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viernes, 14 de octubre de 2011
El destino de un B38 - Mara Gena
Sacarse sangre es un verdadero acto surrealista. Verá usted, a veces es necesario bajar doce o quince escalones hacia el fondo de la tierra mientras se lucha a codo limpio con aquellos que desean llegar primero a que les puncen una vena.
Una vez abajo, encantadores y eléctricos azules nos esperan. Pantallas de párpado abierto en las que uno se desquita metiéndoles un dedo. Y ellas nos escupen con un papel. B38. Por veinte o treinta minutos seré: B38. Miro a mi alrededor con obvias sospechas. ¿Qué significado puede tener esto? ¿Por qué el Universo intenta implicarme con esta designación súbita? Los pensamientos me agitan. La música funcional trata de calmarnos. Pretende nuestro olvido. Avanza sobre nosotros como si lamiera la ansiedad que despierta la escena. Al frente hay formaciones de asientos y asientos y asientos. Hay maridos perdidos y recuperados. Hay calvos estupefactos. Hay señoras con sombreros incomprensiblemente preparados para un ardiente mediodía de sol.
Y están también los cubículos. Alineados cubículos de color blanco. Como si el blanco pudiera quitarles algo de perturbador.
Pantallas, números, cubículos. Bisbiseo entre las hileras de asientos. Somos esa gente que espera sentada. Y lo más extraño es que nadie entra en crisis. Nadie llora. Nadie. A lo sumo un hombre con su camisa roja despelleja con delicadeza el barniz de una revista. Y la espera se alimenta. Come nuestros tamborileos de calzado, nuestros resoplidos y en el fondo esas voces que confirman nuestros datos. Edad, DNI, teléfono y más que nada la firma. Aquí el pedido de la firma es algo receloso. Es la prueba de nuestra connivencia. Parece que recién cuando hemos firmado conseguimos el verdadero derecho de estar en este lugar.
TITU, TITU.
El sonido es inocente parece el guiño de un pájaro con un solo ojo que de pronto sabe poner un huevo. Pero en realidad son una hilera muy larga de pájaros con un solo ojo que al unísono guiñan y ponen un huevo.
TITU, TITU.
Entonces una puerta se abre y alguien entra apurado.
Desde cierto ángulo se puede ver al habitante del cubículo. Alguien que insiste en distraernos con su delantal blanco de la aguja que lleva en su mano izquierda. Así cada uno de los cubículos se va llenando con una persona que extiende su brazo y otra que mientras succiona una cantidad premeditada de sangre pregunta por el clima. Y todos entran pacíficamente.
TITU, TITU.
Es mi turno. Una mujer de blanco me hace pasar a un cubículo blanco.
–Arremánguese y cierre el puño por favor –me dice y se da vuelta sin temer ataque o mordida. Gira pequeños rebaños de tubitos transparentes y nuevamente me encara.
–Le va a apretar un poco el torniquete pero el pinchazo va ver que ni lo siente.
Debo reconocer que tiene razón. El torniquete hace su trabajo de maravilla. Aprieta fuerte mis sensaciones junto a mis pensamientos y ya no distingo unos de los otros. Ya no recuerdo que el pico de una aguja ha penetrado mi torrente sanguíneo y lo está siendo succionado hacia un esterilizado mundo exterior.
Lo comprendo de pronto. Es algo que en el sentido convencional no tiene lógica. No recauda palabras y no posee etiquetas. Es un espacio que se abre como un destello.
Éste es el destino de un B38.
viernes, 24 de diciembre de 2010
Para que ningún amo se sienta incompleto - Mara Gena

Entre la una y la una y cuarto de la tarde, de todas las tardes, escucho el mismo alboroto. Como es previsible en una de esas oportunidades me asomé por la ventana y traté de descubrir qué lo causaba. Una mujer mayor con una peluca de color ladrillo colocada sinceramente a manera de cabello, se sienta en el umbral de su casa junto a una cachuza perra maltesa. Y allí ambas esperan.
Da vuelta la esquina un transeúnte con cara de estar ensimismado calculando el ángulo de rotación de la Tierra. La perra que segundos antes parecía poseer la inmortalidad de un animal embalsamado de repente revienta. Como si fuera una piñata, explota en ladridos álgidos, ríspidos, irritantes y al hombre se le escapa un saltito y se le desmadra el jopo. Luego viene la reprimenda. Una voz rajada de aguda hipocresía dice: “Pórtese bien, mala”. Y en eso consiste su diversión: prolongar la espera hasta que caiga otra víctima.
Que a lo largo del tiempo el perro va absorbiendo involuntaria e inexorablemente la personalidad de su dueño no es ningún descubrimiento. ¿Pero alguien ha sospechado qué extrañas y secretas complicidades entablan mascota y amo para darse una panzada?
He estado observando algunos casos en los que se repiten ciertos entretenimientos rituales. Por ejemplo dentro de los perros de moda tenemos que los dueños de rottweiler insisten en hacerlos correr a su ritmo, a pesar de que éstos prefieren detenerse a olfatear árboles o partes más aromáticas y recreativas en otros perros. Los yorkshire –ya lo sabemos– son el accesorio perfecto para la rubia de leopardo y plataformas y la dupla alcanza la gloria estacionando la 4x4 y comprando frapuccinos. Los golden retriever prefieren el combo. Estos perros se sienten muy a gusto andando junto a la familia próspera de hijos rubios. Perros más exóticos como los weimaraner requieren ser combinados con personas modernas y jugueras Philippe Starck.
En la exacerbada proliferación de caniches mini toy vemos que los señores maduros de camisa desabotonada y bronceado regio han gustado siempre de los diminutivos pero hasta la actualidad no se sentían totalmente justificados para usarlos.
Y finalmente, dentro de lo que podríamos catalogar como un divertimento masivo, están los hombres que pasean sus perros a medianoche. Que esperan inexpresivamente junto los canteros mientras la mascota hace sus necesidades. ¿Por qué sienten la necesidad de hacerlo a esas horas? ¿De qué escapan todas esas caras blanquecinas que apenas parpadean ante la potente luz de los autos?
El caso del perro de mi abuela, un pequinés llamado Manucho, no es indiferente al enigmático juego. Este ejemplar poseía una personalidad propia e impermeable que mi abuela adoraba de forma inexplicable. Un amigo solía llamarlo “el perro en fascículos” porque su aspecto estaba tan maltrecho que lo único lógico era suponer que varias de sus partes jamás habían llegado. El animal presentaba unos ojos en constante putrefacción y a veces lanzaba gases lentos y mohosos que podían llegar a demoler la coherencia. En suma, era repugnante. Sin embargo, esto le confería una ventaja imprevista. El can se hacía invisible. Y si por casualidad alguien posaba los ojos sobre su lomo, los retiraba ráudamente, como si se los hubiera quemado con algo espantoso. Luego con un poco de suerte y algo de esfuerzo podría mantener esa imagen lejos de su mente –al menos durante las horas de vigilia. En el peor de los casos necesitaba de un exorcismo.
Lo cierto es que este pequinés, en realidad, era un estratega consumado y un auténtico artista de la catalepsia. La mayor parte del tiempo parecía estar en coma. Por eso cuando los incautos se deslizaban confiadamente por el pasillo recién lustrado, Manucho hacía maquinal uso del elemento sorpresa y atacaba.
Aún recuerdo la ocasión durante unas vacaciones de verano. Yo jugaba en el patio de atrás cuando escuché una voz masculina que parecía estar hirviendo en las cuerdas vocales. Corrí hacia adelante de la casa y me encontré con esa expresión imborrable en la cara del sodero correntino. La indefinible tensión en su labio superior que se debatía entre grito escarpado o el derrumbe de risa, mientras parapetado detrás de los cajones de soda, repetía: “Me ha agarrado los garrones. Me ha agarrado los garrones”.
Por años mi abuela siguió contando la anécdota, tratando de imitar esa tonada que nunca le salía igual. Cada vez que finalizaba su risa era tan caudalosa que se había transformado en lágrimas.
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