miércoles, 3 de agosto de 2011

El oficio de mutar – Guillermo Vidal


Transformar pobreza en dinero es un arte antiguo, más complejo es convertirlo en belleza para siempre teñida de sangre, como la muralla china y sus émulos, pero tanto abuso a veces no transmuta y la moneda que cae en el fondo trae suerte, como cuando la garra provoca el grito en vez del silencio y hace caer la montaña, y el poderoso es expuesto en su miseria.

Guillermo Vidal

El inesperado regreso del terrorismo internacional - Eduardo Mancilla



El grupo estaba dispuesto a sembrar el pánico a como diera lugar, por el simple placer de la venganza y el retorno del reconocimiento público. Habían planificado acciones tenebrosas y sanguinarias. A punto de dar su primer golpe, solo uno llegó a la cita. Al rato y por celular, fue recibiendo las excusas. Drácula extravió su dentadura postiza, Frankenstein quedó inmóvil por una artrosis de cadera, a la Momia no se le secó el vendaje, el Hombre Lobo tuvo un súbito ataque de pulgas, el Fantasma de la Opera se demoró en una función de gala. Suspendido el atentado, al Muñeco Maldito no le quedó otra que regresar a la juguetería.


La magia de los espejos - María del Pilar Jorge


En el cuento de la Cenicienta nada se dice de los espejos. Sin embargo uno de ellos jugó un papel muy importante en esa historia: borró la tristeza del rostro de la muchacha, la ayudó a disfrazar sus lágrimas y le permitió dibujar una sonrisa. Sin su asistencia, de nada le hubieran servido el vestido de fiesta y los zapatitos de cristal.

María del Pilar Jorge

Aire - Laura Ramírez Vides


Y finalmente acá estoy. Acostada panza arriba, mirando el cielo, buscando nubes sin encontrarlas. El aire es suave; la brisa, leve; el sol, respetuoso de no molestar a mis ojos hipersensibles a su luz. No sé cómo llegué. ¡Lo necesitaba tanto! Un poco de silencio, de calma, de paz. Demasiado ruido -afuera y adentro- no me dejaba pensar. ¿Cómo reconstruir si no hay lugar? Estaba rota; ahora vacía. Buen momento para empezar.

Tomado de El patio de la morocha

Laura Ramírez Vides

lunes, 1 de agosto de 2011

La puerta verde - Héctor Gomis


Al personaje no lo conocemos aún. Se irá definiendo poco a poco ante nosotros. Sólo sabemos de él que se encuentra solo, en una habitación con poca luz. De su aspecto no se puede decir mucho. A través de las tinieblas de la estancia se percibe un cuerpo grande, debe de ser hombre. Un hombre corpulento, de más de metro noventa. Está inquieto, se mueve sin cesar de un lado a otro y murmura frases ininteligibles. Él no sabe de nuestra presencia, pero se le nota muy precavido, como si intuyera que no está solo. El personaje saca de su bolsillo un mechero y lo enciende. Con él recorre la habitación revisando cada detalle. La estancia es pequeña, apenas quince o veinte metros cuadrados, y, salvo por él, está completamente vacía. Las paredes están desnudas, ni cuadros, ni ventanas, solo una pequeña puerta verde rompe la monotonía de la sala. Esta se encuentra a quince centímetros del suelo y debe tener treinta centímetros de ancha y un metro de alta aproximadamente. Aunque lleva mucho tiempo encerrado allí, aún no ha intentado abrirla. No conocemos su grado de inteligencia, pero, por muy idiota que sea, debe saber que, aunque estrecha, la puerta es suficientemente grande como para que quepa por ella. También debe estar seguro de que es la única salida posible.
Ha pasado una hora y el personaje se sienta en el suelo. Ya ha recorrido cada centímetro de la habitación y ha revisado todas y cada una de las juntas de los ladrillos, también ha mirado con mucha atención las losas del suelo y las ha golpeado con los nudillos, se supone que para localizar alguna oquedad. No ha encontrado nada inusual. La estancia es sólida y maciza. El personaje se frota la cabeza con las manos y dirige la mirada hacia la pequeña puerta verde. Ahora se levanta. Avanza con largos pasos hacia ella y se detiene a escasos centímetros. Vuelve a prender el mechero y lo acerca a una rendija. Aproxima su cara y cierra el ojo izquierdo. Recorre todo el rectángulo de la puerta con la mirada fija en la pequeña línea de separación. Luego apaga el mechero y lo lanza contra el suelo mientras un grito de frustración sale de su garganta. Parece agotado. El personaje deja caer su cuerpo al suelo y se tiende boca arriba. Después comienza a reír. Una risa inquietante, desesperada. Desde luego, él debe saber algo que nosotros desconocemos, si no sería incomprensible que no hubiera salido de la habitación, ya que estar en ella sin duda le angustia. Ahora se tiende de lado. Llora. Llora un largo rato y luego se duerme.
Al despertar, el personaje se encuentra la estancia iluminada. Ahora podemos distinguir bien su rostro. Es un hombre joven y atractivo, pero está pálido y desaliñado. Por su aspecto podemos imaginar que lleva varios días con la misma ropa, y sus ojeras nos dicen que sufre una grave falta de descanso. Canturrea algo mientras mira al suelo y con sus manos realiza una extraña coreografía, parece una especie de juego infantil. Quizá, ante su desesperación, se está refugiando en una época pasada. Ahora canta más alto y se levanta, y sus movimientos se van haciendo más exagerados. Está bailando por toda la sala. De repente, la luz se apaga. La oscuridad encierra al personaje, y este se detiene y calla.
Ha tardado un rato en volver a la actividad. Junto con la luz parece que se marcharon sus fuerzas, y nada más oscurecerse todo, el personaje volvió a sentarse en silencio. Pero ahora se mueve. Se dirige a una esquina de la estancia. Está orinando contra la pared. El suelo de esa zona, encharcado y cubierto de heces, nos indica que es algo que lleva haciendo largo tiempo, días quizá. Si es así, el personaje debe de tener un miedo atroz a lo que se encuentra detrás de la puerta. Algo tan temible que mantiene atrapado a un hombre grande y fuerte como él.
Al volver caminando hacia el centro de la habitación se ha escuchado un ruido diferente en uno de sus pasos. El personaje se ha girado enseguida y se ha agachado. Está golpeando el suelo de esa sección. Efectivamente, parece que una de las losas suena de una manera distinta que las de su alrededor. Debió de pasársele por alto cuando revisó el piso anteriormente. El hombre acaba de sacar algo de su bolsillo. Parecen unas llaves. Las pasa por los bordes de la losa e intenta rascar el material de las juntas. Su respiración ha comenzado a acelerarse. Se le nota entusiasmado. Ahora mueve con mayor rapidez las llaves. El ruido que produce es desagradable, como el arañar de uñas sobre una pizarra. Parece que la piedra cede. La agarra con cuidado, la levanta y la deja a un lado. Lanza un "Jaaa" triunfal y comienza a excavar con los dedos.
Han pasado dos horas y el personaje se da por vencido. Apenas ha logrado sacar dos puñados de tierra en todo este tiempo. Debe de haberse encontrado con roca u hormigón y no pudo avanzar más. Se frota las doloridas manos y se mantiene en silencio. Así, quieto y callado, se queda durante un tiempo.
Mientras lo observamos, no podemos más que intentar imaginar que puede haber detrás de la puerta y el por qué de su rechazo a cruzarla. Nos es imposible actuar, ni comunicarnos con él. Tan solo nos está permitido espiar su comportamiento y elucubrar sobre sus intenciones. Lo que tenga que ocurrir pasará y nosotros no tendremos nada que ver en ello.
El personaje se ha desnudado. Deja todas sus pertenencias en el suelo cuidadosamente alineadas. Las revisa una a una y se mantiene pensativo unos instantes. Coge su pantalón y ata una de las perneras a la manga de la chaqueta, luego añade la camisa. Parece que está preparando una improvisada cuerda. Ahora mira hacia arriba. Lanza un extremo hacia el techo. Quiere engancharlo en una especie de cañería que sobresale. Al décimo intento lo consigue. Hace un nudo del extremo y comprueba estirando que la cuerda aguanta su peso. Con la otra punta, mientras se mantiene de puntillas, rodea su cuello y se la anuda. Da un salto y encoge las piernas al caer.
No sabemos si hubiera sido capaz de aguantar esa postura mucho rato, o si el miedo a la muerte le hubiera impedido consumar su suicidio. El hecho es que la cañería no soportó su peso más que un par de minutos y se partió en dos. El personaje se encuentra ahora tendido en el suelo, desnudo y con la camisa atada a su cuello. No se mueve. Sólo se oye su respiración.
Vuelve la luz. Gracias a ella, podemos distinguir con claridad su rostro. Algo en él ha cambiado. Tiene la mirada de quien se sabe vencido. Debe pensar, al igual que nosotros, que tarde o temprano tendrá que olvidar sus miedos y cruzar la pequeña puerta verde. Y detrás de ella, quien sabe, quizá le espera el mundo real.


Tomado de Un cuento a la semana.

Edición, seleccionar, cortar, pegar - Anna Rossell Ibern


El anunciado debate parlamentario había suscitado enorme interés en todo el país. Cierto que el resultado de la votación era algo más que previsible. Ahí no se esperaba sorpresa alguna. En este sentido se trataba de una sesión rutinaria. Pero el tema revestía la trascendencia suficiente como para despertar grandes expectativas entre aquel sector morboso de la ciudadanía aficionada a seguir de cerca los posicionamientos políticos de los partidos y las peripecias retóricas de los diputados.
Insólitamente, aquel día las intervenciones estaban siendo, casi sin excepción, de una calidad inusual. ¿Existían los milagros? Sin embargo esto no fue nada comparado con la impresión que causaron entre parlamentarios y telespectadores las palabras del presidente del partido conservador, a quien se vio palidecer por momentos ante las cámaras, abrumado por su propio texto, repentinamente trasgresor e incoherente. Después de balbucir un final torpemente improvisado, el mandatario abandonó el estrado, evidentemente azorado, entre socarrones comentarios y risas de la oposición y la perplejidad dibujada en las caras de sus correligionarios.
Lejos de allí alguien se abalanzaba como loco sobre el ordenador de su despacho para comprobar lo que ya era más que una sospecha, y cayó fulminado sobre su silla cuando vio que, efectivamente, al componer los textos había intercambiado, por error, párrafos de archivos distintos. No quería ni pensar el revuelo que se armaría en el congreso cuando el respectivo contrincante leyera su intervención.

Un grito de horror - Ana Silvia Mazía


Se oyó por la radio y por la televisión, en todo el país. Justo ese día había una trasmisión conjunta, prólogo del clásico de fútbol.
Algún bromista había puesto un libro sobre la mesa del estudio, junto a los micrófonos y el locutor, en un instante de distracción, lo vio y se espantó.
El rostro blanco como papel de arroz, el cabello erizado, los ojos desorbitados, salió corriendo del estudio.
Su carrera en los medios... ¡al infierno!
Atropelló camarógrafos, iluminadoras, maquilladores, estuvo a punto de romperse la crisma cuando se le enganchó el pie derecho en un lío de cables.
Su pánico se contagió. TODOS salieron corriendo del canal de TV, de las radioemisoras, de las repetidoras.
Es fácil imaginar la reacción del público, que pronto se expandió a los pocos que no miraban televisión ni escuchaban radio.
Un grito y, de pronto, silencio. Una imagen y, de repente, NADA. Vacío.
¡Y todo por un libro!
Nadie alcanzó a consignar si se trataba de La Sagrada Biblia, Don Quijote, Martín Fierro, Los diálogos de Platón, o el último de Paulo Coelho...