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domingo, 25 de septiembre de 2011

El futuro puede esperar - Xavier Blanco


En la oscuridad, auscultaba las conversaciones cruzadas que recorrían el vagón, las risas adolescentes, el llanto de un bebé, el respirar pausado de un anciano. Extraña sensación, como si dormitara en su ataúd investigando las charlas que susurra el silencio del velatorio. Le costaba enfrentarse a su nueva realidad. Abrió los ojos, intentando descubrir los rostros que escondían aquellas voces, aquellas risas, aquellos lloros... Miraba. Todo era nuevo para él. Era difícil saber las horas que llevaba allí sentado, ¿dos, tres, toda la mañana?... Tantos años con el reloj parado, el alba y el ocaso, dormir y existir, no había tenido tiempo para mucho más. Sólo para llorar. Ahora podía elegir y bajarse en la parada que quisiera, ¿debe ser eso la libertad? – se interrogó; una mueca cruzó sus labios. Se sentía ridículo con aquel gorro verde, pero hacía frío. Esa ciudad ya no era la suya, la extrañaba. Podía descender en ninguna parte, y desde allí iniciar su camino hacia ningún sitio, escudriñando su no futuro. Tenía todo el tiempo del mundo para hacer nada. Ahora era dueño de su destino, podía imaginar lo que quisiera, incluso atar una soga a su cuello o disparar el gatillo. El tren se paró, y aquel sonido metálico volvió a martillar en su cerebro, recordándole las veces que la reja de su celda se había cerrado tras sus pasos, cuatro veces al día durante los últimos veinte años. Ese sonido le volvía loco, le empequeñecía. Reparó en la anciana de cabellos panocha, en el adolescente espigado, en la mujer que había sentada a su lado… olía su perfume. Cómo había cambiado el mundo. Cerró los ojos y volvió a meterse en su ataúd. Se cerraron las puertas del tren. El futuro podía esperar.

© Xavier Blanco 2011.
Tomado del blog: Caleidoscopio
http://xavierblanco.blogspot.com/

viernes, 16 de septiembre de 2011

Partido en dos – Xavier Blanco


Hace tiempo que mi cabeza y mi corazón no se hablan. Ya no se escuchan, no se soportan. Se han alejado irremediablemente. Esa separación, este divorcio, me ha fracturado en dos. En dos seres enemistados que se observan con recelo. La cabeza es avispada, quimérica, ser ríe de mí, se ríe de todo. Ella piensa, crea, destruye, inventa mundos, imagina historias, se desborda. Camina, corre, vuela. El corazón es atolondrado, es grande, pero se comporta como un niño pequeño. Camina torpe, late ingenuo. Cuando la cabeza se ríe maliciosa, él llora. El corazón es lento y pausado. Él sueña, acaricia, susurra, gime y siente. A veces salta entre las nubes, percibe lunas, mira a lo lejos y se queda absorto, como perdido. "Eres bobo", le dice la cabeza. Él no escucha. Tengo que solucionar esto. Hoy he hablado con mi cabeza; ella me lo ha dicho claro, no me aguanta. Que esta situación cambia de rumbo o que lo nuestro se acabó; que ahí me quedo con el tonto ése del corazón, con los unicornios y con las princesas. Es capaz de hacerlo. Mañana intentaré hablar con el corazón. Me cuesta; todo son excusas, no veo el momento. Es tan cándido, tan incauto, pero sea como sea tendré que encontrar el instante y decirle cuatro cosas claras. Que espabile, yo sin cabeza no me quedo.


Tomado del blog Caleidoscopio

jueves, 1 de septiembre de 2011

Un elefante - Xavier Blanco


—Este gordo ocupa mucho lugar y no me deja ver el león, mamá.
—Manolito, no es gordo. Es así, es un elefante.
—Será un elefante, pero es un elefante gordo. Además los elefantes no llevan sombrero, ni tienen bigote, ni comen palomitas, ni sorben la coca cola, ni hacen ruiditos. Ése mamá, digo ése.
—No señales hijo, que es de mala educación.
—Ves, mamá, como este gordo ocupa mucho lugar. Ahora no puedo ver los payasos. Me enfado. Ya no vengo más al circo.

© Xavier Blanco 2011.
Tomado del blog Caleidoscopio

Ilustración: "El Circo", de George Seurat

martes, 16 de agosto de 2011

Un nuevo empleo – Xavier Blanco


He conseguido el empleo gracias a un conocido. Un amigo de la Universidad. He empezado esta mañana. Llevo tres horas buscando mi despacho. Siempre he sido muy tímido y me cuesta mucho preguntar. La gente me mira. Esa ventana me suena, creo que ya he pasado antes por aquí. Me han contratado de Subsecretario, pero no me acuerdo para qué Ministerio. Ahora tengo una necesidad —ya encontraré el despacho—: necesito saber donde está el lavabo mas cercano. Os juro que antes había visto un letrero que ponía cafetería. No veo a nadie. Espero que haya días mejores. Es prematuro decirlo, pero no me gusta mucho este nuevo empleo.

Tomado del blog Caleidoscopio 

domingo, 14 de agosto de 2011

Era ella... - Xavier Blanco


Lo juro. La he visto esta mañana, no tengo ninguna duda. Viajábamos juntos en el mismo vagón de tren. La sentí cerca. No la he perdido de vista. No ha reparado en mi presencia. Esos ojos, esa mirada. Era ella. Descendí del vagón en la primera parada. Curioseó mi miedo. Se reía. Han pasado seis horas y todavía tengo el pánico en el cuerpo. Sigo deambulando por el andén. No se dónde estoy. Quieto, parado, en ninguna parte. La diferencia entre la suerte y la muerte es sólo una letra. Os lo prometo. Era ella.

© Xavier Blanco 2011
Tomado del blog Caleidoscopio

Imagen: Crystal Fire, de aeravi

lunes, 8 de agosto de 2011

Os escribo desde el más allá – Xavier Blanco


Hace días que tengo el mismo sueño absurdo, desatinado. Me despeño por un precipicio, el descenso es infinito, eterno. Nunca llego al final. Me despierto sudoroso, angustiado, atormentado. De eso hace ya algunas semanas. Creo que no es un sueño. Miro a mi alrededor y no sé dónde estoy; lo presiento, pero me cuesta creer que el infierno sea así.

Tomado del blog Caleidoscopio

jueves, 4 de agosto de 2011

El destino – Xavier Blanco


Le costaba caminar, cuánto tiempo sin hacerlo. Estaba entumecida, dolorida, rígida, yerta, acalambrada. Demasiados días allí sentada, horas y horas moviendo un pie y luego el otro, flexionando las rodillas, arqueando los codos, girando el cuello. Lo peor eran las cuerdas. Pensando que la felicidad es correr y cortar el viento, saltar y tocar las estrellas. Soñando ser su propio dueño, levantó la mirada, se estremeció, lo distinguió a lo lejos. Él la observó y aceleró su caminar. Se quedó quieta, inmóvil, como si una fuerza externa hubiera paralizado sus extremidades. Presa del pánico, cerró los ojos en el mismo momento que él la asió por el cuello, y volvió a ligar las cuerdas a la cruceta. Por sus mejillas, de madera, caían dos lágrimas. Maldito destino. Volvía a ser una marioneta.

© Xavier Blanco 2011.
Tomado del blog: Caleidoscopio

martes, 26 de julio de 2011

El amor no sabe de números - Xavier Blanco


Se reencontraron. Su relación era una nube de puntos dispersa en un eje de coordenadas imposible. El último día ella encontró la solución, a todos sus problemas: “te quiero, eres un loco fantástico, pero no puedo seguir tus locuras…”. Silencio. Sus vidas, dos líneas asintóticas que no convergían en ningún lugar del plano. Sólo el destino, caprichoso, había permitido alguna intersección. Él mantuvo la tesis que la realidad siempre es compleja, poliédrica, como una igualdad con demasiadas incógnitas; que el amor es una matriz de doble entrada, de ésas que se utilizan para resolver un sistema de ecuaciones simultáneas. Le apuntó que los sentimientos también son abstractos, que pueden sumarse y multiplicarse, que dependen de varios parámetros. Pero el silencio no sabe de números; es un círculo maldito que nunca consigues cuadrar. En ese momento, cuando los decibelios de la mudez son insoportables, te preguntas: ¿por qué la felicidad es una línea tangente a la vida, un trazo oblicuo que siempre te roza pero nunca converge en tu perímetro? También le señaló que él sólo deseaba llenar su espacio geométrico, ser la bisectriz de su corazón, su circunferencia. Ella le acarició la cara y besó sus labios; le susurró que tendía a él, que era su derivada, su número neperiano preferido, su algoritmo. Le formuló que el recuerdo podía llegar a ser infinito, y el olvido sólo era un cero a la izquierda. Antes de marchar se miraron: la ternura y el cariño elevados a la máxima potencia. Hace tiempo que no se ven, él se siente conjunto vacío. Los dos saben que el futuro es la mayor de las incógnitas. Cosas del amor.

Tomado del blog: Caleidoscopio http://xavierblanco.blogspot.com

miércoles, 6 de julio de 2011

Amores que matan - Xavier Blanco


"Detective privado o agente secreto": siempre respondía lo mismo cuando le preguntaban que quería ser de mayor. No hablaba por hablar, lo decía serio y convencido, con el cuerpo erguido y poniendo cara de espía, desafiante. Luego pasó el tiempo y el calendario dejó caer sus hojas, que se convirtieron en años y, claro, al final no fue ni una cosa ni la otra. Podía sentirse orgulloso: en la vida había hecho de todo. Oficio, ninguno, pero el trabajo nunca le había faltado. Era un hombre normal, sencillo, retraído, esquivo tal vez, pero sin pretensiones. Ahora era diferente. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto. Vivía en una situación de vértigo permanente, en una montaña rusa, sinuosa, que ascendía y descendía a toda velocidad. Sabía que ella lo estaba matando. Pero ya no podía hacer nada, estaba atrapado irremediablemente. Demasiado tarde, ya no podía salir, ¡que carajo!, ni podía ni quería salir.
El cuadro clínico era claro y conciso: ataques de ira, cambios súbitos de humor, trastornos de personalidad, sensaciones de euforia, procesos repentinos de depresión, llanto espontáneo, risa incontrolable, desinhibición, lenguaje soez… Había realizado turismo médico y, con meridiana precisión, los tres galenos que visitó, los tres con bata blanca y mala letra, coincidieron en el diagnóstico: “Tiene usted que dejar de ver tanta televisión. A su edad eso no es bueno para la salud”. Como si fuera tan fácil, ¿que sabrán ellos de la salud?. No bebía, no fumaba, ni siquiera se había casado pues fue siempre muy malo para eso de las mujeres. Si le quedaba algo en la vida por hacer, pensó, era morirse.
Hacía cinco años que se había jubilado y todo empezó como si tal cosa, para pasar el rato. Ahora había días que no se levantaba del sofá ni para dormir; se despertaba al alba y sus párpados caían al amanecer, exhaustos de tantas emociones. El mando a distancia se había convertido en un apéndice más de su cuerpo, en una nueva extremidad, y con un leve movimiento de su dedo índice pasaba del mar a la montaña, del frío al calor, de la risa al llanto, del cielo al infierno... Y así un día y otro mimetizaba aquellos personajes, se travestía y, sin saber el motivo, gritaba, insultaba a la pantalla, explicaba en voz alta sus miserias, respondía en los concursos, lloraba y reía sin parar, en un delirio permanente.
En pleno éxtasis, sintió un dolor fuerte en el pecho y empezó a tener dificultades para respirar. Un frío intenso heló su cuerpo, se notó la piel húmeda y una sensación tenue de desmayo que anunciaba el fin, recorrió su ser. Su corazón latía de manera anormal, su válvula mitral empezaba a fallar de forma irremediable. Era un infarto, lo sabía, lo había escuchado mil veces en un programa matinal. Antes del último suspiro, cuando ya su cuerpo no respondía a las órdenes del cerebro, su dedo índice tomó vida propia y apretó el botón de apagado, la televisión dejó de emitir y un silencio sepulcral acompañado de un terrible olor a muerte invadió la estancia
Xavier Blanco 2011.

Tomado del blog: Caleidoscopio http://xavierblanco.blogspot.com

lunes, 4 de julio de 2011

Nada ... - Xavier Blanco



Hay días que te despiertas gris, lánguido, deslúcido, como las tardes de los domingos. Otros, amaneces denso, trabado, como esa niebla baja que cubre los campos del invierno. Algunos días clareas melancólico, taciturno, nostálgico, como el sonido de un violín que resuena morriña en las madrugadas del otoño, mientras el viento desnuda los árboles del parque.

Hay días que te levantas gris, tupido, taciturno y además desconsolado. Esos días escribes estas cosas, sólo palabras:


“…Estoy desolado, desértico, perdido, disipado… No tengo nada que contar, nada que relatar, nada que escribir. Mi mente no responde, no siento nada, sólo el vacío. Presiento un lugar oscuro, recóndito, profundo, insondable. Intento recordar palabras, resonar dicciones: ternura, princesa, universo, cielo, rabia, tristeza, abatimiento…nada ¿qué representan? ¿quién me explica si significo algo, o si soy parte del significado? Ahí, dudando de mis dudas. Es el fin, el ocaso, el crepúsculo, la cesación. Deseas calma, tregua, quizás descanso. Nada.

Observo el entorno, miro mi alrededor, mi contorno: sólo diviso objetos, formas, caracteres. Distingo pero no percibo nada. ¿Abrigar ilusiones, sueños, quimeras, fantasías, utopías, imaginaciones? Nada. Sólo entelequias, ficciones, invenciones, angustias, cuentos. Tal vez mentiras. Me pesan los ojos, el fluir de la ira. Escucho voces, palabras sin significado. Desolación, miedo, vacío, pánico. Se han escapado las palabras, han huido los fonemas. Lo siento, hoy no he sido capaz de escribir nada. Nada, nada, nada, nada, nada…, apenas doce frases: he contado diez veces nada…”

Las palabras son así: tóxicas, veneno. Algunas veces bálsamo, medicina. Brisas de palabras, vientos, ráfagas, vendavales. Llueven las palabras, diluvian los vocablos, y cuando la mente clarea, un arcoíris de expresiones lo inunda todo: el gris se vuelve verde, azul, quizás rojo; la espesura torna nitidez, transparencia, y la melancolía resuena consuelo, fervor. En ese momento vuelves a transitar por el camino del optimismo y piensas que puede ser, que todo es posible, que vale la pena.

© Xavier Blanco 2011.

Tomado del blog Caleidoscopio

lunes, 6 de junio de 2011

La crisis… (de los 40) – Xavier Blanco


Acabó de afeitarse. Limpió y guardó la cuchilla. Repitió su ritual diario: tónico facial y crema hidratante. Se miró fijamente al espejo. Se engominó el cabello. El tiempo pasa. El tiempo erosiona. Es fácil entender a los alquimistas buscando el elixir de la eterna juventud. Miró de reojo el bote de desodorante que había comprado su hijo adolescente. Ése que anuncian en televisión, con efectos milagrosos. Ése que convierte a un hombre vulgar en un adonis musculoso. La casa estaba en silencio. La casa dormía. Tímido, avergonzado, asió el bote y embadurnó su cuerpo del potingue mágico. Acabó de vestirse y marchó presto rumbo al trabajo.

Se sentía diferente, rejuvenecido. Caminaba más erguido, desafiante. En su transitar se cruzó con varias mujeres: rubias, morenas, panochas. Altas, elegantes, embriagadoras. Ninguna reparó en su presencia. Malhumorado, desabrido, huraño, seco, llegó a la oficina. No le saludó la portera. Hosco, ceñudo, destemplado, dejó caer la americana en la silla y se dirigió a la máquina del café. Apretó el botón, salió sin azúcar y sin cucharilla. Se iba a enterar el de mantenimiento. ¡Qué vergüenza! Como engaña la publicidad a estos pobres adolescentes —pensó—.

Extraído del blog Caleidoscopio http://xavierblanco.blogspot.com/2011/05/73-la-crisis-de-los-40.html

lunes, 9 de mayo de 2011

El principito – Xavier Blanco


Llevaba horas esperando, sentada en aquella silla de cuero envejecido. La sala era áspera y mortecina. Aparte de la señora que la recepcionó al entrar, no había sido capaz de detectar presencia humana alguna. Volvió a mirar el reloj. La puerta se abrió, y un señor bajito, sin edad, con aire de persona instruida y voz grave, deletreó su nombre. Ella entró en la consulta y, sin más dilación, se dejó caer en el diván, desbocada por sus preocupaciones.

—No tengo nada contra papá Lewis, no me canso de repetirlo. Él no pudo hacer más. Sí, ya lo sé, nunca llueve a gusto de todos, pero tampoco es eso...
—Siga, por favor…
—Sí, sí, ya le cuento, sin más demora. Fácil tampoco ha sido: apareció aquel conejo y después, eso de nadar en un mar de lágrimas, crecer y decrecer, como si fuera una mujer elástica, y además lo del abanico, y eso sólo fue el principio. Mi vida ha sido una pesadilla…
—No se pare por favor…
—La verdad, los animales me gustan: el pato, el loro, el aguilucho, el ratón y el dodo.
—¿Cómo dice?
—El DO-DO, normal que no lo conozca, hace años que se extinguió. Vivía en las Islas Mauricio. Es como una paloma. Si busca en la enciclopedia, mire la entrada "aves columbiformes". Además es un ave que no vuela. Algunos animales me gustan más, y otros menos. Entre estos últimos, el conejo blanco... y los gatos, esos tampoco… —Se paró un momento y, sin preguntar, bebió el líquido de un vaso que había en la mesita. Saboreó el brebaje, esperó, pero no ocurrió nada. Bostezó. El señor parecía contrariado.
—Siga Señorita, no pare, que esto se pone interesante.
—Usted no sabe lo que es discutir con una oruga azul, y ya no me paro a explicarle lo de la tortuga mutante, y lo del señor cara de pez, sería demasiado largo —el matasanos la miró extrañada—. Usted debe de creer que estoy loca. ¿Sabe qué? Ahora le hablaré de mí. No tengo hijos, ni siquiera me casé; la verdad, nunca he conocido hombre alguno. Yo siempre soñé con El Principito, era mi amor platónico, mi héroe, pero no tuve oportunidad de conocerlo. Seguro que nos hubiéramos entendido a la perfección. En el fondo los dos somos unos incomprendidos.
—¿Y a qué se dedica usted?. Seguía mirándola.
—Es difícil de explicar. A mí me hubiera gustado ser la Caperucita Roja. Incluso me hubiera conformado con protagonizar Blancanieves, pero nunca me dejaron elegir.
—Dejemos por hoy la explicación. Mire esta imagen y dígame que le sugiere.
—Señaló con el dedo. Aquí la tiene, la reina de corazones.
—¿Y como dice que se llama usted?
—Yo, Alicia…
—¿Y de dónde dijo que venía?
—Se lo dije a la señora de la entrada, lo anotó en la ficha sin mirarme y sin expresar palabra alguna. Si quiere también se lo digo a usted, pero está en la ficha.
—Él observó la cartulina amarilla, llena de anotaciones, Se la quedó mirando fijamente, cómo si un cataclismo hubiera abierto una falla entre los dos. Interesante, dice que viene de "El País de las Maravillas". Grave no es, pero creo que la terapia será mas larga de lo previsto.

© Xavier Blanco 2011.
Tomado del blog: Caleidoscopio http://xavierblanco.blogspot.com/2011/01/20-el-principito.html

martes, 8 de marzo de 2011

Crimen perfecto - Xavier Blanco


No perdía de vista la portada de los diarios, aparecía en todas. Por suerte las fotos no eran recientes; costaba reconocerlo, pero captaban a la perfección esa presencia perversa que tantos disgustos le había dado. Se ciñó la gorra y volvió a colocarse las gafas. Recogió el maletín con cuidado. No podía cometer ninguna indiscreción, ni un solo fallo.

Apuró el café y dejó unas monedas sobre la mesa ante la mirada sospechosa del camarero. No había marcha atrás, hiciera lo que hiciera ya nada cambiaría su suerte: era cruel, fiero, sanguinario y desalmado. Era el destino que, como una maldición ancestral, le perseguía. Toda una vida engañando púberes y degollando ancianitas. Era un lobo solitario.

Mientras aceleraba el paso, giró por un callejón angosto y se encontró a las afueras de la ciudad. Siguió caminando. Conocía el camino a la perfección, había repasado el plan cientos de veces, demasiadas horas planeando un nuevo crimen perfecto. Mañana volvería a aparecer su nombre en los diarios y un nuevo muerto se añadiría a su ya larga lista. Una detrás de otra iba cobrando las piezas de su colección. Pero él no era un asesino. Sólo era un verdugo, un justiciero. No se arrepentía de nada.

Esta vez no había sido fácil. No sirvió con engatusar a la secretaria de la Editorial. Tuvo que emplearse a fondo; habían cambiado al corrector, y el linotipista ya no le creía. Suerte de aquel joven traductor que accedió a sus pretensiones. Ya no había marcha atrás.

Se apostó detrás de unos árboles, desde donde tenía una visión privilegiada de los tres hermanos. Reían, ajenos a su suerte. Qué poco le gustaba la felicidad. Con deleite abrió el maletín y, como si de un mecano se tratara, fue montando el arma pieza a pieza: insertó el cargador en la recámara y tiró de la palanca de armado hacia atrás. Veinte balas serían suficientes, pensó. Levantó el arma y fue apuntando caprichosamente a un hermano y luego a otro. Una mueca cruzó su cara: a cada cerdo le llega su San Martín.
La primera vez no lo pasó bien, pero al final te acostumbras a todo. La historia pone a cada uno en su sitio. Él tenía una misión y debía cumplirla. Apuntó al menor de los tres pero, sin saber por qué, giró el arma y disparó al hermano mayor -al listo, al de la casita de ladrillos, ¡menudo idiota! Acto seguido acabó con los otros dos. Impasible, desmontó el arma y la guardó en su maletín. Mientras tachaba una nueva pieza de su lista, se vio caminando hacia el siguiente cuento “El Lobo y las siete cabritas”. No pensaba dejar ni una con vida. ¡Cuántas cosas habían pasado desde que abandonó a Caperucita!

© Xavier Blanco 2011.

viernes, 18 de febrero de 2011

Con traje y corbata - Xavier Blanco


El día se presentaba esquivo. Se había despertado al alba con una sensación extraña. Era la misma que tenía después de una pesadilla, de un mal sueño, pero esta vez no recordaba nada. Hacía tiempo que el cofre de los recuerdos había perdido nitidez: ya no había detalles, sólo lugares sin nombre, momentos sin fecha, personas sin cara.

Se había levantado y aseado a conciencia. Y, como si una fuerza extraña le guiara, se engalanó con una camisa blanca, una corbata azul, y el traje de las grandes celebraciones. Todo ello sin razón, sin motivo aparente alguno. Hacía tiempo que no tenía nada que hacer y nada que celebrar, sólo vivir, y eso le ocupaba todas las horas del día. Había sido un hombre importante. Se miró al espejo y no reconoció su cara. Se ajustó el traje. Siempre hay que ir vestido para la ocasión –pensó-. Y las ocasiones pueden aparecer en cualquier momento, en cualquier esquina.

Salió al balcón. Un cielo azul invadía el paisaje y un sol brillante, dorado, había convertido el frío del otoño en una suave brisa de primavera. Cogió el paraguas, por si acaso. Mientras descendía por la escalera, camino de la calle, saludó a Don Genaro, el portero. No hubo respuesta. Le sorprendió. Miró su reflejo en un escaparate, seguro que no lo había conocido. Él tampoco se reconoció.

Siguió calle abajo, cogió el diario, saludó, pagó. Nada, nadie contestó. Como si no existiera. Se asustó. Se sentó en un banco del parque y cerró los ojos en señal de cansancio. Se sentía sólo, vacío, se extrañaba. Miró a su alrededor: el trinar de los pájaros, la brisa que soplaba, el color de los árboles. Se vio en un niño que correteaba, se reconoció en la sonrisa de un adolescente, se halló en las caricias de unos enamorados…

Abrió el diario y, mientras ojeaba aquellas páginas, se encontró con su foto, con su nombre escrito, con su biografía. Leyó la noticia y le entró frío: había fallecido la noche antes. Recortó la esquela y se la guardó en el bolsillo. Dobló el diario y lo dejó en el banco. Se ciñó el nudo de la corbata y abrió el paraguas. Abatido por la noticia inició pesaroso su caminar hacia el infierno, sin despedirse de su vida.

© Xavier Blanco 2011.
Tomado del blog Caleidoscopio http://xavierblanco.blogspot.com/2011/02/31-con-traje-y-corbate.html

viernes, 21 de enero de 2011

Hasta el próximo lunes – Xavier Blanco


Se acomodó y, antes de cerrar los ojos, miró por la ventana: la ciudad se movía incansablemente. Dejó caer sus párpados, deseosa de escuchar aquella dulce voz que tanto la tranquilizaba. Él hablaba y hablaba de las cosas más sencillas, de los sentimientos más básicos, de la vida misma. Ella sólo escuchaba. Alguna vez movía los labios de forma casi imperceptible, dibujando una leve sonrisa, un tenue "sí", un suspiro.
Una estridente sirena rompió su sueño. Volvió a mirar por la ventana. Una hora después su tiempo había finalizado. A lo lejos, su hija movía los brazos ostentosamente dibujando en el aire un "es lunes y ha venido mi madre a buscarme". Pagó la carrera y se despidió de Juan, el taxista, con un lacónico adiós.
Durante años él la había llevado, cada lunes, en su taxi al psicoanalista. Pero un día descubrió que lo que realmente le reconfortaba era ese momento. Cambió de terapia y ahí sigue, cada lunes, desde el taxi auscultando su ansiedad.