martes, 4 de octubre de 2011

Adán y Eva - Fernando Puga


Los árboles, los gorriones, las flores diminutas de la enredadera que se adivinan entre las ramas del ficus. El frío, el intenso frío, el frío polar a contramano del fuego que inunda la habitación. La ventana, el cielo, la luz irrefrenable del sol que asoma en los resquicios y baña la cara del amor entre las sábanas. Las manos, los labios, la curva sensual de las caderas. El movimiento de los cuerpos que despiertan, se estiran y vuelven a la carga. Una pausa, breve, apenas un instante. Ella se levanta, va hacia la ventana. A contraluz se recorta la figura desnuda. Pasean los ojos entre ramas, pájaros y flores hasta detenerse en la melodiosa calma de las nubes que demoran apenas los rayos de sol. Él la contempla y la sola imagen lo regresa al deseo, lo saca de la cama, lo abraza a esa espalda que se eriza y que es una playa en primavera salpicada por olas bravías que la extienden y la ondulan hasta dejarla serena, humedecida, pintada de blancura y de sudor.
Es el tercer día; al séptimo descansarán. Habrán creado un mundo nuevo que brotará en cuanto cese el último temblor.
Afuera, apocalipsis.

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