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sábado, 24 de septiembre de 2011
Cielo de Julio – Diana Sánchez
A Julio le dolía el pecho. El costado, le dolía. Se fue acurrucando como un chico largo y flaco de ojos enormes y dientes chiquitos, prisioneros de tanto tabaco.
Yo sabía que era el final, pero no me atrevía a tocarlo. El estiró su mano y solo entonces le rocé apenas la punta de los dedos. Un estremecimiento me recorrió la espalda.
Llovía en la tarde de París y las gotas a las que Julio les había dedicado un merecido aplastamiento, se pegaron al vidrio para llorar conmigo hasta que la luna se desplomó sobre su ventana.
Ya en el cementerio, alguien me preguntó por él. Tenía una voz joven. Sensual. La mujer estaba vestida con harapos, aunque su andar era elegante. En la mano de La Maga, temblaban los jazmines.
Me di vuelta para mirarla hasta que se volvió pequeña. Lejana.
En ese momento, el llanto inconfundible de Rocamadour atravesó la mañana. Entonces, busqué una piedrita y en un dibujo imaginario, la fui empujando con la punta del zapato en un intento de llegar al cielo de la rayuela. Allí, donde Julio, estará esperando.
lunes, 2 de mayo de 2011
Apenas ángel - Diana Sánchez
No está desnudo. No está petrificado en una estatua. Ni enfriado en el bronce.
No tiene un sexo demasiado grande. O demasiado chico.
No tiene el pelo ensortijadamente rubio. Tampoco negro. Sí, son chicas las manos del ángel. Pero saben.
Él no es. Sólo va por la vida siendo ángel. Entonces duerme. Se levanta de mañana y toma mate. No lee diarios, ni escucha radio. No le gusta que le mientan. Al ángel.
Trabaja y come. No siempre usa jeans; cuando es necesario; traje. Corbatas tiene: tres. Cuando es necesario; hace el amor. El ángel.
miércoles, 27 de abril de 2011
De cara al río - Diana Sánchez

El viejo blanco agitaba una bandera blanca. Débiles y pobres los dos: la bandera y el viejo. Desde el balcón de cañas de su precaria casa sobre el Paraná de las Palmas y el río Carapachay, el viejo pobre y débil tenía, al menos, dos ríos para él. Y el cielo abierto. Total, pleno.
Tenía las estrellas del Delta, el viejo. El sol y la luna.
No importaba la pobre bandera, ni su propia pobreza. El viejo tenía la bandera, el río. Y el cielo. También, la juventud apoltronada sobre los huesos. La vida vivida.
Lo saludé con la mano cuando pasé con mi canoa. A él no le importó. Siguió agitando de cara al río, su bandera de esperanza.
domingo, 24 de abril de 2011
Protocolo - Diana Sánchez

Tendí la mesa, se rompió el mantel. Lo cosí, se rompió la mesa. Acomodé los platos en el suelo, el pan a la derecha, el vino, a la izquierda. Serví la comida, la sopa se volcó en mi pecho. El vino, se derramó sobre mis rodillas. Empapada, olorosa y hambrienta, me agaché y empecé a lamer el piso. Después, manoteé la panera. Las migas resbalaron de mis dedos para caer en mi pecho, allí, absorbieron la sopa. Después, bajaron hasta mis rodillas donde se regocijaron con el vino. Y ya, colmadas y felices, se fueron al patio cuchicheando entre ellas, para dormir la siesta al sol.
Envidio a las migas. Les importa un pito, el protocolo.
Envidio a las migas. Les importa un pito, el protocolo.
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