viernes, 23 de septiembre de 2011

El baile - Beatriz Fariña


Encerró la última cabra en el corral, se desvistió y se lavó en la palangana con el jabón que había comprado esa mañana. Se vistió a toda prisa, el pantalón olía a naftalina y la camisa le quedaba estrecha, el chaleco disimulaba el botón a punto de reventar. Guardó en una talega los zapatos y se echó a andar sendero abajo, por fin, sudoroso llegó a las afueras del pueblo, se quitó las alpargatas y las guardó entre los matorrales. A paso tranquilo y notando la presión de los zapatos llegó a la plaza, la orquesta comenzaba a tocar.

Tomado del blog: Beso de Lagarto

De máscaras e identidades - Fernando Puga


Bajo la máscara no hay nada. A tientas la acomodo con cuidado cuando por las noches me la saco antes de acostarme. La espolvoreo con talco para que no se endurezca y por la mañana la limpio con un trapo empapado en alcohol y me la vuelvo a poner sin correr la persiana ni encender la luz. No quiero sorpresas.

Sobre el autor: Fernando Puga

Enemigos – Patricia Nasello


Atraviesan una espada en su vientre.
El herido se arrastra.
Lo miran reptar. Uno de ellos se impacienta, alza el arma. “Todavía no” protestan los otros, que sufra un rato más nos debe demasiadas.
El tiro es certero y la muerte instantánea.
Quien disparó señala el reflejo del cuerpo arrodillado en un cristal de marco suntuoso y hace bromas procaces, ríe histéricamente. Sus carcajadas se pierden bajo el ruido escandaloso que provocan los otros victimarios que ahora luchan entre sí. Todos creen tener preeminencia para hurgar dentro del cadáver. Muerto el enemigo, no es de extrañar que se maten entre ellos por una bala de plata.

Sobre la autora: Patricia Nasello

El genoma – Héctor Ranea


El don profesor doctor Weiheiligen Schmidtt-Zuperfgaussen, de la Universidad de Pomerania Oriental, después de no pocas e infructuosas investigaciones logró descifrar el genoma de las ratas con las que la familia Stradivarius desarrolló la cola para sus famosos violines.
Con su histo-nanoconstructor Schmidtt fue capaz de obtener la molécula de colágeno adecuada, pudiendo industrializar una cola que fue buena para casi todo. Sin embargo, los luthiers y los analizadores de espectro fueron categóricos: para emular los violines cremoneses, no servía. Era buena, mas no como la original. El bueno de Schmidtt se suicidó.
En algunos manuscritos, su alumna, Henrriquette Spalmenmerg-Konstupagen encontró una pista: varios testigos escribieron que los Stradivarius recibieron un gigantesco lote de ratas que les vendió un flautista bastante inescrupuloso, venido a la sazón del condado de Hammeln.
Queda en tren de conjeturas, claro. Todavía no hay certeza científica, pero parece que era él nomás.

Sobre el autor: Héctor Ranea

jueves, 22 de septiembre de 2011

Saut de chat, en avant - Lili Mendoza


Bertilda, mi secretaria, corre a la cafetería y mete cincuenta centavos en la máquina de café. Los cincuenta centavos son de ella, el café es para mí.
Bertilda, la llamo y viene. Bertilda, le digo, y ella hace; igual que el centurión del Evangelio con Jesús, con una palabra basta. Bertilda corre café en mano y lo coloca sobre mi escritorio. Vete temprano Bertilda, pero siempre te quedas. Bertilda ¿cuántos cafés me has pagado? Ninguno señor y tecleas como pianista de concierto. Confirma si el estilista puede atenderme.
Manda a buscar las calificaciones del Matías. Lo apuntas. Me voy por las noches - hasta mañana -
pensando que sigues allí, con los mismos zapatos que hace tres años calzaste para tu entrevista y tu odio me llega en marejadas, espumoso y altivo y sé que un día saltarás de tu jaula para comerme vivo, en pedazos.

Lili Mendoza

Tomado de Corazón de Charol A-go-gó con autorización de la autora

Vacío – Luciano Doti


La noche es el territorio de la libertad, una dimensión donde reina el libre albedrío. El silencio, un agujero negro en la oscuridad. Noche silenciosa, sólo el viento sopla en la ventana haciendo vibrar los vidrios de la misma. El viento suele ser un invitado habitual en este horario, o quizás también lo sea durante el día, es sólo que durante la noche es cuando prestamos más atención a estos sonidos. Sonidos que cuando niño nos resultaban aterradores, pero luego en la adolescencia se convirtieron en compañeros indivorciables de nuestras veladas. Compañeros de nuestros sueños despiertos, de nuestra ansiedad y desolación. A mí me resulta imposible imaginarme mi vida sin estos nocturnos desvaríos, sin la literatura que brota de lo profundo de la noche como torrente de agua que viene a regar un desierto.
Vacío, en la noche se siente el vacío, en la calma que se apodera de todo y que se encuentra en todo. El escritor esta al acecho. Va desgranando de su mente las letras que darán forma a su nueva creación. La hoja se va colmando de caracteres que germinan cual semillas, entonces el vacío ya no es tan vacío y el desierto luce un poco menos desierto.
¡Mentira!, es sólo un truco del artista, que ha hecho ver algo donde no hay nada. Se evapora la ilusión por su condición evanescente, y donde parecía haber algo, ahora ha quedado un hueco donde se desarrolla un pensamiento. El caos diurno aguarda, vendrá del Este, mañana volverá la rutina. ¡Prisionero! ¡Atrapado en lo cotidiano! ¿Cuándo escapare de este estadío? Por suerte aún es de noche, y la luna me da libertad.
Al correr la cortina la luz de neón se filtra a través de la persiana americana. Quedan algunas horas antes de que el día le gane a la noche. ¿Y qué es la noche? Es uno sobre la cama escribiendo sobre un cuaderno. Son las horas consumidas sin apuro con la tele como único testigo y el volumen bajito para que no nos delate; para que los otros habitantes de la casa no se enteren que allí hay alguien que no duerme, que hace un culto del insomnio, que disfruta cada segundo de ese territorio, quizás el único que los hombres hemos sabido conquistar para nosotros. Es el horario que escapa al castigo divino de trabajar para ganarse el pan con el sudor de la frente. En la noche la manzana puede ser mordida sin culpas y sin reprimendas. Si no hay culpa no hay reprimenda, ya que esta última es sólo un estado de la mente a raíz de lo que hemos aprendido en la vida. Todo queda almacenado en la mente, aun cuando no pensamos en algo, ese algo forma parte de nuestra estructura mental y no nos abandona; a menos que uno se entregue a la libertad del arte y el sueño.
Hay una lombriz que cuando cae el sol se convierte en serpiente, y un gato que, bajo el influjo de la luna, se vuelve tigre. Son los desvaríos de un mismo ser. Andan por el jardín, parece que durante la noche alcanzan su mayor potencial; sino como se explica semejante transformación, de dos animales tan inofensivos en otros tan salvajes. No deja de llamarme la atención como desafían el peligro sin detenerse, son dignos de admiración. Fuertes, ágiles, tienen la contextura física de los seres que son libres, que no se detienen a pensar en esto o aquello. Sin esos prejuicios éticos y morales que aprendemos durante el día y nos oprimen. Entonces, la noche es un proceso de desaprendizaje, una ceremonia donde se rinde culto a la libertad. Uno es uno mismo sin presiones de ningún tipo, sin distinciones de jerarquías o clases sociales, porque estamos solos con nosotros mismos. Se trata de ser como los animales salvajes, sólo existen, la mente no les pesa, tienen su propio nirvana. Una vez que uno ha desaprendido todo lo que molesta, queda un espacio vacío, que se llena con lo que nosotros queremos. Eso dura lo que dura la noche. Cuando el sol comienza a despuntar, el tigre vuelve a ser gato, y la serpiente, ya como lombriz, se escabulle bajo la tierra en una actitud cobarde, justo en el mismo momento en que el escritor deja de soñar.

Luciano Doti

Tomado de: http://www.letrasdehorror.blogspot.com/

Cruz - Giselle Aronson


Por aquello de la intertextualidad. Perdón, Maestro

Que la historia es una ficción más, ya está dicho.
Que historia y ficción conspiran para proteger a los protagonistas, si no se sabe, se imagina.

La noche del 12 de julio de 1870, Tadeo Isidoro Cruz no desafiaba ningún destino, ni desplegaba muestra alguna de libertad.
Jamás se opuso al ejército que perseguía a Martín Fierro, ni se solidarizó en gesto fraterno en la defensa del gaucho desertor. Simplemente, Cruz nunca conoció a Fierro.
¿En qué entreveros del tiempo se encontraba, entonces?
Desde hacía unos meses, Cruz frecuentaba la mansión de Prilidiano Pueyrredón. El pintor le había pedido cortésmente, que posara para un retrato. En esa época, su obra se centraba en la temática gauchesca.
Falsas son las afirmaciones que mostraban a Cruz como desconocedor de la ciudad. Cada semana, la cita se concertaba, impostergable, en la casona de San Isidro. A medida que se superponían las pinceladas, se formaba un vínculo algo extraño entre los dos hombres.
El 12 de julio de 1870, moría, en efecto, el gaucho. Pero no como figura escrito.
¿Quién creería la verdad? Que un hombre con la sensibilidad de un pintor fuera capaz de un crimen y que ese pintor fuese el hijo del mismísimo General Juan Martín de Pueyrredón.
Tampoco nadie desearía el desconcierto de ver arrasada toda la rudeza de un sujeto como Cruz, fiero, con el coraje de quien conocía los rigores de infinitas noches al sereno y al margen de toda civilización, reducido bajo las manos de otro que sólo sabía empuñar pinceles.
Sin embargo, las crónicas quisieron ocultar el escarnio de cada uno.
La fatídica noche de julio, moría en la lujosa estancia de San Isidro, el gaucho Tadeo Isidoro Cruz, asesinado por el arquitecto y pintor Prilidiano Pueyrredón, en oscuras circunstancias.
Años después, un criado de la casa confesaría a un servidor el verdadero móvil: el pintor no podía soportar que Cruz, en la niebla de la ginebra, lo llamara, sin escrúpulos y frente a toda la servidumbre, “El Prili”.

Giselle Aronson