miércoles, 12 de octubre de 2011

Santa - Fernando Andrés Puga


Si estás sola. Si llegaste a los sesenta y estás sola. Si tuviste tres matrimonios y dos hijos y estás sola. Si venís de una familia acomodada de un pueblo de provincia y estás sola. Y si además de estar sola, y considerando esos antecedentes, estás en pampa y la vía, sin duda te mereces el mayor de mis respetos.
Esta mujer menuda que sola lleva el dolor que el cuerpo le impone, más el dolor que la ausencia del amor le impone, más el dolor que el hambre le impone, da pelea. Cada despertar, cuando se inventa un motivo para justificar el día presente; cada jornada, cuando actúa para llevar a cabo un minúsculo objetivo, abierta a encontrar oídos atentos que la escuchen, ojos profundos que la vean, manos calientes que la toquen; cada noche, cuando sobrelleva sola el peso de la fatiga y del insomnio y del estómago vacío y del intestino ligero…
Y de la soledad.
Tiene armas y las sabe usar. A veces se distrae en la congoja y lo olvida, pero tiene armas y apunta. Estira el arco con destreza, sostiene la flecha con ademán delicado, cierra un ojo, afina la puntería y por un instante desaparece la amorfa masa de pesares que sostiene con sus hombros. Y en ese momento da en el blanco. En el centro del blanco. En el centro del pequeño círculo rojo que está en el centro del blanco.
En estas ocasiones se ilumina. Y ella, que se encuentra sola a pesar de la increíble potencia de su capacidad de amar, descubre que no. Que no es cierto. Que solos están los otros, los que no se tienen a sí mismos, los que han sido engullidos por la máquina universal que nos gobierna, los que no deciden, no saben, no dudan, los que siguen caminos sin sentido, sólo porque por ahí va el tren de los humanos.
Ella en cambio, abre caminos nuevos. Explora los más abandonados rincones del alma sólo por andar; y en ese andar descubre al semejante, le tiende la mano, lo acaricia con la luz que le brilla en la palma de la mano.
Aunque nunca fue sencilla la tarea del que explora, ella arriesga y se equivoca, se juega y se pierde, se entrega y se lastima; desoyendo el tronar del clarín que anuncia que la guerra está perdida, ella gana batallas cotidianas.

Fernando Andrés Puga

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