Mostrando entradas con la etiqueta Raquel Barbieri. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Raquel Barbieri. Mostrar todas las entradas

miércoles, 22 de junio de 2011

Loca - Raquel Barbieri


La loca es tan sucia como hermosa, y vive escondida bajo su fachada maloliente de mujer extraviada y alejada del mundo de los hombres buenos.
Algunos la llaman "la loca de la vuelta", como si viviera a la vuelta de la casa de alguien. Otros dicen que es "la loca de la plaza", porque ella pasa muchas horas en ese lugar que parece regalarle una cuota de felicidad que nadie más puede comprender, a menos que transite una dimensión compatible con la de la desventurada.

Casi todos se creen con más derecho que ella a estar en la plaza, planean formas de sacarla de ahí, piden que la vengan a buscar del Moyano, así la dopan y vive como una planta que no jode. Intentan espantarla como si fuera una mosca que merodea la zona del asado, una cucaracha en la sopa de un bar berreta, un bicho que se metió en el oído, una piedrita en el zapato.
Y la tipa no se le acerca a nadie, no grita, no conversa, no pide y no brama.

En algún momento de su día, la loca transita por el cuadrado de pasto y árboles llamado plaza, sitio sagrado que los vecinos veneran, en donde hay bancos habilitados para sentarnos (supuestamente) todos, seamos locos o del bando de la cordura, porque... que yo sepa, para sentarse a tomar aire no hay que presentar certificado alguno.
Un banco en una plaza es un reposo, un sosiego, un lugar para mi loca. Y mi loca tiene tanto derecho a descansar, a tomar sol y perderse en su malambo de ideas provenientes de dendritas malamente conectadas a unas neuronas bastante apagadas, quemadas por la mala alimentación, la falta de instrucción y la carencia de amor humano.
La loca no tiene vuelta y a esta altura, mejor que no la tenga, porque sabría que se burlan de ella y hoy lo ignora.

La loca molesta, los inquieta... les recuerda que la cordura puede perderse en menos tiempo del imaginado, y tienen temor de estar observando el espejo de un futuro cercano.
La loca... ni se sabe el nombre.
Por allí anda vagando, musitando alguna palabreja en gerigonza, exhibiendo su pobre cuerpo maltratado por la calle y el destino.
Y los chicos le huyen, las madres la esquivan, los hombres no la consideran hembra, salvo un par de mendigos que andan por la estación y se sirven de ella y ella, de ellos. A ellos les muestra sus bellas y redondas tetas sucias.
Y los otros, los normales, no ven el Maná que brota debajo de la mugre de mi loca, el Maná que sabe a rancio por falta de higiene.

Sólo los animales la buscan sin segundas intenciones. Los gatos se le aproximan de a poquito, sinuosamente, ronronean en su idioma gatuno unas lindas frases de empatía hacia la mujer solitaria que los acaricia sin temor, ya que ella será despreciable para los humanos, pero para los felinos es una amiga constante. Y los perros le saltan encima moviendo la cola y chupeteándola torpemente, así como son ellos, que no calculan su peso y se avalanzan llenos de un amor descontrolado de colas en movimientos circulares y sonidos cómicos que encienden la sonrisa de esta mujer que subsiste de milagro.
Y entre gatos y perros que comparten su sol, ella come lo que encuentra, lo que alguien le da esporádicamente y lo que en algún tacho se ve como un manjar.

Ella, que no está cuerda pero es buena... que de cuerda sólo tiene la que sostiene sus harapos cochambrosos, se ríe de todo, no sabe leer, ni contar, ni ganarse la vida... ni coser, ni bordar, pero sabe abrir la puerta para ir a jugar.

Raquel Barbieri

Extraído de Despertar de la Crisálida

jueves, 2 de junio de 2011

Sor Constance - Raquel Barbieri


Nacida dentro de un hogar sin religión profesada, y ni siquiera confesada o meramente mencionada, Constance terminó siendo religiosa de clausura.
Sus padres no la educaron en la fe, aunque tampoco en contra de ella. La niña de diez años, volviendo una tarde de la escuela, se paró frente a la Catedral Basílica de Saint Louis en Missouri y sintió que quería estar allí dentro. Maravillada ante el trabajo de mayólica en donde prepondera el verde veronés, se sentó en el tercer banco del lado izquierdo, en el sitio pegado al pasillo. Respiró primero algo arrítmicamente, quizás debido al impacto de encontrarse sola en un lugar desconocido y de dimensiones que la excedían. Cuando se acostumbró al entorno y al sordo ruido de un templo solamente habitado por las imágenes santas, se acostó en el banco, zambulléndose en la simbología para ella incomprensible representada en el domo.
Cambió luego de lugar, pasó al grupo de bancos del lado derecho y eligió la séptima fila. Sus ojos chocaron con una inscripción en bronce aludiendo a una familia benefactora de la Catedral Basílica. Ella pensó que serían los dueños de la iglesia; el apellido archiconocido de estas personas tan ricas de Saint Louis no era ignorado por nadie. Dejó el bronce labrado en el olvido y pensó en qué cosa sería orar y por qué sus padres no le habían enseñado. Descubrió que en los bancos había himnarios y un librito con las partes de la misa. Leyó hasta que le picaron los ojos, y en ese momento decidió que iría allí todos los días un rato a estar sola y tranquila, lejos de sus padres que parecían vivir una dimensión paralela a la suya, una dimensión en donde la esencia de la pequeña Constance no era advertida ni tenida en cuenta.
Sus padres y amigos no le alcanzaban para vivir.
Creció y se cultivó. Fue una mujer bonita y sonriente que un día después de su cumpleaños número dieciocho, marchó con su valija hacia el claustro que se encuentra en las afueras de Maplewood, no muy lejos de la capital: un muro imponente de ladrillo tras el cual, luego de un parque fantástico, esmeradamente cuidado, se yergue un castillo de la época en que los franceses eran los pobladores de esa parte del medio oeste americano, antes de que los ingleses los quitaran del medio.
Tras los muros y dentro de esa santa fortaleza rodeada de la naturaleza más vasta, Constance se convirtió en Sor y vivió, no sin tener algunas dudas a veces, desde sus dieciocho años hasta que murió a los ochenta y cuatro.
No existe una sola forma de felicidad.


Extraído del blog Despertar de la Crisálida

viernes, 27 de mayo de 2011

Mala - Raquel Barbieri


Ella era mala en el sentido más literal de la palabra, en ese sentido sórdido y profundo en el que podemos llegar a sentir desde una atracción animal hasta incomodidad física estando a su lado, porque la maldad le brotaba por los poros de todo el cuerpo y se sentía como una corriente de energía eléctrica a la vez helada sin siquiera rozarla.
Sus ojos de mala taladraban al otro haciéndole doler la cabeza sólo con mirarlo fijo, y ese otro no sabía que era ella con sus pensamientos sucios quien contaminaba el ambiente. Sí, mala como la peste, bella como una rosa, pero sin aroma a flor, con un hedor entre azufre y metal corroído, una mezcla fría y áspera como su carácter, así era la desgraciada.
Mala desde la cuna, la mala de la película... ella, hija de perra, la hija deseada de dos pobres seres que festejaron la llegada de la maldita a este mundo, en medio de una carcajada de felicidad explosiva, bombones de chocolate y ramitos de jazmín, pensando que traían un ángel a este mundo.

Y la mala moró entre los mortales y enredó sus rulos de pelo grueso oscuro, en el cuello de un infeliz al que le absorbió el seso y el alma, pero a él no le mostró la maldad sino hasta que lo tuvo dominado como a un pájaro en su jaula, impotente de tomar decisiones y de pensar por sí mismo. Lo trató como quien tiene un ave cuya jaula se cubre de noche con un trapo opaco y de día permiten que cante, coma y se lave el culo a la vista, en un espacio diminuto y hediondo. Así fue que ella, malparida bajo el disfraz de buena chica sólo ante él y los anteriores con los que se enredó, mostraba una cara encantadora cuando le convenía, y su verdadera personalidad cuando a solas, tramaba la absorción de las ideas de los demás, los sentimientos de quienes la querían, la energía vital ajena... y la venta de su propia alma al diablo, quien le había dado a cambio, entre otras cosas, el castillo de Villa del Parque para que morara eternamente.


Extraído de Despertar de la Crisálida

domingo, 17 de abril de 2011

Timotea - Raquel Barbieri


Timotea, morena y fría; madre de un asesino, cerebro del asesinato perpetrado por su vástago. Timotea gimotea, ahora que el nido le ha quedado vacío, ahora que el títere colgado de su ombligo envió a su mujer al otro mundo, vaya uno a saber qué mundo.
No fue abusada por su padre ni golpeada por la madre, explotada por su abuelo ni humillada en el colegio.
Los únicos recuerdos que nos llegan de ella son de mezquindad para con sus hermanos, de exacerbación del placer en causar discusiones entre sus padres para ser ella la ganadora: Dividir para reinar.
Si no existía motivo para que sus padres pelearan, ella inventaba un rumor, que papito querido, te vi con la Rosalba el otro día acá a la vuelta... ¿Qué hacías? Yo no, m'hija, quién es Rosalba? Me pareció que estaban como novios, papito. M'hija, que sería otro. Mamita querida, me pareció escuchar al papi decir qué tetas que tiene la Rosalba... y que usted estaba un poco dejada... pero no estoy muy segura.

Ni el padre había cruzado caminos con la tal Rosalba, ni eran las tetas de Rosalba algo más que un corpiño relleno para exagerar protuberancias naturalmente menos protuberantes, dentro de un vestido grotesco que en la mente de la madre de la malvada se convertía segundo a segundo en un traje del Lido de París.
Entonces, la madre se cegaba y empezaba la escena que terminaba con el hombre pegando un portazo para no reventar, y con la pequeña malvada dueña del papi y de la mami, absolutamente dueña de sus destinos y sistemas nerviosos.
Su hermana mayor había captado la estrategia y le temía... le temía y la odiaba por ser la creadora del caos familiar que de no haber existido la mentira, las mentiras casi diarias, jamás habría ocurrido. Cirila habló por fin con sus padres, en conjunto y por separado; su intención era desenmascarar a la hiena que había parido la pobre de Matilde en mala hora.
Pobre Matilde, y pobre Cirila. Timotea le quemó la cara con la plancha a la primogénita a quien le quedó la cicatriz para siempre en la mitad del otrora bello rostro.
Los años pasaron y la bestia reinó entre los hombres y las mujeres que a su vida entraban, hasta que con un Eugenio mal aspectado engendró al homicida.
Timotea creó un monstruo a su imagen y semejanza, lo entrenó para burlarse de las mujeres, para no honrar la vida sino para jugar con la misma.

Timotea urdió la trama de un asesinato y el que fue preso, fue el vástago imbécil. Ella tenía más de setenta años y le correspondía arresto domiciliario, pero como no pudo comprobarse fehacientemente la autoría intelectual del homicidio... quedó libre.
Su engendro ingresó al penal y allí quedó, donde nunca fue visitado; ella compró un paquete de chipá y gimoteando se hizo un mate, mientras le ponía una flor a la Virgen Desatanudos...


Extraído del blog Despertar de la Crisálida

miércoles, 5 de enero de 2011

Las disertaciones de Bonita - Raquel Barbieri


A nadie se le ocurrió jamás, ni a uno solo de los que la conocieron, darse cuenta de que Bonita era su nombre real, el que aparecía en el documento de identidad.

Y ella, que andaba por la vida prestando atención a todo lo que la rodeaba y era una gran observadora de causas sin remedio, siempre pensaba en que la gente necesita transformarle el nombre al otro de un modo u otro, salvo excepciones. A las Florencias se les dice Flor, Florcita, Floppy, pero Florencia, muy pocas veces. Pareciera que emitir el nombre completo es una afrenta, algo demasiado formal, o la demostración de un enojo o antipatía hacia la susodicha. ¿Por qué? Bonita era curiosa de los mecanismos de la mente humana. Ahora le había dado por los nombres, quizás porque el de ella era tan poco frecuente como su personalidad divertida, cálida y en momentos, desconcertante.
¿No puede ser que a uno sencillamente le guste el nombre de la persona? No.
No son así las reglas de la sociedad. Si queremos a alguien, lo tenemos que llamar con un apodo, y si nos cae pesado, ahí sí le decimos por su nombre real:

- ¿Cómo estás Julieta?
- Bien, Roxana.
-¿Estás segura? Porque se te ve tan demacrada...

- ¿Qué es lo que querés, Horacio?
- ¡Nada, María Pía!

Y Bonita seguía pensando en las Alejandras, que son Ale, Ali, Alita, nunca Jandra; las Lauras se transforman en Lau o Lauri, las Claudias devienen Clau o Claudi, las Micaelas son casi seguro Mica, las Silvias, Silvinas y Silvanas son Sil o Silvi... las Susanas son Susi o Su, y Giselle es Gisi o Gi, Beatriz es Bea, Marcela es Marce, Belén es Belu o Bel, las Raqueles pasan casi automáticamente a ser Rachel, Raquelita o Raqui y así podría continuar hasta quedar extenuada… Clara es Clari, Gabriela es Gaby, Catalina es Cata o Cati, Carolina es Caro, Mariana y Marina son Mari y entonces María es Maru, porque Mary con y griega, ya está demodé.

Si a Josefina le dicen Jose, entonces a Fina se la llevó el sátiro porque le quitaron su parte femenina. Decirle Jose a una fémina es sacrílego… es como decirle Roberto o Jorge. ¿Y si a José María le dijeran María? También podría decírsele Wendy o Karina, ¿Por qué no? No habría diferencia alguna. Ya lo convirtieron en mujer como a Josefina que terminó siendo José y tal vez hasta le digan Cacho en algún momento.
¿Cómo habría que llamarse para que a una persona le dijeran su nombre sin abalorios?
Posiblemente... Bonita.

Entonces, cuando Bonita surgió en la vida de Donato, él pensó algo instantáneo: que el apodo vendría puesto de parte de los padres o de alguna tía soltera o una abuela subjetiva y miope, ya que su novia no era tan bonita como para que la llamaran así al unísono. Y curiosamente, a ella nadie le acortaba el nombre, sino que la llamaban degustando con deleite la pronunciación de la bella palabra que enmarcaba a esta mujer inteligente y rara.

Que Bonita no fuera bonita no evitó que Donato se enamorara de ella y caminaran juntos el resto de sus días. Y ella se dio cuenta al corto tiempo de estar con Donato, que él la llamaba Mi Amor y ella a él, Tesoro.

Ellos dos también pertenecían al mundo...

Extraído de El Despertar de la Crisálida