miércoles, 20 de abril de 2011

Las estrellas que nos separan – Guillermo Vidal


—¡Perverso, voyerista, sádico!, te quedaste observándolos mientras morían, como un espectador impasible.
—¿Pero…?
—¿No te importó que no tuvieran salida, que miles de años de cultura y millones de evolución desaparecieran en un instante?
—No es seguro que…
—Cálculos fríos, es todo lo que fuiste capaz de hacer.
—Una nova era una oportunidad única. ¿Cómo saber si algún planeta estaba habitado?
—Lo imposible es que alguno no haya estado habitado, repetís hasta el cansancio, y te enfureces cuando no te creen.
—Pero amor, era una estrella a millones de años luz de distancia. ¿Qué podía hacer?
—Al menos derramar una lagrima ante tan enorme perdida. ¿Qué clase de insensibilidad es esa? ¡Quiero el divorcio!

Guillermo Vidal

Hambriento – Claudio Calomiti


El hombre espera. Frente a la computadora toma una decisión. Algunos dirán: "la decisión". Para ponerle un nombre llama, a la decisión, "huelga de hambre". 
—¿Por qué? —pregunta la gente. 
—No insistan —responde—, decisión tomada. 
—¿A partir de cuando? —lo interrogan. 
—Desde ahora —contesta el hombre. 
—¿Y que espera? —le dicen. 
Él los mira, sabiendo lo inútil de la respuesta y contesta: —Letras, solo letras. 
—¿Letras? —interrogan sorprendidos. 
—Sí, letras, capítulos, historias. Hasta que no lleguen seguirá la huelga. Ese es mi alimento.
El florista de la esquina codea a un hombre de anteojos que se había sumado al interrogatorio.
—Lo conozco —dice—, está medio loco. Es psicólogo; asegura que hasta que no le manden nuevos capítulos corregidos no se va a mover de la compu. Que abandona todo, los pacientes, la mujer, el teatro, el tenis, todo, a la espera de los nuevos capítulos. Pobre tipo.

martes, 19 de abril de 2011

Ayudante de taller especializado – Héctor Ranea


—Buen día. ¿Es aquí el taller?
—¡Perfecto! ¡Vieja, uno que llegó! ¿Viste que se podía llegar con las indicaciones que dí?
—Perdón, señor. Quiero decir si acá es el taller literario.
—Sí; claro. ¿Le doy mala impresión?
—Es que con tantas herramientas…
—Parte de mi método, señor. Y de mi esposa. Acomódese por ahí.
—En… ¿en el foso ese?
—¿Dónde si no? ¡Vamos, amigo, no se amedrente!
—Ppero…
—¿Usted vino a mi taller literario para balbucear mal, aprender a escribir o qué?
—Bueno… la verdad… es cierto que se anunciaban métodos revolucionarios, pero no sé si estoy preparado para esto.
—No me amague con el gambito del escape. Conozco las mil y una variantes. No tiene escapatoria.
En eso, aparece una mujer, bella como un neumático novísimo. Empieza a desvestirse. El recién venido se va al foso porque se ve mejor. El Jefe literario del taller, nombre dado por la cucarda que luce en la frente cual vincha, se acerca con dos sillas de taller.
—¿Quiere que le revise el cárter de metáforas, Don?
—Bbueno. Si usted lo dice… —dice el tipo sin poder sacar los ojos de esas piernas larguísimas y desnudas hasta el caracú.
—¡Largue los manuscritos, hombre! ¿Cómo podría revisárselos?
—Pero no me va a dejar sin metáforas, ¿no? Ajuste bien el sello.
—Descuide. Somos profesionales acá. Y diga, ¿no quiere una repasadita a preposiciones, sintagmas preposicionales y infinitivos usados de sustantivos como en el tango? —Rió de buena gana, mirando a su mujer que bailaba en el caño casi completamente desnuda, cual muñeca de calendario.
El futuro literato no podía más.
—Dele. Revise todo. ¿Revisan también adverbios desplazados y frecuencia de frases en pasivo?
—Mmm. Tengo que ver si tenemos el último calibre. Sabe que ese tipo de cosas no son obligatorias para los concursos de lengua.
La palabra lengua hizo saltar la del tipo, que no sabía cómo ocultar la erección tan personal, esa que le recordaba a Schopenhauer y Miller, sobre todo al último.
—Siga. Siga —decía el literato cada vez más espumoso.
El Jefe del Taller se regodeaba con los adverbios inventados al divino botón y los glúteos de su mujer.
Hasta que ella dijo:
—¡Pasaron los cincuenta minutos, Gordo! ¡Cobrale a este sotreta! —se vistió y se fue.
El tipo permaneció unos segundos con cara de haberse transfigurado y al reaccionar se dio cuenta de que estaba en el living de una casa clase media, sentado en un sillón, con el que llamaba Jefe leyéndole las explicaciones de las metáforas de Khalil Gibrán. Cuando escuchó los tacos bajando las escaleras delante de él se preparó para otra aparición.
—¿Le cobraste? —oyó que decía la voz desde arriba.
La sensación que le causó escucharla fue el motivo del orgasmo.

Héctor Ranea

Cambio de planes - Javier López


La agencia de viajes había cumplido las condiciones del contrato, y el Vuelo de los Enamorados recorrió puntualmente los planetas del Sistema Solar, en el orden de los días de la semana. El domingo la mayoría estábamos de regreso. Sin embargo, de algunos nunca más se volvió a saber.
La nave partió el lunes hacia la Luna, donde hicimos noche. El martes ya estábamos en Marte, lugar realmente divertido desde que se establecieron colonias humanas y se llenó de restaurantes y discotecas.
El miércoles llegamos a Mercurio, quizá el planeta más desagradable de todo el tour. Caluroso donde los haya olía, además, a huevos podridos. Ese día nadie quiso bajarse de la nave.
El jueves arribamos a Júpiter, lugar donde comprendimos en qué acabaría convirtiéndose la Tierra si seguimos produciendo gases de efecto invernadero.
El viernes tocaba el turno de Venus. Un lugar, para nuestra sorpresa, repleto de hermosísimas mujeres.
Ya el sábado llegamos a Saturno. Allí muchos compraron los anillos de compromiso, con vistas a los enlaces que se realizarían el domingo, tras la vuelta a nuestro planeta.
Eso sí. Algunos decidieron quedarse, a la espera de un transporte que los regresara a Venus, donde afirmaban haber encontrado el verdadero amor de sus vidas.

Javier López

Todo un delincuente – Sergio Gaut vel Hartman


—¿Qué está haciendo? —dijo el guardia.
—Robo. Soy ladrón. ¿Es estúpido o qué?
—Tan estúpido no debo ser. Esto es un arma y le estoy apuntando. ¡Arriba las manos!
El ladrón levantó ambos brazos, ya que las manos no se levantan sin ayuda. Y luego sonrió. Junto a su pierna derecha había un bolso, seguramente lleno con el producto de sus fechorías.
—¿Y ahora? —dijo el ladrón, irónico—. ¿Qué va a hacer?
—Abra el bolso —replicó el guardia.
El ladrón obedeció. Y casi de inmediato, se produjo un caótico revuelo.
—¡Estoy harto de ir al trabajo despeinado y sin afeitar!
—Algo de brillo cayó al suelo.
—La cuadrilla estrellas se queja de no tener fusión.
—¿Me explica lo que está ocurriendo aquí? —sollozó el guardia.
—Aunque se lo explique, no creo que un cerebro como el suyo sea capaz de entenderlo. ¿Me permite?
Y sin que el desconcertado guardia pudiera hacer algo efectivo, el ladrón metió las frases robadas en este microcuento y se dio a la fuga.

Sergio Gaut vel Hartman

El ángel terrible II - Daniel Frini


En hombre veneraba a Baudelaire.
Él, como el poeta, rechazaba la idea clásica de que lo bello se hermana con lo bueno, el kalos kai agathos, y estaba convencido de la necesidad viva de encontrar el lado oscuro, reprimido y peligroso del amor. Viajó a París y vivió, apenas con lo puesto, en el viejo Barrio Latino. Conoció a su Jeanne Duval en un antro de la Rue Séguier, casi llegando al río. Se llamaba Elènne y no era mulata, sino mora. Vivieron juntos todo un invierno, en una habitación prestada con ventanas sin vidrios. Cuando se acabaron las pocas maderas que, para calentarse, quemaron directamente sobre el piso, se desnudaron bajo dos mantas raídas, y encendieron el amor. Ella lo hacía estremecer cuando bajaba sus manos y palpitaba cuando el, con toda suavidad, pellizcaba sus pechos. Matizaron sus propias bellezas con lo inesperado, la sorpresa y el estupor. Se sedujeron y se fundieron en el éxtasis, buscando, de manera consciente, ser destruidos por la cautivante intensidad de aquellas horas de frío.
Baudelaire decía:

La ciega polilla vuela hacia vos, candela.
Crepita, brilla y dice: ¡Alabemos a esa llama!
El amante jadeando sobre su hermosa; tiene
el aire de un moribundo que acaricia su tumba.

Llegaron a reírse del poeta. Cada uno de ellos olvidó su yo en la carne del otro.
Sin embargo, al llegar la primavera, Elènne reivindicó su derecho a marcharse.
Él hombre ―que había sido tocado por esa arrebatadora visión de lo perfecto, que se había balanceado durante tres fríos meses entre lo sublime y lo diabólico, lo elevado y lo grosero, el ideal y el aburrimiento angustioso— entendió, de golpe, el espanto del juego del amor: era preciso que uno de los dos jugadores perdiese el gobierno de sí mismo.
Como la polilla hipnotizada por la irresistible belleza de la llama, debía pagar el precio más alto: saltar al abismo y librarse al espasmo de la muerte.
En la mañana, encontraron su cuerpo desnudo flotando en el Sena. Sonreía.

Daniel Frini

El dios de los ateos - Daniel Quintero


E pur si muove
Galileo Galilei


El día que el Universo dejó de girar alrededor de la Tierra hubo tal conmoción en el Vaticano que el Papa Urbano VIII convocó a sus obispos más pertinentes para que contaran en qué estaban perdiendo el tiempo para que esto suceda y que iban a hacer ahora que la tierra amenazaba con moverse constantemente.
Los obispos rezaron, bendijeron agua y carajearon al diablo y se lamentaron porque el planeta no dejaría de girar y en su giro se volvería ateo y mareado y dios mareado ya no estaría sobre la faz de la tierra.
Sería morada exclusiva de huestes vagabundas y paganas moviéndose sin cesar y la Tierra soportaría con el tiempo embates maliciosos como el marxismo, el psicoanálisis o el rock and roll.
Con afán de arreglar las cosas el obispo Giovanni Bautista Pamfili, quien luego seria Inocencio X, se acercó y al oído dijo:
“Su santidad, palanca tenemos: lo que nos falta es apoyo”.
Entonces decidieron dar un escarmiento encarcelando a Galileo Galilei y fue confinado a una casa en la loma desde donde veía a Florencia desangrarse preocupada porque los artistas produjeran y los bancos no perdieran liquidez.
Galileo abjuró de su obra y sonriente les decía
“hace tiempo que les venia diciendo que esto pasaría”.

Luego todo comenzó a moverse.
Así llegó el devenir de la historia y los acontecimientos.
Colon salió al mar en busca de pimienta, Marx se sentó a escribir, Freud le puso poesía a los sueños de sus pacientes, Chuck Berry aceleró el rithm and blues, el Che entró en Santa Clara, el mayo fue francés, el hombre en la Luna y el amor libre.
Y se llegó a la conclusión de que dios está en las pequeñas cosas que disfrutamos: la pimienta en granos, el manifiesto marxista, el diván del terapeuta, la guitarra de Jimmy Page, los eclipses, un atardecer en el campo, la lluvia y cada vez que te cruzas de piernas.