma, en su mamá, en su tío, en el resto de la familia, pero no en su abuela. Su abuela estaba en un lugar confortable, parecía. Un lugar en donde el cuerpo era joven, Roberto estaba vivo, y Hugo del Carril comenzaba con eso de la inmortalidad.
La madre de Marina lloraba todo el día; su madre no la reconocía. Incluso había días en los que la llamaba Norma, o Susana, o mamá. Su madre la llamaba mamá. Mamá, mirá los aros que me regaló Roberto, y los ojos se le llenaban de pájaros. Soy tu hija, mamá, por Dios, lloraba la mamá de Marina, y Marina quería decirle que no le dijera eso, que simplemente le sonriera y le asegurara que los aros eran hermosos, pero nunca se lo decía; no sabía qué se siente tener una madre sin tiempo, una madre sin fronteras entre el pasado y el presente.
—¿Vos cómo te llamás? Qué lindo pelo tenés.
—Marina.
—Sos rubia. A Roberto le gustan las rubias, espero que no se enamore de vos –decía la abuela de Marina, y reía. Marina también reía, y su cabeza –un huracán—, no entendía en qué momento su abuela se había convertido en una chica de su misma edad. Las arrugas estaban donde siempre, también las canas, el mismo cuerpo viejo, pero Marina miraba los ojos de su abuela y podía ver que ahí había otra cosa, algo más real, por extraño que esto pudiera parecer, y aunque su madre no pudiese percibirlo.
Esa noche, la abuela la llamó.
—Marina, ¿estás ahí?
—Sí.
—¿La otra chica dónde está? La que llora.
—Es mi mamá. Está en la cocina, tomando un té.
—Ah, está bien, está bien. Hace frío.
—¿Necesitás algo?
—Sí. Decile que la quiero. Que la amo. Que no esté triste, que estoy bien. Pero no le digas a Roberto que Hugo del Carril me gusta más que Gardel.
Y sonrió.

viernes, 22 de julio de 2011

Carmen - Gilda Manso


Carmen no usaba bombacha. Los chicos del barrio iban a su casa a jugar a la bolita con su hijo, y Carmen se sentaba en una silla y ellos miraban debajo de su pollera, que siempre era la misma, una pollera gastada y floreada, con flores chiquitas, blancas y amarillas.
Nadie sabía de qué vivía. Tenía un marido que trabajaba aquí y allá, que gastaba las chauchas en caballos, y que nunca estaba. Eran tiempos duros, pero cada vez que la casa se le llenaba de pibes, Carmen compraba una Coca Cola grande y un paquete de galletitas, y convidaba en cantidades iguales. Ése parecía ser su lujo.
Los hombres también sabían que Carmen no usaba bombacha, pero no lo decían. En esa época las cosas no se decían, se murmuraban; hay quien afirma que esos años fueron mejores. Las mujeres, por su parte, murmuraban que sus hombres sabían que Carmen no usaba bombacha, y luego les gritaban a sus hijos que no fueran a su casa nunca más. El grito, como casi siempre, funcionaba peor que el murmullo; los chicos pasaban por la puerta siempre abierta de Carmen y ella los invitaba, vengan, entren, no se van a quedar ahí afuera. Luego compraba Coca Cola y galletitas, y los pibes se quedaban hasta que sus madres tocaban el timbre como quien descarga un martillo sobre el clavo torcido de la pared, ése que más de una vez nos arañó el brazo.

Un lunes por la tarde, los chicos encontraron a Carmen en el suelo del comedor. El hijo, que había entrado con ellos, se empapó las manos con la sangre en el momento de la desesperación. Para entonces, las flores de la pollera ya estaban perdidas en el húmedo fondo rojo.

Sobre la autora: Gilda Manso

viernes, 15 de julio de 2011

Tributo - Gilda Manso



“(…) existe un sentimiento de más profunda fraternidad en quienes llevan nombres iguales, es como imaginamos que se sentirá José cuando se acuerde del otro José. El problema de Dios es ése, nadie tiene el nombre que él tiene” (José Saramago, El Evangelio según Jesucristo).

Le preguntaron cómo la llamaría. María, contestó ella, y miró a su hija recién nacida.
Todas las de su familia se llamaban María. También ella. Era gente muy religiosa, y ése era su modo de homenajear a aquella mujer sagrada; nadie había amado a Jesús como ella, nadie había estado a su lado así, incondicional.
Luego le preguntaron si la nena tendría segundo nombre. Ella dijo que no. Nunca le había gustado el nombre Magdalena.

Gilda Manso

viernes, 24 de junio de 2011

Evolución natural – Gilda Manso


En aquel momento pensé —y sigo pensando— que el destino me eligió por las decisiones que tomé. Por dos decisiones en especial: ser veterinaria y parir en mi casa. La primera me permitiría hacer las cosas de la manera más idónea posible, y la segunda evitaría el escándalo. Eso tuvo en cuenta el destino, o Dios, no sé, cuando determinó que mi hijo sería un mono. Mi hijo nacido de mí, quiero decir. Engendrado por mí y por mi marido.
Cuando Rafael nació, mi marido y la partera se desmayaron. Yo estuve a punto, pero logré mantenerme consciente por mi hijo. Que estaba ahí, recién salido de mi cuerpo, y era un mono. Entonces Rafael se prendió a mi teta y nada más me importó.
Una vez pasada la sorpresa inicial —y fue un inicio que duró mucho tiempo- mi marido y yo debatimos sobre qué debíamos hacer; para empezar, convencer a la partera de que tenía que guardar el secreto: pasara lo que pasara, atraer a la prensa sería algo malo. La partera, por fortuna, también lo entendió así, y juró no decir nada. Nos consta que cumplió: la prensa siguió ocupándose de algún romance famoso e intrascendente, y nadie vino a golpear nuestra puerta. Por otra parte, a los vecinos y a los parientes les dijimos que Rafael nació muerto; no nos costó fingir dolor, ya que llorábamos en serio cuando hablábamos de nuestro hijo fallecido; llorábamos de culpa, y luego colgábamos el teléfono y abrazábamos y besábamos a Rafael, no humano pero vivo.
Rafael se quedaría con nosotros. Eso decidimos. Cuando la gente empezó a preguntar de dónde había salido ese mono, dijimos que había sido abandonado por su madre (culpa, llanto) y que por el momento estaba a mi cargo. Así pasaron un par de años.
Un tiempo después empezamos a notar que había algo que no andaba bien. Rafael era un hijo dulce, inquieto y alegre, pero cada tanto caía en pozos depresivos, cada vez con más frecuencia. Comía poco, dormía mucho, se sentaba frente a la ventana y miraba a lo lejos, y lo lejos era la pared de la casa de enfrente. Y lo peor de todo, lo que más nos destrozaba, era que ni él sabía qué le pasaba. Doler y no saber el motivo convierte al dolor en tortura. Entonces sumé dos más dos, y el resultado fue que Rafael era nuestro hijo pero también era un mono. Mi marido y yo no dudamos: había que hacer un viaje.
Rafael cambió de ánimo apenas llegamos a la selva. Miró a lo lejos y la mirada fue realmente lejana; no le alcanzaban los sentidos para llenarse de cosas. Corrió y gritó de alegría, mordió una fruta que encontró en el suelo, se trepó a un árbol, se cayó, se volvió a trepar. Nunca había visto a mi hijo tan feliz.
Los monos llegaron al rato, convocados por los gritos de Rafael. Él los miró con sorpresa y temor, y luego corrió y se abrazó a mi pierna. Los monos se acercaron con cautela y lo olieron. Rafael, al ver que nada malo pasaba, le tocó la cabeza al más cercano. El mono hizo lo mismo con Rafael. Rafael me miró.
—Andá, nosotros nos quedamos acá —le dije. Rafael soltó mi pierna y siguió a su nueva manada; en el camino se dio vuelta, quería vernos.
—Estamos acá, hijo —agregó mi marido.
Rafael, más tranquilo, se fue con los monos.
Ese día dejamos todo y nos mudamos a la selva.

Sobre la autora: Gilda Manso

sábado, 18 de junio de 2011

Guillermo Juárez, el paciente - Gilda Manso


—Quiero que su mejor médico esté a cargo de todo –le había dicho el hombre de confianza de Guillermo Juárez al director del hospital. La recaída había sido brusca, y el doctor personal de Guillermo Juárez estaba en otro país, demorado en un aeropuerto en huelga por tiempo indeterminado. Guillermo Juárez, entonces y de urgencia, fue internado en el hospital más cercano. El director del hospital tragó saliva y dijo que por supuesto, que contara con ello, que ya mismo se comunicaba con el mejor profesional de su establecimiento y lo ponía al frente del tratamiento de Guillermo Juárez. El doctor Lofredo y el doctor Fernández se presentaron en la oficina del director del hospital. El director les explicó que Guillermo Juárez exigía al mejor médico, y que ellos dos eran los mejores del equipo. El doctor Lofredo fue el primero en hablar.
—Juárez es uno de los mayores hijos de puta de la historia del país. Es uno de los peores torturadores y asesinos que tuvimos, y usted lo sabe. Yo sé que juré tratar de salvar a todos mis pacientes, pero si usted pone a Juárez en mis manos, no me esforzaré demasiado. No sé si me explico. Lofredo se explicaba, y el director lo entendía perfectamente. Fernández también habló. -Coincido con Lofredo, pero yo también juré tratar a todos mis pacientes por igual, juré intentar salvarlos a todos, sin importar lo que hagan o lo que sean, y lo voy a cumplir. El director del hospital asintió en silencio, con la mirada perdida en el suelo o vaya uno a saber dónde. Tenía que elegir a uno de sus dos mejores médicos, y sabía que de su elección dependía, tal vez, la vida ya débil del paciente Guillermo Juárez. El director del hospital, luego de pensar y pensar y sintiendo que hacía algo erróneo, eligió.

Sobre la autora

martes, 14 de junio de 2011

Mendigos - Gilda Manso


Yo mato mendigos. Lo hago desde hace un par de años. Nadie desconfía de mí por dos razones: tengo plata, y los mendigos, cuando conviene, son invisibles. Cuando digo que tengo plata me refiero a que tengo una posición económica privilegiada; soy el nieto del fundador de una de las mayores fábricas del país. Diseño de indumentaria. Mi abuelo se forró, y yo heredé todo. Bah, mi viejo heredó, pero es lo mismo. Yo nunca trabajé. Estudio Comunicación Social para hacer algo, pero no le doy mucha bola. Prefiero jugar al rugby o salir con mis amigos. Me gusta mucho el deporte, soy una persona sana.
Empecé a matar mendigos hace un par de años, te decía. La cosa es que siempre me molestó verlos ahí, en la calle, tirados en los espacios públicos. Eso es algo que me indigna: el mantenimiento de los espacios públicos lo pagamos con nuestros impuestos, y no me interesa ver un mendigo todo roñoso en una plaza. A veces veo que Acción Social va, los sube a una camioneta y los lleva a un comedor o a un albergue para que se bañen. Es el colmo, la gente trabajadora que levantó este país de mierda paga los impuestos y estos crotos comen gratis y duermen en las veredas de todos. Por eso los mato. Porque no soporto las injusticias. Aparte pensá que les hago un favor: tienen una vida terrible, ¿para qué quieren seguir viviendo? Les hago un favor a ellos y al país. Algún día me gustaría hacer algo en política, no sé, ser senador o algo así. Creo que el mundo necesita más gente como yo.

Gilda Manso

sábado, 4 de junio de 2011

Espíritus - Gilda Manso


Mi gato puede ver espíritus. De la nada, de golpe, mira un punto fijo en el aire, corre, salta y atrapa algo que yo no veo.

En las tardecitas de verano subimos a la terraza; yo tomo mate y él juega con algunas de las almas que deambulan por ahí hasta que, cansado, me mira fijo, trota, salta, se acomoda en mis piernas y se duerme tranquilo.

A mí me atrapó hace rato.

martes, 17 de mayo de 2011

Flores - Gilda Manso


De pronto, el aire se llenó con el olor de las flores del árbol que mi abuela tenía en el fondo de su casa. Lo reconocí al instante; era un olor con textura de brea, pesado, que se sentía con la garganta más que con la nariz.
En aquellos veranos, cuando mi abuela vivía y nosotros nos quedábamos a cenar en su casa, el olor de las flores del árbol del fondo llegaba hasta el comedor y nos impedía comer en paz. Demasiado intenso para resultar agradable. Hasta mi abuela, que nunca se quejaba, protestaba por la invasión. Y yo no había sentido ese olor desde que mi abuela murió y tuvimos que vender la casa; yo había olvidado ese olor, esas flores casi insoportables.
-¿Sentís? –me preguntó mi hermano, y entonces me asusté. Si sólo yo olía las flores, cabía la posibilidad de que se tratara de un truco de mi imaginación, que siempre se caracterizó por no padecer el vértigo de las alturas extraordinarias; pero si mi hermano también las sentía, significaba que el olor de las flores de la casa remota de mi abuela muerta era algo real. Real y aquí, en mi casa, donde el olor –por una cuestión de tiempo y espacio- no tenía lógica, a menos que se tratara de una lógica que escapaba a mi entendimiento; tampoco voy a cometer la vanidad de creer que comprendo todo.
Mi hermano y yo salimos a la calle para tratar de localizar el punto de partida del olor de aquellas flores. No intentamos tirarle el salvavidas de la excusa a nuestra racionalidad: será un perfume similar, nos habrá parecido pero no. Mi abuela decía que todos los sentidos pueden ser estafados, excepto el olfato; eso que olíamos, entonces, era el olor de las flores que ya no estaban y que nunca estuvieron ahí. De más está decir que no encontramos nada, el olor era omnipresente y, como antaño, casi tangible.
De a poco nos fuimos acostumbrando. Mi hermano y yo seguíamos con nuestras vidas, y el olor nos molestaba cada vez menos. No es que hubiera menguado su poder sino que nos habíamos acostumbrado a él. No hay narcótico más eficaz que la costumbre.
Un día de esos, entré a la pieza de mi hermano a buscar las llaves del auto. Yo no entraba en su pieza desde la muerte de mi abuela: mi hermano insistía en guardar la caja con sus cenizas en la mesa de luz, y eso era algo que yo no podía aguantar. No podía ver la caja, no podía concebirla hecha cenizas. Mi temeraria imaginación tenía su talón de Aquiles. Ese día, sin embargo, no esperé a que llegara mi hermano para pedirle las llaves. Ese día entré. Las llaves estaban en la mesa de luz, al lado de la caja. Respiré hondo, respiré hondo de verdad, y el olor de las flores –que nunca se había ido- volvió con toda su potencia, volvió a mi garganta, se hizo bola de llanto y estalló, fuerte y poderoso como había entrado. Miré la caja de cenizas, la miré fijo por primera vez en mi vida y sentí que ahí —ahí— no había nadie.


Gilda Manso

jueves, 7 de abril de 2011

Fortaleza - Gilda Manso


La mujer se secó los ojos con la mano. El hombre sentado frente a ella la miraba de a ratos, y de a ratos miraba el suelo.
-No te entiendo –dijo ella-, no te entiendo. No sé qué hacer con vos.
Él buscó las palabras exactas, aún cuando percibía que, en esa situación, ninguna lo era.
-Yo te quiero. Sabés que te quiero. Eso no va a cambiar. Pero necesito irme ahora, también lo sabés. Vos sos fuerte. Eso me gusta de vos, que sos fuerte. Con vos estoy en paz, Lu.
Ella lo contempló con desesperación.
-¿Vos no te das cuenta de lo espléndido que sos? Cuando te agarran esos ataques de autoestima por el piso no sé qué hacer, te juro. Sos un hombre maravilloso, metételo en la cabeza, por Dios. No es necesario que vayas a probarlo a ningún lado.
Él sonrió, empañado.
-¿Ves que sos fuerte? Te quiero tanto, Lu, tanto.
-¿Te quedás conmigo?
-No puedo. Perdoname, pero no puedo.
-¡Me querés pero te vas a buscar a otra menos fuerte! ¡Una imbécil que necesite a esa mierda en la que te convertís! Yo te necesito a vos. Necesito al que sos de verdad.
Una vez más, frente a la mirada sangrante de Luisa, Clark Kent eligió transformarse en Súperman y, también ahogado en lágrimas, se fue a rescatar a alguna dama que, obnubilada por el superhéroe, no viera ni amara ni odiara ni conociera al hombre.

Gilda Manso

domingo, 20 de marzo de 2011

Yo soy solo - Gilda Manso


Cuando el viejo le preguntó si era verdad lo que se decía de esa casa, el vendedor creyó que la operación estaba, otra vez, perdida.
-¿Qué cosa, señor?
El viejo sonrió con vergüenza.
-Ya sabe, dicen que acá hubo un asesinato. Un asesinato y un suicidio. Que el dueño mató a la mujer y luego se suicidó.
El vendedor no podía mentir. Quería, pero no podía; por contrato no podía. Exagerar o minimizar la verdad, sí. Mentir, no. Por los juicios y esas cosas.
-Ah, eso. Sí, es verdad, pero fue hace mucho tiempo, nueve o diez años.
De ese modo, el vendedor dijo la verdad al tiempo que ocultó que debido a esas muertes la casa era la figurita imposible, la vivienda que la inmobiliaria no sabía cómo sacarse de encima. Nadie quería comprar la casa de los muertos.
-Además –continuó el vendedor, en un tono que pretendía ser jocoso- usted ya no cree en los fantasmas, ¿no?
-No, m’hijo, no. Y yo soy solo, no tengo hijos ni nietos que se puedan asustar.
-Perfecto. ¿Entonces firmamos el contrato? ¿Se queda con la casa?
-Sí, m’hijo, firmamos, firmamos.
El vendedor se frotó las manos sin poder evitarlo, y el viejo firmó y se quedó con la llave.
Unos días después finalizó la modesta mudanza. Cuando los hombres del flete se fueron, el viejo se dejó caer en una silla, agotado. Tal vez fuera porque los ambientes eran grandes; la cuestión era que en ese nuevo lugar el silencio resultaba aún más fiero que en su vieja casa.
Desde donde estaba se veía la cocina; le habían dicho que fue en la cocina donde el anterior dueño de la casa mató a su mujer y luego se pegó un tiro. El viejo se inclinó un poco; así llegaba a ver la heladera y una hornalla.
-Por mí no se preocupen, ¿eh? A mí no me molestan, vengan cuando quieran, en serio. Yo soy solo.

sábado, 12 de marzo de 2011

Simbiosis - Gilda Manso


Muchos pensaban que el hecho de que el boxeador quisiera ser dragón era un problema. Lo pensaban y con razón, ya que el boxeador quería ser dragón en todo momento: cuando se levantaba de dormir, cuando se pesaba frente a los fotógrafos, cuando iba a buscar a sus hijos a la escuela, y también ahí, sobre el ring, mientras el rival le destrozaba la cara sin encontrar resistencia, ya que el boxeador no quería ser boxeador sino dragón.
Mientras el rival le destrozaba la cara, el boxeador volaba. Era el protagonista de alguna mitología remota, y quemaba ciudades enteras con el fuego que lo habitaba.

Un edificio imponente se alzaba ante él. El dragón tomó aire y despidió una llamarada incuestionable. El rival estaba en el suelo, noqueado. Mientras la multitud gritaba su asombro, el boxeador se sintió orgulloso del incendio.

viernes, 4 de marzo de 2011

Setenta y uno - Gilda Manso


El hombre se desperezó con lentitud. El intento de dormir una siesta no funcionó; la cintura le dolía cada vez más. Es normal, pensó, hay mucha humedad. Se miró al espejo; le gustaba cómo le habían cortado el pelo.
—Papá, ¿tomaste la pastilla para la presión?
—No la necesito, mi amor.
—Papá…
—No la necesito. Si te tranquiliza, la tomo, pero no la necesito.
—Me tranquiliza. Tomala.
El hombre sonrió y obedeció. Luego se volvió a mirar al espejo.
—Andrea, ¿me quedan bien estos pantalones?
—Sí, claro. Son más o menos parecidos a los que usás siempre. ¿Pasa algo?
—No, nada. El jueves es mi cumpleaños.
Esta vez fue Andrea quien sonrió.
—Ya sé, papá. Setenta y uno. ¿Es eso lo que te pasa?
—No me pasa nada, hija. ¿Estuviste afuera? ¿Hay mucha gente?
—Muchísima. Como siempre, o como nunca, no sé.
Se abrió la puerta y entró el encargado.
—Che, es la hora. Vamos.
Andrea abrazó a su padre. Él se miró al espejo por última vez, sacudió la melena leonina, subió el cierre de sus pantalones de cuero, agarró la guitarra eléctrica, y salió al escenario.

La gente quería rock.

Gilda Manso

sábado, 26 de febrero de 2011

Bastardo - Gilda Manso


El patrón estacionó la camioneta al final de la entrada de su estancia. A su lado, su hijo mantenía el ceño fruncido; no le interesaba el campo, era puro barro, hedor a animales y ahora, en verano y allá afuera, un calor inverosímil. No entendía cómo los peones podían trabajar en el pastoreo y la cosecha día tras día, bajo el sol o la lluvia, con los mosquitos y la bosta. No lo entendía ni le importaba; el hijo del patrón sólo quería vivir bien, y vivir bien significaba vivir en la ciudad, en su departamento ubicado en la calle más exclusiva, cerca de los lugares de moda, de elite, de esa elite a la que él pertenecía por ser el hijo de un hombre de plata. Que su padre hubiera hecho plata con el campo era algo que a él tampoco le importaba. La plata estaba, y punto; ¿para qué iba a perder tiempo y energía en ese lugar que tanto asco le daba? Cada vez que su padre lo llevaba a recorrer los sembrados terminaba con los pantalones manchados con algo: fruta, verdura, barro. Algún día todo esto va a ser tuyo, aprendé a amarlo, le decía el patrón y le mostraba, orgulloso, la nueva cría de una vaca que olía como el infierno o un viñedo igual a cualquier viñedo. El hijo del patrón decía que sí, mientras pensaba que cuando todo eso fuera suyo, lo vendería sin dudar al mejor postor.
Bajaron de la camioneta, el patrón con una sonrisa en la mirada y el hijo con ganas de irse de allí. Uno de los peones se acercó, secándose la cara con el dorso de una mano.
-Buen día, patrón.
-¡Ramón querido! Me dijo José que fuiste vos el que apagó el fuego en el gallinero. Me salvaste las gallinas, Ramoncito. Che, Ignacio, ayer se incendió el gallinero, y Ramón lo vio a tiempo y apagó el fuego.
El hijo del patrón gruñó como toda respuesta. Tras unos segundos estáticos, el patrón se llevó al peón a un costado; el hijo ni lo notó.
-¿Cómo está tu mamá? ¿Le alcanzó la plata? Decime la verdad, Ramón.
-Está bien, ya está bien. Sí, alcanzó, no se preocupe.
El patrón lo miró profundo.
-Bueno. Decile que antes de irme paso a verla. ¡Ignacio, vamos adentro! Tengo hambre.
El hijo del patrón comenzó a caminar hacia la casa. Ramón lo miró, murmuró algo que nadie escuchó, y siguió trabajando.

sábado, 12 de febrero de 2011

Terciopelo pétreo magenta - Gilda Manso


“Su pasividad no era la de un héroe en retiro sino la de un cataclismo en reposo” (Gabriel García Márquez).

El crimen había ocurrido hacía ya un tiempo, y cuando él entró en la cárcel, se le antojó un infierno excesivo. Si tenía razón o si se trataba de un castigo justo, nunca se sabrá; nadie estuvo en su piel, e ignoramos cuál fue el crimen.
Siempre supo que la cárcel, en la mayoría de los casos, se encargaba de agrandar y perpetuar lo corrupto, lo podrido dentro de cada recluso. Sólo una afortunada y pequeñísima minoría salía de allí con ganas de ser algo mejor, con confianza en el mundo, en nuevas oportunidades y, principalmente, en la propia capacidad para cambiar. Y él, que no tenía nada mejor por hacer, se propuso formar parte de esa minoría. Claro que nunca dependemos totalmente de nosotros; la influencia externa es constante e interminable, y si resulta difícil que una persona dueña de su libertad se mantenga firme en su meta como si el resto del mundo y sus propias metas no pusieran piedras en el camino, más difícil le resulta a una persona cuyo horizonte más lejano es una pared con un guardia armado.
Una tarde, luego de recibir una golpiza tremenda, él se dio cuenta de que ni siquiera su cuerpo le pertenecía. Presos y carceleros tenían acceso a su cuerpo, y él pensó, con tristeza peligrosa, que toda batalla estaba perdida. Mientras descansaba en su catre y trataba de idear un método para salvar no ya su futuro sino su vida inmediata, un pensamiento lo llevó a otro y recordó, de golpe, un cuento que le contaba su abuela en un pasado –hasta el momento- inalcanzable. El cuento decía que había un hombre condenado a muerte, y había un rey que podía salvarlo con sólo una orden. El pueblo pedía piedad, y el rey, firme, decidió enviar un rápido y conciso mensaje al verdugo: “Perdonar es imposible, que se cumpla la condena”. Pero el mensajero, que quería salvar al hombre condenado a muerte, tuvo la temeraria osadía de modificar el mensaje; cuando el mensajero le entregó al verdugo la carta del rey, ésta decía: “Perdonar, es imposible que se cumpla la condena”. Y el condenado salvó su vida gracias a una coma.
Nuestro preso tuvo, entonces, una revelación: sí había una parte suya que podía proteger. Y si la protegía bien, si creaba murallas a su alrededor, su futuro no estaba perdido. Nuestro preso pidió libros, y pidió lápices y papeles. Se lo concedieron, porque qué gran peligro podía suponer un lápiz y un papel. Lo vigilaron, claro, no fuera a ser que el preso utilizara aquello para enviar mensajes subversivos a otras celdas, pero no. Él pasaba su tiempo leyendo como quien se alimenta, y escribiendo como quien respira luego de haber pasado mucho tiempo con la cabeza bajo el agua. Escribía cuentos y poemas, y estaba demasiado ocupado para crear problemas.
Un día, un carcelero más sagaz que los demás descubrió en los cuentos y en los poemas un latido de libertad. El carcelero pensó –se enteró- que ese preso no era como los demás, y eso no era bueno. El carcelero ordenó quitar libros, lápices y papeles y, por las dudas, moler a golpes a la oveja negra.
Pero nuestro preso sabía algo que el carcelero ignoraba: para quien escribe de verdad, para quien domina las palabras de verdad, lápiz y papel son accesorios; claro que hubiera dado su brazo torpe a cambio de recuperarlos, pero entendía que se trataba de una guerra. Y a esta altura, la muralla ya estaba creada; nuestro preso tenía una colección de palabras más resistentes que el acero, y mientras algunos presos rezaban el Padrenuestro, él murmuraba terciopelo pétreo magenta frondoso ocaso temple leonino salero duna claroscuro catalán laberinto golondrina cobijo escarabajo fantoche jabalina guinda valkiria bronce sombra mazorca nativo chimenea liturgia, y lo hacía una y otra vez, en voz baja, en casi silencio, sin parar, con constancia, como quien coloca ladrillos, invoca a los dioses o planea una revolución.

Ilustración: M15 (detalle) Marco Maiulini. http://www.flickr.com/photos/marcomaiulini Todos los derechos reservados. Reproducido por gentileza del autor.

domingo, 23 de enero de 2011

Niña esdrújula - Gilda Manso


Si las etapas de la vida se pueden dividir en pasado, presente y futuro, y al hecho de darle importancia a determinada cosa le llamamos “poner el acento en”, se puede decir que Kika era una niña esdrújula. Para mayor precisión: Kika vivía en el pasado. Lejos estaba ella de sufrir los problemas de sus amigas; Mariana cargaba sobre sus pequeños hombros la tangible gravedad de un presente abrumador, mientras que Lucía vivía agudizando la percepción para ver si así lograba adivinar el futuro. Claro que Kika tenía sus propios dramas. Eran dramas que ya no existían. Ya habían sido. Kika sufría pensando en el momento en que su mamá la dejara en la puerta del jardín de infantes, y no se daba cuenta de que ya estaba en tercer grado. Kika sentía terror cada vez que debía pasar por la puerta de la casa de Doña Matilde, porque el perro de Doña Matilde –que había muerto de viejo hacía un par de años- podía morderla. La vida de Kika consistía en repetir una y otra vez dolores reales pero inexistentes, por extraño que eso parezca. Una madrugada, Kika puso el acento con trazo grueso. Corrió a la cama de su mamá y le dijo: “Dale, mamá, despertate. Voy a nacer”. El acento, esa vez, se asemejó a un prometedor punto final.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Qué pasó en realidad (3) - Gilda Manso


Le decían “El flautista”; el apodo se debía a su arma, un escopetín delgado pero temible, que llevaba siempre consigo. Supo ser guerrero feroz, luchando para el bando que más le conviniese.
Ese día se presentó ante el gobernador.
-Me dijeron que tiene un problemita con unos inmigrantes. Puedo encargarme de ellos por una buena suma de dinero.
El gobernador no dudó; los inmigrantes eran como ratas, llegaban de otros países, se instalaban en baldíos y arrasaban con todo. Y la gente se quejaba. La gente no lo reelegiría a menos que lograra detener a esos bastardos despatriados. Entonces le prometió a El flautista una buena recompensa y dejó todo en sus manos.
El flautista fue baldío por baldío, escopetín en mano y munición de sobra. La masacre fue asquerosa. Luego se dirigió a la oficina del gobernador y reclamó su dinero. El gobernador quiso darle la mitad. El flautista no aceptó. El gobernador dijo que nunca habían hablado de un precio exacto, y que si sabía que pediría tanto, habría dicho que no. El flautista contestó que los inmigrantes ya estaban muertos o gravemente heridos. El gobernador le ordenó que saliera de su oficina de inmediato.
El flautista salió a la calle: si él no había dicho qué precio tenía su trabajo, el gobernador no había dicho a cuáles inmigrantes había que matar. Tampoco había dicho que debía indultar a los nativos (pero) descendientes de los viejos inmigrantes. El flautista recargó su escopetín y le disparó en la cabeza a cada persona que no tuviera rasgos aborígenes. Y lo hizo hasta que recordó que el abuelo del gobernador había sido polaco.
El flautista, entonces, guardó una bala.

Gilda Manso

martes, 28 de diciembre de 2010

Qué pasó en realidad (2) - Gilda Manso


La mujer de su padre notaba que ella, al crecer, se convertía en una chica hermosa. La mujer de su padre, por celos, perversidad, o vaya uno a saber qué, no podía tolerarlo; la sangre le hervía al ver a su hijastra linda, graciosa, querida (además, querida), inteligente, buena persona.
La mujer, entonces, decidió destruir la luz.
-¿Ves que no servís para nada? Quién te va a querer a vos. Fea, boluda y torpe, sos. Tu papá no te quiere, te tiene lástima. No, no me mires así, es la verdad. Ahora salís con que querés ser guardabosques. No me hagas reír, por favor. Guardabosques, con lo estúpida que sos. Lo más probable es que incendies medio bosque o mates a un venado. ¡O que te coma un jabalí! Aunque ahí nos harías un favor, a tu padre y a mí. Tomá este vestido, levantale el dobladillo, que es para lo único que servís.
Uno puede pensar que la chica era estúpida en serio; que uno, en su lugar, le pondría los puntos a esa hija de puta, pero la cosa era así día tras día, año tras año, hasta que la autoestima de la chica llegó a valer nada. O casi nada, porque en vez de suicidarse, la chica –o su inconsciente, sabio inconsciente- optó por aislar la mente. La madrastra la trataba mal, y la chica parecía no escucharla. Parecía de verdad tonta, o parecía dormida. Con los ojos abiertos, pero dormida. Allá, muy adentro, dormida.
Pasó el tiempo, como siempre. La chica se volvía cada vez más bella, cada vez más encerrada, cada vez más durmiente. Lo único que hacía era coser; la madrastra le traía trabajo y cobraba la plata que le correspondía a la chica.
-¿Para qué querés plata, si no sabés ni salir a la calle? Salís de casa y te perdés, seguro.
Un día (siempre hay un día) ella sintió dolor. Se clavó una aguja y le dolió. Un dolor mínimo para la mayoría, pero ella, tengamos en cuenta, estaba dormida. Y el dolor a veces no es sólo dolor; el dolor a veces es como un despertador que suena a las seis de la mañana, o como una señal de que hay algo fuera de lugar. Y mientras ella se chupaba el dedo, recordó –como un cross a la mandíbula- a su mamá hablándole; ella era muy chiquita, y su mamá le decía qué linda nena sos, qué inteligente; te amamos, Aurora. Y las palabras del recuerdo se insertaron en ella como si fueran bendiciones de hada madrina, y entonces sintió terror, porque se vio despierta. Luego vino la certeza de que necesitaba ayuda, pero que nadie vendría a rescatarla; en primer lugar, porque casi nadie sabía de su existencia, y en segundo lugar, porque ella no estaba cautiva.
Y pensó que no sabía si podría ser, algún día, guardabosques; de verdad no sabía cómo se cuida un bosque. También pensó que así nunca iba a saberlo, porque esa casa no era un bosque.
Entonces, como primera acción de su flamante vigilia, salió a la calle.

Ilustración: "Textura sin querer" de Saurio (en formato modificado)

lunes, 29 de noviembre de 2010

La piña prohibida - Gilda Manso


El Tanque Alonso, el mejor peso pesado de su generación, con tres victorias, dos empates y ninguna derrota, llegó a su casa y vio a su mamá con —otra vez— un ojo morado y la boca cortada; un hilo de sangre corría por su mentón y llegaba al cuello. A su lado, el marido de la madre del Tanque Alonso tomaba mate.
—Acordate, pibe: tenés la piña prohibida. No me podés lastimar —dijo el tipo, con sorna.
El Tanque Alonso sacó el revólver que guardaba en su bolso y lo descargó sobre el pecho del marido de su mamá, mientras pensaba que si tenía que ir preso, que fuera, al menos, por algo definitivo.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Ruido - Gilda Manso


“Y con tanto ruido no escucharon el final”
Joaquín Sabina

Ella tiene una agenda muy escrita y muchas cosas sobre el tocador con espejo de su habitación. Perfumes, maquillajes, aros, anillos, adornos para el pelo, cremas humectantes (de vainilla, de miel, de jazmín, de canela, de coco, de rosa mosqueta), pestañas postizas, uñas postizas, lunares postizos, lentes de contacto verdes, azules y violeta; le encantaría que se inventaran los ojos postizos y la sonrisas postizas. Ella practica y usa todo eso cada vez que tiene un rato libre, para no tener un rato libre.
Él tiene una agenda muy escrita y cinco o seis pasatiempos. Dos trabajos y va por el tercero, los fines de semana. Él es muy querido, y tiene muchos amigos. Quiere tener más amigos, para poder pasar con ellos el poco tiempo libre que tiene, para no tener tiempo libre.
Porque es peligroso el tiempo libre: puede obligarlos a estar juntos y solos cinco minutos más de lo que se tarda en apagar la lámpara de la mesa de luz y decir buenas noches, mi amor, hasta mañana.

Gilda Manso