sábado, 1 de octubre de 2011

Creador de universos - Daniel Antokoletz


Con suavidad, la nave se acerca al puerto de control y, en segundos, se integra en el Orbitus, el sincrotón más grande y poderoso de la historia. Eso pone verdaderamente nervioso a 491519; al fin le dieron turno para poder utilizar el Orbitus.
El acelerador de partículas abarca una órbita completa de veinte tercs luz y gira alrededor de la enana blanca Paraíso, alimentándose de su energía
—Ingeniero 491519 —dice el examinador vestido de espuma verde—. Tiene veinte tercs, ni uno más ni uno menos, para utilizar el sincro. Aproveche el tiempo. Si necesita más, debe solicitar un nuevo turno. —491519 mira aterrado al examinador. Sabe que si tiene que pedir otro turno, puede esperar varios anuks, quizás un tercio de su propia vida. Y quiere tener su doctorado ya.
El examinador se para detrás de 491519 y observa cómo opera los controles. En su mano tiene la hoja electrónica con la tesis del ingeniero.
—¿Tiene idea de que lo que intenta probar es pura especulación?
—No señor, se basa en las teorías de Rok-Hem. El impacto de las subpartículas con ángulos y spines predeterminados por los cálculos y que colisionen a velocidades de veinte a veintidós cuarnets, darían como resultado un universo complejo estable por varios mili tercs. Y ese universo poseería una estructura dada por las distintas expresiones de una única ley endécimodimensional.
—Las probabilidades son muy bajas —sentencia el examinador—. En mi opinión esta tesis es toda una estupidez. —Sacude el papel electrónico—. Crear universos estables... ¿Quién puede creerse semejante tontería?
—Si procedo con cautela, puedo intentar dos, con mucha suerte tres colisiones.
El ingeniero se concentra en los cálculos y activa el generador. Se produce un suave zumbido. El aumento de frecuencia indica que los superconductores se cargan. Puede imaginar el recorrido de las subpartículas saliendo del emisor y, acelerando de manera vertiginosa, girar por los anillos alrededor de la enana blanca diez veces antes de estrellarse una contra otra en el colisionador.
Los números se suceden en los medidores y la cuenta regresiva llega a cero. Los superconductores se descargan.
Tanto el ingeniero como el examinador, se acercan a la consola del analizador de micropartículas: en efecto, un universo se había creado, aunque duró apenas un par de nano tercs.
—El orden de nano tercs …—dice el examinador—. No podemos considerar que eso sea un universo estable. Según los datos fue un universo levemente complejo. Cuatro o cinco átomos de diversidad como mucho. Inténtelo de nuevo.
El ingeniero verifica nuevamente los cálculos y observa que no manipuló los controles con la precisión necesaria. Necesitaba más energía. En su ansiedad, descargó demasiado rápido. Aspira profundo y trata de calmarse. Pasan doce tercs. Sólo le queda tiempo para un último intento.
—491519 —lo apura el examinador—, ¿se encuentra bien? ¿Va a intentarlo de nuevo, o deja de hacernos perder el tiempo?
—Todavía me quedan suficientes tercs.
Se concentra en los controles. Pasa sus dedos por la consola de configuración cambiando parámetros y ángulos. Los superconductores comienzan su canto monótono.
Esta vez, el ingeniero se toma su tiempo. Una señal de alarma titila frente a sus ojos. Pero él no le presta atención. El examinador lo mira preocupado. Levanta la mano y la pone sobre el pulsador de emergencia que descargará toda la energía acumulada al hiperespacio, antes que se destruya el anillo.
—Aguarde un momento —le pide el ingeniero—. Aún tenemos margen de seguridad. Necesito de toda la energía que pueda entregar Orbitus.
El examinador no le responde. La mano sigue, ominosa, sobre el pulsador de seguridad. Si el sistema se sobrecargara, la enana blanca podría convertirse en una nova. Y destruir todo a miles de tercs luz. Mira al ingeniero, mira los medidores y aguarda.
El ingeniero observa la cuenta regresiva del ordenador, y dispara rápidas miradas sobre el hombro observando el examinador. Sabe que si demora demasiado, el otro desactivará el sincrotón y su doctorado se irá al traste. Al menos por mucho tiempo.
El contador llega a cero y los superconductores se descargan. El ingeniero espera estático sobre los controles mientras el examinador observa los sensores.
—Ingeniero, obtuvo un universo bastante estable: ¡Diez mili tercs!
—¿Qué complejidad? —pregunta el ingeniero aún sin atreverse a mirar su creación.
El examinador no le responde. Atentamente observa la impresionante cantidad de información que captaron los sensores dentro del universo. El ingeniero observa al examinador. Sus atributos físicos tiemblan visiblemente.
—Hubo expansión temporal —dice el examinador—, lo que para nosotros fueron apenas diez militercs, dentro de su universo pasaron ¡cien mil millones de anuks! La complejidad de ese universo fue casi máxima. Ciento treinta especies de átomos estables diferentes... —El ingeniero le arranca la tableta electrónica de la mano y mira los datos que aún siguen transmitiendo los sensores amenazando con saturar la memoria de la máquina—. Y obtuvo desarrollo de especies biológicas. Cuatrocientas civilizaciones. Y varias de ellas tuvieron conciencia de su creador.
El ingeniero está excitadísimo, su éxito fue rotundo y, sin duda, ha logrado su doctorado.
—491519 —dice el examinador—, dado que ha aprobado la tesis, dígame su nombre para asentarlo en las actas.
—Dios. Soy el ingeniero Dios.
—Bien, a partir de ahora es el Doctor Ingeniero Dios, y se lo conocerá como el Creador de Universos.

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