Mostrando entradas con la etiqueta Martín Gardella. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Martín Gardella. Mostrar todas las entradas

lunes, 11 de julio de 2011

En la cancha se ven los pingos - Martín Gardella


El partido definitorio se jugaría en nuestra ciudad, y especulábamos que eso nos daría una gran ventaja deportiva, ya que los rivales venían de muy lejos.
El equipo visitante salió a la cancha con Agrio de arquero; Anfión, Quirón, Dafnis y Euritión en la defensa; Folo, Homados, Juancaballo y Mimas en el medio; y la imbatible dupla Antímaco y Tautamante en la delantera.
Nos equivocamos al pensar que, por su aspecto, ellos serían unos burros para el juego. Las dos piernas extras que tenía cada jugador de la visita, con una velocidad y habilidad muy pocas veces vista, resultaron ser una ventaja excesiva, y el partido casi termina en una goleada. Sin que nuestros jugadores pudieran hacer nada para evitarlo, aquella inolvidable tarde triste, el equipo de “Centauros Football Club” nos mandó al descenso.

martes, 25 de enero de 2011

El café frío – Martín Gardella


Como todas las mañanas, leía el diario mientras tomaba un café cerca de la oficina. De repente, vi aparecer a Eduardo cruzando la puerta. Hacía mucho que no lo veía al flaco; estaba casi igual que la última vez que nos habíamos encontrado, algunos años atrás, en esa misma cafetería.
Se acercó caminando directo hasta mi mesa y festejamos el casual encuentro con un abrazo amistoso. Lo invité a sentarse y tomar un café conmigo. Le conté acerca de mi vida, de cómo estaban los chicos, mi esposa, los perros, nuestros amigos en común. Sin embargo, él me escuchaba en silencio, con apatía, apuntando su mirada triste hacia la tacita de café que se enfriaba pasivamente. A pesar de mis preguntas, no quiso contarme nada acerca de sus cosas, salvo algunas quejas por tener demasiado tiempo libre en esos días. Al despedirse, noté que lo estaba haciendo para siempre. Se alejó sin darse vuelta, arrastrando los pies, esquivando las mesas tardamente. Estaba raro.
Me quedé leyendo el diario por un rato. Descubrí que el nombre del flaco se repetía varias veces, escrito en negritas, entre las necrológicas.

lunes, 3 de enero de 2011

La mudanza - Martín Gardella


Un día, mi cuerpo se cansó de mí y me abandonó de golpe. Se levantó, se baño, se lavó los dientes y salió a la calle sin decir una palabra, con el ánimo visiblemente alterado. Yo lo observaba atónito desde la cama, ya que no podía levantarme sin mis piernas. Algunas horas más tarde, escuché unos ruidos extraños en la puerta, como si alguien estuviera forzando la cerradura. De pronto, la puerta se abrió y vi entrar al encargado del edificio con un policía que tomaba notas en una libretita.
–Aquí es donde vivía el pobre hombre –le dijo–. No tenía familia, ni tengo a quién avisar.
–¿Quién les dio permiso para entrar a mi casa? –les pregunté enojado.
Pero no obtuve respuesta. Claro, como no puedo moverme, ellos se burlaron de mí, hicieron de cuenta que no escuchaban mis reclamos, y me dejaron aquí abandonado por varios días.
Hoy recibí la visita de dos hombres corpulentos vestidos con uniforme de una empresa mudadora. Sin pedirme autorización, comenzaron a cargar mis muebles. Ya llevaron la mesa de la sala, la heladera y el sofá. El más corpulento de ellos me apunta con el dedo. “Desarma la cama y cargala en el camión”, ordena, y el otro se acerca con un destornillador.

Martín Gardella