
—Buen día. ¿Es aquí el taller?
—¡Perfecto! ¡Vieja, uno que llegó! ¿Viste que se podía llegar con las indicaciones que dí?
—Perdón, señor. Quiero decir si acá es el taller literario.
—Sí; claro. ¿Le doy mala impresión?
—Es que con tantas herramientas…
—Parte de mi método, señor. Y de mi esposa. Acomódese por ahí.
—En… ¿en el foso ese?
—¿Dónde si no? ¡Vamos, amigo, no se amedrente!
—Ppero…
—¿Usted vino a mi taller literario para balbucear mal, aprender a escribir o qué?
—Bueno… la verdad… es cierto que se anunciaban métodos revolucionarios, pero no sé si estoy preparado para esto.
—No me amague con el gambito del escape. Conozco las mil y una variantes. No tiene escapatoria.
En eso, aparece una mujer, bella como un neumático novísimo. Empieza a desvestirse. El recién venido se va al foso porque se ve mejor. El Jefe literario del taller, nombre dado por la cucarda que luce en la frente cual vincha, se acerca con dos sillas de taller.
—¿Quiere que le revise el cárter de metáforas, Don?
—Bbueno. Si usted lo dice… —dice el tipo sin poder sacar los ojos de esas piernas larguísimas y desnudas hasta el caracú.
—¡Largue los manuscritos, hombre! ¿Cómo podría revisárselos?
—Pero no me va a dejar sin metáforas, ¿no? Ajuste bien el sello.
—Descuide. Somos profesionales acá. Y diga, ¿no quiere una repasadita a preposiciones, sintagmas preposicionales y infinitivos usados de sustantivos como en el tango? —Rió de buena gana, mirando a su mujer que bailaba en el caño casi completamente desnuda, cual muñeca de calendario.
El futuro literato no podía más.
—Dele. Revise todo. ¿Revisan también adverbios desplazados y frecuencia de frases en pasivo?
—Mmm. Tengo que ver si tenemos el último calibre. Sabe que ese tipo de cosas no son obligatorias para los concursos de lengua.
La palabra lengua hizo saltar la del tipo, que no sabía cómo ocultar la erección tan personal, esa que le recordaba a Schopenhauer y Miller, sobre todo al último.
—Siga. Siga —decía el literato cada vez más espumoso.
El Jefe del Taller se regodeaba con los adverbios inventados al divino botón y los glúteos de su mujer.
Hasta que ella dijo:
—¡Pasaron los cincuenta minutos, Gordo! ¡Cobrale a este sotreta! —se vistió y se fue.
El tipo permaneció unos segundos con cara de haberse transfigurado y al reaccionar se dio cuenta de que estaba en el living de una casa clase media, sentado en un sillón, con el que llamaba Jefe leyéndole las explicaciones de las metáforas de Khalil Gibrán. Cuando escuchó los tacos bajando las escaleras delante de él se preparó para otra aparición.
—¿Le cobraste? —oyó que decía la voz desde arriba.
La sensación que le causó escucharla fue el motivo del orgasmo.
Héctor Ranea