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martes, 11 de octubre de 2011

Seven - Odeen Rocha

I
Cuando el diamante se posó en el zurco se escuchó la detonación. Su gesto se torció y lanzó un grito ahogado.
II
Ella miraba desde el rincón mordiendo delicadamente su labio inferior: por fin se había deshecho del bastardo.
III
La melodía, sobria y sensual, sonó solitaria, como cuidando celosamente el cuerpo sin vida. Un viento helado inundó la estancia…
IV
El aroma a pólvora escapó hacia el exterior mientras el brazo rebotaba fuera del disco produciendo un tronido. Silencio.
V
El pequeño nunca conocería a su padre, pero tampoco olvidaría esa tonada.
VI
Lo mató, pero no es una criminal.
VII
Por desgracia, sólo podía matarlo una vez.
Odeen Rocha

jueves, 11 de agosto de 2011

Como una Virgen - Odeen Rocha


—¿Alguno de ustedes sabe cuál es la porra correcta del equipo de la Universidad de Ciudad Muerte? —La pregunta de Rudy, el cocinero, sorprendió un poco al equipo que esperaba pacientemente en el vestidor. 
—¿De qué hablas Rudy? Las muchachas saben perfectamente qué deben decir. No te metas en eso. —Rudy no supo qué decir ni qué hacer, después de todo él debía dejar lista la comida que estos veinte mastodontes devorarían al final del juego. Era extraño, al asomarse como acostumbraba a espiar a las porristas había notado algo: sus caras estaban grises, sus cabellos alborotados y lo que estaba escuchando definitivamente no era el canto de batalla del equipo de Ciudad Muerte.
El juego inició y nadie puso atención a las preguntas de Rudy. Nadie lo hacía excepto cuando le pedían hacer más comida; no era fácil ser cocinero de un equipo de futbol en 1984. Era un año fuerte, recién se había conseguido que nuestro pueblo, habitado en su totalidad por jugadores del equipo local, fuera llamado oficialmente “Ciudad Muerte”. Eso provocó, seguramente, que fuéramos invencibles esa temporada. El juego estaba en su apogeo y Rudy no dejaba de mirar a las porristas; su comportamiento era extraño debo admitir, lo estuve pensando durante el juego y en un momento creí que había visto a una de ellas acomodarse una porción de piel en el rostro.
Al medio tiempo todos sabíamos que esas porristas no eran las mismas de la fiesta de la última victoria: estaban mal. Entraron al campo cuando aún no había terminado nuestra jugada y comenzaron a atacarnos. En segundos el pánico se apoderó de todos; ambos equipos corríamos escapando de esas mujeres zombies que tomaban a los jugadores y dejaban salir un gas tóxico de sus pechos: gas verde que secaba la piel y convertía a la víctima en una vieja planta que se desmoronaba asquerosamente. ¡Esas no eran nuestras porristas!, eran un grupo de sexys zombies voluptuosas que corrían tras nosotros haciendo ruidos macabros pero excitantes. Era una carnicería, la gente huía y por todas las puertas salía una porrista lista para convertir a su víctima en una planta podrida. De pronto vi a Rudy, estaba en un rincón tan sólo mirándonos correr y ser atrapados; parecía disfrutarlo de verdad.
Me acerqué a él a duras penas y le pregunté qué le hacía tanta gracia. Me dijo: —Todos ustedes son unos idiotas, nunca me han escuchado. Llevo meses tratando de advertirles de estas porristas zombies; son implacables cuando se lo proponen. Ustedes han ganado demasiados juegos, es tiempo de que este pueblo se convierta en un desolado bosque lleno de asquerosas plantas podridas. No puedo evitar reír al ver cómo acaban con cada equipo de pedantes como ustedes. Lo he visto muchas veces.
La verdad no recordaba a Rudy más allá de su puesto en la cocina del equipo, nunca antes lo había visto. Una noche apareció en el pueblo y simplemente pidió el puesto de cocinero y como a nadie le importó no hicimos más preguntas. Me dijo que la única forma de destruir a las zombies era hacerlas cantar y bailar la canción correcta, la misma que escucharon la noche que se convirtieron en monstruos de pechos mortales. Me la dijo al oído; no lo pude creer, estuve a punto de romperle la cara por burlarse de mi, pero me di cuenta que estaba diciendo la verdad. Decidimos juntar a tantos sobrevivientes como pudimos: Algunos miembros del equipo, mi padre, al que nunca le faltaban las armas de buen calibre en su camioneta; El Entrenador, cuyo gruñido podía asustar a un niño sordo hasta el Paraguay y por supuesto estaba Constanza, en cuyos ojos podíamos ver la sed de venganza que sólo cabe en una chica rechazada del equipo de porristas. Nos las arreglamos para llegar a la camioneta y bien armados, marchamos al centro del campo.
Me acerqué a Rudy mientras nos escabullíamos de regreso.
—Esas porristas antes eran modelos —me dijo—, y una noche fueron invitadas a una fiesta en la Mansión de una famosa cantante; donde se infectaron con un extraño virus en la alberca que las convirtió en esas glamurosas y ágiles zombies-. Dicho esto se acomodó esa vieja y sucia gorra de béisbol que nunca se quitaba y cortó cartucho como si fuera cosa de todos los días. Ni siquiera me miró.
Reunidos en el centro del campo, hicimos una formación y nos defendimos de las zombies como pudimos. Volaban en pedazos al dispararles. De Capitán del equipo había pasado a ser un guerrillero al mando de dementes armados luchando por su vida. Rudy se escabulló a la torre de sonido y colocó la pista para realizar el plan. Nos miramos unos a otros sin creer en lo que haríamos. Comenzó la música y nosotros a cantar mientras abríamos fuego contra ellas. Sorpresivamente al escucharnos se detuvieron y comenzaron a hacer una coreografía terrorífica. El gas mortal ya no salía de sus redondos pechos y comenzaron a cantar junto con nosotros: “Like a virgin, ooh, ooh. Like a virgin. Feels so good inside…”.
Mientras cantaban se comenzaron a pulverizar una por una en un ritual increíblemente sexy. No dejábamos de cantar con ellas; una especie de trance: disparando y cantando; cantando y disparando. Rudy estaba arriba, riéndose a carcajadas: Éramos un puñado de idiotas, antes rudos jugadores, ahora agazapados en el centro del campo, rodeados de plantas en putrefacción y atractivas zombies pulverizándose frente a nosotros. Avanzamos ganando cada vez más terreno, nuestra extrañeza se convirtió en una indescriptible sensación de victoria: Yo, Tony El Capitán, me sentí brillante y nuevo: y sonreí. Como una virgen.
¡BANG!

sábado, 18 de junio de 2011

Anteojos - Odeen Rocha


Decidí salir de allí a toda prisa. Había pasado ya bastante tiempo y no llegaba nadie, ni siquiera tú. Mientras caminaba por la calle buscando el automóvil pensaba cuántas veces había pasado por algo similar. Salí de casa hace más de 4 horas, conduje por el camino que sale de la ciudad hasta llegar a ese lugar: medio vacío, con muchos muebles viejos y una barra larga color marfil. Como había llegado bastante temprano pedí una cerveza y tarareaba la canción que estaba en el ambiente. Cuando se espera de esa forma y la gente no aparece, la paciencia se va perdiendo poco a poco hasta que se convierte en una sensación que se parece un poco al odio pero quizá un poco más a las ganas de patearle la cabeza a alguien. Pero dejé en paz eso y seguí tarareando hasta que me terminé mi bebida y sólo me senté ahí, como un zombi. Elvis se mueve en blanco y negro pidiendo a alguna chica que no conozco que no sea cruel y que no se aleje de él. ¿Cómo puede ser eso posible? ¿Cómo espera que no se aleje de él después de lo que le hizo? Pienso eso y simplemente dejo el vaso, pago el trago y salgo de allí a toda prisa. Hace muchos años que uso anteojos. Desde muy chico. Al principio no me gustaba usarlos, eran armazones plásticos enormes y hacían ver mi cabeza gigantesca y eso no me gustaba. Pensaba todo el tiempo en lo que los demás niños podrían decir de mí. Ahora eso no me importa, estoy demasiado viejo, o al menos eso pienso, como para estarme preocupando por lo que los demás digan de mis anteojos. Al salir de nuevo a la carretera conecto el iPod a la radio. Hace tiempo que quiero ponerle una vieja casetera pero no encuentro la manera de hacerlo. Me gusta la idea de escuchar música vieja desde un aparato de la misma antigüedad, ¿han tenido esos momentos en los que no importa que tengan más de 600 discos para elegir no tienen ganas ni ánimo para escuchar absolutamente ninguno? Me pasa eso muy seguido. Hace varios años que no sé nada de ti, desde el día en que dijiste que venías en camino para visitarme. Siempre tan ocupada. No hay evento que se escape a tu agenda y como nunca me quejo, siempre dejas hasta el último venir a visitarme. Esta mañana cuando llamaste para avisar que por fin estabas en la ciudad y que podías verme te dije que no estaba de acuerdo en ser el comodín de los eventos sociales más importantes del siglo veintiuno. Al parecer no te gustó. No te pareció nada. Me alegro que no hayas llegado a tiempo, por eso me fui justo 15 minutos antes de la hora que dijiste que llegarías. ¿Sabes? Acabo de arrojar mi teléfono por la ventanilla, no quiero que las cinco letras que componen mi nombre vuelvan a escribirse y luego tacharse y volverse a redactar en tu pequeño aparato que también reproduce canciones. No más. ZZ Top está sonando y yo me miro en el espejo retrovisor. Llevo la barba crecida de un par de semanas –Quisiera tenerla un día tan larga como esos tres – pienso, y cambio la velocidad para cambiar de carril. Muevo la cabeza al compás de la música y poco a poco te voy olvidando. Me detengo al llegar a un cruce poco antes de entrar al fraccionamiento donde vivo, a mi alrededor hay muchos conductores que miran hacia todos lados dando la impresión de que los que estamos cerca somos fantasmas. Manoseo el iPod y pongo un disco de Queen, comienzo a tararear “I want to break free” y me río. Me miro al retrovisor otra vez y mi expresión ha cambiado, ahora estoy radiante y sumamente contento; el cabello me cubre la parte derecha del rostro hasta la boca. Tengo una sonrisa un poco malévola, como cuando has llegado a concretar un plan excelente, un camino que no puede fallar. Oh how I want to be free baby Antes de acelerar, al ponerse el semáforo en verde, volteo la cabeza hacía mi derecha donde veo un letrero que no recordaba haber visto antes. Al leerlo sentí como si el tiempo se detuviera y me sentí totalmente satisfecho, podía haber dado vuelta en otro lugar y simplemente tomar un camino diferente pero no lo hice. Sonreí de nuevo. El letrero decía: "Desaparezca aquí". Yo lo miré por encima de mis anteojos y sonriendo, desaparecí.

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