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viernes, 8 de julio de 2011

La primera noche - Víctor Lorenzo Cinca


La noche que fue conducida a palacio y ofrecida al sultán, la hija del visir no tuvo ningún miedo. Su plan era infalible. Sabía que nada iba a fallar, que todas esas noches leyendo relatos a la luz del candil, quemándose las pestañas, recordando antiguas leyendas y escuchando nuevas versiones, tratando de memorizar los personajes, las tramas, los desenlaces, ideando el modo de mantener la tensión y el interés, de crear incertidumbres, de engarzar un cuento con otro y así conseguir aplazar su ejecución hasta la siguiente noche, sabía que todo eso, no había sido un esfuerzo inútil. Se tendió, pues, sobre el lecho y tras brindar con el sultán empezó a contarle la primera historia.

Puso todo su empeño en aquella narración: gesticulaba exageradamente, como escenificando las acciones a medida que sucedían, anunciaba trepidantes aventuras inminentes, para dejarle insatisfecho, con ganas de más, incluso modulaba su voz según intervenía un personaje u otro. En el punto álgido de la narración, cuando estaba a punto de posponer el desenlace, pretextando una supuesta jaqueca producida por el viaje a palacio, el sultán alzó el brazo y profirió:

—Y entonces llega el mercader a su casa y se da cuenta de que todo su tesoro ha quedado reducido a tres monedas de plata, porque el mendigo al que ha negado un trozo de pan en el templo y el que se las dio días atrás, asegurándole que se multiplicarían debido a su buena acción, son la misma persona. Ese cuento ya me lo sé. Me lo contaba mi abuelo cuando era pequeño.

Y a la mañana siguiente, con los primeros rayos de sol reluciendo sobre la afilada hoja, fue decapitada.


Tomado de Realidades para Lelos

Víctor Lorenzo Cinca

lunes, 23 de mayo de 2011

Las Parcas - Víctor Lorenzo Cinca


La vieja maquinaria, con todas las piezas de pino agrietadas por el tiempo y el uso, funcionaba a buen ritmo. La más joven de las mujeres, Cloto, hilaba la lana; a su lado, Láquesis, devanaba pacientemente la fina hebra alrededor de un carrete de cobre; Átropos, la mayor, sostenía las tijeras doradas mientras observaba embobada el hipnótico movimiento de la rueca. Todo sucedía como de costumbre. Átropos, sin saber muy bien por qué, pues la madeja no era todavía demasiado voluminosa, se dispuso a cortar el hilo. Acercó las tijeras y presionó con firmeza pero, a pesar de sus esfuerzos, el hilo se resistía. Hizo una seña a sus hermanas y el engranaje se detuvo. Las tres se miraron sorprendidas. Cogió las tijeras Cloto, y después Láquesis, aunque ambas obtuvieron idéntico resultado. Al fin, a punto de abandonar, en un último intento desesperado entre las tres, pudieron cortar el hilo. Colocaron la madeja en un rincón, junto a muchas otras, y continuaron con su trabajo.

No demasiado lejos de allí, la policía encontró el cuerpo sin vida de un varón de mediana edad tendido en el suelo de la cocina. La soga que tenía enrollada en el cuello, que al parecer no pudo soportar su peso y se rompió, como demostraba el cabo que colgaba de la viga del techo, sin duda le había provocado la muerte por asfixia. Todo apuntaba a un suicido. Sin embargo, la investigación policial, que todavía sigue abierta, no descarta el asesinato.

lunes, 16 de mayo de 2011

Adicta al fútbol - Víctor Lorenzo Cinca


Cuando retozo entre las sábanas de mi cama con mi amante, sólo los sábados o los domingos, aunque también algún día entre semana, me encanta escuchar los partidos de fútbol por la radio. Me excita. Me enciende como ninguna otra cosa. Oír esa voz ya tan conocida estremeciéndose en cada oportunidad, en cada remate, jadeando y celebrando los goles desde su puesto de comentarista en el estadio, mientras yo, tan lejos de él, consumo mi infidelidad, me pone a mil. Mi amante cree que se trata de una perversión inconfesable como cualquier otra, y no le da mayor importancia. Mejor así; no sé cómo reaccionaría si se enterase que el locutor es mi marido.


Tomado de Realidades para Lelos

sábado, 7 de mayo de 2011

Espiral - Víctor Lorenzo Cinca


Después de mojarme la cara en el servicio del bar y ocupar de nuevo la incómoda silla en la terraza, junto a mis amigos, parece que me encuentro algo mejor. Sólo ha sido un ligero mareo, nada más. Alcanzo el paquete de tabaco y cojo un cigarrillo. A mi lado, Juan me guiña un ojo y me lanza un me das uno ―que no suena a pregunta― igual que el que me arrojó hace un rato. Se lo doy y mientras enciendo el mío veo cómo Marta, al ir a coger el encendedor y darle fuego a Juan, tira una copa, por suerte otra vez vacía, en un gesto idéntico al de poco antes de marcharme al baño a refrescarme. Ahora sólo falta que vuelva a pasar por la calzada, a poco más de dos metros de nuestra mesa, el camión de mudanzas con el conductor frotándose los ojos, para completar el déjà vu, pienso. Y al momento, pasa el camión de mudanzas con el conductor frotándose los ojos.

Me levanto un poco confundido y sin decir nada vuelvo al servicio para mojarme de nuevo la cara. Al salir a la terraza, me siento otra vez en la silla y espero. No ocurre nada, así que decido encenderme un cigarrillo para distraerme un poco. Entonces escucho un me das uno, y sin mediar palabra le doy el pitillo a Juan al tiempo que me guiña un ojo. Mientras enciendo el mío aguardo a que caiga la copa, que no tarda en hacerlo gracias a la torpe mano de Marta que intenta alcanzar, otra vez, el encendedor. Me levanto con calma de la silla y pienso lo fácil que será salir de esta absurda espiral si el conductor vuelve a pasar, distraído, frotándose los ojos, tan cerca de nuestra mesa.

jueves, 21 de abril de 2011

Vista - Víctor Lorenzo Cinca


Suena el despertador. Abro los ojos e inesperadamente, no veo nada. Digo inesperadamente porque yo no soy ciego. O, por lo menos, no lo era hasta hoy.
Con un movimiento rutinario bien aprendido —que hago todos los días sin levantar siquiera los párpados— desconecto el despertador y me levanto de la cama. Me visto con alguna dificultad. De hecho, todavía ahora ignoro qué llevo puesto encima. Una camisa, sí, pero ¿cuál? ¿La de rayas azules? ¿La de cuadros amarillos y verdes? De todos modos, poco importa. Es evidente que no voy a salir en todo el día de casa. No me atrevo. A duras penas puedo moverme sin tropezar con los miles de obstáculos que han aparecido por arte de magia en los escasos sesenta metros cuadrados de mi piso.
Una vez en la cocina, tras la aventura de cruzar el pasillo a tientas, asumo que no voy a poder prepararme el café de todos los días, y me conformo con un trago de leche fría, directamente del cartón, acompañado de unas galletas. No necesito más: he perdido la visión, pero también el apetito.
Busco algo para matar el tiempo, y empiezo a descartar las opciones habituales. No puedo poner la televisión. Nada me molesta más que escuchar la voz de alguien y no poder ver su cara ni sus gestos. Supongo que por eso tampoco tengo radio. No puedo leer. Mi biblioteca se ha convertido de repente en un montón de papel inútil, si no lo era ya antes. No puedo llamar por teléfono a nadie para contarle lo que me ocurre porque no veo los nombres en la agenda. Además, no recuerdo dónde dejé el móvil ayer. Y aunque hace doce años que vivo en el mismo piso, ahora no consigo moverme con soltura en él. No puedo hacer nada.
Me acerco al ordenador encendido, siempre a punto, escribo estas líneas (por suerte estudié de joven mecanografía, y como puede comprobarse, con grandes resultados) y me vuelvo a la cama para intentar dormir.
A ver qué ocurre cuando despierte.

Tomado de Realidades para Lelos

Sobre el autor: Víctor Lorenzo Cinca

Oído - Víctor Lorenzo Cinca


Me despierto tarde, con la cara moteada por el sol que se cuela entre las rendijas de la persiana. Frotándome los ojos con el dorso de la mano —por lo que parece he recuperado la vista— miro el reloj de la mesita asombrado: las once menos cuarto. No entiendo por qué el despertador, que todavía mantiene el piloto de la alarma encendido, no ha sonado. Arrastro los pies desnudos hasta el lavabo y abro el grifo para mojarme la cara repetidas veces con agua fría y ver si eso me despeja. Mirándome en el espejo, ya más despierto, me da la impresión de no haber oído el ruido del chorro de agua contra el mármol, así que lo abro de nuevo y —como ya me había parecido— no se oye nada. Digo qué raro, pero tampoco se escuchan mis palabras. La prueba definitiva, un par de palmadas, silenciosas, me sacan de dudas.

Salgo a la calle y me cruzo con la vecina, que mueve sus labios incomprensiblemente mirándome a los ojos; buenos días, Carmen, a dar un paseo, le respondo, y ella se marcha con una sonrisa satisfecha, supongo que deseándome que me vaya bien. Se me acerca un joven desgarbado, con las manos en los bolsillos, y articula unas palabras que no percibo. No, lo siento, no fumo, le digo, y antes de irse hace una mueca con la boca en la que intuyo un gracias. Entro en el bar de la esquina y me pongo a experimentar con el camarero, arrojando mis frases —que tampoco puedo oír— cuando veo que sus labios dejan de moverse. Buenos días...una cerveza por favor...no gracias, no quiero copa, la beberé a morro...qué le debo...tenga, quédese el cambio...de nada hombre, a usted. Prueba superada. Me termino la cerveza en tres tragos y salgo a la calle sonriente a pasear entre el silencio.

Al anochecer, cierro la puerta de casa, cuelgo las llaves en la tachuela clavada en el marco y suspiro: ha sido una dura jornada. Tras comer en el restaurante, hacer la compra en el supermercado y reír como un tonto en el cine con el inesperado pase de El maquinista de la general, de Buster Keaton, me doy cuenta de que tampoco hablo con demasiada gente a lo largo del día; además, con los pocos que lo hago no tengo ningún problema para comunicarme, supongo que por lo previsibles que resultan nuestras conversaciones, calzadas una y otra vez, repetidas hasta la inexpresión. De todos modos, lo que realmente echo de menos no son esos diálogos mudos e insulsos sino el sonido de un claxon al cruzar la calle sin mirar, o los pájaros que se amontonan en los pocos árboles del paseo que todavía no han podado, o la vieja canción que silbaba aquel anciano sentado en el parque, o el arrítmico golpeo de mis dedos sobre este teclado en el que escribo estas líneas antes de meterme en la cama y asegurarme que la alarma, que deseo oír mañana, esté conectada.


Tomado de Realidades para Lelos

Sobre el autor: Víctor Lorenzo Cinca

Gusto - Víctor Lorenzo Cinca


Me despierta muy temprano el estridente sonido de la alarma. Por primera vez en la vida —y sin que sirva de precedente— me alegra oírla, así que la dejo sonar unos segundos antes de pararla. Doy una palmada para asegurarme y tras escuchar un sordo clap, compruebo con alivio que he recuperado el oído. Me levanto de la cama, enciendo la radio y mientras tarareo la canción de turno, me preparo un café.

Hojeando —por ponerle un verbo— el periódico en el portátil le doy el primer sorbo a la taza humeante, pero de tan caliente no noto el sabor. Mientras espero que se enfríe un poco, enciendo el cigarrillo sin el que soy incapaz de despertar y también lo encuentro insípido. Empiezo a sospechar. Destapo el azucarero, lleno una cucharilla y la vierto sobre la lengua. Nada. Cojo el salero y lo agito encima de la boca sin ningún resultado. No hay vuelta de hoja: he perdido el sentido del gusto.

Como tampoco me parece tan grave la pérdida, incluso intuyo sus ventajas, aprovecho para probar ese queso azul del aguinaldo que tanto asco me da, aunque no olvido taparme la nariz porque, afortunadamente, todavía tengo olfato. No está mal. Ni bien. Mastico después un par de guindillas. Insulsas. Exprimo un par de limones y me bebo el jugo de un sorbo sin hacer ninguna mueca. Después me aventuro a probar algunas cosas —que por escatológicas no voy a confesar— sin que mi paladar note ningún sabor. Tras estos experimentos, y con una sonrisa incrédula, me cepillo a conciencia los dientes y me dirijo a la oficina.

Terminada la jornada laboral, ficho y me dirijo a recoger a mi novia a su trabajo. Le doy un beso, que ella se encarga de alargar, antes de preguntarle qué tal el día. Mientras me responde que bien, como siempre, y me propone ir al cine, reparo en que tampoco noto en sus besos el sabor habitual. Me excuso diciéndole que estoy muy cansado, que mejor vayamos otro día, y tras acompañarla a su casa, regreso a la mía, me meto en la cama y acepto que la pérdida de ese sentido es más importante de lo que en un principio creía. Espero, por lo menos, dormir a gusto esta noche.


Tomado de Realidades para Lelos

Sobre el autor: Víctor Lorenzo Cinca

martes, 12 de abril de 2011

Filtro de amor - Víctor Lorenzo Cinca


Cegado como estaba, no he sabido calcular las proporciones. Me he excedido con las lágrimas de búho y he añadido poca mandrágora al final, por si a ella no le gustaba. Además, he usado la sangre de una joven de cabellos pajizos, sin haber comprobado antes su virginidad. Alentado por la impaciencia —debía conseguir su amor cuanto antes— tampoco he dejado reposar el brebaje durante dos lunas, como indicaba el viejo pergamino. Así pues, es lógico que haya muerto intoxicada a los cinco minutos de haberlo ingerido, mezclado con disimulo en el vino espumoso de la cena. Como también es lógico que deje este sabor tan desagradable, tan áspero, en el paladar.


Tomado de Realidades para Lelos

martes, 29 de marzo de 2011

Ópera - Víctor Lorenzo Cinca


¿Voces arrebatadoras? ¿Sopranos cautivadoras? ¿Cantos conmovedores? Pues yo no creo que sea para tanto, susurra indignada al finalizar el primer acto mientras agita las escamas ocultas bajo el largo vestido.

Tomado de Realidades para Lelos

Sobre el Autor: Víctor Lorenzo Cinca

Imagen: Juliette, de Victoria Francisco en deviantArt

jueves, 17 de marzo de 2011

Juan 6. 16-21 bis - Víctor Lorenzo Cinca


Manteniendo a duras penas el equilibrio sobre la inestable barca azotada por las olas, todavía aturdidos por la multiplicación de los panes y los peces que acababan de presenciar, los discípulos vieron cómo alguien se acercaba hacia ellos, caminando con decisión sobre las aguas del lago. Se asustaron, pues creyeron que se trataba de un fantasma, pero enseguida el Maestro los calmó diciendo: Soy yo, no temáis. Y viendo que respiraban aliviados, se dispuso a subir a la pequeña embarcación.
Lo milagroso de la historia —aunque esto ya no lo cuentan las escrituras para no desvirtuar al protagonista— fue que los discípulos pudieran rescatar a tiempo al Maestro mientras, salpicando astillas, se hundía entre las tablas de madera de la cubierta.

Víctor Lorenzo Cinca 

sábado, 12 de marzo de 2011

Batalla racial - Víctor Lorenzo Cinca





A pesar de la dureza del ataque y la inferioridad numérica de sus tropas, el rey conseguía resistir el asedio sin arrojar la toalla. No se doblegó cuando la caballería y la infantería resultaron aniquiladas casi al completo, víctimas de una calculada maniobra ofensiva rival. Ni cuando las torres de la muralla se desmoronaron dejando un flanco abierto que permitía la entrada enemiga. Aun así, con el ejército mermado, hicieron lo imposible para defenderse. Pero cuando llegó el mensajero anunciando que habían asesinado a la reina en una emboscada, calculó las escasas posibilidades de vencer sin la ayuda de su esposa y se rindió. Cayó al suelo y las blancas ganaron.





Tomado de Realidades para Lelos

Adicta al fútbol - Víctor Lorenzo Cinca

Cuando retozo entre las sábanas de mi cama con mi amante, sólo los sábados o los domingos, aunque también algún día entre semana, me encanta escuchar los partidos de fútbol por la radio. Me excita. Me enciende como ninguna otra cosa. Oír esa voz ya tan conocida estremeciéndose en cada oportunidad, en cada remate, jadeando y celebrando los goles desde su puesto de comentarista en el estadio, mientras yo, tan lejos de él, consumo mi infidelidad, me pone a mil. Mi amante cree que se trata de una perversión inconfesable como cualquier otra, y no le da mayor importancia. Mejor así; no sé cómo reaccionaría si se enterase que el locutor es mi marido.


lunes, 14 de febrero de 2011

Feliz aniversario - Víctor Lorenzo Cinca


Regresa a casa pasadas las once y mientras cierra la puerta con sigilo lanza —alargando las os más de lo habitual— un hola cariño, qué tal, que se queda sin respuesta. Cuando aparece por el marco de la puerta, todavía sin sacarse el abrigo, encuentra a su mujer de brazos cruzados, apretando los labios y frunciendo el ceño.
—De dónde vienes a estas horas —le pregunta a quemarropa.
—Nada, que he tenido que ir...
—Cállate, haz el favor. No aguanto más excusas. En realidad me da igual de dónde vienes. Cada año lo mismo. ¿No sabes qué día es hoy?
—Cariño no te pongas así, yo te lo explico; resulta que...
—Ni siquiera lo recuerdas. Debería darte vergüenza. Pero que va a darte a ti, que jamás en todo este tiempo has tenido un detalle conmigo. La culpa es mía, por esperar un gesto tuyo. Si ya no te pido joyas, o viajes, o un fin de semana romántico en un hotel, tú y yo solos. Si me conformaría con unas flores. Pero ni eso. Mira que soy ilusa.
—Princesa, no te pongas así. Lo que ha pasado es que....
—Vale, por favor. Y no me llames princesa. Estoy harta del mismo número cada año. Mira, ¿sabes qué? Me voy a la cama. Y que duermas bien en el sofá. A ver si así la próxima vez te acuerdas.
Cruza por su lado sin tan siquiera mirarle y cierra la puerta del dormitorio con un sonoro portazo. Desconcertado, arrastrando los pies, sale de la salita y se acerca al armario en desuso que hay en el pasillo. Tantea la parte superior, a ciegas, hasta que da con una pequeña llave. Tras soplarla para quitarle el polvo, la utiliza para abrir con un chirrido el cajón inferior y colocar —sobre un manto de pétalos secos, unas reservas de hotel caducadas y unas viejas entradas de teatro— una cajita, adornada con un lazo, que contiene el anillo del que tanto le ha estado hablando ella durante las últimas semanas. Cada año igual, se dice, y encaja su cuerpo en el estrecho sofá.


Tomado de Realidades para Lelos

domingo, 9 de enero de 2011

La bola de cristal - Víctor Lorenzo Cinca


La encontró hace años en el desván, escondida entre las mantas de un viejo baúl, y descubrió que en ella se podía ver el futuro. Se pasó, lógicamente, toda la tarde probándola. No fue a buscar a Carmen a la salida del trabajo, como todos los días, porque la bola le mostró una fuerte discusión entre ambos aquella misma noche. Luego, viendo en el cristal cómo perdía un par de juicios con todo a su favor, decidió que abandonaría la carrera de derecho. Pensó en estudiar medicina, pero la borrosa visión de un fallo mortal con el bisturí durante una operación le hizo rechazar la idea al instante. A partir de entonces, resolvió no emprender ninguna acción sin haber consultado antes en la bola las consecuencias que tendría, para así evitar desgracias.

Ahora, cincuenta años más tarde, sin haber salido apenas del desván durante todo este tiempo, sólo para comprar lo necesario y regresar a toda prisa a casa, reconoce que ha desperdiciado su vida. Ni siquiera se atreve a preguntarle a la bola qué ocurriría si la cogiese y la arrojase contra el suelo.


Tomado de Realidades para Lelos

lunes, 6 de diciembre de 2010

Taxi - Víctor Lorenzo Cinca


Aunque no me apremia el tiempo, pues todavía faltan dos horas para la cita, decido coger un taxi para que me lleve cómodamente al teatro. No tengo ninguna prisa, pero no quiero llegar agotado por el paseo; prefiero esperar allí tomando una copa. Enseguida aparece uno en la esquina, y con el mismo gesto con el que pido la cuenta en los bares, hago que se detenga. Entro por la parte trasera ―no me gusta ir de copiloto en los coches―, intercambiamos un tímido saludo, y mientras me acomodo en el asiento escucho débilmente la voz del taxista:

―Avenida de Madrid, número doce, por favor.
―¿Perdone?
―Avenida de Madrid, número doce, por favor ―repite el taxista.

Se gira, conecta el taxímetro y se incorpora con seguridad a la circulación, no sin antes recomendarme que me abroche el cinturón. En realidad no hace tanto que vivo en esta ciudad, y aunque todos aseguran que debo verla, jamás he estado en la Avenida de Madrid, por lo que no protesto y me dejo llevar. Mientras me observa como si nada por el retrovisor, me comenta lo difícil que está el oficio, las dificultades económicas por las que pasa el sector, la amenaza de la crisis, y termina, como todos, despellejando a políticos de uno y otro bando. Advierto, mirando distraídamente por la ventanilla, que el conductor no ha elegido la ruta más corta, pero tampoco muestro mi disconformidad: se ve que el tipo no está pasando por un buen momento y me compadezco de él. Al fin, detiene el taxi en doble fila, enciende los cuatro intermitentes, y parando el taxímetro masculla:

―Ya hemos llegado: Avenida de Madrid, número doce. A ver, serán catorce con quince...
―¿Cuánto dice?
―Catorce con quince ―repite con claridad―. Un momento por favor.

Mientras busco en mi cartera el dinero, el taxista se vuelve y me alarga dos billetes, uno de diez y otro de cinco. Me dice que me quede con el cambio, y se despide de mí con un guiño y un hasta la próxima.

Ya en la acera, con los billetes todavía en la mano, contemplo la avenida de la que tanto me han hablado y me decepciona: hay poquísimos árboles y casi nadie, excepto algún coche, pasea por ella. Me guardo el dinero en el bolsillo trasero mientras pienso lo fácil que ha sido obtenerlo, y como todavía tengo tiempo se me ocurre volver a intentarlo, subir de nuevo a otro taxi y esperar a ver dónde me lleva y cuánto me pagará por ello. Aparece otro al momento y le hago un gesto para que pare. Una vez dentro, en silencio, espero ansioso las palabras del taxista, que me pregunta:

―Buenas tardes, ¿dónde le llevo?
―¿Perdone?
―¿Que dónde le llevo, por favor?
―Lo siento, no le había oído ―miento―. Al teatro principal, por favor ―contesto al final desilusionado.

Me abrocho el cinturón y, para distraerme durante el trayecto, le pregunto cómo van las cosas en el mundo del taxi, si les afecta la crisis, y esas cosas, no sin antes indicarle que me lleve directo al teatro, sin hacer rodeos, porque –ahora sí- tengo un poco de prisa.


Tomado de Realidades para Lelos

sábado, 4 de diciembre de 2010

Génesis 8 bis - Víctor Lorenzo Cinca


Después de cuarenta días, Noé quiso comprobar si las aguas por fin se habían secado y soltó una paloma que tras volar durante horas regresó exhausta buscando una superficie en la cubierta donde posarse para descansar. Siete días más tarde —intuyendo ya la amenaza de un motín causado por la escasez de alimentos— volvió a soltarla confiando que encontrara tierra, pero de nuevo regresó agotada, sin ningún indicio de la bajada de las aguas. Esperó otra semana y casi sin esperanzas liberó de nuevo a la paloma. Esta vez regresó con una ramita de olivo en el pico, pero el águila la divisó en el horizonte antes que el capitán del arca y, muerta de hambre como estaba, la devoró. Al ver que no regresaba la paloma, Noé perdió la fe y se arrojó por la borda. Extendida la noticia entre la tripulación, su familia fue devorada por los animales poco antes de encallar en tierra firme. Más tarde, Dios solucionó el imprevisto con un poco de barro, un par de soplos y una pequeña manipulación de las escrituras.


Tomado de Realidades para Lelos

viernes, 3 de diciembre de 2010

Triángulo equilátero - Víctor Lorenzo Cinca

El mudo intenta inútilmente seducir al sordo con dulces palabras que jamás llega a pronunciar, mientras éste, de espaldas al mudo y perdido en su silencio, pretende hechizar con sus sensuales miradas al ciego, que a su vez permanece absorto en su oscuridad, ajeno al estéril flirteo de su alrededor.

El amor es ciego. Y sordo. Y mudo.


Tomado de Realidades para Lelos

jueves, 2 de diciembre de 2010

El crucero - Víctor Lorenzo Cinca


Se levantaron tarde, por lo que no pudieron coger más que lo imprescindible para el viaje. Esa noche les había costado conciliar el sueño; todavía no habían podido comprender el porqué de aquel extraño premio que habían recibido la mañana anterior. Mientras se dirigían a toda prisa hacia el puerto, ella se mostró preocupada. Jamás había subido en un barco. Él tampoco, pero no parecía alarmado por ello; en cambio, sí le inquietaba la idea de no llegar a tiempo. Aligeró el paso e intentó tranquilizarla con cuatro palabras amables, que no consiguieron su propósito. No era sencillo mantener la calma sabiendo que se iban a embarcar en un misterioso crucero sin fecha fija de retorno, un trayecto que podía durar días, semanas, quizá meses. Un viaje en el que se sentirían desubicados, tanto ella como él, pues mantenían o ninguna o escasa relación con el resto de los viajeros, apenas conocían de vista a unos pocos. Todo ello sin contar que entre el numeroso pasaje se encontraban cinco o seis individuos por los que ambos sentían un odio irracional, incontenible, ancestral. Él, acelerando de nuevo la marcha preocupado por el retraso que acumulaban, probó de persuadirla con nuevos argumentos. Habían pronosticado unos días de lluvias intensas en la zona, de manera que emprender ese viaje los alejaría de esos nubarrones que ya amenazaban sobre sus cabezas. No podían desaprovechar esa oportunidad que les había brindado la suerte. Sin participar en concurso alguno, eran una de las parejas que, elegidas al azar, se encontraban entre la lista de los afortunados ganadores de aquel crucero enigmático. ¿Por qué no atreverse? Nada les obligaba a permanecer en tierra, pues disponían ambos de un largo y merecido período de descanso, sin obligaciones ni compromisos. Todos sus amigos y conocidos, furiosos por no ser ellos los premiados, morirían de envidia en sus casas al tratar de imaginar los tórridos lugares que visitarían, las plácidas tardes tomando el sol en la cubierta. Este último razonamiento quizás la terminó de convencer, pues avivó sus zancadas hasta emparejarlas con las de él, ansiosa como estaba por zarpar. Sin embargo, a pesar de apresurarse todo lo posible, no llegaron a tiempo. Desde el cerro que se elevaba próximo a la costa, vieron cómo su barco, repleto de parejas de animales, una de cada especie, se alejaba mar adentro. Abatidos —extinguidos—, se sentaron sobre sus patas traseras, bajaron las orejas y empezaron a notar cómo el agua empezaba a caer con una cólera divina sobre sus cabezas, sobre sus colas, sobre sus zarpas.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Caronte - Víctor Lorenzo Cinca


Comprendió que la operación de urgencia tras el brutal accidente en la carretera había resultado un rotundo fracaso cuando, esperando de pie en la orilla, vio cómo aquella frágil barca se le acercaba con lentitud surcando las oscuras y pestilentes aguas. Todo coaguló en ese instante: estaba muerto. Jamás había creído en otra vida que no fuese la terrenal; siempre pensó que la muerte era el final definitivo, así que se alegró tímidamente porque la situación podía haber sido mucho peor. Resignado y expectante, aguardó la llegada de la pequeña embarcación hasta que la proa encalló con suavidad sobre la arena. Cuando ya se disponía a subir, tras intercambiar un tímido saludo de compromiso, el barquero le detuvo. Para cruzar a la otra orilla debes pagarme una moneda, dijo sin ganas, cansado de repetir perpetuamente la misma frase. Buscó en los bolsillos aunque no encontró ninguna: jamás llevaba calderilla en los bolsillos, pues odiaba el tintineo de las monedas al caminar. Se palpó inquieto el pantalón en busca de la cartera pero no la llevaba encima. Tampoco en los bolsillos de la chaqueta. Mira debajo de la lengua, antiguamente os las ponían ahí, añadió el barquero con frialdad. Sin entender por qué había utilizado el plural, movió la lengua para comprobar esa última posibilidad, aunque tampoco hubo suerte. Entonces, sintiéndolo mucho, deberás quedarte en esta orilla condenado a vagar en ella toda la eternidad, y tras estas palabras dio media vuelta y ayudado por la pértiga desapareció nuevamente alejándose río adentro. Atónito y desorientado, recorrió en penumbra aquellas playas desiertas. Le parecía muy extraño que estuvieran deshabitadas, pues eso significaba o bien que él había sido el único en toda la eternidad que no había podido pagar al barquero, cosa improbable, o bien que aquellas almas vivían ―aunque no sea la palabra más adecuada― escondiéndose entre los arbustos y las rocas de la playa para no ser descubiertas. Deambuló sin rumbo durante horas hasta que se sintió cansado y soñoliento, y decidió recostarse al pie de un ciprés para reposar.

Todo estaba oscuro cuando despertó. El hedor del Aqueronte se había transformado en un extraño y penetrante olor a tierra húmeda, por lo que pensó que todo había sido una pesadilla, una alucinación producida por la anestesia y la pérdida de la consciencia durante el accidente y la operación. A tientas, como un mimo ciego, palpó con las manos a su alrededor algo que parecía la rugosa superficie de unas tablas de madera, y al momento, intuyó que estaba atrapado en un ataúd, enterrado bajo tierra. Gritó y pataleó desesperadamente. Golpeó con todas sus fuerzas las paredes del féretro, pero todo fue inútil, nadie podía oírle. Buscó en los bolsillos del pantalón su teléfono móvil, pero los encontró vacíos, sin nada, ni siquiera una mísera moneda con la que hubiera podido comprar su vida eterna. Y entonces comprendió por qué no había encontrado a nadie en la playa, y supo dónde pasaría toda la eternidad.

Tomado de Realidades para Lelos

sábado, 20 de noviembre de 2010

Relojes - Víctor Lorenzo Cinca


Al principio no percibía el constante tictac pero desde un tiempo para acá lo oye a todas horas, cada vez con más intensidad. Los primeros días, sin embargo, llegaba incluso a parecerle divertido. Al caminar, se entretenía armonizando rítmicamente sus pasos con el acompasado repiqueteo que sólo él escuchaba en su muñeca izquierda, pero también en el pecho y casi sin fuerza en las sienes. A veces se sorprendía a sí mismo moviendo la cabeza y los hombros, mientras marcaba el ritmo con los pies, como bailando, y se reía como un tonto, enrojecido y avergonzado. Pero ahora ya no lo soporta más. El sonido cíclico y penetrante se le ha metido en la cabeza, y no lo abandona nunca: ni en lugares ruidosos ni en el silencio de su apartamento.

El problema, de todos modos, tiene fácil solución: se apunta al pecho con el revólver, a la altura del corazón, y aprieta el gatillo haciendo coincidir la detonación con el último tictac.


Tomado de Realidades para Lelos