Mostrando entradas con la etiqueta Adriana Alarco de Zadra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Adriana Alarco de Zadra. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de septiembre de 2011

Transformaciones - Adriana Alarco de Zadra


—¿En qué estás pensando, mi estimado amigo?
—Estoy pasando revista a los errores que he hecho en mi vida. Por ejemplo, desde que el muñeco que inventé se convirtió en niño, no he podido escribir su historia porque es demasiado banal. Debería haberlo dejado como una pieza de madera, que era más simpático, travieso y versátil.
—Eso me pasa mí también…
—¿También creaste un muñeco que se convirtió en niño?
—¡No, para nada! Yo inventé un gigante que se convirtió en molino y, en vez de asustarse, los lectores se rieron a gritos.
—Así sucede cuando los personajes cambian de forma sin permiso del autor, mi estimado amigo.
—Al menos hemos entretenido a millones de lectores grandes y chicos, durante muchos años.
—No debemos afligirnos. Sigamos nuestro viaje por el espacio que un día llegaremos al Paraíso como nos prometió Dante.
—Si no se transforma en un infierno…

Sobre la autora: Adriana Alarco de Zadra

viernes, 2 de septiembre de 2011

Prendedor de oro blanco - Adriana Alarco de Zadra


Llegué al Club donde me encontraba con mi padre a almorzar. Para estar a tono con el lugar me había colocado en la solapa de la chaqueta el prendedor de oro blanco con granate, regalo de mi abuela. Los techos abovedados, las molduras doradas y las pesadas cortinas hacían juego con los sillones tapizados en cuero verde, pero no con mi viejo pantalón y mi cabello revuelto.
La escasez de socias femeninas me daba una sensación de rechazo hacia los hombres, empingorotados, puliéndose los bigotes, hablando en susurros y observándome con desaprobación desde el balcón de sus ojos. Me sentí en el sótano, debajo de las cortinas de terciopelo y los sillones de cuero.
Rechacé el suave cóctel de fresas y bebí un agua mineral, pedí ensalada en vez del plato principal e infusión de anís en vez del pudín. Allí no había jóvenes. ¿Qué diablos pasaba con la diversión?
Mi padre no dijo una palabra mientras le hacía un inventario de mi existencia. El prendedor de la abuela era el único objeto de clase que me unía a ese salón espectacular donde la gente murmuraba y movía la cabeza asintiendo. Nadie se rebelaba contra nada.
Acabé la infusión, me levanté, arrojé la servilleta y salí, dando la espalda, con ese gesto de rebeldía que me caracterizaba, a esa sociedad insulsa, hipócrita y susurrante.
—Si no lo has notado —dije a mi padre—, no existes. Eres difunto desde hace cinco años y no necesito tu aprobación.
Aún así, hasta hoy me acompaña el prendedor de oro blanco y lo contemplo con nostalgia al pensar en mi vida azarosa en miles de ciudades extrañas donde fui dando vueltas por la vida.

Adriana Alarco de Zadra

miércoles, 31 de agosto de 2011

Sombra - Adriana Alarco de Zadra


Me desperté tarde ese domingo porque en invierno de noche, a menos que sea de luna llena, no existo para el mundo. Observé por la ventana el sol que entraba a raudales mientras preparaba el café cuando me di cuenta de que una sombra me seguía al otro lado de la mesa. Era una sombra sólida y brillaba contra la pared, por los anaqueles de colores. Extrañada y enojada por tal persecución cogí la tijera de trozar el pollo y separé la sombra que me seguía. La corté al borde y dio un salto hacia atrás. De pronto caí en cuenta de que todo era tan irreal que podía pertenecer a un sueño. Me despertaría luego, como una sonámbula, en la cocina. Continuaría mi vida deslizándome por las paredes, arrastrándome por los suelos teñida de negro, como cualquier sombra digna que se respete y todo resultaría otra vez normal en este mundo de sombras en el que vivo…


Adriana Alarco de Zadra

viernes, 12 de agosto de 2011

El galán - Adriana Alarco de Zadra


Saverio llegó a la Tierra a pasar sus vacaciones al calor del sol mientras que allá en el satélite temblaban de frío. En esa época en que la colonización de otros mundos y los viajes estelares eran frecuentes, los mundos paralelos se intercambiaban habitantes, mutantes o no. Esto sucedía para promover el turismo y el estudio interestelar paralelo. El joven ocupó el sitio especial en la mesa dominical mientras la abuela pretendía que tratáramos a los llegados de otros mundos con cortesía y respeto aunque a veces nos horrorizara su aspecto o el color de su piel. Además, muchas veces su trayectoria era completamente disímil a la nuestra en educación y conocimientos. El selenita me observaba desde el otro lado de la mesa con disimulo. No pensé, entonces, que el forastero tenía tanta predisposición para enamorarse y para los accidentes. No puedo decir que tenía un estilo arcaico, pero me sobresaltaba con sus ocurrencias.
Poco tiempo después de su llegada, se desplomó de la estatua del caballo donde trepó para declararme su amor, más cerca de las estrellas, y pasó la primera semana con la cabeza vendada. Se enganchó con las riendas metálicas del corcel, aún antes de comenzar el discurso que había preparado para mí. Al caerse de cabeza desde lo alto de la estatua se dio de narices en el suelo y tuvieron que recogerlo en camilla. Pensé que había cometido una tontería pero no se lo dije porque era un tipo muy sensible. Él estaba convencido de que estos accidentes no se repetirían. Finalmente, después del paréntesis, empezó nuevamente su declaración de amor trepado en un peñasco sobre el mar. Felizmente, esta vez se derrumbó donde las aguas son profundas. Desde el bote en donde lo pescaron, me gritaba que las letras se habían mojado y sus ideas yacían en el fondo del mar. Yo lo contemplaba desde la orilla, y si esa vez tampoco logré escuchar sus palabras de amor. Restablecido, Saverio quiso declararme su afecto desde un balcón lleno de historia. Yo, admirada por la intrepidez con que caminaba por aquellos maderos carcomidos, me retiré para observarlo de lejos, al momento en que se desbarrancaba a mis pies con gran estruendo, entre tablas y polillas. Él se torció la mandíbula con el golpe y aquella lesión fue la causa de la tartamudez que le cogió de allí en adelante.
Además de ser distraído, Saverio era un desastre. No era feo pero sí desgarbado. Muy alto y delgado como un oxidado florete de esgrima, caminaba encorvado y se enredaba con sus propios pies dando traspiés, no acostumbrado a la gravedad del planeta. Tenía una boca grande de oreja a oreja que sonreía en forma perpetua, una nariz muy larga, un poco ladeada hacia la izquierda, unas orejas en punta, antenitas caídas sobre la frente, y ojos saltones bajo unos párpados adormilados. Eso sí, siempre mostró gran amabilidad, poco frecuente entre los selenitas, o “lunarios”. Cuando me traía flores tratando de ser un galán, solía entregármelas con los tallos quebrados por usarlas como prolongación del brazo para espantar moscas y mosquitos.
Volví a ver a Saverio en la nueva Colonia de Marte, dos años después, cuando gané una Beca de Estudios Planetarios y me alojé en el cubículo estudiantil. Él tenía la misma sonrisa imborrable, antenitas decaídas, ojos saltones y su nariz larga se había vuelto más torcida por los golpes continuos de sus repetidos accidentes. Era un buen guía y me dio explicaciones exhaustivas sobre la historia de la conquista del planeta, sus héroes, sus dioses bárbaros, sublimes o imaginarios. Hablaba de Armagena, Lunicarpo y Kalígula como si fueran sus más íntimos amigos. A veces se le escapaban frases en el dialecto marciano o lunar que yo no entendía pero que escuchaba con respetuoso silencio. Recuerdo la noche en que fuimos a un Centro de Entretenimiento en horas de Descanso y Recreo Obligatorio. Allí conocí al novio de Simona, la hermana de Saverio. Los hermanos hablaron poco aquella vez, por lo que recuerdo, y yo me entretuve con el amigo de Simona. A mí me gustaba el novio de la hermana de Saverio, a él le gustaba la hermana de Saverio y yo le gustaba a Saverio aunque nunca me lo dijo porque se accidentaba en medio del discurso. Admirando la noche estrellada desde tan extraño y alejado planeta, así como las románticas lunas, el novio de Simona y yo trepamos a la robocicleta. Estábamos enfrascados en una conversación tan agradable sobre la curiosa sensibilidad de sus antenas, que sólo al llegar a la puerta del cubículo donde estaba alojada, nos dimos cuenta de que los hermanos no habían subido al aparato. Él regresó inmediatamente a recogerlos, pero no entiendo aún cómo pudo Simona pelearse ferozmente con su novio, un joven tan guapo, con antenitas tan avispadas y prolongadas, sólo por un pequeño descuido.
Nunca creí que Saverio trataría de suicidarse por su fracaso. Un día me dijo: “¡Escu-cú-peme, ódiame, pate-té-ame, pero no me mires con ojos de indife-ferencia!” Aún así, no me atreví a obedecerle. A pesar de todo lo sucedido, nunca me juzgué absolutamente culpable de nada. Tampoco me sentí agobiada por los fantasmas del remordimiento cuando supe que una noche, por la desesperación, Saverio había intentado torpemente de cometer un suicidio que ineludiblemente le falló, con el veneno para dragones y bichos inútiles que guardaba en una alacena de la oficina. Desde entonces, se terminaron de desmoronar sus antenitas, se volvió de un permanente color lila, y los otros habitantes de su Colonia natal en la Luna, donde regresó vapuleado moralmente, hasta el día de hoy lo miran con recelo y suspicacia. Regresé a la Tierra al terminar mis estudios y no volví a verlo a él ni a Simona ni al novio de Simona. Espero que se haya olvidado de mí y viva feliz en la Luna, porque ese galán amable y desgarbado, fue siempre irremediablemente distraído. En el fondo, era una buena persona, cordial, gentil y correcto.
40

miércoles, 20 de julio de 2011

Sueño – Adriana Alarco de Zadra


Soñé que cabalgaba un unicornio. Volaba con sus alas equinas desplegadas, sobre árboles de bosques tropicales donde asomaban orquídeas y helechos. Más abajo, los ríos serpenteaban entre la floresta con cantarinas aguas y canoas. Remaban nativos de la zona y alzaban sus brazos saludando. Me estremecí con tanta belleza y tan emocionada estaba que resbalé y apreté el cuerno frontal de mi cabalgadura, pero empecé a caer, flotando entre el rocío del atardecer. Caí sobre un lecho de flores, que eran las de mi colchón en la cabaña amazónica donde me alojaba, y desperté en brazos de mi amante estupefacto y dolorido.

Sobre la autora: Adriana Alarco de Zadra

jueves, 14 de julio de 2011

Ejemplar de laboratorio - Adriana Alarco de Zadra


Santiago vive en un laboratorio. Ha nacido allí. Lo han tratado bien, no se puede quejar, pero no sabe lo que hay al otro lado de las paredes ni de las ventanas que dan a los pabellones diferentes del lugar en donde vive. Tiene muchos deseos de ver lo que sucede afuera. Desde pequeño ha tenido esa curiosidad pero ahora ya cumplió siete años, según le han hecho saber. Es tiempo de salir. Está pensando en un plan para poder escaparse y observar cómo es el otro lado del edificio donde vive. Hay muchos corredores con miles de puertas y rejas con candados. Las ha visto cuando lo llevan rodando en camilla de una habitación a la otra, de una sala de operaciones a un dormitorio de rehabilitación.
En las noches oye murmullos y alaridos pero no sabe de dónde provienen. Una vez vio a un animalito que se fugó y llegó cerca de donde él estaba en ese momento. Lo observó solamente a través del vidrio de una puerta porque lo cazaron y se lo llevaron, medio muerto de susto como estaba. Parecía una rata pero era más grande. Él ha visto algunos animales en la pantalla, cuando lo dejan mirar, porque generalmente, no le está permitido. Los instrumentos y aparatos que tienen allí son solamente para los médicos investigadores y no para los ejemplares de laboratorio, como le han dicho.
Conoce a casi todos los doctores, a las mujeres que barren en las mañanas y a los limpiadores de lámparas y vidrios. Cuando son nuevos, algunos van una sola vez y no quieren seguir trabajando allí. Probablemente se asustan de la responsabilidad pero el caso es que no los ve más. A veces, algunas personas le traen juguetes de regalo. Sobretodo las mujeres que barren. Felizmente, tiene un cuarto todo para él, donde puede hacer correr su camión de madera, jugar a la pelota o armar una guerra con sus soldados de plástico. No es muy grande y no tiene ventanas pero, al menos, es un lugar sólo para él. No conoce otras personas que se le parezcan, pero tampoco ha visitado los otros dormitorios. Habla con dificultad, cuando le preguntan algo, y sólo con los médicos que lo atienden.
No lo dejan salir del establecimiento porque no puede recibir los rayos de sol en su cuerpo. Además, ha estado muy delicado de salud últimamente.
Cada cierto tiempo debe quedarse en cama y lo alimentan a través de tubos y agujas que hincan por todo su cuerpo. Entonces, vienen otros médicos a examinarlo, a estudiarlo, a analizar su sangre y sus vísceras. Lo colocan sobre una camilla bajo muchas luces y lo revisan. Están horas contemplando cómo pasa la sangre por sus venas y cómo se mueve el corazón. Sí, porque su piel es transparente y pueden ver dentro de él como si, verdaderamente, no existiera para nada.
Felizmente tiene un nombre. Él es Santiago. Si no lo tuviera, pensaría que ni siquiera es alguien, porque ser transparente le da la sensación de disolverse en cualquier momento en el agua en que se baña, o bajo la luz artificial donde lo colocan para examinarlo.
Quiere salir del laboratorio y ver lo que hay afuera porque después va a pasar largo tiempo en cama. Dentro de poco le van a cambiar la médula espinal para ver cómo se comporta su cuerpo, según ha escuchado decir a los médicos cuando conversan entre ellos. No necesitan ni anteojos, ni radiografías, ni microscopios. Basta observarlo y, cuando se desnuda, él mismo ve cómo se mueven sus huesos, cómo corre la sangre, cómo llega el alimento hasta su estómago y luego baja por los intestinos. Ha aprendido todo eso, mirándose a sí mismo, a ratos, porque tampoco le permiten quedarse mucho rato sin la ropa.
Esperará a que sea la hora en que se retira la mayor parte de los médicos para procurar llegar a la puerta del establecimiento y ver lo que hay afuera. Ha pensado, con astucia, cómo hacer para que la puerta no se cierre del todo, y poder abrirla desde adentro.
Cuando escucha que se despiden los ayudantes, asistentes, auxiliares, médicos, investigadores, químicos, farmacéuticos y demás personas que lo rodean de día, se escabulle. Quita el cartón de la puerta donde lo ha puesto para impedir que se cierre herméticamente y sale de puntillas.
Al fondo de un corredor largo, ve escaleras en espiral y baja, un pie delante del otro, cogiéndose de la baranda porque teme caerse. Nunca ha bajado o subido una escalera. ¡Ya era hora que lo hiciera! ¿Cómo no se le ocurrió antes? ¿Es que estaba siempre medio dormido, o es que ahora está más despierto?
Paso a paso llega al fondo de la escalera que parece un caracol. Hay un reflejo en la pared. Se asusta porque parece una calavera andante. Acerca la mano y el reflejo acerca su mano. Se tocan y el otro es frío. Alza los brazos y el reflejo también alza los brazos. ¡Horror! ¿Esa calavera andante es él? ¿Un ser lleno de latidos por dentro, con una piel tan cristalina y delicada que lo cubre? Escucha latir su corazón y parece que fuera a salirse de su pecho.
Aterrado, corre hacia la puerta. No está cerrada con llave. Escucha que alguien lo llama desde lejos. No se detiene. La abre y sale finalmente al aire libre, al espacio exterior, fuera del laboratorio donde pasó su vida desde que nació. Los últimos rayos del sol, detrás del pabellón de enfrente, lo bañan de luz. Siente que la piel le quema, se incendia, le sale humo y poco a poco, se va desintegrando, disolviendo, desapareciendo hasta que queda sólo un montoncito de ropa, lavada, desinfectada y planchada, en el suelo.
Eso es todo lo que encontraron de Santiago, en la puerta del establecimiento médico, el día que tuvo el valor de asomarse fuera del laboratorio.

miércoles, 11 de mayo de 2011

Ignacia y el alma voladora - Adriana Alarco de Zadra


Cuando el marido de Ignacia falleció en el campo, trabajando de sol a sol, ella jura que vio su alma salir volando y zumbando por el aire hacia las tierras de arriba, en las alturas de los Andes.
Esperaba el regreso del difunto a su hogar, después de cinco días, y que le dijera, como todas las almas que se respetan:
-Ya he vuelto. No voy a morir todavía para siempre.
La familia era muy pobre y debía trabajar mucho en los andenes para sustentar a la numerosa prole. Así es que esperaba el regreso del alma de Santiago, su marido, con gran alegría, la misma que vio salir volando hacia lo alto, zumbando y silbando como suelen hacer las almas.
Ignacia, sus hermanos y sus hijos siguieron trabajando las chacras y lo esperaban el día que debía llegar, cinco días después de su fallecimiento, para ayudar en los quehaceres del campo.
Sin embargo, Santiago no se hizo ver ese día y sólo apareció al sexto día. Ignacia estaba muy enojada y lo reprendió:
-¿Por qué eres tan perezoso? ¿Por qué no has regresado como todos los demás que llegan sin falta al quinto día? ¿Por qué nos has hecho esperar ayer en vano?
Así diciendo le arrojaba las corontas del maíz a la cabeza y perseguía el alma de su difunto esposo por los andenes, mientras ésta corría para escapar de la furia de su mujer.
-No he podido llegar antes porque no me has dejado alimento para mi viaje, ni bebida para la sed, respondió el alma, tapándose la cara, asustado y avergonzado.
Sin embargo, Ignacia seguía molesta y gritando. Después de muchas horas, como no se calmaba la mujer, el alma decidió morirse de veras: produjo un ruido sibilante, se disolvió en el aire y desapareció en lo alto, en camino a las tierras de arriba.
Es por esta razón que, hasta hoy día, Ignacia lleva comida y bebida a la sepultura durante cinco días, todos años, en el aniversario de la muerte de su ser querido, con la esperanza de que no se haya ido todavía a las tierras de arriba y pueda regresar otra vez entre los vivos.

viernes, 15 de abril de 2011

El Laberinto - Adriana Alarco de Zadra


Lo veo entrar en el laberinto. Recorre túneles y pasadizos, grutas y cavernas. Está buscando al divino monstruo bajo las paredes húmedas de musgo, entre los helechos y los hongos que cubren las piedras. Sobre el estrecho sendero donde camina, asoman flores negras, venenosas. Aproximarse al lugar de terribles acontecimientos da prueba de su valor. No lo reconozco, puede ser Teseo o Perseo.

Lanzo un terrible rugido para espantarlo y entonces él vislumbra mi máscara monstruosa. Saca su cimitarra del cinto y retrocede hacia la entrada, pero se detiene al ver a Pegaso que revolotea fuera de la gruta en lo alto de la colina sobre el mar. Dos serpientes envuelven mi cintura y se enroscan en mis cabellos. Me miró a los ojos y nunca se dio cuenta que yo soy la hermana menor de Gorgona. Allí ha quedado su estatua de piedra custodiando mi secreto.

Sobre la autora: Adriana Alarco de Zadra

martes, 29 de marzo de 2011

Ciencia Ficción - Adriana Alarco de Zadra


Cuando pienso que estuve a punto de casarme con un escritor de ciencia ficción… me estremezco.
Hoy estaría viviendo en Ganímedes, una de las lunas de Júpiter. Habría pasado mi luna de miel cruzando la aterradora mancha solar a caballo de un cometa, bajo una lluvia de meteoritos. Habría vivido espantada del empuje de los vientos solares o cabalgando centauros y visitando estrellas perdidas en la galaxia.
Felizmente vivo tranquila y sin sobresaltos. Soy la esposa respetada de un político que llegará a ser muy pronto Alcalde de la ciudad Futuris en Marte, cuya misión es evitar que circulen terrícolas en la ciudad porque son agresivos y pendencieros. Mis cuatro hijos, todos jóvenes ejemplares, llevan adelante la empresa familiar la cual se ocupa de las naves que salen de la Tierra a las lunas de Marte y viceversa.
Gracias a los consejos de Zeus, soy una marciana muy feliz.

Sobre la Autora: Adriana Alarco de Zadra

Imagen: Flight, de Agyany en deviantArt

domingo, 20 de marzo de 2011

Sótanos, áticos y depósitos - Adriana Alarco de Zadra


Es muy triste que ya no existan los sótanos, áticos y depósitos en las antiguas casas familiares. Recuerdo que cuando era niña vagaba por esos lugares buscando tesoros, como podían ser anti ...guas monedas, tapas doradas de lapiceros de tinta, discos de la vitrola con manizuela, baúles llenos de ropa de terciopelo y encaje, cartas desteñidas por el tiempo y el aire salado de los barcos. Así también, cintas separadas en cajas, como largas o cortas y esas últimas servían para adornar a mis muñecas.
Una vez encontré un espejo de marco dorado con un fantasma al fondo que me conversaba. Traía un pañuelo bordado con manchas de rouge y de vino tinto, como triste recuerdo de la última fiesta a la que asistió. Lo reconocí luego entre los retratos oscurecidos de personajes atemorizantes que se guardaban en el ático. El fondo mostraba un cielo tempestuoso y un paisaje demasiado alucinante para ser real. Los relatos de viajes y aventuras de mi amigo del espejo, llenó mi imaginación de fantasía desde muy tierna edad. Entonces no existía el televisor y yo pasaba horas delante del antiguo espejo escuchando sus historias.
Hoy, cuando veo que se botan a diario los lapiceros, los pañuelos, o se cambian los celulares, las casas y hasta las parejas cada año, me pregunto ¿adónde va todo eso? ¿Y las personas olvidadas, se esconderán en los espejos? Por las dudas, nunca dejo de atisbar los reflejos en cada uno de ellos que veo, porque quizás pueda encontrar otra vez al fantasma de mi niñez para agradecerle por las horas encantadas que pasó conmigo y decirle que yo sí lo recuerdo con cariño.

sábado, 26 de febrero de 2011

Pedido de Mano - Adriana Alarco de Zadra


Cada vez que se inauguraba un parque o un monumento en la pequeña ciudad andina, se hacía el pedido de mano.
Los funcionarios municipales con traje de domingo, se acercaba a la casa de Ildemira Huapaya, con discursos pomposos y sollozos de las lloronas, a pedir la mano santa para bendecir todos los rincones de la ciudad, en especial el parque o el monumento en cuestión.
Ildemira salía, con ademán ceremonioso y manto bordado, a bendecir con agua bendita de la iglesia cercana, después de acercarse a la tumba de su abuela, fallecida en olor de santidad a la edad de 105 años. Luego de haber sacado la mano huesuda del cajón, desprendida por el pasar de los años, le ponía una ramita de ruda y una de romero entre los dedos que encerraba en los suyos y bendecía en la ciudad todo lo que necesitaba bendición a gritos.

Sobre la autora: Adriana Alarco de Zadra

jueves, 24 de febrero de 2011

América – Adriana Alarco de Zadra


Por falta de sumisión hacia un marido impuesto por la familia, María Cano fue tachada de mujer inferior, impura e infiel por la Inquisición en el S.XV. Escapó de las mazmorras vestida de varón a caballo de un rocín más flaco que Rocinante y llegó a un puerto sobre el Mediterráneo. Con coraje y gritando “al abordaje”, se trepó a un bergantín pirata y se aparejó con cimitarra, daga y puñal. Sin que la vieran se tiñó con carbón sobre el labio superior tratando de parecer mancebo. Barco va, barco viene o puerto va, puerto viene, terminó en una carabela con Vespucio al mando, el cual descubrió su verdadera identidad cuando le robaron la ropa que lavaba a escondidas. La cobijó bajo su cobija y al llegar al Golfo de México, entre islas caribeñas y ocasos en el Atlántico y el Pacífico, le concedió su amparo y decidió ponerle nombre al nuevo continente, pero no Américo sino América en honor a su amante María Cano, pirata sin ropa y desvergonzada por naturaleza.