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jueves, 25 de agosto de 2011

Condimento para pizzas - Marisa Dittler


Hoy tiré a la basura ese condimento para pizza que me diste, no porque te haya olvidado, sólo porque se rompió el frasco y había olor a mierda.
Mierda… me quedo pensando.
A la mierda… sigo pensando, mientras tengo cuidado de no cortarme con los pedacitos de vidrio que se meten hasta debajo de la heladera, pero ahí ni pienso limpiar.
Hasta que me mude no limpio, ni ahí, ni debajo de la mesa de luz, ni las ventanas del lado de afuera, ni arriba del botiquín del baño… no limpio una mierda. Mierda! En eso estaba. Guardé un frasco con condimentos que nunca usé, ni siquiera cuando estábamos juntos.
“Por qué no te metés el frasco en el orto, que te cocine tu vieja” pensé. Todo esto mientras te decía con cara de feliz cumpleaños “gracias, amor”.
Nunca lo usé la verdad, y me importa un pedo usar condimentos.
Con la sal me alcanza y me sobra.
Guardé el frasco durante… no sé cuántos años. Estaba ahí, en la mesada, perdido entre las ollas y sartenes, entre el aceite y eso que se usa para cortar con formitas a la zanahoria y al huevo que ni sé cómo se llama.
Barrer todo a la puta madre, vidrios y ese maldito condimento con olor a mierda.
Mierda… si, es una mierda. Tenerte en mi cabeza todavía y no saber por qué. ¿Por qué? Si lo único que me quedó de vos es este frasco, que ya ni es frasco. Ahora es un montón de pedazos que lastiman si los toco.
Por eso no los toco. Junto con la escoba y lo tiro a la mierda.
A vos te tiro a la mierda.
Hoy te tiro a la mierda.
¿Por qué el frasco no se partió en mil partes antes? Hubiese sido más fácil.

Tomado del blog: http://porsuerteorebeldia.blogspot.com/

domingo, 29 de mayo de 2011

Paraguas - Marisa Dittler


No me gustan los paraguas negros. Me resultan fúnebres.
Cuando me cruzaba a un sujeto con paraguas oscuros, no podía evitar alejarme sintiendo escalofríos.
Pero esa tarde tormentosa, con amenaza de granizo, no pude resistirme a esa voz masculina con paraguas negro que me ofrecía un pequeño resguardo.
Cabizbaja caminaba a paso rápido pero tuve que acomodarme al ritmo lento de ese hombre.
No sé por qué no alcé la vista para observar su rostro. Tal vez por temor de aceptar la compañía y ayuda de un extraño, cuando mi madre me repetía incansablemente que no lo hiciera.
Sólo caminábamos, tratando de sortear las baldosas sueltas y a los autos que, impertinentes, nos salpicaban en cada cruce de calles.
Sus manos estaban ocultas por guantes y su cuerpo por un sobretodo que lo hacía más grande aún.
Sentía mucho miedo e inseguridad, pero no sabía bien por qué no dejaba de caminar a su lado. Sin emitir sonido, sólo avanzábamos hacia delante.
Poco a poco la lluvia cesaba y, reuniendo valentía, me hice a un lado, susurrando apenas un “gracias”.
Continuó por la vereda y, varios metros más adelante, giró para doblar por la próxima calle, mientras bajaba lentamente su paraguas.
Nunca nadie va a creerlo, tal vez por eso nunca lo mencioné. Sólo hoy me atrevo a contarlo bajo un falso nombre.
Sólo un hombre con sobretodo y manos con guantes que portaban un paraguas negro.
Sólo un hombre sin cabeza.

lunes, 25 de abril de 2011

Descalza - Marisa Dittler


Descalza… caminando a paso lento, pero firme para sentir la textura del césped en la planta de mis pies.
El extenso patio con sus sombras nocturnas invitaba a peligrosas aventuras.
Los chicos del barrio lo sabían.
Luciérnagas, juego de escondidas, pelota en la calle de tierra cuidando el paso de los escasos autos. Las noches de verano acontecían calurosas y lentas, inocentes y misteriosas…
Pero yo sólo caminaba por el patio… descalza.
Buscando la luna entre los árboles, husmeando aromas de naranjos y jazmines de alguna casa cercana.
Avanzaba… pastito fresco bajo los pies.
Tumbarse al fondo, arriesgando el cuerpo al ataque de las hormigas, escuchando a lo lejos las travesuras infantiles corriendo libres y los gritos de guerra de las madres preocupadas.
Todavía se veían todas las estrellas, todavía se respiraba el idilio inocente del futuro por venir. Todavía lo conservo, por suerte o rebeldía, en la planta de los pies.