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martes, 4 de octubre de 2011

Un oficio - Helga Fernández


Antes de salir a la calle abrió el placard y descolgó de la percha, con cabeza de osito, el vestido que le había cosido su abuela. Ya se había cansado de esperar la ocasión apropiada para estrenarlo por lo que pensó: -Hoy es el día. Para confeccionarlo, su abuela la había subido arriba de un banquito de madera, contorneándole la silueta con alfileres de puntas nacaradas multicolor. Ella ya había visto esa tela, antes de reencontrarla en la vidriera de la retacería, apoyada en el curvoso cuerpo de una bailaora que se paseaba delante de unos hombres que tocaban y cantaban para ella arriba del tablao. Sin embargo cuando se lo puso no quedaba tan insinuante en su cuerpo recto. Pero, como no es cierto que la niñez carece de sensualidad, solucionó el problema ajustándose un cinturón dorado a la altura en la que después cabría la cintura hasta un poco antes de no poder respirar. Así, a fuerza de voluntad logró que esa parte de su cuerpo se plegara hacia adentro y se viera a simple vista, aunque más no sea, con ese único relieve.
Salió a la calle con la avidez de quien sale al escenario el día del estreno. La acompañaba un diminuto sobre del color del cinturón que abría y cerraba, con su mínimo repertorio de exquisitos gestos, para ver reflejada en el espejo de adentro la belleza que buscaba.
Cruzó la calle y caminó con gracia, junto a su madre, hacia la vinería. Cuando pisó esa cuadra, dos nenes que bien conocía y esperaba que estuvieran, la siguieron en bicicleta al tiempo en el que le dedicaron algunos piropos que, pese a lo intencional y preparado del encuentro, la pusieron colorada.
Volvió a su casa con la sensación de que el vestido rojo a lunares blancos había causado efecto y con la convicción de que la seducción pende de una apropiada representación que hace de la nada algo bello.
Tenía 9 años, no estaba jugando sino practicando un oficio.

miércoles, 7 de septiembre de 2011

Desmentida - Helga Fernández


Nadie sabía del todo qué sucedía, ni por qué había acontecido y mucho menos cómo las cosas habían llegado hasta ahí. Lo cierto es que el hombre sentado, sosteniéndose el peso de sus pensamientos con la fuerza de sus dos manos, sólo repetía: —No lo puedo creer. No puede ser cierto. —Alguien, ajeno a la situación e inocente de confusión, se acercó hasta la altura de su mirada y le dijo:
—Hasta que no lo creas no dejará de pasarte.
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