domingo, 1 de mayo de 2011
El precio del éxito – Héctor Ranea
Tantos se congregaron para verlo arrojar los dados que se formó un agujero negro rodeado de un círculo de acreción de materia oscura. Mucha energía negativa acumulada hizo que le fuera para el tujes con el juego. Desde entonces se habla de la muerte de Dios como jugador de dados.
Héctor Ranea
El juego sin nombre - Miguel Dorelo
En un rincón oscuro y ominoso del fondo del universo y de cuyo nombre prefiero olvidarme, un ser tenebroso y oscuro juega un juego que quizás pueda ser aquél que los hombres denominan "dados". Lo observo, agazapado detrás de un viejo y carcomido abedul, entre vahos de un olor nauseabundo, cuando de repente gira su horrible cabeza hacia donde me encuentro. En sus ojos veo reflejadas cosas tan horribles que jamás han sido ni siquiera vislumbradas por ser humano alguno. Creo que me ha visto y posiblemente estas sean las últimas palabras que escriba en este mundo.
Asesino - Juan Romagnoli
Se me apareció de improviso, en un callejón oscuro y solitario. Quedé paralizado. Exigió mi billetera y, como yo no llevaba dinero encima, me apuñaló en el vientre. Me fui cayendo sobre él, mientras me revolvía el puñal. Alcancé a verle, en el cuello (quizás la última imagen que vería en este mundo), una cadenita con un signo de la paz en bronce. Para rematarlo, hundí más el puñal en su vientre y volví a girarlo. Al fin se desplomó. Lo dejé desangrándose en el piso y me llevé la cadenita. Siempre me gustó ese signo.
Tomado de Ficción mínima
El escritor de ciencia ficción - Francisco Costantini

El escritor de ciencia ficción escribía y, mientras tanto, pensaba que, en la infinitud de universos paralelos, otras versiones de él, en ese instante exacto, gestaban todas las novelas posibles, algunas que únicamente diferían en un punto de la suya, otras que ni siquiera pertenecían al género. Medio en broma, deseó que la suya fuera la mejor. Siguió escribiendo. Más tarde, reflexionó que si los mundos múltiples eran interminables, existía la posibilidad muy cierta de que la historia que él imaginaba, sus lugares y personajes, habitaran alguno de aquellos; esto lo divirtió. No mucho después, tomó conciencia de que su vida misma, tan real aquí y ahora, podría ser la ficción de otro, en algún universo probable. Sus manos se paralizaron, suspendidas sobre el teclado, mientras analizaba la conclusión a la que había arribado y los cabellos de la nuca se le erizaban levemente. Esto duró poquísimos segundos. Por fin se encogió de hombros, convencido de que nada había por hacer si las cosas funcionaban de esa manera y no de otra, y continuó escribiendo.
Extraído de: http://friccionario.blogspot.com/
Francisco Costantini
Anni - Gustavo Valitutti

Una chaqueta de cuero con los puños roídos se hallaba abandonada junto a la cama de esa habitación que con las ventanas abiertas y las luces encendidas, era aún tan lúgubre como una tumba. No había ninguna otra prueba de la presencia de una persona que esa chaqueta, pero al menos el olvido era reciente porque la conserje había reconocido la foto de Anni. La había estudiado con detenimiento y había preguntado si se trataba de una foto vieja, pero la había reconocido al fin.
—Se trata de una mujer encantadora —dijo María, la conserje y apoyó su cuerpo regordete en la pared sin soltar el picaporte de manera que sólo les dejaba ver parte de la habitación—; llegó una noche hace más o menos una semana y yo pensé que se trataba de una adolescente, pero tenía unos treinta años. Eso lo descubrí a la mañana siguiente, claro —añadió la vieja antes de abrirles la puerta de la habitación.
—¿Cuándo la vio por última vez? —preguntó el hombre de lustroso traje negro.
María, estudió la cara lampiña de ese hombre de edad indefinible y luego paseó sus ojos por el entramado de la tela del traje. Le pareció que ni siquiera era tela lo que miraba. Había una cualidad viscosa y un moteado casi imperceptible que recordaban a la piel de un reptil.
—Ayer..., no... antes de ayer por la noche —respondió temiendo por esa huésped encantadora—. ¿Son ustedes policías? —preguntó.
—Exacto —respondió el otro hombre con una voz penetrante y retirando la mano de María del picaporte para abrirse paso al interior de la sala donde Anni había estado alojada esos últimos días—. Somos policías y buscamos a la señora de la foto. En realidad es bastante más vieja de lo que usted cree, pero no importa. No va a volver aquí.
María pensó que les debía haber solicitado algún tipo de identificación, pero se sentía amenazada por la presencia de esos extraños por lo que había decidido seguirles el juego. Ella vivía en compañía de sus huéspedes desde que su marido había muerto tras cuarenta años de matrimonio sin que hubieran tenido hijos. Eso había sido lo más dificil de su matrimonio, pero a pesar de haber ido a miles de médicos el problema no había tenido solución y Carlos nunca había querido adoptar una criatura.
—Espero que no se encuentre en problemas graves. Parecía una mujer muy correcta aunque casi no hablaba. Le gustaba ir a pasear por la playa —dijo María señalando hacia uno de los muros de la habitación.
—No es nada grave. Simplemente debemos hablar con ella —dijo el primer hombre estudiando el rostro de María—. Dígame. ¿Cuándo se fue...?
—¿Sí?
—¿Cómo se veía? —preguntó el hombre de traje de reptil.
—¿A qué se refiere? —dijo María.
—¿Más joven o más vieja que cuando la vio por primera vez? —insistió el reptil y su boca quedó entreabierta dejando escapar un aliento fétido.
—¿Qué disparates dice? —dijo María mirando al otro reptil que estudiaba la campera que había quedado en el suelo.
—Ya lo escuchó —dijo el otro—; ¿se veía más joven o más vieja?
—Yo creo que se veía igual, pero...
—Pero...
—Renqueaba de una cadera. Le pregunté qué le pasaba, pero no me respondió y se fue sin darse vuelta para despedirse. —María miró a sus interlocutores intranquila—. Bueno, señores, espero que la encuentren— dijo esperando que esto fuera una invitación a salir.
Los hombres intercambiaron miradas. Uno de ellos buscó en su bolsillo y sacó una tarjeta mientras esbozaba una sonrisa.
—Usted dijo que no iba a volver —aseveró María.
—Sólo por si acaso —insistió el hombre y María se obligó a estirar el brazo para tomar la tarjeta. Estaba en blanco excepto por un número telefónico escrito en el ángulo inferior derecho.
—Bueno, como dije, espero que tengan suerte con su búsqueda y todo resulte bien para la señora.
Los tres bajaron las escaleras. De camino a la puerta, en el hall de entrada, una nena de no más de cinco años jugaba con una muñeca de trapo.
Uno de los hombres la saludó con la mano y la nena se cubrió la cara de vergüenza.
—Mi nieta es muy tímida —dijo la conserje con voz despreocupada y una media sonrisa.
Los reptiles no dijeron nada. Sólo se subieron a un auto y no los volvieron a ver, la nena los miró alejarse desde atrás de la falda de María.
Gustavo Valitutti
El hombre que hablaba con los árboles – Mario Berardi

Nunca fuimos capaces de aceptar lo diferente.
Yo, por ejemplo, conocí al hombre que hablaba con los árboles. Sí, sé que es algo de no creer, pero así fue. Y no sólo hablaba, sino que por algún motivo se hacía entender perfectamente. Es decir: los árboles lo entendían y él entendía a los árboles.
Todo comenzó con un desengaño amoroso o la estafa de un amigo, no recuerdo bien. El hombre, poco a poco, se fue alejando de todo contacto humano: evitaba las reuniones, los compromisos, las miradas a los ojos, las palabras. En busca de una soledad imposible, solía andar de madrugada por los rincones más oscuros y taciturnos del parque, musitando sus rencores bajo las ramas añosas. Hasta esa vez en que, en uno de sus vagabundeos habituales, creyó percibir que a cierta palabra suya le seguía el crujido de una rama, el susurro inesperado de las hojas altas, un estremecimiento de raíces bajo los pies. El hombre aprendió el lenguaje de los árboles como se aprende cualquier lenguaje: de un solo golpe.
Al principio, todo fue estupor y amoroso asombro. Los paseos nocturnos se hicieron más frecuentes y extensos, hasta que el hombre llegó a pasar cada noche completa en el parque, lanzándose palabras como caricias con los jacarandáes altos y elegantes, intercambiando piropos casi obscenos con las corpulentas tipas de ramas onduladas, deteniéndose por momentos para escuchar, en cuclillas, los susurros de raíces y los suspiros de flores moribundas.
Con el tiempo, como sucede con todas las cosas, se impuso la ley natural, y el hombre empezó a sentir en carne propia las miserias y maldades que los árboles también tenemos, para qué negarlo: envidiosos, celosos, engreídos, estúpidos, nos hartamos del humano y su cariño, y lo fastidiamos y atacamos como pudimos: arrojando a su paso el aire congestionado de polvos amarillos de plátano, asustándolo con súbitos balanceos de ramas ancianas de ombú, hasta confundiéndolo para que se dejara lastimar por las púas sangrientas de los palos borrachos. Profundamente decepcionado, y temeroso de morir una noche aplastado por una rama dejada caer como al azar por algún paraíso despechado, el hombre prefirió alejarse de nosotros y regresar con los suyos. Entre humanos, al menos, podría predecir de dónde vendrían los golpes. En fin, está en nuestra naturaleza: no aceptamos a los diferentes.
Yo, por ejemplo, conocí al hombre que hablaba con los árboles. Sí, sé que es algo de no creer, pero así fue. Y no sólo hablaba, sino que por algún motivo se hacía entender perfectamente. Es decir: los árboles lo entendían y él entendía a los árboles.
Todo comenzó con un desengaño amoroso o la estafa de un amigo, no recuerdo bien. El hombre, poco a poco, se fue alejando de todo contacto humano: evitaba las reuniones, los compromisos, las miradas a los ojos, las palabras. En busca de una soledad imposible, solía andar de madrugada por los rincones más oscuros y taciturnos del parque, musitando sus rencores bajo las ramas añosas. Hasta esa vez en que, en uno de sus vagabundeos habituales, creyó percibir que a cierta palabra suya le seguía el crujido de una rama, el susurro inesperado de las hojas altas, un estremecimiento de raíces bajo los pies. El hombre aprendió el lenguaje de los árboles como se aprende cualquier lenguaje: de un solo golpe.
Al principio, todo fue estupor y amoroso asombro. Los paseos nocturnos se hicieron más frecuentes y extensos, hasta que el hombre llegó a pasar cada noche completa en el parque, lanzándose palabras como caricias con los jacarandáes altos y elegantes, intercambiando piropos casi obscenos con las corpulentas tipas de ramas onduladas, deteniéndose por momentos para escuchar, en cuclillas, los susurros de raíces y los suspiros de flores moribundas.
Con el tiempo, como sucede con todas las cosas, se impuso la ley natural, y el hombre empezó a sentir en carne propia las miserias y maldades que los árboles también tenemos, para qué negarlo: envidiosos, celosos, engreídos, estúpidos, nos hartamos del humano y su cariño, y lo fastidiamos y atacamos como pudimos: arrojando a su paso el aire congestionado de polvos amarillos de plátano, asustándolo con súbitos balanceos de ramas ancianas de ombú, hasta confundiéndolo para que se dejara lastimar por las púas sangrientas de los palos borrachos. Profundamente decepcionado, y temeroso de morir una noche aplastado por una rama dejada caer como al azar por algún paraíso despechado, el hombre prefirió alejarse de nosotros y regresar con los suyos. Entre humanos, al menos, podría predecir de dónde vendrían los golpes. En fin, está en nuestra naturaleza: no aceptamos a los diferentes.
Mario Berardi
Primer campión - Héctor Ranea

Y pasó lo que tenía que pasar. Se organizó el primer campionato de fóbal asociado. El referí era de Liucretia, una SC (Special Colony) pero no hablaba ni jota de marciano ni de terroso y el dotirpa era terrosos vs martianos. Así que las putiadas no las entendía ni de uno ni del otro lado. El pito del referí era una parte de su anatomía, porque los de las SC tenían partes especiales. El fóbal, en cambio, nada especial, salvo que la pelota no doblaba demasiado y los golpes con efeto no atemorizaban a nadies.
Muy reto todo. La pelota era como cantado dónde iba a dir. Partido aburrido y el público lo olvidó a pesar de ser el primer campionato. Ganaron los terrosos por abandono, caso único en el fóbal asociado, pero se pudrieron de tanto esperar a que se hiciera la hora. Los terrosos tramposos no les dijeron que fóbal venía de pie, que había que usar los pieses y ellos, que tenían uno solo la yugaron unos minutos. Después se pudrieron. Esta es la pura verdá.
Héctor Ranea
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