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lunes, 26 de septiembre de 2011

Sincerando la historia – Sergio Gaut vel Hartman


—Hace tiempo que no hablamos —dijo Victoria moviendo el dedo en círculos sobre el apoyabrazos del sillón.
—¿Tenemos algo más que decirnos? —Bruno dejó el libro a un costado. Llevaban casados más de veinte años—. Creo que ya nos dijimos todo lo que había que decir.
—Nunca te dije que sos un idiota, por ejemplo.
—Es cierto —respondió Bruno soltando el aire—; nunca lo dijiste. ¿Y eso? ¿Creíste que era sagaz e inteligente y se te acaba de ocurrir que no lo soy?
—Se me acaba de ocurrir. Pero tal vez lo supe siempre.
—A mí me ocurre lo mismo. Creo que siempre supe que sos una histérica insoportable y manipuladora, aunque sólo en este instante me atrevo a concederme la libertad de expresarlo.
—¡Qué pomposo! —Victoria se levantó del sillón y cruzó la habitación en dos zancadas para alcanzar el bar y servirse un vaso de vodka que bebió de un trago.
—¿Desde cuándo tomás así?
—Desde ahora; siempre quise hacerlo y no me atrevía.
—Hay que atreverse —suspiró Bruno. Parecía que se iba a hundir en su asiento, pero en lugar de ello se levantó de un salto, se lanzó sobre Victoria y le descargó el puño en la mandíbula. La mujer cayó hacia atrás y su espalda golpeó sordamente contra el bargueño. No obstante, en lugar de mostrar dolor, en el rostro le brotó una franca sonrisa. Acto seguido, la mano abrió un cajón del mueble del que extrajo una Bersa Thunder 380. Victoria disparó tres veces y Bruno, con el asombro pintado en la cara, cayó hacia atrás.
—Ciertamente, ahora sí tenemos algo de qué hablar: de tu funeral, pero lamentablemente será un monólogo, otra vez, como siempre.

Victoria lingüística – Héctor Ranea


Fuimos con mi mujer al cine a ver una de horror. La verdad, al poco de empezar estábamos aburridos como mejillones en la bajamar de agosto. Un embole lleno de monstruos de pacotilla, momias, gatos que saltan en la oscuridad, tipos con podadoras, tenazas, todos los lugares comunes del género en un rejunte espantoso. Entonces, se me hizo una laguna en la sabiola y le pregunté a mi amada
—¿Che, existe el verbo horrorecer? ¿Sabés que no me acuerdo?
—¡Querido! ¿Cómo va a existir semejante burrada!
—Habría que inventarlo.
Para esto, el tonito de las contestaciones me había levantado la menesunda y hablaba medio en voz alta, por lo que escuchábamos las protestas y chistidos de lechuzones de los arrabales de los espectadores. Como la película era bastante oscura, no veíamos casi nada de ellos, por lo que agradecí así no nos reconocían a la salida.
Para esto, unos zombis habían tomado control de una estación espacial china y los estaban despellejando del balero para sacarles el cerebro a todos los astronautas. Volví a la carga:
—¿En serio que no existe? La verdad… ¿Cómo se diría que algo te horrorece?
—¡Puaj! ¡Es asqueroso! Suena como el tujes.
—¿Y, pero cómo se dice? ¿Acaso no existe: “me horroriza”?
—¡Sos más bruto que un fleje de cama turca! ¿Qué tiene que ver?
La gente estaba molesta, realmente. Para colmo, en un raro momento de luminosidad en la película, alcancé a ver a dos que me miraban con un odio que parecía que les hacía brillar los ojos. Si las miradas matasen, nos estaban asando.
La película, totalmente previsible y tonta, finalmente acaba en una orgía de sangre, sudor y lágrimas, por no decir también semen, como corresponde a esas cosas de poca monta.
El asunto es que, cuando encendieron las luces, los otros espectadores se nos vinieron al humo, suponía yo, para increparnos duramente nuestro comportamiento. Cuando vimos que eran monstruos, zombis, momias y vampiros nos quedamos de una pieza. Ahí mi mujer me dijo:
—Tengo que admitir que tenías razón. Esta situación me horrorece u horrorifica, que me gusta un poco más.
Ni qué contar lo que le contesté. A esa altura del partido no valió la pena.

Héctor Ranea

domingo, 25 de septiembre de 2011

El frasquito de cristal – Guillermo vidal


Se buscó por todos los sistemas planetarios del reino el código genético perfecto para complementar a la princesa heredera, lo hallaron finalmente en un joven colono de una granja en los asteroides perdidos. Lo llevaron en la nave de su majestad a pesar de la oposición de la familia que profesaba una religión que prohibía ostentar cargos. Para evitar desobedecer sus creencias y a su gente el inexperto colono escapó a la primera oportunidad y tratando de evitar un conflicto con la colonia y el reino dejó en un frasquito de cristal su esperma.
Así fue engredado el heredero pero él fue exiliado por los suyos ya que sus creencias prohibían guardar el esperma en frascos.
La princesa fue hasta la caverna donde el joven colono purgaba su culpa, en un planeta desierto, con el niño nacido en brazos pero él no apareció.
—¿Qué voy a decirle cuando pregunte por su padre? —gritó desesperada y nadie le respondió.
—No voy a irme hasta obtener una respuesta —insistió la joven mientras el bebe lloraba.
Tal vez la escena ablandó el corazón del penitente y de un montículo que hasta el momento parecía una piedra emergió una mano que sostenía un frasquito de cristal.

El futuro puede esperar - Xavier Blanco


En la oscuridad, auscultaba las conversaciones cruzadas que recorrían el vagón, las risas adolescentes, el llanto de un bebé, el respirar pausado de un anciano. Extraña sensación, como si dormitara en su ataúd investigando las charlas que susurra el silencio del velatorio. Le costaba enfrentarse a su nueva realidad. Abrió los ojos, intentando descubrir los rostros que escondían aquellas voces, aquellas risas, aquellos lloros... Miraba. Todo era nuevo para él. Era difícil saber las horas que llevaba allí sentado, ¿dos, tres, toda la mañana?... Tantos años con el reloj parado, el alba y el ocaso, dormir y existir, no había tenido tiempo para mucho más. Sólo para llorar. Ahora podía elegir y bajarse en la parada que quisiera, ¿debe ser eso la libertad? – se interrogó; una mueca cruzó sus labios. Se sentía ridículo con aquel gorro verde, pero hacía frío. Esa ciudad ya no era la suya, la extrañaba. Podía descender en ninguna parte, y desde allí iniciar su camino hacia ningún sitio, escudriñando su no futuro. Tenía todo el tiempo del mundo para hacer nada. Ahora era dueño de su destino, podía imaginar lo que quisiera, incluso atar una soga a su cuello o disparar el gatillo. El tren se paró, y aquel sonido metálico volvió a martillar en su cerebro, recordándole las veces que la reja de su celda se había cerrado tras sus pasos, cuatro veces al día durante los últimos veinte años. Ese sonido le volvía loco, le empequeñecía. Reparó en la anciana de cabellos panocha, en el adolescente espigado, en la mujer que había sentada a su lado… olía su perfume. Cómo había cambiado el mundo. Cerró los ojos y volvió a meterse en su ataúd. Se cerraron las puertas del tren. El futuro podía esperar.

© Xavier Blanco 2011.
Tomado del blog: Caleidoscopio
http://xavierblanco.blogspot.com/

sábado, 24 de septiembre de 2011

La imaginación al poder – Héctor Ranea


—¿Se da cuenta de lo que me pide?
—Sí; tengo que filmar una documental y elegí el tema de un poeta. Quiero saber qué le pasa a un poeta por la cabeza cuando escribe un poema.
—Eso es fácil, hombre. Ruido. Es difícil filmar eso.
—Lo dice con sarcasmo.
—Más o menos.
—¿Y qué si tengo la tecnología para entrar en su cerebro y filmar cómo se consume el azúcar en cada parte?
—Esa es buena. ¿Puede hacer eso? ¿Aunque no tome azúcar?
—Sigue sarcástico…
—Lo que sucede es que no creo que pueda. No debe haber parte del cerebro que no haga algo. Está la parte que debe reaccionar porque hay que mover algo. Está la parte que se mueve porque está escribiendo lo que dice pensar pero también la que piensa ¿por qué escribiré eso si no es lo que quiero escribir?
—Pero…
—Está la parte que quiere sacudirse del poema escrito o escribiéndose. ¿Es raro? No me interrumpa. Cuando eso pasa pierdo el poema y la realidad está interrumpiendo todo el tiempo.
—¿Y la inspiración?
—Eso. ¿Y la inspiración? Yo no sé lo que es eso. Sé lo que es sacudirse un poema ya escrito de encima porque sé que no escribí lo que tenía encima, dentro de mí, alrededor de mí.
—¿Lo que se imaginó?
—Lo que evoqué con la mente de aquello que imaginé pero fui incapaz de pasar al papel.
—¿Entonces por qué sigue?
— Porque estoy esperando que venga otra oleada de imaginación para poder lograrlo, aunque sepa que no lo lograré y así, como quien espera que el mar deje de hacer olas pero deseando que no lo haga.
—Sonríe. Pero no entiendo.
—Lo bueno de ser poeta —me dijo— es que uno sabe que no necesita entender todo.
Ahora me resigné a filmar qué hace el cerebro cuando uno contesta preguntas en un programa televisivo de preguntones y respondedores.

Héctor Ranea

Cielo de Julio – Diana Sánchez


A Julio le dolía el pecho. El costado, le dolía. Se fue acurrucando como un chico largo y flaco de ojos enormes y dientes chiquitos, prisioneros de tanto tabaco.
Yo sabía que era el final, pero no me atrevía a tocarlo. El estiró su mano y solo entonces le rocé apenas la punta de los dedos. Un estremecimiento me recorrió la espalda.
Llovía en la tarde de París y las gotas a las que Julio les había dedicado un merecido aplastamiento, se pegaron al vidrio para llorar conmigo hasta que la luna se desplomó sobre su ventana.
Ya en el cementerio, alguien me preguntó por él. Tenía una voz joven. Sensual. La mujer estaba vestida con harapos, aunque su andar era elegante. En la mano de La Maga, temblaban los jazmines.
Me di vuelta para mirarla hasta que se volvió pequeña. Lejana.
En ese momento, el llanto inconfundible de Rocamadour atravesó la mañana. Entonces, busqué una piedrita y en un dibujo imaginario, la fui empujando con la punta del zapato en un intento de llegar al cielo de la rayuela. Allí, donde Julio, estará esperando.

Advertencias en la parte posterior de un paquete de cigarrillos - Lili Mendoza


Fumar produce cáncer de pulmón, nótese la imagen donde se compara —a la izquierda— el pulmón de un fumador con un pulmón sano, asumimos propiedad de alguien sano también. Fumar produce enfermedades cardiovasculares. La imagen tamaño escala muestra a un hombre joven, digamos de unos treinta a cuarenta y cinco años, tumbado en lo que sólo puede ser un quirófano, con el pecho desnudo, un electrodo huérfano justo debajo de la tetilla derecha mientras cuatro brazos le atienden en lo que podemos asumir es una situación de emergencia. El par de brazos que está al fondo son al parecer propiedad de una mujer y como todos los fumadores son la aberración
remanente del pasado chovinista, asumiremos que ésta es enfermera porque sería imposible, imagínese usted, que una mujer sea doctor. Dios nos agarre confesados. No, el doctor es el de los antebrazos fuertes, peludos y anchos. La enfermera aplica una máscara de oxígeno al paciente. Asumimos que el paciente es fumador. Lo sabemos porque su imagen está en el parte posterior de un paquete de cigarrillos, porque qué más haría el pobre luego de trabajar doce horas en la licorería de los judíos, sin tomarse un trago, sin falsear un número, mes tras mes redondeando el mundo, sin codiciar los nalgones de la secretaria, sin incapacitarse un solo día. Fumar es nocivo para la salud y produce cáncer, Manolo, cáncer. Todo cigarrillo es nocivo para la salud y por Dios no vender a menores. Te conocemos bien Manolo porque tu imagen está en la parte posterior de un paquete de cigarrillos, porque qué más harías la riqueza de otro sin ponerle un dedo encima a ese culo glorioso, día tras día y a salario mínimo. Qué más te queda que salir a tu noche fría, envuelto en tu gabardina mientras te iluminas la cara con resplandor
de mechero, tu cara naranja acentuada, tus ojos más negros, más hondos, más tú ahora que aspiras profundo y exhalas uno a uno tus miedos, ahora que te sale el alma por nariz y boca.

Lili Mendoza

Tomado del libro Corazón de Charol A-go-gó con autorización de la autora.

La fiesta – Héctor Gomis


Yo tenía un gato gris, un delgado y elegante gato gris. Lo quería con locura, probablemente más que a la mayoría de las personas de mi entorno. Nunca le puse nombre, simplemente lo llamaba “gato”. Era el único gato en mi vida, así que no tenía que distinguirlo de otros. Así era, simplemente “gato”, el único gato en mi vida, ¿para qué ponerle nombre?
También tenía una mujer. Se llamaba Lucia, pero yo la llamaba guapa. La llamaba así porque era guapa, porque era guapa y porque era mía, como el gato.
Ni mi guapa ni mi gato eran míos en propiedad. Los dos eran míos porque querían serlo, como yo de ellos. Y dejarían de serlo cuando ellos quisieran. Si mi guapa quisiera dejar de serlo, cogería las maletas y me abandonaría dando un portazo, y si mi gato quisiera ser el gato de otro, o quizá el gato de nadie, simplemente saldría por la ventana y se iría sin despedirse, ese era nuestro trato, esa era toda mi vida.
Por lo demás, nada considerable poseía, algunos objetos inútiles, una sólida reputación que no me sirvió para nada de provecho, bastante dinero ahorrado que jamás disfruté, y un puñado de conocidos que nunca fueron más que eso, conocidos.
He descubierto en estos días que estoy desapareciendo. Tener consciencia de un hecho así te hace replantearte toda tu vida. He comprobado que realmente no voy a echar de menos demasiadas cosas, quizá lo más triste de esta situación es darme cuenta de que el noventa por ciento de mi vida me la podría haber ahorrado, reuniones con gente que detestaba, conversaciones absurdas, personas intrascendentes, sexo maquinal y aburrido con desconocidas, trabajos rutinarios…, tiempo perdido, irremediablemente perdido, estúpidamente perdido.
Desde que empecé a desaparecer hablo en pasado sobre los seres que quiero, aunque sigan aquí, a mi lado, ya los siento muy lejos. Los veo todos los días por casa, pasando junto a mí, hablándome, pero al mirarlos tengo la sensación de estar observando una antigua película casera. Ahora entiendo a mi madre cuando, al poco de morir mi padre, pasaba las horas con sus viejas fotos, evocando lo feliz que un día fue. A mi me ocurre lo mismo, no puedo reprimir las ganas de observar a Lucia. Disfruto de su presencia y al tiempo sufro cada vez que la veo, como un bello recuerdo que ya nunca volveré a vivir. Con mi gato es distinto, creo que ha sido el primero en darse cuenta de que ya no estoy con ellos. Hace días que no se me acerca, ni me lo encuentro en la puerta esperando mi llegada, ya no busca mi regazo cuando hace frío, ni acude a mis llamadas. Su actitud me duele, pero la entiendo, desde luego la prefiero a la de mi mujer, ella sigue empeñada en mantener mi presencia. Siempre fue una mujer muy obstinada y no se resiste a perderme, aunque de sobra sabe que eso ya es imposible, hace mucho que empecé a difuminarme y ahora soy una pálida imagen de lo que fui, en pocos días ya no quedará nada de mí, solo el triste muñeco que es mi envoltorio.
Con la perspectiva que da mi situación, he comprendido que cualquier intento por evitar mi desaparición es inútil, inútil y doloroso. Solo espero que mi mujer lo entienda más pronto que tarde y sea capaz de sobrellevarlo lo mejor posible. Yo ya lo he aceptado, con tristeza pero serenidad, y, al fin y al cabo, puedo estar orgulloso de algo, mi mujer nunca se fue dando un portazo, ni mi gato quiso ser el gato de nadie más, al menos eso lo hice bien.
Ahora solamente me queda una cosa por hacer, seguir el consejo que un viejo amigo me dio e irme antes de que acabe la fiesta, porque no hay nada más triste que ser el último en marcharse de una fiesta y ver que ya no queda nadie a tu alrededor.

Tomado del blog: Un cuento a la semana

Malos humos - Sergio Gaut vel Hartman & Javier López


La ley antitabaco resultó absolutamente restrictiva. Nadie podía fumar en un espacio cerrado. Ni siquiera en la propia casa. Podía haber peligro de que uno tuviera hijos pequeños y los envenenara con el humo de los cigarrillos. E, incluso, de no tenerlos, que recibiera la visita de algún sobrinito o niño pequeño. Y el gobierno bien es sabido que se preocupa sobremanera por la salud de los ciudadanos.
Cuando Umberto leyó la noticia en los periódicos no quiso creerla. Y tampoco cuando escuchó en los telediarios la advertencia:

Desde hoy, tres de enero, no se podrá fumar en espacios cerrados, ni aun en la propia vivienda. La nueva ley así lo establece y, aunque todavía no se hayan fijado las sanciones por incumplirla, el gobierno asegura que serán duras y ejemplarizantes

Umberto, que en ese momento iba a echar mano al paquete de tabaco, se retrajo y lo dejó. Pero, pensándolo bien, ¿quién podría enterarse de que fumaba en su propio hogar?
Así que tomó un cigarrillo y el mechero que estaba encima de la mesa. Hizo ademán de encenderlo, pero en ese momento escuchó pasos en el descansillo de la planta cuarta, donde vivía, y lo volvió a dejar.
¿Y si lo encendía en el salón y recibía una visita justo en ese instante? Lo pensó mejor y recorrió mentalmente las distintas estancias de la casa. La cocina quedaba demasiado cerca de la puerta del piso, con lo que el olor de tabaco rubio podía trascender en el momento que alguien llamara a la puerta y él abriera. El salón ya lo había descartado. El dormitorio sería un buen lugar, pero ya de por sí no tenía costumbre de fumar en esa pieza de la casa. De hecho, era la única que respetaba. Así que la única habitación que quedaba era... el baño. Allí desde luego nadie podía verlo, estaba lejos de la puerta de entrada y, además, tenía un servicio con ducha para invitados. De manera que si alguien lo visitaba, podría ofrecérselo y nadie tendría que entrar en su baño.
Se encerró y tomó algunas precauciones, como poner gel de ducha en el lavabo y abrir el grifo con todo su caudal. Así la espuma transmitía el olor del gel y enmascaraba un poco el del tabaco. Luego, cuando terminara, echaría ambientador para disimularlo aún más.
Acercó el mechero a la punta del cigarrillo. Aspiró con fuerza, deleitándose más que nunca, ya no sólo con el sabor, sino también con el aroma del tabaco rubio. "Ahhhh, qué placer", se escuchó decir a sí mismo.
Pero cuando apuraba la tercera calada, pudo oír una sirena sonando encima de su cabeza. "Un detector de humos", pensó. “¿Quién demonios...?”
No había pasado un segundo, cuando escuchó violentos golpes en la puerta de la calle. No era un aviso. La derribaron con la misma furia con la que derribaron la del baño, y aterrado pudo ver a tres hombres uniformados y con rifles de asalto que se habían metido en su casa. Lo llamaron por su nombre y apellidos, le leyeron los párrafos operativos de la ley, y antes de que pudiera reaccionar, lo ejecutaron disparándole varias ráfagas de balas.
En pocos meses la ley surtió efecto. El noventa y nueve por ciento de los ciudadanos abandonó el mal hábito de fumar. Del otro uno por ciento, jamás se volvió a saber.

Sobre los autores:  Sergio Gaut vel Hartman y Javier López

La silla de don Pablo - Samanta Ortega


Don Pablo vive en una pequeña casa de madera sobre el río. Y con ‘sobre el río’ me refiero a sobre el río. Sólo una reducida parte de su casa tiene por debajo tierra firme. La otra es como suelen llamarla sus dos hijas 'el muelle'.
Don Pablo hace rato que no sale de su casa. Dice que no tiene razones suficientes para hacerlo. Tita, la menor, preocupada, comienza a visitarlo con frecuencia. Buscando cualquier excusa lo saca a dar un paseo, pero él pone su condición, que sea de la mano y que antes le explique el por qué de esa curiosa y repentina necesidad. “Necesito que me acompañes al pueblo a buscar una medicina, no quiero ir sola, me aburro”. O “que me ayudes con la compra, que sólo tengo dos manos”. Pero eso funciona hasta que don Pablo le dice que ya está grandecita para depender tanto de él. Que lo deje en paz.
Don Pablo hace meses que no se mueve de su silla, la de la cabecera de una mesa ovalada para seis personas. Allí habían comido, además de su esposa (a la que ahora lleva en un portarretratos con la última foto que pudo tomarle) y sus hijas, las visitas diarias que recibían siempre con mucho gusto, incluyendo a los que ahora son sus yernos. “Papá, no puedes seguir así, todo el día sentado. ¿No ves que el piso está cediendo?” Pero Tita no puede convencerlo de salir y empieza a suplicarle. Él insiste con firmeza que no tiene intenciones de moverse, que no encuentra una buena razón para hacerlo. Tampoco quiere cambiar de silla y hasta duerme en ella. Tita llega a la desesperación. Así fue como a su hermana mayor se le ocurrió lo de la silla de ruedas. No le dan opción y lo empujan hasta que quedan agotadas: “Ves que hace bien tomar un poco de aire”, le dicen intentando convencerlo una vez más, pero para don Pablo es absurdo: “Es la última vez que me faltan al respeto de esta forma”.
Y dicho y hecho.
Siguiendo el consejo de su marido, Tita deja pasar una semana antes de volver a visitarlo. Cuando entra a la casita se encuentra con lo que más temía: un agujero en el piso de madera y la corriente de un río que no descansa.
A don Pablo lo encontraron aferrado a su silla dos pueblos más allá.

Frente al retrato - Fernando J. Veríssimo


“La historia nos pisa los talones. Nos sigue como nuestra sombra, como la muerte.”
Marc Augé

No habiendo terminado de remover los últimos vestigios de protector solar UV factor 30 que persisten con la tenacidad un tanto inextricable que a veces manifiesta la materia inanimada, Cato, con sus bermudas color caqui, su mochila colgada del hombro derecho, con el peso muerto, exangüe como el cadáver animal que un cazador carga hasta su campamento tras la montería, Cato, con su gorro de algodón con olor a naftalina, sus alpargatas blancas, se detiene frente al retrato de Don Juan Guzmán de Frías, que desde un sitio más o menos lejano de la historia de España lo provoca con su mirada más noble.
Mira Cato la superficie de la tela como quien mira la de un espejo, pero con la conciencia clara de quien conoce la diferencia. Ve en la mirada de Don Juan, primero, la serenidad de quien se conquistó a sí mismo a través de las batallas, de las largas jornadas marítimas, de las meditaciones conventuales; después y más allá del remanso, vislumbra el orgullo, la huella que deja el intenso amor por las hembras, el arrebato que conduce a la furia y su posterior sosiego. Percibe también la ambición, la soberbia, la intolerancia, la devoción, el arrepentimiento. Cato baja la mirada a las manos del noble, recogidas sobre el pecho, entrelazados los dedos sobre los botones nacarados, el pliegue de su camisa oscura, el talle de su abrigo algo rústico. Vuelve sobre sus manos. Se concentra sobre sus dedos que tal vez hayan empuñados floretes, espadas, facas, pistoletes, obuses. Piensa en los floretes, en los pechos en los que esos floretes se hundieron lacerando la carne que, irremediablemente, la corrupción alcanzaría poco más tarde. En la sangre derramada. En otras manos que, por reflejo, se aferrarían al florete como queriendo detener el tiempo en su prensión fútil y con él a la muerte. Piensa en el aliento de esas bocas que intentarán contener el gemido final con mayor o menor éxito. Y en la mirada agónica que pierde el brillo, que se lleva el alma que se va como se va la sangre por la ínfima oquedad que el pecho del ahora casi muerto abriga. Hay en uno de los dedos –para Cato el mayor derecho– un anillo de sello en el que pareciera poder reconocerse el escorzo de un águila con las alas plegadas. La pincelada no deja más que intuirlo con esfuerzo. Sube sobre los trazos hasta donde el óleo define una barba prolijamente recortada en la que se destacan los bigotes vastos y tupidos. Cato se acerca y, ahora sí, la destreza de las pinceladas permiten casi distinguir los brillos de la luz en cada uno de los pelos, como si hubiesen sido pintados de a uno con una cerda tan fina que permitiera reproducir cada destello según su modo individual, único. Se aleja y medita sobre las batallas que él mismo no llevó adelante, sobre la rutina de los días que transita con continua desazón. Considera los amores perdidos, las decisiones que no fueron y, por ello, no pudieron siquiera ser las equivocadas. Piensa en su existencia más débil, en sus días que se precipitan sin sentido alguno.
Vuelve a detenerse sobre la mirada de Don Juan Guzmán de Frías mientras lleva lentamente la mano al bolsillo de su camisa blanca, saca un encendedor plateado, lo abre, acciona la rueda y lo acerca con morosidad al retrato.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Saut de chat, en avant - Lili Mendoza


Bertilda, mi secretaria, corre a la cafetería y mete cincuenta centavos en la máquina de café. Los cincuenta centavos son de ella, el café es para mí.
Bertilda, la llamo y viene. Bertilda, le digo, y ella hace; igual que el centurión del Evangelio con Jesús, con una palabra basta. Bertilda corre café en mano y lo coloca sobre mi escritorio. Vete temprano Bertilda, pero siempre te quedas. Bertilda ¿cuántos cafés me has pagado? Ninguno señor y tecleas como pianista de concierto. Confirma si el estilista puede atenderme.
Manda a buscar las calificaciones del Matías. Lo apuntas. Me voy por las noches - hasta mañana -
pensando que sigues allí, con los mismos zapatos que hace tres años calzaste para tu entrevista y tu odio me llega en marejadas, espumoso y altivo y sé que un día saltarás de tu jaula para comerme vivo, en pedazos.

Lili Mendoza

Tomado de Corazón de Charol A-go-gó con autorización de la autora

Vacío – Luciano Doti


La noche es el territorio de la libertad, una dimensión donde reina el libre albedrío. El silencio, un agujero negro en la oscuridad. Noche silenciosa, sólo el viento sopla en la ventana haciendo vibrar los vidrios de la misma. El viento suele ser un invitado habitual en este horario, o quizás también lo sea durante el día, es sólo que durante la noche es cuando prestamos más atención a estos sonidos. Sonidos que cuando niño nos resultaban aterradores, pero luego en la adolescencia se convirtieron en compañeros indivorciables de nuestras veladas. Compañeros de nuestros sueños despiertos, de nuestra ansiedad y desolación. A mí me resulta imposible imaginarme mi vida sin estos nocturnos desvaríos, sin la literatura que brota de lo profundo de la noche como torrente de agua que viene a regar un desierto.
Vacío, en la noche se siente el vacío, en la calma que se apodera de todo y que se encuentra en todo. El escritor esta al acecho. Va desgranando de su mente las letras que darán forma a su nueva creación. La hoja se va colmando de caracteres que germinan cual semillas, entonces el vacío ya no es tan vacío y el desierto luce un poco menos desierto.
¡Mentira!, es sólo un truco del artista, que ha hecho ver algo donde no hay nada. Se evapora la ilusión por su condición evanescente, y donde parecía haber algo, ahora ha quedado un hueco donde se desarrolla un pensamiento. El caos diurno aguarda, vendrá del Este, mañana volverá la rutina. ¡Prisionero! ¡Atrapado en lo cotidiano! ¿Cuándo escapare de este estadío? Por suerte aún es de noche, y la luna me da libertad.
Al correr la cortina la luz de neón se filtra a través de la persiana americana. Quedan algunas horas antes de que el día le gane a la noche. ¿Y qué es la noche? Es uno sobre la cama escribiendo sobre un cuaderno. Son las horas consumidas sin apuro con la tele como único testigo y el volumen bajito para que no nos delate; para que los otros habitantes de la casa no se enteren que allí hay alguien que no duerme, que hace un culto del insomnio, que disfruta cada segundo de ese territorio, quizás el único que los hombres hemos sabido conquistar para nosotros. Es el horario que escapa al castigo divino de trabajar para ganarse el pan con el sudor de la frente. En la noche la manzana puede ser mordida sin culpas y sin reprimendas. Si no hay culpa no hay reprimenda, ya que esta última es sólo un estado de la mente a raíz de lo que hemos aprendido en la vida. Todo queda almacenado en la mente, aun cuando no pensamos en algo, ese algo forma parte de nuestra estructura mental y no nos abandona; a menos que uno se entregue a la libertad del arte y el sueño.
Hay una lombriz que cuando cae el sol se convierte en serpiente, y un gato que, bajo el influjo de la luna, se vuelve tigre. Son los desvaríos de un mismo ser. Andan por el jardín, parece que durante la noche alcanzan su mayor potencial; sino como se explica semejante transformación, de dos animales tan inofensivos en otros tan salvajes. No deja de llamarme la atención como desafían el peligro sin detenerse, son dignos de admiración. Fuertes, ágiles, tienen la contextura física de los seres que son libres, que no se detienen a pensar en esto o aquello. Sin esos prejuicios éticos y morales que aprendemos durante el día y nos oprimen. Entonces, la noche es un proceso de desaprendizaje, una ceremonia donde se rinde culto a la libertad. Uno es uno mismo sin presiones de ningún tipo, sin distinciones de jerarquías o clases sociales, porque estamos solos con nosotros mismos. Se trata de ser como los animales salvajes, sólo existen, la mente no les pesa, tienen su propio nirvana. Una vez que uno ha desaprendido todo lo que molesta, queda un espacio vacío, que se llena con lo que nosotros queremos. Eso dura lo que dura la noche. Cuando el sol comienza a despuntar, el tigre vuelve a ser gato, y la serpiente, ya como lombriz, se escabulle bajo la tierra en una actitud cobarde, justo en el mismo momento en que el escritor deja de soñar.

Luciano Doti

Tomado de: http://www.letrasdehorror.blogspot.com/

Cruz - Giselle Aronson


Por aquello de la intertextualidad. Perdón, Maestro

Que la historia es una ficción más, ya está dicho.
Que historia y ficción conspiran para proteger a los protagonistas, si no se sabe, se imagina.

La noche del 12 de julio de 1870, Tadeo Isidoro Cruz no desafiaba ningún destino, ni desplegaba muestra alguna de libertad.
Jamás se opuso al ejército que perseguía a Martín Fierro, ni se solidarizó en gesto fraterno en la defensa del gaucho desertor. Simplemente, Cruz nunca conoció a Fierro.
¿En qué entreveros del tiempo se encontraba, entonces?
Desde hacía unos meses, Cruz frecuentaba la mansión de Prilidiano Pueyrredón. El pintor le había pedido cortésmente, que posara para un retrato. En esa época, su obra se centraba en la temática gauchesca.
Falsas son las afirmaciones que mostraban a Cruz como desconocedor de la ciudad. Cada semana, la cita se concertaba, impostergable, en la casona de San Isidro. A medida que se superponían las pinceladas, se formaba un vínculo algo extraño entre los dos hombres.
El 12 de julio de 1870, moría, en efecto, el gaucho. Pero no como figura escrito.
¿Quién creería la verdad? Que un hombre con la sensibilidad de un pintor fuera capaz de un crimen y que ese pintor fuese el hijo del mismísimo General Juan Martín de Pueyrredón.
Tampoco nadie desearía el desconcierto de ver arrasada toda la rudeza de un sujeto como Cruz, fiero, con el coraje de quien conocía los rigores de infinitas noches al sereno y al margen de toda civilización, reducido bajo las manos de otro que sólo sabía empuñar pinceles.
Sin embargo, las crónicas quisieron ocultar el escarnio de cada uno.
La fatídica noche de julio, moría en la lujosa estancia de San Isidro, el gaucho Tadeo Isidoro Cruz, asesinado por el arquitecto y pintor Prilidiano Pueyrredón, en oscuras circunstancias.
Años después, un criado de la casa confesaría a un servidor el verdadero móvil: el pintor no podía soportar que Cruz, en la niebla de la ginebra, lo llamara, sin escrúpulos y frente a toda la servidumbre, “El Prili”.

Giselle Aronson

De la familia de los Cesaropulos: informe etnográfico - Gonzalo Santos


El lenguaje es un instrumento mágico. Para comunicarse con los otros, los jd lo utilizan solamente en situaciones excepcionales; para pensar, su uso está terminantemente prohibido y, en su lugar, tienen que utilizar imágenes, sonidos inarticulados y la memoria corporal —los caciques aseguran que el pensamiento verbal puede detectarse con facilidad, porque se manifiesta sutilmente en ciertas expresiones faciales. Entre ellos la palabra tiene mala fama (…).
(…) Como era de esperarse, esta etnia de la familia de los Cesaropulos ha desarrollado un sistema gestual muy complejo, con una gramática muy intrincada, a través del cual puede ser dicho casi todo. Incluso, pueden mantenerse discusiones filosóficas, que implican una serie rítmica de movimientos parecidos a un baile de jazz, aunque nadie aún se ha puesto de acuerdo para establecer definitivamente los pasos canónicos.
En cuanto a las distancias, éstas merecen un capítulo aparte. Por el momento, sólo diremos que, para los jd, situarse a veinte centímetros del interlocutor-corporal es radicalmente distinto —y tiene un significado totalmente diferente— que pararse a veintiún centímetros, lo que, por cierto, se considera una invitación a la pelea (…).
(…) Asimismo, hay que decir que las palabras han aniquilado generaciones enteras de jd, que no supieron cómo utilizarlas. Ellos consideran que lo gestual es menos peligroso, que lo gestual construye subjetividades menos propensas a la guerra, al crimen, a la violencia, a la ira, al amor; que el sonido inarticulado es más genuino que las palabras prefabricadas. No lo dicen así, pero lo dan a entender. Y si se me permite un juicio de valor, creo que es una lástima que vivan en Marte. La Tierra se hubiera sentido más serena con huéspedes así. Ellos dicen que la Tierra ha muerto de migraña; no por lo que explican nuestros científicos (…).

Gonzalo Santos

martes, 20 de septiembre de 2011

El escondite - Flor Marina Yánez


Teresa mira de reojo, una vez más, la taza tirada en el piso. Está rota. La taza de cerámica china, o ¿tailandesa? la rompió ella. No miró, nunca mira, pasa corriendo siempre, como una tromba, eso dice la tía y tiene razón. No es como Julita o como Armandito, que son menores pero más compuestos. Por qué los llevaron a vivir con la abuela. Por qué sólo ella se quedó allí. Espanta los pensamientos con un estornudo y trata de concentrarse en una salida. Empuja los ojos lejos de los destrozos y observa alrededor buscando algún resquicio para esconder la falta, mientras piensa en una excusa válida que haga más ligero el previsible castigo. Tal vez si sale al patio y la entierra en los platanales. O la mete en el horno viejo, el que no se abre hace años, porque huele a ratón muerto. Tiene que apurarse, los niños vienen de visita y les encanta armar cuentos a conveniencia; cuentos incompletos como los pedazos que se esmera en contar uno, dos, tres, cuatro, falta ese trozo de asa, dónde está.
De todos modos se darían cuenta. ¿Quién se atrevería a pegar una taza de cerámica china esperando que los demás no lo noten?
Agarra un pedacito y se entristece de pronto. Quizás un chino en algún lugar de China diseñó esa taza y luego otro chino la hizo y quizá no le pagaron bien a ese chino que tiene una familia como la de ella, pobre, pero más pobre; una familia que no puede permitirse tener tazas, ni siquiera chinas. Porque hay en el mundo gente más pobre que ellos, según la abuela, aunque la tía no crea que son pobres. A la tía le gustan sus tazas finas, sus pañuelos de seda y sus lámparas de cristal de bacarat.
Ahora la taza está rota, la favorita, ella la rompió y vuelve a mirar alrededor sin ubicar un túnel de escape. ¡Qué difícil puede resultar esconder una simple taza rota! Tal vez eso pasó con sus padres, rompieron algo tan grande y tan difícil de ocultar que tuvieron que esconderse ellos y la dejaron sola para encargarse de este desorden, para tratar de pegar los pedazos de una familia que es como esa taza para la que no encuentra escondite. Quizás ellos encontraron el túnel. Habrá que comenzar a excavar.

Adiós Marte - Daniel Antokoletz


Su equipaje ya se encuentra a bordo. Se detiene en el medio de la escalerilla. Se da vuelta y un gemido surge de sus entrañas. Observa el seco paisaje rojizo y sabe que será la última vez que lo ve. Se corre la máscara que cubre su nariz y su boca, e intenta dar una última inspiracón de ese enrarecido aire helado. Un acceso de tos lo obliga a ponerse la mascarilla de nuevo. Ve pasar rasante a Deimos y por un instante puede ver como se alínea con Phobos y juntos apuntan hacia su destino. Hacia su nuevo hogar.
La tristeza lo embarga, sabe que es el último en abandonar un planeta arrasado por la guerra y la estupidez. Ya no queda ningún ser vivo en el planeta.
Cuando comenzaron las guerras Pónicas, ya se sabía que las armas podían aniquilarlo todo. Los ingenieros armamentistas creaban armas cada vez más letales y poderosas. Pero las armas de antimateria más poderosas eran preferibles a las muertes silenciosas que creaban los biólogos.
Los independientes sabíamos que este día llegaría. Un estúpido daría con el arma más poderosa. Con el arma final. Y ese estúpido era de su equipo: era un independiente. Gosforet, un científico que estaba menos interesado en la guerra que casi nadie, lo descubrió.
Entre los independientes, había tres facciones que trabajaban de manera paralela: estaban los marteformadores, los adaptativos y los fujitivos.
Los marteformadores querían marteformar al tercer planeta o a la gran luna del planeta gaseoso de nuestro sistema solar en un lapso de décadas. Analizaban cómo enfriar ese planeta con océanos abundantes y verde follaje o cómo calentar el satélite del vecino gigante. Todos trabajaban juntos. Los descubrimientos de los distintos equipos se compartían sin reservas entre todos para que cada uno agregue sus conocimientos o exponga sus críticas.
Los adaptativos, buscaban algún tipo de retrovirus que modificando nuestras características corporales, nos permitiera vivir en cualquiera de las dos posibilidades.
Y los fugitivos, decidieron congelarse y huir en un enorme depósito que vagaría por el espacio en busca de un planeta que tenga las mismas condiciones que nuestro amado Marte.
Y llegó el fatídico día. Gorosfet encontró una manera de generar una bacteria que pudiera bajarle la temperatura al tercer planeta. Y los guerreros Durens se enteraron... La última de las guerras pónicas estaba llegando a su fin. Y los Durens estaban desapareciendo.
Cuando parecía que no sería necesario evacuar el planeta, los Durens se hicieron de la bacteria y la soltaron en nuestros terribles vientos. Esa bacteria aérea se reprodujo con una virulencia tal, que en poco tiempo vimos desaparecer el agua de los ríos, nuestros pequeños lagos salados comenzaron a desaparecer congelados en las profundidades de la arena vapuleada por las cada vez más terribles tormentas. Y el planeta se desertizó.
Los fugitivos hace rato que se dirigen a los confines del sistema solar. Los adaptativos nos inyectaron lo que ellos creen nos permitirá sobrevivir en lugares más cálidos y oxigenados. Ahora todos nos hicimos fugitivos. Nuestro destino es más cercano. Pero ¿Cuántas generaciones de sufrimiento nos llevará adaptarnos a esas temperaturas cálidas? ¿Cómo soportaremos esa gravedad tan terrible? Solo el tiempo lo dirá.
Vuelvo a mirar el rojizo paisaje y miro ese punto más cercano al sol. Con un nudo en la garganta apenas puedo balbucear:
– Adiós Marte, Hola Tierra.

Los clónicos - Ricardo Giorno


—Un resplandor en la nariz —dijo el clónico—, replantea el hecho de la precognición asistida.
Lo vi cómo bajaba por sí mismo de la línea de producción. Pulsé SEARCH en la consola de seguridad. Miré hacia la línea, pero no, el anterior y el posterior permanecían en sus lugares. El resultado me tranquilizó: sin problemas por ese lado. Y la búsqueda negativa de anomalías en la consola alcanzó para controlarme.
Y entonces, como si fuera poco, el clónico se arrancó de un tirón los conectores.
—Mis ojos reflejaron su pánico —declamó levantando las manos—, y el rayo de la razón rellenó ausencias.
Copié en la consola de mantenimiento el número grabado sobre su pecho y pulsé SUPR.
—¡Gracias a san Asimov —grité—, los jefazos instalaron la autodestrucción precoz! Una pequeña parte de mi se sintió avergonzada de la euforia destructiva de la mayor parte de mí.
El pobre clónico ya resultaba un charco parduzco sembrado aquí y allá por componentes cuánticos. Ordené que esos componentes se guardasen para posterior estudio. Y en cuanto a la parte netamente biológica, supervisé a los roboperarios mientras la devolvían al caldero.
Ahora me esperaba un mes movido. Uniéndose a dos filósofos, tres músicos y cuatro matemáticos, el clónico había resultado ser el tercer poeta de la semana. Qué difícil la vida del operario: somos el último tornillo de ensamblaje.
Seguro que ahora la culpara la iba a tener yo.

Alegato - Hernán Dardes


No soy un vampiro. Tal vez parezca absurda la aclaración, pero para comprender mi enunciado, ustedes deberán primero saber que no me reflejo en los espejos. Nunca le encontré una explicación aunque tampoco me importó demasiado. Tal vez haya gente muy vanidosa a la que esta condición le resulte inimaginable pero no es mi caso. Tampoco la situación conlleva demasiadas complicaciones en la vida diaria A afeitarse, peinarse o hacer el nudo de una corbata uno se acostumbra; es cuestión de insistencia y repetición. Supongo que como con los ciegos y con los sordos, la falta de una condición aumenta la capacidad en otros aspectos sensoriales y prácticos. Honestamente nunca me detuve a meditarlo demasiado. Así son las cosas, me sé desenvolver sin verme reflejado en plano alguno y con eso me basta. Pero lo que verdaderamente me preocupa es que me confundan con un vampiro.
Cada persona que conozco significa ceder a una serie de pruebas y aclaraciones que me resultan agotadoras. El agua bendita apenas me moja y poco más. Los platos a la provenzal suelen ser mis preferidos, y no me afectan para nada las semillas de mostaza. He mordido cuellos pero no más que el resto de los mortales en ocasiones de intimidad. Mi rutina es bastante monótona; me acuesto relativamente temprano, leo algunas revistas para ayudar a conciliar el sueño y reposo en un cómodo sommier. Me levanto temprano y las luces del alba suelen entusiasmarme a la hora de encarar las tareas diarias. No bebo sangre. Sí un poco de vino, pero como no soy religioso, descreo de la posibilidad de que mi bodega albergue la esencia líquida de algún tipo de salvador de la humanidad. He visto murciélagos y los he espantado asqueado sin sentir el menor tipo de empatía. Es más, me compré un ahuyentador ultrasónico para no volver a topármelos. Para ser más explícito: ver a Ozzy Osbourne morder a uno de ellos me produjo un éxtasis jamás alcanzado. Nunca me gustaron las películas de Bela Lugosi y de chico odiaba el tono grave de la voz Narciso Ibañez Menta. Transilvania no me entusiasma como destino turísticos, y lo que me espanta en los templos no son los símbolos cristianos sino los párrocos que presiden las ceremonias. Es cierto, es probable que muera si me clavan una estaca en el corazón, pero no me negarán que lo mismo le ocurriría a la mayoría de la gente que se regodea presumida con su propia imagen en cuanto sitio se ven reflejados. En definitiva: no soy un vampiro. Ni siquiera esos vampiros modernos, con los ojos delineados y en extremo sensibles, a los que uno supone que para espantarlos basta con esparcir un puñado de ajo deshidratado.
Pero la vida moderna hace un culto de la imagen, y por consiguiente no hay lugar al que acuda en el que no me tope con un espejo. Y desde ya, con alguien atento a notar la ausencia de mi imagen en ellos, lo que casi siempre deriva en un escándalo. Por suerte mis colmillos prolongados y mi histrionismo a la hora de las morisquetas me ayuda a espantar a las personas alborotadas. Confieso que he utilizado este método para despejar a los competidores en las tiendas durante las épocas de oferta, pero no me gusta abusar. Además mi gran amiga Eli Bathory me ha dicho que esas actitudes no ayudan para nada a limpiar mi consideración pública. Por ese motivo me he medido en mis últimas apariciones y me he comportado como el más normal de los humanos con capacidad de reflexión. Así que he tomado la decisión de ignorar de aquí en más cualquier tipo de apreciación que surja cuando alguien perciba mi condición, y si noto que la situación se me va de las manos, me introduzco en el dichoso espejo y adiós a los necios. Porque si bien esto es algo que no aclaré en un principio, lo cierto es que no me reflejo en los espejos, pero lo que sí poseo es la capacidad de atravesarlos. Característica que tal vez requiera de una explicación tanto o más amplia que la presente, pero de la que voy a desistir. Porque si hay algo que nos distingue a quienes habitamos el mundo interior de los espejos, es el fastidio de tener que andar dando explicaciones por todo.

Tomado de: http://hernandardes.blogspot.com/

Secreto de confesión - Fernando Puga


Papá suele estar muy ocupado. Sobre todo con la pila de mensajes que se amontonan en su escritorio día tras día. Una tarde de domingo en que lo noté relajado y dispuesto a conversar, aproveché para hacerle la pregunta:
—Señor mío, digame: ¿cómo fue que creó este mundo nuestro?
—No sé cómo lo hice. Fue de casualidad— contestó distraído.
—¿Y eso de que tardó seis días, que primero fue la luz y todo lo demás, y que al séptimo descansó?
—¡Eso no es cierto!. Se me ocurrió después para que mis colegas no me pidieran más explicaciones. Viste que existen muchas fórmulas que pretenden tener la precisa y yo, si pretendía callar las otras voces, tenía que inventarme una para convencer a todos de que ésa es la única válida. La prueba sería que yo lo conseguí.
—Pero entonces… ¿cómo fue?— exclamé sorprendido.
—Voy a confesarte la verdad. No tengo idea de cómo pude lograrlo. Yo sólo descansaba en medio del jardín de los cielos, balanceándome perezosamente sobre la hermosa hamaca paraguaya que me regaló Tupá, y de repente se me dio por parpadear. Ipso facto el mundo estaba ahí, delante de mis ojos. Yo creo que fue un milagro. No encuentro otra respuesta. Esto te lo digo a vos porque sos mi hijo, pero no me deschaves.
—Quédese tranquilo, mi dulce Señor, mi boca está sellada. Pero imagino que a pesar de lo azaroso del evento, estará muy conforme con el resultado— dije, orgulloso de mi herencia y queriendo halagarlo.
—No vayas a creer, hijo mío— agregó, fastidiado—. No sabés el trabajo que me da mantenerlo en condiciones. ¿O es que no lo notaste cuando estuviste visitándolo?
Acto seguido, volvió a parpadear.