miércoles, 12 de octubre de 2011

Cuéntame tu vida – Guillermo Vidal


─Está en el séptimo piso, en la sesión otras épocas, ¿la autorización?
El ascensorista revisó la pantalla que se abrió en la frente del sujeto.
─Solo tiene acceso autorizado para consultar hasta cincuenta años en el pasado, es decir que puede subir hasta el cuarto piso.
─No puede ser, pedí como mínimo ciento cincuenta años en el pasado.
─Fíjese la tasa que pagó por año, cubre como máximo cincuenta y cinco, y sumando los bonos de compra no llega a los sesenta.
─No me sirve ir sesenta años atrás, en esa época el trauma familiar que me atormenta está instalado y ya se ha convertido en un secreto terrible del que nadie habla pero pesa en los descendientes hasta el día de hoy.
─Tendrá que hacer como el resto de nosotros, conformarse y en todo caso tapar los baches con historias surgidas de la necesidad, funcionan igual o mejor.
─¿Le parece?
─Muchos sino la mayoría de los que viajan a consultar el pasado buscan desentrañar los secretos oscuros de sus ancestros, lo que descubren no suele ser ni tan importante, ni tan raro. Por lo que concluyen que un buen relato con algunos apuntes de la realidad y un buen final son más positivos que tanto revisionismo.
─Pero hay muchos viajeros de la terapia temporal.
─Le digo algo que no todos saben, los viajeros a poco de estar en el pasado se preocupan de hurgar en los detalles insignificantes, en el modo de vida o los amores y los odios, como si fueran observadores de una reality novela. Los efectos que producen en nosotros, en fin, pudieron ser peores, pero estamos aquí, ¿o no? No tenemos que pagar nada de lo que ellos hicieron.
─Sería un alivio.
─ Vaya cincuenta años atrás, disfrute un clima más benévolo que el actual, sin las preocupaciones de todos los días, no tardara en descubrir que nuestros abuelos o tíos tienen los mismos defectos que nosotros y viven como pueden.
─Es casi como darme el alta.
─No sé si me corresponde tanto pero le puedo asegurar que dar de baja el pasado ayuda mucho.
─No sabe cuánto le agradezco, lo suyo es un sacerdocio ─dijo el sujeto apretándole la mano efusivamente.
─Hay que estar acá, en el lugar preciso y en el momento preciso—respondió satisfecho el ascensorista mientras digitaba el piso sexto en un arranque de generosidad.

Guillermo Vidal

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