Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Frini. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Daniel Frini. Mostrar todas las entradas

viernes, 14 de octubre de 2011

Twister - Daniel Frini


Mil años hace que la cruz de ocho brazos y el águila bicéfala decoran el arquitrabe de la Puerta Xylokerkos; y en este día, el segundo antes de los idus de abril del año santo de mil doscientos cuatro, vigilan a las tropas de Enrico Dándolo, Dux de Venecia, que están estacionadas sobre la llanura que rodea la via Egnatia y se relamen imaginando el inminente saqueo de la Ciudad que es Morada de Todo lo Bueno, Ojo de Todos los Pueblos, Guardiana de las Iglesias, Líder de la Fe, Guía de la Ortodoxia, Querida en las Oraciones y Maravilla ajena a este Mundo.
La Cuarta Cruzada está a las puertas de Constantinopla.

Dentro de las murallas, en el nártex de la iglesia del Venerable Monasterio de Andreοu en te Krisei, y a tan corta distancia de los invasores que la hediondez de las hordas latinas apesta el aire; están Zaoutzes Petraliphas, presvýteros y parakoimomenos del Emperador y Vatatzes Isaakios, archiepískopos y koubikoularios de Su Santidad; ambos rojos de ira, disputando un capítulo más de la larguísima batalla dialéctica, sin poder ni querer dar respuesta a un dilema mayúsculo.
¿Cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler?

Arriba, los integrantes de la Corte Celestial, obligados por el famoso texto de Mateo, se ligan o desligan según los designios de los dos Hombres Santos que, allá abajo, intercambian improperios que duelen más que puñaladas.
—¡Tal vez fueran necesarios tantos ángeles como granos de arena hay en las playas de todos los mares, mi estimado hermano, hijo de una gran perra! —dice Zaoutzes y cien mil millones de ángeles —que es una manera de decir innumerables— se apiñan, sudorosos, en la bruñida superficie metálica.
—¡La cantidad de estrellas que Nuestro Dios puso en el cielo es mil veces menor que el número posible, dilecto amigo, hijo de un burro y una rata! —y un millón de millones de ángeles —que es una manera de decir incontables— se contorsionan, adoloridos.

—Ya me cansé de tantos calambres ―dice, en un hilo de voz, Gabriel Arcángel, Mensajero de Dios, Guardián del Edén, Señor de la Misericordia, la Muerte y la Venganza—. Esto no da para más. Como puede, saca su mano derecha de entre un impresionante manojo de cuerpos descalabrados, agita su dedo índice y le ordena a Balduino de Flandes, comandante de los cruzados:
—¡Ataquen!

Abajo, las hordas de occidente se lanzan contra las murallas y las superan.
Constantinopla cae.
Una hora después, Zaoutzes y Vatatzes mueren atravesados por sendas espadas, sin haberse percatado de nada. La discusión termina.

Arriba, un suspiro de alivio recorre la multitud de la Corte Celestial. De a poco, el Gran Nudo se desarma y cada uno de los ángeles ―golpeados, amoratados, rotas las alas— dejan la cabeza del alfiler y se dirigen, estirándose, a cumplir con sus tareas.
—¡Uf!
—Ya era hora…
—Otro siglo así, y me quedo sin espalda.
—¡Ay!
Uno estira los brazos, otro se sacude.
En la superficie brillante, quedan algunas manchas de sangre y muchas plumas de todos colores. Justo en el centro, unos quinientos o mil ángeles ―que también es una manera de decir infinito— permanecen envueltos en un revoltijo.
Tardarán una eternidad en desanudarse.

Acerca de: Daniel Frini

sábado, 6 de agosto de 2011

Ganas de joder a las estatuas - Daniel Frini


Hoy me puse los ojos de usar zapatos rojos y llovía. Salí, desnudo, a la calle que olía a números imaginarios. Mis brazos comenzaron a susurrar una melodía color sepia, muy parecida a un viejo blues que cantaba Trixie Smith. Quise llorar, sólo por hacer algo distinto, pero no.
Lllegué a la farmacia.
«Pastillas para ser más alto», decía el aviso, «para ser chino, para ser pelado, para tener bigotes, para ser chueco, para ser manco, para ser bizco, para derrotar al enemigo, para perdonar las ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para bailar sobre el puente de Avignon»
—Caramba —me dije―. Sólo falta que no tengan una simple aspirina.
Tenían. Y también tenían agua. La tomé y miré al cartel, otra vez.
«Pastillas para la acidez estomacal», decía.
Salí a la calle y seguí caminando por un día soleado, completamente chato.

Sobre el autor: Daniel Frini

viernes, 22 de julio de 2011

El factor Noé - Daniel Frini


Es de noche. Los ojos engañan y es difícil medir las distancias bajo la lluvia espesa que cae, sin amainar, desde hace tantos días. Jafet, empapado, aguza la vista hasta el dolor en la amura de estribor del Arca, que en un momento planea en el aire y al siguiente golpea de manera violenta en los valles que las olas inventan entre una y otra.
Jafet, con su mano derecha, abierta y extendida sobre sus ojos, los protege de los estiletes que son las gotas alargadas y rápidas. Su mano izquierda, los nudillos blancos de tensión y frío, se toma de la borda. Cuando una ráfaga de viento acuesta las gotas que caen, cree ver algo que, de manera inmediata, desaparece. El cansancio confunde los sentidos, y la cortina de agua cubre el escenario frente a la nave.
Jafet se concentra más, si aún es posible, porque intuye que hay algo adelante.
No se equivoca. El Arca avanza y el monstruo aparece, inmenso, quieto, blanco si fuera posible, en la oscuridad.
Jafet abre los ojos con terror, se gira y grita:
—¡A-á! ¡Am!
Se da cuenta que el frío entumeció los músculos de su cara. Se pega tres cachetadas y lo intenta otra vez:
—¡Papá! ¡Cam!
Nadie responde. Los llama nuevamente, gritando hasta casi desgarrarse la garganta.
—¡Qué querés! —responde Cam
—¡Vira a Babor!
—¿Ah?
—¡Vira a Babor! ¡Ya!
—¿Lo qué?
En la pequeña cabina, Cam mira a su padre, que masculla algo, tirado en el piso, sosteniendo una jarra de barro, rota, en la mano; y la túnica manchada de vino y vómito.
—Viejo —pregunta, casi en un susurro, apenas audible sobre el atronador ruido que viene de afuera. Noé no responde —Viejo —insiste Cam.
—¿Hum? —murmulla el anciano.
—¿Qué es «babor»?
—No sé —Dice Noé, y de manera repentina se despierta su interés.
—¡Vira a babor! —se escucha, casi lejana, la voz de Jafet que viene de afuera.
—Debe sé una ciudá. No la conozco —continua el padre, y los ojos se le iluminan —¡Pero sí miacuerdo de Sodoma! ¡A la pelotita! ¡Esa era una ciudad! Miacuerdo que la primera vé fui con mi papá y el nono Matusalén ¡Cómo se divertimo!
—¡Caaam! —vuelve a gritar Jafet, a punto de la afonía.
—¿Queeeé? —responde Cam.
—¡Vira a Babor! ¡Yaaa!
—¿Qué es «babor»? ¿Qué es «vira»?
—…contábamo cuento verde, le prendíamo fuego al techo de las casas… —rememora Noé, ajeno al desastre próximo.
—¡Girá a la izquierda! —responde Jafet.
—¡Ah! ¿Cómo hago?
—¡Da vueltas el timón en sentido horario!
—¿Ah?
—¡En sentido horario!
—¿Ah?
—¡A la derecha!
—¿Cuál derecha?
—¡La mano con la que escribís!
—…le decíamo cosa guasa a las chicas… —sigue Noé.
—Jafet —grita Cam —No sé escribir.
—¡La mano con la que…comés! —Grita Jafet.
—¡Haberlo dicho! —contesta Cam y hace una pequeña pausa —¡Jafet! —grita otra vez.
—¡¿Qué?!
—¿Qué es «timón»?
—La rueda, esa—grita Jafet, llorando —, de madera que tiene todos como mangos de sartenes…
—…se pinchábamo lo culo con lo tenedore… —recuerda el anciano sin levantarse del piso.
—¡Jafet! —grita Cam.
—¡Por el Altísimo! ¡¿Qué?!
—Acá no hay ninguna rueda de madera…
—¡¿Cómo?!
—Que acá no hay ninguna rueda…
—¿Qué pasa acá? —grita Sem, mientras sube por la escotilla que da a la cubierta inferior.
—¡Sem! ¡Por favor! —grita Jafet desde afuera —¡Girá el timón a la derecha!
—¿Cuál es el problema?—interroga Sem.
—¡Al frente! ¡Un iceberg! —grita Jafet.
—¡¿Un qué?! —preguntan Cam y Sem al unísono.
—…corríamo a las viejas, en calzoncillos… —continúa Noé.
—¡Un iceberg! —insiste Jafet, desde la proa.
—¿Qué es eso? —dice Cam.
—¿Ais…qué? —pregunta Sem.
—¡Una montaña de hielo! ¡En medio del agua!
—¿Y porqué no decís «una montaña de hielo» de entrada? —dice Sem, enojado.
—¿Qué es «hielo»? —interroga Cam.
—¡Viren a babor! ¡Ya!
—¿Qué cosa, adónde? —interroga Sem a su hermano Cam, en voz baja
—…le pintamo el burro de verde al vigilante… —sigue Noé.
—Que giremos para allá —contesta Cam, señalando su derecha.
—¿Y con qué giramos?
—Dice Jafet que con una rueda de madera llena de sartenes.
—¡Jafet! —grita Sem.
—¡Qué!
—No hay timón
—¡¿Cómo que no hay timón?!
—Recorte de gastos…
Jafet va a decir algo, pero una pequeña vibración lo sobresalta, vuelve la mirada al frente y allí lo ve ocupando todo el espacio, cubriendo mar y cielo, inmune a la lluvia, gigante, imponente, asesino y viajando hacia ellos a una velocidad increíble.
—Ya es tarde —murmuró para sí, resignado.
—…le afanamo la carpa al ruso Cainán, cuando estaba con una mina. Y el ruso quedó en bola, en medio del campamento, meta subir y bajar… ¡Ji! —se sonríe Noé.
El impacto, curiosamente, apenas hace ruido, entre el golpeteo continuo de las gotas.
El agua entra por la inmensa brecha y el Arca empieza a hundirse.
Todos callan al darse cuenta de la terrible tragedia que tienen por delante, excepto Noé, que dice:
—…se subíamo a las palmeras y le surtíamo dátiles con la gomera a los viejo…
Sobre la cubierta del Arca, un burro, un perro, un gato y un gallo ensayan una mala versión del himno Nearer, my God to Thee, en algo parecido al arameo.
Los tres hijos bajan a la cubierta inferior donde Naara, su madre, está recostada en su litera e intenta reponerse del continuo mareo. Ella, al ver a los jóvenes, comprende todo y con una entereza envidiable toma un cuero de oveja, una pluma y tinta de calamar y anota:

«Bitácora de navegación. Día cuarenta desde el
comienzo del Diluvio. La que manda en esta Nave, Naama, escribe esto
para las generaciones futuras, si es que estas
llegan a existir: la cagamos.»

El Arca se hunde sin remedio. La última voz humana que se oye es la de Noé:
—…se tirábamo pedos… —
Desaparece la cubierta, luego la borda, la casilla de mando, más tarde se hunden los cuellos de la pareja de jirafas. Finalmente, sólo se ve el hocico de las dos bestias, tratando de aspirar la última bocanada de aire. Luego nada.

El Ángel del Señor recorre la zona del desastre, ajeno a la lluvia que aún no ha dejado de caer. Aguza la vista y ve una pareja de pequeñas cucarachas flotando entre la espuma de las olas. Se sonríe y dice para sí y para la Corte Celestial:
—Heredarán la tierra un día de estos.

Sobre el autor: Daniel Frini

Imagen: Fragmentos de Abstract Flowers, de amyandromai en deviantArt

lunes, 27 de junio de 2011

À la recherche de la virginité perdue – Daniel Frini


Ocurrió hace más de cincuenta años.

En su vida perdió otras cosas: el reloj de su padre, la medallita milagrosa que le dejó su madre, pero que antes había sido de su abuela. Perdió dos maridos: Manuel, que cayó bajo las ruedas del tren y Bienvenido, que se fue con la muchachita que trabajaba en el almacén de los alemanes. Perdió el título de la bóveda de la familia en el Cementerio Mayor; y luego lo encontró en una caja arrumbada en el altillo, pero ya era tarde, porque al finado lo enterraron en el pueblito. Cada vez que perdió sus llaves, sus documentos, el pasaje de colectivo para ir a visitar la tumba, la libretita donde está anotado el número de teléfono de la Jacinta; cada vez le pareció estar buscándola, como a un objeto querido, como a una reliquia.

Aún la busca.

Recuerda que al principio intuía saber dónde podía haber quedado, pero los años confunden lugares, caras y escenas.

La abuela Chola le decía, de niña, “Si buscás otra cosa, seguro va a aparecer”; sin embargo, no.

Pucha. A esta altura ya ni se acuerda como era.

La pequeña muerte - Daniel Frini


Soñó con una mujer hermosísima. Tan hermosa que hacía doler los ojos. Soñó con una ternura infinita y con el amor más suave. Sonó que se quemaba al entrar en ella y que la mujer lo abrazaba con sus piernas doradas. La lengua roja dibujaba los oídos del hombre y las lágrimas de ella lo mojaban entero. Soñó con música de campanas.
―Levantate, infeliz —dijo la esposa ―¿No escuchás el despertador, tarado? ¿O me va a decir el señor que anoche quedó extenuado? A ver si la próxima le ponés más ganas, inútil. Otra vez tuve que levantarme al baño cuando te dormiste, y terminar el trabajo yo sola.

Sobre el autor: Daniel Frini

miércoles, 22 de junio de 2011

Di end is comin - Daniel Frini


Los dados giran en el aire dando volteretas.
Se muerde los nudillos viendo cómo el primero cae sobre la pana verde y rebota hacia adelante y ligeramente a la derecha. El segundo dado parece clavarse y se diría que pega un respingo hacia atrás. Unas vueltas más y se detienen prácticamente a la vez. Él y el otro miran la mesa con aprehensión. Un dado muestra un tres; el otro, un dos.
―¡Ah! —grita el que arrojó los dados, mientras se golpea la frente.
―¡Ja! —se sonríe el otro, mientras se echa hacia atrás y se arrellana en su sillón.

El primer misil impactó a unos tres kilómetros al norte de Makka Al-Mukarrama, el noveno día del mes de du-l-hiyya, el último día de la hajj; cuando unos dos millones y medio de peregrinos se despedían de la Kaaba.
El segundo misil cayó muy cerca del Hakótel Hama'araví, obliteró Yerushaláyim y mató a más de quinientas mil personas.

―Me toca a mí —dice el otro. Recoge los dados y los mete en el cubilete. Agita, mientras cierra los ojos. Parece rezar. En un movimiento brusco, gira el vaso y lo deja caer, boca abajo, sobre la mesa. Lo levanta lentamente. Un dado indica un cinco; el otro, un uno.
―¡Sí! —grita el que arrojó, ahora, los dados.
―¡No! —grita el primero.

El tercer misil destruyó New York, el cuarto impactó en Berlin. En tres días, casi las cuatro quintas partes de la humanidad habían muerto. Doce días después la nube radioactiva había cubierto la totalidad del planeta.

―Un cuatro, un cuatro… —ruega el primero, mientras prepara el tiro.
―Me parece que, como siempre, te gano —dice el otro.
Los dados vuelan y caen. Un dos. Un tres.
―¡No puede ser! —grita el que tiró.
―¡Sí! ¡Otra vez! ¡Tomá! ¡Gané!—grita el otro.

Veinte días más tarde, el inmenso mecanismo enviado por el G-7; y por cuyo control se desató la guerra, sin nadie que gobierne su entrada en órbita, impactó en el sol y liberó su carga. La explosión de Supernova fue, prácticamente, inmediata.

―¿Jugamos otro?—dice El Caído ―Ya te gané tres seguidos.
―Dale ―dice Dios ―. Esto no puede quedar así.
—Te cedo el honor.
―Bueno —contesta Dios, mientras agita el cubilete.
Una eternidad después, suspira, arroja los dados y dice
―¡Hágase la luz!

Daniel Frini

martes, 21 de junio de 2011

Sonará el despertador a las cinco menos diez - Daniel Frini


Te levantarás sin mirarla, irás al baño despacio, tomarás dos mates parado en la cocina, saldrás abrigado porque la tele dice que hace dos grados y que subió el dólar que nunca viste. Tomarás el colectivo que pasará tarde por la parada. Ficharás la tarjeta en el reloj de la fábrica, mecánicamente, y mirarás la hora que se marcó, sin verla. Te pondrás la ropa de trabajo, encenderás la máquina acordándote, como todos los días, de los tres dedos del Rusito que quedaron tirados en el suelo cuando se los arrancó el balancín, de su pánico y su desesperación. Mirarás el reloj cada diez minutos hasta las cinco, sin esperar nada. Saldrás susurrando un «ta mañana» al vigilante. Cansado, harás el viaje de regreso, como ocurre desde hace quince años. Llegarás a tu casa y casi te alegrarás al comprobar que tu mujer te ha abandonado llevándose los hijos.

Sobre el autor: Daniel Frini

sábado, 4 de junio de 2011

Ascenso y caída del hombre, motivado en los comentarios cochinos de su propia esposa – Daniel Frini


El hombre entra al escritorio a buscar el tomo II de la Historia de la Conquista de México, —escrito por Don Ignacio de Salazar y Olarte, segunda edición, en la Imprenta de Benito Cano, Madrid, en mil setecientos ochenta y cinco―. Sabe dónde lo dejó y camina sin encender la luz, para no molestar (corrijo: para no alertar) a la esposa y sus amigas que, en el tono agudo habitual, conversan en la sala, entre tazas de café y masitas finas. Después de tomar el grueso volumen de más de mil quinientas páginas y casi tres kilos de peso; y ganado por cierta curiosidad a medio camino del morbo, se detiene a escuchar tras la puerta y oye a su mujer decir «Mi marido» y a continuación su nombre. El hombre se sonríe, con algo de orgullo. La mujer comienza a relatar las hazañas sexuales que él realiza. Su esposa habla, sin tapujos, de tamaño, saltos, duraciones y cantidades. Divertido, el hombre arquea una ceja en la oscuridad y aprieta el libro, sin quererlo. Entre exclamaciones y sonrisas cómplices de las amigas, la esposa exagera posiciones, lugares, y frecuencias. El hombre duda. La mujer inventa besos, lenguas, acompañantes y caricias que el hombre jamás llegó a imaginar. Una punzada extraña aparece en el estómago de él y le cierra la garganta. Deja escapar un gemido que nadie oye. La mujer imagina juguetes, castigos y deseos cuya satisfacción se demora con sadismo. El hombre siente subir hacia su rostro un calor que denota rabia. La esposa menciona un currículum juvenil que incluye un número enorme de mujeres, trabajos como chippendale y escort de maduras ricas y viudas, y un extraordinario conocimiento de la anatomía femenina. El dique se rompe cuando el hombre oye que su mujer dice, con voz de loba en celo: «Me hace vibrar». Quizá celoso de sí mismo, quizá sospechando un amante que su esposa esconde y a quien le pone su nombre, entra a grandes pasos en la sala, gritando de locura, la cara roja y los ojos inyectados en sangre, llevando el Historia sobre su cabeza, sostenido con ambas manos. Las mujeres quedan petrificadas y su esposa no atina, siquiera, a levantar las manos para defenderse. Con furia, una y otra vez, deja caer el libro que se va deshaciendo con cada golpe. No presta atención a lo que pasa a su alrededor. Una amiga de su esposa lo toma por el cuello pero no lo conmueve. Otras dos luchan de manera desesperada, por abrir la puerta de calle para escapar: una tira y la otra empuja. Una cuarta está parada contra la pared, gritando histérica. Las gotas de sangre describen arcos en el aire y van a estrellarse en muebles y cortinas. Una alarma interna, en algún lado, le ordena detenerse. Con la calma y lucidez que aparecen después de un estallido semejante, el hombre ve la cabeza de su esposa en una posición extraña y frena el impulso de acomodarla. Ve, en el regazo del cadáver, la página noventa y tres del libro y lee, con calma, como si él fuera otro: «…quiriendo la noticia para la solicitud de la empresa, y en el entretanto que lo casual, ó lo diligente, se la ministraba, dividió el exército en los pueblos…»; y se le antoja interesante. Mira el resto del Historia desarmado y desparramado por todo el lugar, manchado de sangre e irrecuperable, y se lamenta. Mira al cadáver de su mujer otra vez. Un segundo después, parece confundido.

domingo, 29 de mayo de 2011

Lo que dijo Edgar Trejo cuando conoció a la Negra Wönners - Daniel Frini


Los personajes y lugares mencionados
en el presente relato son imaginarios.
Cualquier parecido con la realidad es
pura coincidencia.

Proverbio estadounidense

Esto que te cuento tiene que ver con la nostalgia.
Pero no con esa cosa triste, profunda y melancólica que nos es tan propia; si no, te diría, con la saudade portuguesa, ¿me seguís? Con esa manera tan brasilera de extrañar algo querido, y que, de tan solo recordarlo, sentís, a la vez, una cosa amarga que se te atraviesa en la garganta y algo así como una inmensa alegría que te lleva otra vez a ese tiempo, a ese lugar perdido.

Sí, ya sé. No se entiende. Voy por otro lado.
¿Escuchaste alguna vez la canción Me and Bobby McGee?
La primera vez que la oí, fue a principio de los ochenta y cantada por Joan Baez. Compré, en casette, su álbum Live Europe’83 sólo por Here’s to you, aquel tema que hablaba de Sacco y Vanzetti; y allí me encontré con su interpretación de “Me…”.
Sin embargo, la versión que me dejó con la boca abierta fue la de Janis Joplin, a la que llegué después y que estará, siempre, entre las diez canciones que deberán escucharse obligatoriamente en mi velorio.

Esperá. Seguime.
Tengo la teoría de que la Bondad Divina dispuso infinitos caminos para llegar a la salvación. Y a los poetas les dio la posibilidad de alcanzar el perdón a través de la palabra: basta una frase, un solo verso para que cualquier poeta, incluso el peor, alcance la Redención. Por ejemplo: la letra de “Me and Bobby McGee” fue escrita por Kris Kristofferson ¿Lo ubicás? Cantante country y actor norteamericano. En mi opinión —si ésta de algo sirve―, un músico aceptable y un artista de mitad de tabla. Mi punto es que podría ser el peor asesino serial de la historia yanqui, pero alcanzó su redención con un verso que escribió en “Me…”. Kristofferson hace que una mujer cuente sus vivencias con Bobby McGee. Y ella dice:

Well, I trade all of my tomorrows
for one single yesterday

Cambiaría todos mis mañanas por un solo ayer.
Tomá. Ahí tenés. De esa saudade te hablo. Hay veces en que yo haría lo mismo.

Ahora, volvamos a Edgar Trejo.
Haya hecho lo que haya hecho desde que nació y no importa lo que haga en el futuro, cierta vez dijo algo que le aseguró el Cielo. Y yo estuve allí. Y me alegro por él.

La negra Wönner era un mujerón.
Aún lo es, pero estamos hablando de algo que ocurrió hace más de treinta años, y nunca más he vuelto a verla. Conservo una foto de ella; tomada, creo, en casa de Anabel. Está recostada en un sillón, sus pies hacia la izquierda y su cabeza a la derecha; vestida con una camisa de color violeta pastel, pantalones turquesa con tiradores rojos. La foto está tomada a las apuradas, es borrosa y apenas se adivinan los rasgos de su cara, su piel morena, su sonrisa blanca, su larga cabellera azabache y rebelde. Sí se ve, claramente, que su cuerpo esbelto (y muy ―con mayúsculas— bien formado) no entra en la longitud del sillón: según recuerdo, la Negra superaba el metro noventa de altura.

Edgar Trejo fue mi compañero en el Liceo.
Era (aún lo es, pero estamos hablando de algo que ocurrió hace más de treinta años) un hombre como cualquier otro, de más o menos un metro setenta, el cabello con un corte de milico; ni flaco, ni gordo —a base de «movimientos vivos» y comidas ricas en grasas de todo tipo, teníamos una contextura física respetable ―. Hablaba con una fuerte tonada, aún para nosotros.
Cierta vez lo invité a pasar un fin de semana en nuestra casa del pueblo; y conocer, por supuesto, a mis amigos. Incluyendo a la Negra.
La entrada a la casa era un largo pasillo al aire libre —aún lo es, pero la casa ya no es nuestra―, que llegaba hasta la puerta de la escalera, algo así como un vestíbulo. Era invierno y la hora de la merienda del sábado cuando sonó el timbre. Sabía que era ella, que venía a visitarme como todos los fines de semana, tocaba el timbre avisando de su llegada y entraba; y le dije a Edgar
—Vení.
Y fuimos a su encuentro.
Fijate. Ahí está la nostalgia

¿Sabés que lo veo como en una película?
Ocurre que no había preparado a Edgar para encontrarse con la Negra. Sinceramente, yo era tan amigo de ella, y desde hacía tanto tiempo ―desde la infancia— que no reparaba en su físico. Habíamos crecido juntos y, para mi, siempre había sido la misma. Ahora lo veo con otros ojos y, de verdad, por esos años, la Negra era un espectáculo.
Abrimos la puerta de la escalera en el momento justo en que ella llegaba al umbral. No sé con qué esperaba encontrarse Edgar. Tenía su mirada en un plano a la altura de sus ojos y, cuando la puerta se abrió, se encontró con los pechos de la Negra.
Ella fue la primera en darse cuenta del momento y miró hacia abajo, hacia la cara de él, con una sonrisa enorme y divertida. Yo quedé como un espectador privilegiado. Edgar, en cámara lenta, levantó la vista, arqueó sus cejas y abrió la boca en una mueca de asombro; y con toda la tonada cordobesa de que fue capaz, lo dijo.
Podría haber esperado a que los presente, o haber dicho cualquier cosa. Desde un muy estándar «hola» a un insulso «encantado de conocerte», pero no. En ese preciso momento, Edgar Trejo pronunció las palabras que salvaron su alma. Y me trajo esta nostalgia.
Lo que pasó después lo conservo en mi memoria por asociación con uno o dos sucesos extraños, que no vienen al caso.
¿Qué dijo? Uf. Estamos hablando de algo que ocurrió hace más de treinta años. Podrías preguntarles a ellos, pero te aseguro que mentirán.


Imagen: Inspiration, de aeravi en deviantArt

sábado, 14 de mayo de 2011

La larga espera - Daniel Frini


Esperó toda su vida por la mujer que le estaba destinada. No supo si nunca apareció, si vino y no la vio, no la reconoció, o él no era el indicado para ella. Murió y lo enterraron al lado de una vieja sorda que no se queda quieta en el cajón.

Sobre el autor: Daniel Frini

Imagen: Ol iroNsides, by nolencole en deviantArt

viernes, 13 de mayo de 2011

El ángel terrible III - Daniel Frini


El hombre reverenciaba a Rainer María Rilke.
Buscaba el amor como si fuera su patria, con el muy íntimo deseo de que se pareciese a la soledad de su infancia. «La única patria feliz es aquella formada por niños», decía Rilke en sus Cartas; y hablaba de la necesidad de buscarla para encontrarnos a nosotros mismos, lejos del mundo marchito y convencional de los adultos. El hombre remontó la marea de los años y se rodeó de desconsuelo («La tristeza también es una ola»). A pesar de quedar encerrado en laberintos indescifrables, hizo esfuerzos sobrehumanos para salir adelante («Convierte tu muro en un peldaño»), Estuvo en los lugares en los que vivió el poeta: Praga, Sankt Pölten, Worpswede, París, Duino. Un día cualquiera, ya pasados sus cincuenta y en Múnich, encontró su Lou Andreas-Salomé. No se conoce su nombre. Era hermosa.
Viajaron, siguiendo los pasos de Rilke, por Italia y por Rusia, por Dinamarca, Suecia, Holanda, España y Suiza.
Primero fueron amantes. Él le recorría la piel entera con su lengua, degustando sus sabores y sonriendo con cada uno de los escalofríos de ella, en ceremonias que podían durar horas. A su turno, ella jugaba con su boca y le arrancaba gemidos imperceptibles.

El amor consiste en dos soledades que se defienden, se delimitan y se rinden homenaje.

Luego fue su amante y su amiga. Su hermosura, abonada con una extraña felicidad, crecía hasta que al hombre se le hizo insoportable.

La belleza es el principio de lo terrible. Todo ángel es terrible.
El hombre encontró al amor, a su patria y a la soledad de su infancia. Ella murió. Su tumba está en el cementerio de Rarogne, en Valais. Descansa a pocos metros del poeta.
Ahora, el hombre mira por la ventana. Afuera caen pequeños copos de la primera nevada de este año. Tras los barrotes de la ventana, los jardineros limpian el parque de césped cuidado y amarillo. Más allá, tras las rejas, los autos pasan por la avenida fría, tan lejos del hombre como si estuvieran en Marte. El enfermero de las cinco de la tarde abre la puerta. El hombre ni siquiera le presta atención.

miércoles, 20 de abril de 2011

Código secreto - Daniel Frini


Temprano en la mañana, el enemigo descifró nuestros códigos. Lo supimos cuando Colina Cuatro desapareció quemada por el napalm. Quedamos aislados de nuestro comando y en posesión de información valiosísima: las coordenadas del Headquarter enemigo. La idea fue de Sánchez. Su compadre, Zapata, estaba en el Puesto Catorce, a media altura de la Colina Ocho. Sanchez sabía que el otro lo estaría mirando con sus prismáticos. Levantó apenas la cabeza y tiró un beso; luego cerró ambos ojos, hizo una mueca con su boca hacia la izquierda y guiñó su ojo derecho. El centro de comando enemigo desapareció bajo un impacto directo siete minutos después. Qué grandes los compadres, por eso nunca nadie les pudo ganar al truco.

Sobre el autor: Daniel Frini

martes, 19 de abril de 2011

El ángel terrible II - Daniel Frini


En hombre veneraba a Baudelaire.
Él, como el poeta, rechazaba la idea clásica de que lo bello se hermana con lo bueno, el kalos kai agathos, y estaba convencido de la necesidad viva de encontrar el lado oscuro, reprimido y peligroso del amor. Viajó a París y vivió, apenas con lo puesto, en el viejo Barrio Latino. Conoció a su Jeanne Duval en un antro de la Rue Séguier, casi llegando al río. Se llamaba Elènne y no era mulata, sino mora. Vivieron juntos todo un invierno, en una habitación prestada con ventanas sin vidrios. Cuando se acabaron las pocas maderas que, para calentarse, quemaron directamente sobre el piso, se desnudaron bajo dos mantas raídas, y encendieron el amor. Ella lo hacía estremecer cuando bajaba sus manos y palpitaba cuando el, con toda suavidad, pellizcaba sus pechos. Matizaron sus propias bellezas con lo inesperado, la sorpresa y el estupor. Se sedujeron y se fundieron en el éxtasis, buscando, de manera consciente, ser destruidos por la cautivante intensidad de aquellas horas de frío.
Baudelaire decía:

La ciega polilla vuela hacia vos, candela.
Crepita, brilla y dice: ¡Alabemos a esa llama!
El amante jadeando sobre su hermosa; tiene
el aire de un moribundo que acaricia su tumba.

Llegaron a reírse del poeta. Cada uno de ellos olvidó su yo en la carne del otro.
Sin embargo, al llegar la primavera, Elènne reivindicó su derecho a marcharse.
Él hombre ―que había sido tocado por esa arrebatadora visión de lo perfecto, que se había balanceado durante tres fríos meses entre lo sublime y lo diabólico, lo elevado y lo grosero, el ideal y el aburrimiento angustioso— entendió, de golpe, el espanto del juego del amor: era preciso que uno de los dos jugadores perdiese el gobierno de sí mismo.
Como la polilla hipnotizada por la irresistible belleza de la llama, debía pagar el precio más alto: saltar al abismo y librarse al espasmo de la muerte.
En la mañana, encontraron su cuerpo desnudo flotando en el Sena. Sonreía.

Daniel Frini

martes, 12 de abril de 2011

Queronea - Daniel Frini


Adelante estaba Alejandro, hijo de Filipo de Macedonia, y sus hetairoi. Aquí estábamos nosotros, el Batallón Sagrado: ciento cincuenta parejas de amantes, todos hombres, dispuestos a dar la vida, sin contemplaciones, por nuestro compañero amado y por nuestra querida polis de Tebas. El río Kephissós corría, tranquilo, a nuestra derecha con sus aguas buscando el lago. Ese día lo teñimos de rojo. Fuimos trescientos de a pie contra mil ochocientos jinetes. Tres oleadas de caballería mandó Alejandro. Las dos primeras inutilizaron nuestros escudos y la tercera tuvo que matarnos para superarnos.
Mi amante y yo, fantasmas, continuamos buscándonos entre el río y las colinas. El Kephissós sigue su marcha. Nunca nos iremos con él.

Sobre el autor: Daniel Frini

jueves, 7 de abril de 2011

Argumentos a favor del uso de las gomeras - Daniel Frini


Mi abuela supo siempre cuándo le robé alguna galleta, comía golosinas a escondidas después de lavarme los dientes, o me quedaba con dos insulsas monedas del vuelto.
«Me lo contó un pajarito», decía.
Toda mi infancia traté de superar a la vieja, pero nunca lo logré
—¿Por qué no fuiste a la escuela ayer?
―¿Cómo que no fui, Nona?
—Ayer faltaste a clases.
―¡Noo!
—No mientas ―y agregaba la frase lapidaria—. Me lo contó un pajarito.
Tarde entendí de la connivencia rayana en contubernio entre abuelas y aves.
Los pájaros —malditos sean; viles informantes, soplones, chivatos, delatores, botones― conforman una red insuperable de espías al servicio de las generaciones adultas que pergeñan inicuos planes en contra de la mejor y más sana infancia.
No les tendré piedad.

Sobre el autor: Daniel Frini

Imagen: Creación de las aves, Remedios Varo.

sábado, 2 de abril de 2011

Zapatos – Daniel Frini


Dejó las pantuflas de bajar ascensores y se calzó las chinelas de transitar lobbies. En la puerta las cambió por mocasines de caminar veredas. Llegó a la esquina, se puso botas para saltar charcos y bajó a la calle. En la senda peatonal las reemplazó por sandalias de cruzar calzadas. Absorto en sus cosas, no prestó atención a la bocina de romper oídos y lo atropelló un auto que circulaba sobre ruedas de cansar ciudades.

Sobre el autor: Daniel Frini 

martes, 29 de marzo de 2011

Qiangyan Wang - Daniel Frini


La nieta de Chi era hermosa. Se llamaba Redecilla Para Atrapar Miradas y cuentan que su pestañeo provocaba tifones en el mar de la China. Todos la amaron. Sólo un hombre fue capaz de estremecerla. Nadie la poseyó jamás. Los Contadores de Historias dicen que no murió. Cuentan que se esfumó en la nieve cierto invierno que se prolongó demasiado.

Sobre el autor: Daniel Frini

Imagen: Boats and Birds, de Amouse en deviantArt

viernes, 25 de marzo de 2011

Espíritus extraños - Daniel Frini


Ya me pasó otras veces. Miro en el espejo del zaguán de la vieja casona, y la veo allí. Giro la cabeza hacia el rincón, y está vacío. De madrugada suele despertarme su “ñac-ñac” y ya no puedo dormir en toda la noche.
¿Cómo se deshace uno del fantasma de la vieja mecedora de madera y mimbre que perteneció a mi padre, a la que se le rompió una pata y fue quemada con la basura una tarde de invierno de mil novecientos setenta y dos?

Sobre el autor: Daniel Frini

martes, 22 de marzo de 2011

La caracola - Daniel Frini


El mar estaba tranquilo, el sol de marzo apenas tibio, la arena limpia y solitaria y soplaba un suave viento del este.
Vi la caracola ―una strombus gigas— desde unos treinta metros. Era hermosa y una buena decoración para nuestra casita de verano. La levanté y, como hago desde niño, la llevé a mi oído para escuchar el mar. Me llegó la cadencia de olas antiguas y lejanas. Pero esta vez había algo más: un murmullo apagado que sólo logré descifrar cuando tapé mi otro oído. Una voz humana
―¡Sollievo! ¡Aiuti! —decía. Y agregaba palabras que no pude entender.
La llevé y se la mostré a mi esposa, que se sonrió descreída; pero luego abrió grande sus ojos, atónita.
―¡Sollievo! ¡Aiuti! —oía, con más claridad en la casa silenciosa; pero aún sin entender el resto.
Y allá está, en una repisa de nuestra casita. Mensaje de algún italiano náufrago desde hace quién sabe cuántos años, esperando un rescate que nunca llegará porque no entendemos qué dice, además de pedir socorro y ayuda.
―¡Sollievo! ¡Aiuti!
A veces, cuando la noche es silenciosa, lo escuchamos desde nuestra cama con cierto fastidio que alguna vez fue impotencia.
Hemos pensado en deshacernos de la caracola.

Daniel Frini

Ilustración: Dos (detalle) Marco Maiulini. http://www.flickr.com/photos/marcomaiulini
Todos los derechos reservados.
Reproducido por gentileza del autor.

lunes, 21 de marzo de 2011

Tratado acerca de cómo levantar minas (o explicación sobre la superabundancia de los Pérez) - Daniel Frini


―Una palabra ―me dijo el gordo.
—Dale, decímela, no seas así.
―Decís la palabra y las turras se mean por vos.
—¿Denserio?
―Posta. Es un secreto que se trasmite de padre a hijo. A mí me la enseñó mi papá cuando cumplí los nueve. Por eso los Pérez somos muchos. No necesitamos levantar minas. Yo veo una mina que me gusta, me le acerco y le digo al oído la palabra; y ya está.
—¿A si? ¿Y porqué tu tío Pedro es soltero?
―Porque quiso. Además no hacía falta. Ya te dije que somos muchos Pérez.

Sobre el autor: Daniel Frini