sábado, 1 de octubre de 2011

El mendigo - Eduardo Albarracín


El pórtico del templo luce su arte sacro. Las imágenes celestiales muestran sus figuras desgastadas por las innumerables “tomas de gracias” del maremágnum incesante, que traspone sus umbrales en busca de un pedacito de cielo que lo trasponga aunque sea por un instante.
Sentado en el piso, con su barba enmarañada y sucia, y las manos llagadas, estiradas suplicantes ante el gentío que pasa, el mendigo desangra su impotencia y bebe el trago amargo de la indiferencia de sus hermanos.
A la tarde, cada tarde, cuando el templo cierra sus puertas, él regresa manso a la cruz que se alza sobre la roca. Desde lo alto la visión del mundo es diferente.
Entonces vuelve a perdonarlos.

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