sábado, 1 de octubre de 2011

Linyeras - Fernando Andrés Puga


Cuando recibieron la noticia, entristecieron. El mensaje del trueno divino no dejaba dudas: debían abandonar ese jardín en el que habían sido felices, inocentes, ignorantes de la existencia de otros sabores que no fueran la dulzura. No era mucho el equipaje. Apenas un par de taparrabos y algunos frutos recogidos de esos queridos árboles que les dieron cobijo desde el primer día de sus vidas.
Se fueron en silencio, cabizbajos. Desde entonces vagaron por campos, desiertos, montañas, soledades, llevando un secreto en la memoria: el recuerdo de aquel jardín que a veces por las noches los despierta con cantos melodiosos de alondras y jilgueros, con brisas que les traen aromas embriagantes, con cálidas burbujas de aguas de manantial.
Eva y Adán tuvieron muchos hijos. Todos en busca de un hogar desde hace tiempo. Soy uno de ellos. Duermo en un tinglado que hay junto a las vías. A veces como bien. A veces algún niño me sonríe.

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