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jueves, 6 de octubre de 2011
Receta para calcular nuestro tiempo de vencimiento – Gabriela Baade
Compre una calculadora con paneles solares. Si la tiene no la compre.
Compre un bloc de 50 hojas. Pueden ser más o menos, no interesa. Si lo tiene no lo compre.
Compre un lápiz negro Faber nº2 y una goma de borrar. Puede ser otra marca, no hay que ser tan exquisito. Si los tiene no los compre.
Ubique una silla frente a una mesa. Si no tiene, cómprelas o vaya a un bar y siéntese en una silla frente a una mesa. No interesa la ubicación. Si fue al bar, pida un café o un té, a su preferencia. Si está en su casa tome lo que quiera o no tome nada.
Anote:
1. años vividos, llévelo a días.
2. edad de sus abuelos (si los tiene), llévelo a días.
3. edad de sus padres (si los tiene), llévelo a días.
4. edad de hermanos o hermanas (si los tiene), llévelo a días.
5. edad de sus hijos (si los tiene), llévelo a días.
6. años de matrimonio (si tiene más de uno súmelos), llévelo a días.
7. relaciones sexuales (si las tuvo), redondee.
8. horas de trabajo (si tiene), llévelo a días.
9. horas de sueño (si duerme), llévelo a días.
10. días de vacaciones (si alguna vez tuvo).
11. lágrimas derramadas (si tiene la capacidad), redondee.
12. sonrisas recibidas (si las tiene), redondee.
13. sonrisas dadas (si las hace), redondee.
Si del 2 al 13 le da cero, no sé cómo todavía está viviendo.
Ahora la fórmula: 1 - (2 - 3 + 4 - 5 - 6 - 7 - 8 + 9 + 10 – 11 + 12 + 13)=
Calcule. No se asuste.
Es sólo una teoría.
Gabriela Baade
miércoles, 7 de septiembre de 2011
Hombre prevenido – Gabriela Baade & Sergio Gaut vel Hartman
Pedro Roca, secretario general vitalicio del sindicato de jugueros de piedras nunca iba a la cantera, y no porque tuviera la piel delicada, fuera sensible al polvo en suspensión o lo preocupara algún aspecto colateral del exprimido lítico, no. No iba porque estaba seguro de que allí encontraría, tarde o temprano, al juguero de piedras que lo destituiría.
Sobre los autores: Gabriela Baade, Sergio Gaut vel Hartman
jueves, 1 de septiembre de 2011
A sangre y fuego – Héctor Ranea, Javier López, Gabriela Baade
—Es un error —afirmó el alarmado caballero.
—Imposible, soy un mago del pirograbado e hice exactamente lo que usted me pidió.
—Maestro, llegué a sus manos porque yo no tenía el valor. Si usted no cuenta que soy un cobarde, yo no cuento que usted es un tarado. ¿Cómo solucionamos esto?
Ambos miraban la inscripción chamuscada sobre el pecho del blondo caballero:
Mario, mi amor por siempre; y el papelito que aún reposaba sobre la mesa de materiales: María, mi amor por siempre.
—La solución es seguir quemando —dijo el mago, blandiendo en su mano derecha el punzón al rojo vivo.
Sobre los autores: Héctor Ranea, Javier López, Gabriela Baade
Ilustración: "Corriente", de Magali Dalmau
miércoles, 24 de agosto de 2011
Desastre natural – Gabriela Baade

Amo la geografía de este planeta. Me sumerjo en los ríos, lagos, lagunas y mares. Ilumino las fosas más profundas para descubrir especies oceánicas que ningún habitante ha visto o verá jamás. Vuelo sobre sus planicies doradas o verdes, campos de amapolas y tulipanes. Bosques magníficos con ejemplares altivos o achaparrados. Serpenteo por caminos fabricados. Visito ciudades multitudinarias o poblados vacíos.
En las cadenas montañosas me entretengo, elijo las piedras más dormidas. Y las despierto.
Soy el eructador de volcanes.
Sobre la autora: Gabriela Baade
martes, 9 de agosto de 2011
Quiso la fortuna que esa noche no hubiera Luna – Gabriela Baade & Héctor Ranea
—Las memorias nubladas —dijo el profesor Franz Gaul von Martinezhopfhausen— tienen la rara virtud de que, atándolas a una cuerda, son capaces de centrifugar fuerzas electromotrices y cáñamos de diversa laya.
Los asistentes a la convención de memorias, cuerdas y supercuerdas, miraban azorados a la gran yegua, de raza percherón, blanca que aparecía tras bambalinas, sin que el profesor, aparentemente, se diera cuenta de su presencia. Pero él la señaló impetuosamente, cosa que hizo que la yegua reculase.
—El problema es, caballeros, que o subís al caballo ajeno aun a riesgo de que os tire al heno, o sufrís de la fiebre del heno que es como no querer pensar para no tener que recordar, pero con moco y estornudos.
Un asistente del profesor ató su cuello a una cuerda mientras profería órdenes a la yegua. Los asistentes gritaron un grito corto pero el profesor los atajó con un ademán brusco y con la voz típica de quienes están siendo ahogados por compresión de tráquea, dijo:
—Mis recuerdos son muy vagos, mis memorias nubladas, necesito que me den soga para ponerme cuerdo, aunque a veces no sé si me recuerdo o me dan cuerda, pero cuerdo casi nunca o bien, no tengo idea. No os preocupéis que nada me pasará más que recuperar algo de esa cuerda lírica que tanto soñó alguien para mí. No me miren anonadados que parecen haber conjugado mal el verbo mágico y les va a salir por la espalda lo que debió nacer en la carne y regodearse en el cuchillo.
El asistente le asestó un golpe de puñal por la espalda que hizo saltar sangre hasta la fila diez desde la boca del profesor moribundo.
La yegua aceptó el cuerpo inanimado mientras los espectadores no salían de su asombro. Lo que habían presenciado parecía tomado de una película de Mel Gibson. En eso, apareció este desde adentro del cadáver del profesor gritando:
—¡Así se filma la muerte de un cuerdo que se quedó sin cuerda por ser ateo! Sus espaldas adoloridas y mi mano achicharrada generan esta fantochada.
Para beneplácito de quienes no se desmayaron, el profesor pareció resucitar, el caballo convertirse en dos dobles de riesgo y la galera del asistente se transformó en un conejito blanco a cuerda que, moviéndose despacio se suicidó cayendo al foso de la orquesta, muriendo en rodajas cortado al atravesar las supercuerdas del arpa.
Sobre los autores: Gabriela Baade y Héctor Ranea
jueves, 28 de julio de 2011
El almuerzo – Gabriela Baade

Inés preparaba las comidas en secuencia. Lunes: pascualina, asado al horno y ensalada de frutas. Martes: tomate relleno, milanesas con puré y duraznos en almíbar. Y así cada día de la semana tenía una entrada, un plato principal y un postre (manías de fina que tenía).
Si alguno de sus hijos no comía algo de la lista estipulada significaba que no tenía hambre, ella no admitía otro tipo de explicación y, hasta que no se lo comiera, no podía pasar al plato siguiente.
Se sucedieron diferentes situaciones de hambruna. Mientras los otros hermanos, en la misma mesa, tomaban la leche, el que “no tenía hambre” se devoraba lo del almuerzo casi desfalleciendo, con tanto asco que después ni podía comer las tostadas por las cuáles había cedido a la inmundicia.
Un lunes, como plato de entrada llegó la pascualina de acelga.
—No me gusta —dijo Mateo, aún sabiendo que después venía el asado al horno con papas doradas.
—Entonces —dijo Inés con la voz impostada—, no tenés hambre —y sirvió otra porción en el plato de Facundo.
Mateo tenía hambre, y comía un pedacito mínimo de pascualina seguidos de unos tragos de agua. Osvaldo, el padre, se hartó y puso, ante el estupor de los chicos, la porción de pascualina adentro del vaso de agua. Los pedacitos verdes de acelga flotaban entre las migas deshechas masa mojada. Una asquerosidad. Los pibes temblaron, pensando que Mateo se iba a tener que comer eso. Bueno, no lo comió. Tampoco comió nada hasta la noche claro, si no tenía hambre. El primer plato de la cena, pascualina de acelga.
Otro día llegaron del colegio corriendo, pensando en las milanesas, pero toda la casa estaba inundada de olor a caca, los chicos muertos de hambre. Les sirvieron lo del olor a caca en un plato: coliflor.
—No me gusta —dijo Facundo
—¿Cómo sabés si nunca lo probaste? —Inés revoleaba la cuchara y miguitas de coliflor salpicaron el mantel.
—Tiene olor a caca —Facundo se tapó la nariz.
—Probalo, si no lo comés es porque no tenés hambre —concluyó sui mamá.
Facundo y sus hermanos ya sabían como seguía la historia.
Rojo de bronca, asco y humillación, se comió toda la coliflor en un segundo.
Todos lo miraban, sus hermanos también lo miraban, ellos iban a tener que comerla.
En un instante de gloria, Facundo vomitó la coliflor en el plato. La crema blanca se acomodó perfecta, sin rebalsar, sin que una sola gota del vómito coliflorero manchara la mesa.
Todos quedaron petrificados, sus hermanos no se animaron a reír.
—Te dije que no me gustaba —dijo orgulloso Facundo.
Nadie pudo comer coliflor. Inés furiosa no pudo decir nada.
Por supuesto, Facundo tuvo que tragar muchas otras cosas durante su vida, pero esa es otra historia.
miércoles, 20 de julio de 2011
Eternidad azarosa - Gabriela Baade
La fila de mortales aguardaba con paciencia la decisión del juicio final. Mientras tanto, portones dorados adentro…
—Dale, Dios —Pedro movía, nervioso, el llavero.
—Pará, Pedrito —el cubilete tronaba—. ¿Cómo vamos?
—Y, cada vez suben más. Nos atrasamos. Ya van por nube ocho.
Dios seguía agitando el cubilete con una mano y con la otra repasaba una lista.
—Bueno, Pedro. Tachame la doble y que los cien primeros vayan al infierno.
jueves, 14 de julio de 2011
Mi primera lección de ski – Gabriela Baade
Mi primer viaje de ski. A los sesenta y ocho años me había decidido a aprender. Me atemorizaban un poco mi avanzada edad y la osteoporosis que ya había pulverizado varios de mis huesos. Pero cuando mi amigo de toda la vida, Marcos Elpigio González, me lo propuso, tardé diez segundos en acceder.
Me compré la ropa adecuada, preparé a valija, el bolso de mano, el baúl con los medicamentos y algo de comida, y abordamos el avión hacia San Martín de los Andes, después de pagar unos pesos por exceso de equipaje.
Casi llegando a nuestro destino el avión comenzó a bambolearse y un humo negro salió de las turbinas. La cordillera, imponente, se nos acercaba demasiado.
Fue un terrible accidente en el cual todos sobrevivimos, pero nos dispersamos.
Buscando entre los restos de la aeronave encontré el baúl con los alimentos y remedios, le pedí a Marcos que lo cargara mientras yo seleccionaba ropa de abrigo.
Marcos y yo admiramos el volcán Lanín en todo su esplendor y fuimos hacia su encuentro. A los cinco minutos Marcos se desmayó por el esfuerzo de cargar el baulote, así que lo disculpé de semejante tarea. Sólo llevamos un par de medicamentos, un paquete de fideos, un sobre de sopa y una botella de agua.
Marcos tenía frío y yo estaba en la gloria, ya que desde la menopausia seguía con los calores.
―Marquitos, querido ―dije con tono maternal―, ya casi llegamos al volcán, ahí vas a tener calorcito, casi casi como un tiro balanceado.
―¿Y cómo mierda vamos a escalar el volcán, me querés decir vieja del orto? No sé porque carajo se me ocurrió traer a esta bruja.
Entonces se me ocurrió una idea brillante: clavé unos tallarines en las suelas de las botas y lo mandé a Marcos a buscar resina para no patinar en la subida. Él buscó durante horas entre los coihues y colihues pero no encontró nada. Decidió que un desodorante en aerosol podía servir, y no me animé a contrariarlo.
Tardamos ocho minutos exactos en llegar a la cumbre perforada. Al llegar al bordecito palidecí de pánico. Marcos al ver mi cara dijo:
―Hacé cuña y bajá derecho.
Tomé velocidad de bólido supersónico y me zambullí en la lava con un triple mortal. Sufrí quemaduras de tercer grado, promovidas a cuarto. Menos mal que había llevado el pancután.
Cuando Marcos me vio nadar en la lavita al estilo Esther Williams, decidió bajar en espiral, uno de los mejores métodos anticonceptivos. Al llegar a mi lado se sacó el echarpe y como yo estaba acalorada le dije:
―Mirá, acá hace mucho calor así que yo duermo con la ventana abierta.
Nos dormimos finalmente arrullados por mis ronquidos y los blub blub de la lava.
A la mañana siguiente comenzamos a sentir una presión uniforme en nuestros cuerpos y a lo lejos una vocecita: "Viejo, viejo, cazá el bolso y llamá un taxi, ya viene, son cada tres minutos".
Nos preparamos para el período expulsivo.
―Voy primero porque sé como es esto ―dije.
―Si, vos sabrás, pero yo quiero asomar antes.
Finalmente dejamos de disentir y nos alineamos en el canal de parto volcánico. Al sonar de un PLUF salimos expulsados.
Así fue como la madre tierra que nos parió nos tuvo, obviamente llorábamos emocionados.
miércoles, 13 de julio de 2011
Fin – Gabriela Baade

Los trabajos se eligen por vocación. O resulta interesante. O porque no queda otra.
Hay trabajos que nadie quiere hacer. Sin embargo alguien tiene que hacerlos.
Pensarán que estoy hablando de trabajos asquerosos o que necesiten de mucho esfuerzo, tal vez demasiado riesgosos. Hasta pueden llegar a pensar que hablo de trabajos ridículos, que generan risotadas estruendosas en los observadores. Ni siquiera hablo de labores solitarias, bajo tierra o flotando en el espacio. Tampoco de tareas dolorosas. Menos se acercan los que piensen que me refiero a profesiones denigrantes.
Pronto sabrán de mí. Por única y última vez.
Soy el hacedor de la nada.
viernes, 1 de julio de 2011
Un suceso editorial – Gabriela Baade
El matutino “La batida. Nada mejor para envolver los huevos” había bajado sus ventas estrepitosamente. En otra tediosa reunión de redacción, el avaro dueño del periódico solicitó explicaciones al equipo. Nadie pudo hacerle entender que de continuar con la línea editorial que sólo vanagloriaba su nombre, ya ni su familia leería los cien pasquines por tirada.
Con mirada perversa, don Ernesto Guerrero recorría las caras de sus empleados. Ellos le devolvían el gesto, cargados de odio y resentimiento.
Una franja de brea aplicada sobre el escritorio de Guerrero sirvió de punto de ignición a las llamas que devoraron su cuerpo en segundos.
El jefe de redacción había rociado el antiguo traje de Ernesto con nafta. Lucrecia, la secretaria, lo había atado a la silla de madera de cerezo. Los cronistas escribían a cuatro manos la crónica.
Al día siguiente, los lectores agotaron los mil quinientos ejemplares de “La batida. Nosotros pusimos los huevos, vos poné los dos pesos”.
Una foto a todo color en el centro de la portada atraía a los miradores de kioskos. En grandes letras modernas anunciaban la trágica muerte del director del diario y el cambio de la línea editorial.
domingo, 12 de junio de 2011
Inseguridad – Gabriela Baade

—¿Viejo, estás despierto? —murmuró Elisa.
—Mmfr
—¡Viejo! —Elisa zamarreó a su marido—. Despertate que se oyen ruidos.
—¿Qué? —Vicente se pasó la mano por la cara, giró y buscó los anteojos en la mesita de luz.
—Me parece que hay alguien adentro de casa —Elisa se cubrió el pecho con las sábanas.
—No oigo nada, vieja. Será el ventilador este de mierda.
—¡Qué ventilador ni ocho cuartos!
Un sonido seco, un golpe seguido de una puteada los hizo saltar de la cama.
—Vos quedate, Elisa.
—No, viejo, voy con vos.
Y los dos, Vicente adelante y Elisa fuertemente agarrada del hombro de su marido se acercaron a la puerta del dormitorio.
Vicente pegó la oreja a la puerta y Elisa pegó la suya a la espalda de Vicente.
—Elisa, llamá al 911.
—Emergencias —contestaron del otro lado del teléfono.
—Señor, hay gente en mi casa —Elisa hablaba en susurros.
—Mire que suerte. ¿Y por qué llama?
—Por eso mismo —dijo en voz más alta Elisa. Vicente, apostado en la puerta del dormitorio, se puso el índice en la boca y le lanzó un chistido a Elisa—. ¿Me está tomando el pelo?
—No señora, disculpe. Es que después de tantas fiestas. En estas semanas la gente se pone pesada. Borrachos. Pendejos drogados. Todos quireren hacer chistes…
—Hay ladrones en mi casa —Elisa silabeó las palabras.
—Dígame la dirección y le mando un móvil
—San Antonio 1397. Uno, tres, nueve, siete.
—Listo. El móvil ya sale.
Apenas las diez de la noche, una noche de verano con altas temperaturas nocturnas. En la mayoría de las casas las ventanas estaban abiertas, los ventiladores encendidos, las heladeras gruñendo y algunos afortunados con aire acondicionado quedaban afuera de los hechos que estaban a punto de ocurrir.
—Escuchá las sirenas, Manuel —dijo Julia señalando con la pera—. Fijate por la ventana.
—¡Shhhhhh! Dejame ver el partido.
Resignada, Julia se levantó del sillón y llevó en sus manos al perro. Al acercarse a la ventana el cuzco empezó a ladrar con un chillido insoportable.
—Deben ser ladrones. Llamá a la policía, Manu.
—¡Shhhh!
Julia dejó al perrito en el piso y llamó ella misma.
—Comisaría 55, a su servicio.
—Agente, hay ladrones en la casa de los vecinos —Julia se había vuelto a acercar a la ventana y espiaba por la cortina.
—Dirección.
—San Antonio al 1300.
—Especifique.
—Cerca de la esquina —Julia resoplaba.
—¿Qué esquina?
—La que está más lejos cruzando Cruz —miró a su marido y levantó las cejas.
—Cruz y San Antonio, entonces.
—No, la otra esquina.
—Especifique.
—San Antonio y Cruz, pero la otra esquina —dijo ya molesta.
—Señora, necesito datos concretos.
—Agente. Hay ladrones. Vengan ya mismo.
—Dígame su dirección.
—San Antonio 1394.
—Apellido.
—No sé el apellido… son Elisa y Vicente. Viven antes que nosotros en el barrio, son gente de bien. Jubilados.
—El suyo, doña.
—¿El mío qué?
—Su apellido.
—Ay, no quiero quedar involucrada, agente. Manden un patrullero y listo. Ya hay otras sirenas que se aproximan.
Julia colgó el auricular y se sentó junto a su marido, lo agarró del brazo y se quedó acurrucada en el sillón.
Un barrio tranquilo, de casas viejas, algunos conventilos. Muchos chicos de vacaciones jugando en las veredas e ilusionados zapatos exhibidos en las ventanas. En cada esquina montoncitos de pasto achicharrado y palanganas de plástico coloridas con agua tibia en la que nadaban insectos.
¡Último momento!
Todos los canales de noticias lo anunciaron de inmediato. Por la radio se hablaba de un asalto con toma de rehenes en el barrio. Ampliaremos, decían. En la televisión, casi una cadena nacional, se mostraban imágenes de la calle San Antonio y un movimiento inusual de patrulleros, camiones de exteriores y un enjambre de periodistas con micrófono rodeados de productores con papeles y maquilladores con pinceles, cepillos y peines. Los camarógrafos cargaban al hombro las cámaras y los reporteros gráficos ponían los zoom.
—¡Es acá! En la otra cuadra, Graciela. Vamos, levantá a los chicos y vamos a mirar.
—¿No es peligroso, Santiago?
—Pero, no. Dale, en este barrio nunca pasa nada. Por ahí nos hacen un reportaje y somos famosos.
Graciela, obediente, levantó a los chicos de la cama. Les puso una remera limpia, shorcitos y ojotas.
Cuando salieron a la puerta, la emoción los embargó. Reconocidos cronistas de la tele pululaban por la cuadra, tomando declaraciones a diestra y siniestra. Pateaban las palanganas y pisoteaban el pasto.
—Má —el más chico de Graciela y Santiago se restregaba los ojitos y tiraba del pantalón de su madre—. ¿Y los Reyes?
—¿Qué reyes, Nahuel?
—Los Magos.
—¿Qué magos?
El grupo comando entró al domicilio denunciado por los vecinos y redujo a balazos a los intrusos, Vicente y Elisa cayeron en la balacera. Los vecinos encendieron velas y pusieron flores frente a la puerta de la casa agujereada por los proyectiles.
Humo y olor a pólvora cubrían la escena.
Las cámaras de los noticieros mostraron las imágenes de los orificios de bala, la sangre chorreando por las ventanas. Los cuerpos de los abatidos: por un lado la pareja de ancianos en pantuflas, del otro lado tres personajes ataviados con ropajes extraños y anacrónicos. Un anciano, un moro y un barbudo. Tres camellos muertos en el jardín de la casa de San Antonio 1397.
Ese 6 de Enero, los zapatos quedaron vacíos.
sábado, 4 de junio de 2011
Un suceso editorial – Gabriela Baade

El matutino “La batida. Nada mejor para envolver los huevos” había bajado sus ventas estrepitosamente.
En otra tediosa reunión de redacción, el avaro dueño del periódico solicitó explicaciones al equipo.
Nadie pudo hacerle entender que de continuar con la línea editorial que sólo vangloriaba su nombre, ya ni su familia leería los cien pasquines por tirada.
Con mirada perversa, Don Ernesto Guerrero recorría las caras de sus empleados. Ellos le devolvían el gesto, cargados de odio y resentimiento.
Una franja de brea aplicada sobre el escritorio de Guerrero sirvió de punto de ignición a las llamas que devoraron su cuerpo en segundos.
El jefe de redacción había rociado el antiguo traje de Ernesto con nafta. Lucrecia, la secretaria, lo había atado a la silla de madera de cerezo. Los cronistas escribían a cuatro manos la crónica.
Al día siguiente, los lectores agotaron los mil quinientos ejemplares de “La batida. Nosotros pusimos los huevos, vos poné los dos pesos”.
Una foto a todo color en el centro de la portada atraía a los miradores de kioskos. En grandes letras modernas anunciaban la trágica muerte del director del diario y el cambio de la línea editorial.
Gabriela Baade
miércoles, 1 de junio de 2011
Circular - Gabriela Baade
—Es así nomás.
—¿Así cómo?.
—Así, como usted lo está viendo.
—Yo no veo nada.
—¿Es ciego?
—Si.
—Disculpe.
—¿Qué le tengo que disculpar?
—Lo que le dije.
—No lo oí.
—¿Es sordo?
—Si.
—Perdone.
—¿Que le perdone qué?
—¿No era sordo, usted?
—A veces. Otras, no.
—¿Por qué?
—Porque es así nomás.
Sobre la autora: Gabriela Baade
martes, 31 de mayo de 2011
Mi primera lección de ski – Gabriela Baade

Mi primer viaje de ski. A los sesenta y ocho años me había decidido a aprender. Me atemorizaban un poco mi avanzada edad y la osteoporosis que ya había pulverizado varios de mis huesos. Pero cuando mi amigo de toda la vida, Marcos Elpigio González, me lo propuso, tardé diez segundos en acceder.
Me compré la ropa adecuada, preparé la valija, el bolso de mano, el baúl con los medicamentos y algo de comida, y abordamos el avión hacia San Martín de los Andes, después de pagar unos pesos por exceso de equipaje.
Casi llegando a nuestro destino el avión comenzó con a bambolearse y un humo negro salió de las turbinas. La cordillera, imponente, se nos acercaba demasiado.
Fue un terrible accidente en el cual todos sobrevivimos, pero nos dispersamos.
Buscando entre los restos de la aeronave encontré el baúl con los alimentos y remedios, le pedí a Marcos que lo cargara mientras yo seleccionaba ropa de abrigo.
Marcos y yo admiramos el volcán Lanín en todo su esplendor y fuimos hacia su encuentro. A los cinco minutos Marcos se desmayó por el esfuerzo de cargar el baulote, así que lo disculpé de semejante tarea. Sólo llevamos un par de medicamentos, un paquete de fideos, un sobre de sopa y una botella de agua.
Marcos tenía frío y yo estaba en la gloria, ya que desde la menopausia seguía con los calores.
―Marquitos, querido ―dije con tono maternal―, ya casi llegamos al volcán, ahí vas a tener calorcito, casi casi como un tiro balanceado.
―¿Y cómo mierda vamos a escalar el volcán, me querés decir vieja del orto? No sé por qué carajo se me ocurrió traer a esta bruja.
Entonces se me ocurrió una idea brillante: clavé unos tallarines en las suelas de las botas y lo mandé a Marcos a buscar resina para no patinar en la subida. Él buscó durante horas entre los coihues y colihues pero no encontró nada. Decidió que un desodorante en aerosol podía servir, y no me animé a contrariarlo.
Tardamos ocho minutos exactos en llegar a la cumbre perforada. Al llegar al bordecito palidecí de pánico. Marcos al ver mi cara dijo:
―Hacé cuña y bajá derecho.
Tomé velocidad de bólido supersónico y me zambullí en la lava con un triple mortal. Sufrí quemaduras de tercer grado, promovidas a cuarto. Menos mal que había llevado el pancután.
Cuando Marcos me vio nadar en la lavita al estilo Esther Williams, decidió bajar en espiral, uno de los mejores métodos anticonceptivos. Al llegar a mi lado se sacó el echarpe y como yo estaba acalorada le dije:
―Mirá, acá hace mucho calor así que yo duermo con la ventana abierta.
Nos dormimos finalmente arrullados por mis ronquidos y los blub blub de la lava.
A la mañana siguiente comenzamos a sentir una presión uniforme en nuestros cuerpos y a lo lejos una vocecita: "Viejo, viejo, cazá el bolso y llamá un taxi, ya viene, son cada tres minutos".
Nos preparamos para el período expulsivo.
―Voy primero porque sé como es esto ―dije.
―Si, vos sabrás, pero yo quiero asomar antes.
Finalmente dejamos de disentir y nos alineamos en el canal de parto volcánico. Al sonar de un PLUF salimos expulsados.
Así fue como la madre tierra que nos parió nos tuvo, obviamente llorábamos emocionados.
http://grupoheliconia.blogspot.com/2011/03/gabriela-baade.html
martes, 17 de mayo de 2011
Purificación - Gabriela Baade

Todo sea por ingresar, pertenecer. No soporto más el ser una desclasada. Al final, es sólo un rito. Una metáfora. Una alegoría. Ya corre el siglo XXXVIII, no creo que me sacrifiquen literalmente. Esas eran pavadas de bárbaros e ignorantes de la pre-implosión.
En esta nueva colonia me recibieron bien. Miradas expectantes observaron mis primeros pasos titubeantes. Oí algunos rumores del sacrificio, de la purificación. Seguro que me vacunan, vengo de la colonia SXW-78.
Ellos están en círculo alrededor de una piedra de azastita que chorrea líquidos de varios colores. Un olor agrio y penetrante me obliga a respirar por la boca. El sabor es mucho peor.
Avanzo con pasos cortos y decididos. Me recuestan sobre el altar.Ellos están en círculo alrededor de una piedra de azastita que chorrea líquidos de varios colores. Un olor agrio y penetrante me obliga a respirar por la boca. El sabor es mucho peor.
Las primeras gotas de Corfanto penetran en mis ojos y me impiden ver al Sumo Sacerdote acercarse con la daga sacrismal. Siento en mi piel los caminos trazados por el puñal mientras cientos de habitantes me extraen, lamiendo, hasta la última gota de sangre.
Gabriela Baade
martes, 10 de mayo de 2011
Creador irresponsable – Gabriela Baade

—Perdón por la interrupción —dijo Pedro moviendo el llavero.
—¿Qué pasa ahora, Pedrito? —Dios se acarició la barba, largó un soplido y revoleó los ojos más allá del cielo—. ¿No me podés ver un segundo sin hacer nada?
—Bueno… por algo lo llaman el hacedor… Le llegó esta carta. De una tal María. No creo que sea la misma, la madre. Tal vez quiere retomar el contacto.
—No digas pavadas, cabeza de piedra. Si yo ni la toqué, tuve que mandar un arcángel. No ves que no tengo sustancia. Que soy pura energía. ¿Me ves un cuerpo acaso? No puedo tocar, yo soplo. Leela.
Pedro abrió el sobre, leyó y dijo:
—Parece que sopló de más, con ese carácter de mierda que tiene. María pregunta cómo quiere llamar a su hija. Jesusa no le gusta nada.
miércoles, 20 de abril de 2011
El zombi - Isabel María González, Gabriela Baade, Héctor Ranea, Fernando Puga, Ricardo Giorno, Jorge De Abreu, Marcos Zocaro & Sergio Gaut vel Hartman
El muerto salió del sepulcro, con los pies, el cuerpo y las manos aún vendadas. Miró a ambos lados y tras asegurarse de no ser visto, se encaminó al desierto. Era el único entre sus pares cuyas facciones eran perfectas. Podía pasar por actor. ¿Dónde encontraré alimento?, se preguntó con la angustia en sus ojos de recién nacido. Se adentró aún más en el desierto y ahí reconoció a la serpiente.
—¡Tanto tiempo, noble señor! —dijo la serpiente, sibilante—. ¿Vuelvo a tentarte?
—¿Tentarme? —preguntó mirándola con sus ojos huecos—. Nada me tienta ahora. Salvo… —Se quedó pensativo.
—¿Salvo? —lo apuró el reptil, con sus ojos inyectados en sangre.
Una sonrisa se dibujó en el rostro del resucitado. —Salvo que decidamos asociarnos y fundar una nueva religión.
—¡Hecho! —exclamó la serpiente—. Lo único que lamento es no poder sellar nuestro pacto con un apretón de manos.
domingo, 6 de marzo de 2011
Cerámica española – Gabriela Baade
—¡Mami! Hay un monstruo en el plato.
—¿Qué plato?
—El de arriba de la estufa—. Agustina, sentada en el sillón de dos cuerpos del living, escudriñaba un plato de cerámica colgado en el frente de la chimenea.
—Los monstruos no existen, Agus —dijo Malena, y siguió preparando la cena. Condimentó la ensalada y controló el punto de cocción del pollo—. Además, ese plato pertenece a la familia desde hace siglos.
—¿De quién era?
Parecía un plato común de cerámica horneada, pintado con tonalidades oscuras, rojos en círculos concéntricos de bordes difuminados. En el centro, unas manchas negruzcas mal definidas.
—Del tatarabuelo de tu papá. Florencio Márquez. Un noble español que huyó en la época de la inquisición. Habían asesinado a todas las mujeres de la familia. Pasó al bisabuelo, que quedó viudo muy joven al morir su esposa y la beba en el parto. El abuelo, lo colgó ahí cuando la abuela falleció.
—¿Mi abuelo?
—No, Agus. El abuelo de tu papá. Tu bisabuelo.
—¿Y mi abuela?
—Murió también, Agus. Vos eras muy chiquita. La atropelló un tren. Lavate las manos que ya está lista la comida.
Malena sacó las bebidas de la heladera, cortó el pollo, acomodó la vajilla sobre la mesa.
—Agustina, apurate que se enfría el pollo.
Silencio.
—¿Agustina?
Nadie en el baño, en los cuartos. Llegó al living. Una garra salió del centro del plato, la tomó del cuello y la hizo desaparecer para siempre.
Sobre la autora: Gabriela Baade
lunes, 28 de febrero de 2011
Viajera involuntaria – Gabriela Baade & Sergio Gaut vel Hartman
En París comí una paloma rostizada embadurnada en manteca. Tanta manteca tenía la pobre que ni se podía equivocar. Era un restaurante muy paquete que se llamaba Luis XV, el rey padre del decapitado. La paloma también estaba decapitada. En la mesa de al lado, un grupo de japoneses comían con las manos de una fuente enorme y plateada llena de ostras, hielo, caviar y otras cosas acuáticas. En otra mesa, al fondo, cenaba una actriz francesa vieja, muy conocida, de la que no logro recordar el nombre. Yo bebí champán de la viuda etiqueta naranja: un ricor, y comí croissants, muy mantecudas, deliciosas. Fue la primera vez que tuve granos y eso que ya andaba por los treinta y cinco añitos. Después viajé a Praga, y allí todo fue diferente. La manteca brillaba por su ausencia, y brillaba tanto que llamó la atención del golem. Por ese motivo aquí me tienen, escapando por las callejuelas de Praga. A veces tropiezo con personajes extraños, como un cascarudo enorme que discursea en alemán y me explica que él es el personaje principal de una famosa novela corta. ¡Habrase visto! Escarabajos protagonistas de ficciones pergeñados por escritores estrambóticos. Pero no tengo tiempo de investigar. Sigo huyendo del golem. Un checo muy simpático me explica que ya nadie recuerda cómo desactivar al golem y que desde que murió el rabino Löw el engendro vaga por las calles buscando turistas para cenar. Recuerdo París y la paloma rostizada y no puedo menos que solidarizarme y arrepentirme. Hasta la actriz y los japoneses terminan resultándome simpáticos.
Gabriela Baade
Sergio Gaut vel Hartman
sábado, 12 de febrero de 2011
Cuestión de tamaños – Gabriela Baade
Octavio paseaba todas las tardes por los jardines de mi castillo. Yo, lo miraba desde la torre más alta ayudada por un catalejo. En cambio, él podía verme a simple vista.
Ese día, y así de la nada me dijo:
—Dale, vamos a tomar un café
—No sé, ya es tarde... Y no tengo dinero.
—¿Pero, te vas a quedar encerrada ahí? Dale vamos. Yo te invito.
—Bueno —el aburrimiento causa estragos entre las gigantes, y no tardé en decidirme. Supuse que el grácil caballero sabía con quién charlaba. Es cierto, la inteligencia no figuraba entre sus dotes.
—Ya bajo. Me cambio y salgo.
Me asomo a la puerta. Un muchachito con cara de nene y una amplia sonrisa me dice:
—¡Finalmente, princesa!
—Octavio, sos muy chiquito.
—Tengo casi treinta años.
Yo no me refería a la edad sino al aspecto, y creció mi ternura.
Subimos al carruaje, acorde a su tamaño. Me quedaba estrecho.
Llegamos hasta una taberna, otras dos personas nos esperaban. Conversamos tres o cuatro horas, por momentos me aburría y, por momentos, me interesaba lo que charlábamos, y me reía. Yo sólo tomé té de hierbas.
Al despedirnos, dice:
—Bueno, los alcanzo...
Pasó de largo mi castillo, y cuando le aviso me dice:
—Es que quería que conocieras mi cabaña.
—Bueno —dije no muy convencida, pensando para que cornos querrá éste que conozca la casa.
Al llegar, me muestra su morada: linda, ventanas grandes, recién estrenada. Dos ambientes amplios. Pocos muebles. El dormitorio era del tamaño justo para una cama, que estaba sin tender.
Nos fuimos al otro ambiente y escuchamos algo de música.
De repente, pasa por delante mío para dejar una copa en la mesa, y al volver a su lugar me da un beso.
—Pará, nada que ver —le digo.
—¿Porqué? Estamos bien, me gustás.
Sentí curiosidad. También pensaba: ¿qué hago acá? ¿Cómo no me di cuenta antes? Pero que boluda, no tengo senderos.
Lo abrazo y confirmo que no es de mi talle. Incómoda, porque era un hombre menudo y flacucho, tratando de pensar y sentir, mi mano se topó con algo mucho más interesante. Ese algo no encajaba con el resto de sus medidas. Ahí, mi curiosidad fue mayor.
Octavio lanzó algo así como un gemido. Un sonido lindo, una carraspera medio ronca, muy suave.
A esa altura, los preparativos habían pasado a un plano más directo.
Yo seguía pensando que la situación no tenía vuelta y me aflojé para disfrutar de simplemente sexo.
Ambos investigábamos la parte del cuerpo del otro que nos merecía más atención por una cuestión gustos, o lo que fuera.
Él subió a un banco, con el mástil cada vez más próximo a mi boca, y hay algo a lo que no me puedo resistir fácilmente, además del dulce de leche. Entonces un mínimo roce con la lengua, mi boca apenas abierta… Y todo terminó, así tan rápida y definitivamente como había empezado.
Volvió a sentarse, se arrojó en el sofá.
Mientras él hablaba y hablaba y hablaba. Yo escuchaba como entre algodones: "No sé qué pasó". "Uy". “Nunca me sucedió”. Y lo único que quería era que se callara. Entonces le dije:
—¿Me traés agua?
Cuando fue a buscarla me puse la ropa, miré a mi alrededor y decidí que me quería ir.
—¿Te acerco a tu castillo?
—Sí, por favor. Te dije que no tenía dinero.
—Mejor, te alcanzo en un coche de alquiler, así no saco el carruaje, ¿eh?
—Mirá, prestame cinco morlacos —no quería seguir oyendo palabras.
Me dió diez morlacos, y en ese instante se me ocurrió decir:
—Bueno, yo no cobro.
—Yo tampoco —mi mirada alcanzó para que no siguiera hablando.
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