Mostrando entradas con la etiqueta Quimicamente Impuro. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Quimicamente Impuro. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de septiembre de 2011

Ella se fue - Fernando Puga


Sentada en el umbral a estas horas ¿esperás a otro? No llegaré a saberlo. Te levantás de un salto al ver que voy a entrar.
—Perdón— decís y te ruborizás; como si estar allí fuera un delito; como si alguna vez lo hubiera sido.
Espiaré por la mirilla una vez dentro para ver si volvés a sentarte. No lo harás.
Abriré la puerta. Intentaré llamarte; pedir que te quedes en mi umbral todo el tiempo que se te dé la gana, pero ya tu aura se pierde al doblar la esquina.
Por alguna razón me entristecí. Como si yo fuera Dios y acabara de expulsarte del paraíso.

Sobre el autor: Fernando Puga

Las falanges - Sebastián Chilano


Tocaba el piano en la casa de una amiga cuando no había nadie. Abajo de las teclas encontró oro. Lo metió en la cartera. La amiga la llamó esa noche para decirle que el piano estaba desafinado. Que no volviera por su casa hasta que lo arreglara. Al mes la amiga llamó y dijo que podía volver. Ella dijo que no, que tenía ya su propio piano. Su amiga le preguntó si había levantado las teclas del nuevo piano. Cuando lo hizo, no encontró nada. Pero antes de sacar los dedos, las teclas cayeron y le partieron las falanges. Todas.

Sobre el autor: Sebastián Chilano

Acuario - Patricia Nasello


—Es mas sencillo comenzar con peces de agua fría —replicó el acuarista. Me quedé en silencio. El hombre no insistió y se dispuso a entregarme lo que pedía. Presté atención y luego seguí con esmero sus instrucciones.
Lo adorné con piedritas y arena, con caracoles artificiales, agregué un juguete que simula ser un cofre del que caen monedas de oro y las plantas apropiadas. Para trasvasar el agua usé el cántaro que habíamos comprado en Ischilín. Chequeé temperatura y salinidad para, por último, colocar cada pececito según el compartimiento que le correspondía: no quiero que alguno resulte lastimado por la agresividad de otro.
Como ves continúo siendo la que fui, disciplinada y laboriosa. He podido prescindir de tu voz, tus caricias, tu risa y tu mirada insondablemente verde. Te digo mas todavía, ni siquiera recuerdo tus ojos de mar.

Sobre la autora: Patricia Nasello

XVIII - Lili Mendoza


En el mortero trituró la bruja anís, alcanfor, tres rezos, aché y el humo de un tabaco. Puso todo en una botella, pétalos de rosa blanca y miel de caña para cerrar el trabajo. En lo profundo abrió la diosa sus ojos verde alga y al oír su nombre le brotó arena de la boca.
Nadó hasta la botella y la devoró insatisfecha. Quiere a la bruja ahogada, pulmón lleno de agua.

Tomado del libro "Corazón de Charol A-go-gó" con autorización de la autora

viernes, 23 de septiembre de 2011

El baile - Beatriz Fariña


Encerró la última cabra en el corral, se desvistió y se lavó en la palangana con el jabón que había comprado esa mañana. Se vistió a toda prisa, el pantalón olía a naftalina y la camisa le quedaba estrecha, el chaleco disimulaba el botón a punto de reventar. Guardó en una talega los zapatos y se echó a andar sendero abajo, por fin, sudoroso llegó a las afueras del pueblo, se quitó las alpargatas y las guardó entre los matorrales. A paso tranquilo y notando la presión de los zapatos llegó a la plaza, la orquesta comenzaba a tocar.

Tomado del blog: Beso de Lagarto

De máscaras e identidades - Fernando Puga


Bajo la máscara no hay nada. A tientas la acomodo con cuidado cuando por las noches me la saco antes de acostarme. La espolvoreo con talco para que no se endurezca y por la mañana la limpio con un trapo empapado en alcohol y me la vuelvo a poner sin correr la persiana ni encender la luz. No quiero sorpresas.

Sobre el autor: Fernando Puga

Enemigos – Patricia Nasello


Atraviesan una espada en su vientre.
El herido se arrastra.
Lo miran reptar. Uno de ellos se impacienta, alza el arma. “Todavía no” protestan los otros, que sufra un rato más nos debe demasiadas.
El tiro es certero y la muerte instantánea.
Quien disparó señala el reflejo del cuerpo arrodillado en un cristal de marco suntuoso y hace bromas procaces, ríe histéricamente. Sus carcajadas se pierden bajo el ruido escandaloso que provocan los otros victimarios que ahora luchan entre sí. Todos creen tener preeminencia para hurgar dentro del cadáver. Muerto el enemigo, no es de extrañar que se maten entre ellos por una bala de plata.

Sobre la autora: Patricia Nasello

El genoma – Héctor Ranea


El don profesor doctor Weiheiligen Schmidtt-Zuperfgaussen, de la Universidad de Pomerania Oriental, después de no pocas e infructuosas investigaciones logró descifrar el genoma de las ratas con las que la familia Stradivarius desarrolló la cola para sus famosos violines.
Con su histo-nanoconstructor Schmidtt fue capaz de obtener la molécula de colágeno adecuada, pudiendo industrializar una cola que fue buena para casi todo. Sin embargo, los luthiers y los analizadores de espectro fueron categóricos: para emular los violines cremoneses, no servía. Era buena, mas no como la original. El bueno de Schmidtt se suicidó.
En algunos manuscritos, su alumna, Henrriquette Spalmenmerg-Konstupagen encontró una pista: varios testigos escribieron que los Stradivarius recibieron un gigantesco lote de ratas que les vendió un flautista bastante inescrupuloso, venido a la sazón del condado de Hammeln.
Queda en tren de conjeturas, claro. Todavía no hay certeza científica, pero parece que era él nomás.

Sobre el autor: Héctor Ranea

martes, 20 de septiembre de 2011

Transformaciones - Adriana Alarco de Zadra


—¿En qué estás pensando, mi estimado amigo?
—Estoy pasando revista a los errores que he hecho en mi vida. Por ejemplo, desde que el muñeco que inventé se convirtió en niño, no he podido escribir su historia porque es demasiado banal. Debería haberlo dejado como una pieza de madera, que era más simpático, travieso y versátil.
—Eso me pasa mí también…
—¿También creaste un muñeco que se convirtió en niño?
—¡No, para nada! Yo inventé un gigante que se convirtió en molino y, en vez de asustarse, los lectores se rieron a gritos.
—Así sucede cuando los personajes cambian de forma sin permiso del autor, mi estimado amigo.
—Al menos hemos entretenido a millones de lectores grandes y chicos, durante muchos años.
—No debemos afligirnos. Sigamos nuestro viaje por el espacio que un día llegaremos al Paraíso como nos prometió Dante.
—Si no se transforma en un infierno…

Sobre la autora: Adriana Alarco de Zadra

Una carta - Alejandro González Foerster


Quisiera amarte como amo a mi bufanda, o como amo a mi vaso de fernet. Con esa furia, con esa gratuidad.
O amarte, por ejemplo, como amo a mis anteojos: con esa necesidad. O a mi ducha caliente, por esa transformación que se opera en mi ser entero con sólo pensar en ella, en su tibieza.
Amarte —¿podré hacértelo entender?— como amo a mis piezas de ajedrez, a mis viejas pantuflas, a mi lápiz; al grillo de mi patio, a mi nogal.
Pero eres sólo Dios.

Sobre el autor: Alejandro González Foerster

Apocalipsis now - María del Pilar Jorge


El clima era cálido y el ánimo de aquellos que saturaban con sus vehículos las calles, pésimo. En medio de la batahola de bocinazos y bárbaros insultos, un hombre de aspecto místico, que aferraba entre sus brazos a un icono de ébano, tropezó contra un auto: ese mínimo gesto fue estímulo suficiente para que el conductor abriera la portezuela esgrimiendo un látigo. Aunque el primer lonjazo alcanzó a lastimarlo en el cartílago auricular, el peatón continuó su carrera.
El conductor entró al vehículo y, con un gesto rápido, sopapeó al niño que lo acompañaba. A pesar del angustioso llanto de la criatura, el hombre comenzó a tocar la bocina de manera insistente.
En ese ambiente sórdido, donde todo parecía válido, la ciudad se transformó en un gigantesco set en el que se rodaba una película de temática apocalíptica cuando una pestífera lluvia cáustica se precipitó a torrentes. Recién entonces, los demás sonidos se apagaron.

Sobre la autora: María del Pilar Jorge

Demonio de Tela - Alejandro Bentivoglio & Minerva Rodríguez


Implacable y cruel. Irremediable y maldito. Impenetrable y vacío. Inapelable y egoísta. Irreparable y sombrío, el paraguas roto se retuerce en nuestras manos, enredándonos en su danza de viento, tela y lluvia. Llevándonos el sombrero, empapándonos, dejándonos a la desnudez de nuestra dignidad perdida. Haciendo que lo soltemos y que apenas podamos dedicarle una mirada a ese punto que se pierde, que se aleja, que arrastra una parte de nosotros con él. Quizás la única parte seca de nuestra moral en líquido derrumbe.

Tomado del blog: Memorias del Dakota
Sobre Alejandro Bentivoglio

lunes, 19 de septiembre de 2011

Cola de paja - Fernando Puga


¿Por qué me escondo cuando pasás por la puerta del negocio? ¿Por qué no quiero que me veas? ¿Por qué no quiero que te vuelvas a cruzar en mi camino? ¿Por qué no quiero saludarte ni hablar con vos? ¿Por qué? ¿Es porque no puedo tolerar tu discurso y hacerme cargo de tu demanda o es porque sabés de la máscara que oculta mi verdadero yo, ése que se niega a mostrarse así porque sí y que vos alcanzaste a vislumbrar?

Sobre el autor: Fernando Andrés Puga

Precoz - David Moreno


Vivíamos separados por una pared, mi dormitorio pegado a su salón. Tan cerca, tan lejos. Nunca nos habíamos visto, ni oído, ni siquiera preguntado nuestros nombres, pero cumplíamos entusiasmados con nuestra cita. A las diez en punto de la noche desde hacia unos meses, abría mi libro de poemas y le recitaba unos versos de amor en voz alta. Ella, para que supiera que eran de su agrado, daba unos golpecitos y felices dormíamos hasta el día siguiente.
Anoche, me atreví. Me asomé a su ventana, justo cuando impaciente apoyaba su cabeza en la pared. Al girarse, vi que era tan sólo una niña, con sus ojos me decía que la esperase.

Tomado del blog: No Comments
Sobre el autor: David Moreno

Monstruos – Claudia Sánchez


No le gustaba lo que veía a diario en el espejo. Ese día decidió entrar para hablar con ella, para persuadirla de que dejara su odio de lado y se decidiera a perdonar. Pero al hacerlo, solo logró que ese odio se multiplicara en mil fractales y se incrustara en su carne hasta casi desangrarla. Ya pasó mucho tiempo de aquello. Hoy concluye que valió la pena. Ahora la mujer del espejo ya no siente odio por quien la abandonó: ahora comprende que nadie podría amar a un monstruo como ella.

Sobre la autora: Claudia Sánchez

sábado, 17 de septiembre de 2011

Entretelones – Sergio Gaut vel Hartman


—Hagamos esto: vos te hacés el muerto.
—¿Cómo?
—Tengo un extracto de amonita que reduce los signos vitales al mínimo durante un par de días.
—Bien. ¿Y después?
—Voy a la cueva, digo: “Lázaro, levántate y anda” y se habrá producido el milagro.
—Eso es fuerte. ¿Y luego?
—¡Ni idea! Si sale bien pensamos algo.
—Va a ser divertido.
—¡Ya lo creo!
—¿No será peligroso?
—Sin un poco de riesgo no hay emoción.
—Eso es verdad.

Sobre el autor: Sergio Gaut vel Hartman

Dulce - Alejandro Bentivoglio


Mario es frío, fantasmal, transparente. Como el reflejo de un silbido en la oscuridad. Sus pasos son suaves, afeminados, y su voz completamente lampiña. Poco hay de varonil en el espectral y dulce Mario.

A veces queremos decirle que haga algo diferente. Que se nos manifieste de una forma que provoque el pánico más absoluto. Pero él dice que no, que prefiere ser así. Pegarle un tiro a alguien, de vez en cuando, con algún arma de bajo calibre. Quizás reírse de su víctima y alejarse, con esos pasitos cortos que casi ni dejan huella en la sangre que lentamente va ganando el piso.


Sobre el autor: Alejandro Bentivoglio
Tomado del blog: Memorias del Dakota

Reencuentro - Álvaro Sánchez Schwartz


Al llegar al lugar del accidente se me hizo difícil reconocer a Miriam. Después, sintiendo una extraña premonición caminé hacia el borde de la pista y ahí la pude hallar. Su rostro cansado y envejecido había perdido aquella hermosa sonrisa que me regalara cada mañana al despertar. Su cuerpo marchito e irreconocible, convulsionaba silenciosamente en el piso cada cierto tiempo. En la ambulancia, su mano trató de aferrarse a algo y en su búsqueda desesperada, sus ojos, asombrados, se posaron en los míos. En la calle la sirena de la ambulancia iba dejando tras de si un murmullo de palabras, mientras Miriam, perdiendo aquella desconfianza inicial, cogió mi mano como si dejara atrás a una soledad ya olvidada, y en aquel momento expiró. Y ahora si, sin miedo y como antes, juntos y de la mano, la guíe apaciblemente hacia la luz.

jueves, 15 de septiembre de 2011

11 de septiembre - Paula Jansen


Después del acto conmemorativo, los alumnos huyeron al patio. Entre gritos y corridas, típicas de recreo, Jennifer comía un sandwich —que su mamá le había preparado con tanto amor—. En eso vio a Frank en un rincón. Aislado, la mirada perdida.
Pobre, pensó Jennifer. Habían compartido el mismo pupitre desde chiquitos, y pocas veces lo había visto tan triste.
Fue esquivando la oleada de energúmenos hasta él. Se sentó en el piso, bien cerca. Le convidó un bocado. Él negó con la cabeza.
—¿Los extrañas? —se animó a preguntarle.
—¿Extrañar? —repitió Frank sin levantar la mirada del piso—. Ojalá pudiera extrañarlos. Ningún recuerdo, ninguna imagen. Sólo sé de ellos lo que me contaron... Que una mañana me dieron un beso en la puerta de la kinder como todos los días, y se fueron a trabajar al Word Trade Center.

Sobre la autora: Paula Jansen

Mal camino - Xavier Blanco


Abrió los ojos doloridos como si emergiera por un pozo oscuro. No conseguía respirar. La sangre seca obstruía su nariz y seccionaba su garganta. Descendió, tembloroso, del vehículo. Una bruma baja asediaba el paraje. Miró a su alrededor: reconoció el cuerpo de María, inerte, en la ciénaga. Sólo podía ser un sueño, quizás una maldita pesadilla. Recordaba las risas, la carretera serpenteante, el claxon del camión y aquella luz cegadora. Tal vez había aparcado en el mismísimo infierno, tal vez sobró la última copa. Aterido, sintió frío, le atacó el miedo, un silencio sepulcral antecedió al respiro de la muerte.

© Xavier Blanco 2011.
Tomado de Caleidoscopio