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miércoles, 31 de agosto de 2011

Fundido – José Antonio Parisi


Se sueña desvalido y minúsculo parado bajo la llovizna, a cuatro pasos de los tablones macizos y herreteados de un portal gigante, propio de una fortificación del medioevo, que amenaza con venírsele encima de un momento a otro. Cada fleje de hierro, en su remate curvo y redondeado como el pistilo de una flor, le representa una sonrisa de gozoso desprecio. Él se nota perplejo y desmadejado, y a sus pies se deshacen en la humedad, ruinosos libros y papeles de un itinerario ajeno.
Su cuerpo se agita en la cama. El brazo se le resbala por el borde del colchón y el cachorro le lame la mano, y lo despierta. Mira el reloj. ¡Las ocho y veinte! ¡Y el despertador que falló! Salta al escritorio, alocadamente selecciona papeles que rodean el monitor; retira volúmenes de la biblioteca —uno, dos, tres, cuatro—, lleva todo acunado en los brazos y se larga por la escalera. Va a manotear el picaporte de la puerta de calle, y se le derrumba la torre de erudición que sostenía. En afán de reconstruirla, se zambulle en el desastre.
—¿Adónde vas en calzoncillos, Alejandro? —dice una voz familiar con tono de alerta.
—Debo rendir la última materia —dice de rodillas, recogiendo acelerado lo que se le ha caído—. Hoy me recibo, hoy me recibiría…
—¡Ja, ja! Vivís con atraso, Alejandro: si desde esta mañana sos médico. La siesta en que te hundiste te ha desorientado.

viernes, 26 de agosto de 2011

Dubai – José Antonio Parisi


Me declaro muerto, como los árboles en otoño al morírseles la clorofila. ¿Qué supone este exceso estrafalario de Dubai? Construir la torre más alta del mundo: ¿qué significa? ¿Qué le significa a una persona vivir a ochocientos veintiocho metros del suelo, en el piso ciento noventa y dos? No es neutro a su espíritu, por el contrario, al melancólico le pronunciará su soledad hasta la desesperación. ¿Qué sentido encierra construir una pista de nieve artificial en medio del desierto? Nada más equivocado que unas vacaciones en Dubai. Soy como Dubai, que concierne al presente; pero que no debió haber existido. Tal vez en Dubai, la experiencia incógnita y sustancial consista en tirarse del piso ciento noventa y dos. Tal vez al Guinness le interese. Veamos…

Sobre el autor: José Antonio Parisi

lunes, 15 de agosto de 2011

Vermut con Tata - José Antonio Parisi


Yo no conocí a mis abuelos varones. Por la vía de las circunstancias, el lugar vacante lo ocupó un tío de mi papá a quien llamé “Tata”, de común llevaba un pañuelo anudado al cuello. En casa y al amparo de la galería, los domingos Tata servía el vermut para los dos, para él y para mí; mi papá trabajaba, eran épocas de estrecheces.  En el vaso chico que me correspondía, él  dejaba caer una débil mancha de fernet y lo llenaba de soda,  y perforaba la espuma con un chorrito de Cinzano. Apenas si Tata ensuciaba la soda, pero para mí ese era el orgullo de mi vermut. Picábamos un poco de queso y él, que había sido hombre de montar, me charlaba de caballos, a reconocer los distintos pelajes, y  el que más me gustaba era el tobiano.  Me contaba de autos, de Fangio, de Gálvez. En la baraja, me enseñó a jugar a la Escoba y al Chinchón;  y me habilitó a mentir, sólo en el trance del Truco. En la conversación, mechaba líneas sobre el carácter  que hace a un hombre verdadero.   Me regaló un cuchillito con cabo de plata para comer asado.
Un domingo escuchamos un estruendo y un posterior griterío entrando por el zaguán.  Tata, en mangas de camisa, se calzó el chambergo y salió a la calle. Yo, detrás de él. Dos tipos habían chocado sus autos en la esquina y finteaban sobre el empedrado para agarrarse a trompadas —en aquel entonces, un choque necesariamente suponía imponer razones a los tortazos—;  rápido, los curiosos les habían hecho rueda y alentaban el combate. Tata cruzó sus espaldas en el entrevero apartando a los rivales; con una mirada de reproche y sin levantar la voz, les preguntó si no les daba vergüenza agravar el entuerto. Ellos, de gritonearse pasaron a cuchichear sus rezongos cada uno por su lado, y a regañadientes intercambiaron sus datos antes de irse. Por siempre, guardé en mi memoria el modo en que Tata acomodó aquel asunto.
Un día se enfermó mal, acusó dolor en el pecho. “Cardíaco” escuché que decían. En aquellos años, quien sufría del corazón estaba condenado. A quedarse inmóvil mandaban los médicos,  y con buen abrigo; de remedio, sólo alguna píldora ingenua. La vida de Tata distaba mucho de estarse quieto, y el fin le llegó más temprano que tarde: yo no había cumplido los diez años. Fue la primera vez que vi la cara a la muerte.

Todavía conservo aquel cuchillito, y en cada vaso de vermut que honro va una gota de la esencia de aquel hombre: mi Tata.


José Antonio Parisi

viernes, 12 de agosto de 2011

Paro general – José Antonio Parisi


La Organización quería asegurarse el éxito del paro general en todo el territorio de la república. Idearon procedimientos tácticos alternativos, y eligieron uno por votación. La decisión fue reservadamente comunicada a todos los secretarios de las filiales del país.
A las cero horas del día indicado, los directores de tránsito de la totalidad de los municipios fueron llevados de sus casas a sus respectivas oficinas de control, en pijamas y a empujones. Y les hicieron clavar todos los semáforos en rojo.

Sobre el autor: José Antonio Parisi

lunes, 8 de agosto de 2011

Nota a un muchacho apenado – José Antonio Parisi


Mis músculos se aflojaron hechos trapo, y quedé colgado como barrilete en los cables. Encasquetadas sus capuchas, ellos se agitaban moviendo los brazos como hélices frente a sus fantasmas; la ola polar había bajado sobre Buenos Aires y sobre sus espíritus. Mi corazón también se había estrechado, pero se conservaba estoico; a diferencia de aquellos otros, que se dieron a las vidrieras, a los autos, a los fuegos.
Ese domingo sufrí, una banda carmín había envuelto el sol con un moño triste. Y llegó la noche. Pero a la mañana siguiente vi que el sol brillaba bien alto, y me guiñó un ojo. Una idea me asomó como duende de cucú: la banda era mi sueño, pero con aquellos hechos indignos, ya era un sueño impropio. Entonces, tácticamente decidí ponerme en la periferia de ese sueño ajeno; y cuidar, sí, el sueño de un pronto y seguro retorno.

Sobre el autor: José Antonio Parisi

jueves, 28 de julio de 2011

Angustia de una espera – José Antonio Parisi


En la penumbra del cuarto, Martha iba y venía contorneando la cama, pausadamente. Embutidas en unas botas de napa negra, las piernas de maceta pronunciaban sus pasos en el crujido acompasado del piso de pino tea. Parado a la cabecera, el médico sostenía el brazo de la anciana tía moribunda y le controlaba el pulso. Cuidadoso, entró un primo de Martha y, con él, el susurro de una discusión caliente entre tres o cuatro personas. Las manos cruzadas en los riñones, el hombre se respaldó en la puerta que había cerrado. Ella detuvo su andar, ni una palabra; los dos guardaron la conducta tensa y recelosa de los pasajeros de un ascensor.
El médico acomodó aquel brazo junto al cuerpo y revisó las pupilas.
—Ya está… —dijo.
Martha reinició su sobrevuelo de buitre, ahora alrededor del cadáver; el primo a sus espaldas.
—Avisale al escribano —le dijo mirándolo de reojo por el espejo de la cómoda—. Que esta misma tarde nos lea ese puto testamento.

lunes, 11 de julio de 2011

Hoy más que nunca – José Antonio Parisi


Entró como una ráfaga al despacho. Colgó en el perchero el paraguas todavía goteante. Se derrumbó en un sillón. Su corazón le latía a mil, sin embargo, lo sintió un remachado recipiente vacío, ¡hoy más que nunca! Se sermoneó severa y mentalmente, ¡hoy más que nunca!. Los expedientes apilados en el escritorio: ¡qué esperen! ¡Hoy más que nunca!
¡Justo hoy, que estaba decidido a saludarla en el ascensor le fue a dar otro acceso de hipo! ¡Hoy más que nunca!

jueves, 16 de junio de 2011

Las chapas - José Antonio Parisi


Hoy debí haber amanecido con sed. Las anchoas siempre me dan una sed bárbara. Pero hoy no. Hoy no tengo nada de sed.
Mataba el calor. Siempre mata el calor para las Fiestas, y las chapas arden. Desde la mañana, este veinticuatro en cada casilla retumbaba la cumbia y a full salía a los pasillos. Los chiquitos, mis hijos con la Alcira, también ya desde la mañana andaban tirando cuetes allí afuera.
Pucha con el calor: los otros días, a los chicos les freí unos huevos al ras de una lata recontracaliente, que andaba tirada por ahí. La limpié con un trapo y casqué los huevos. A mis hijos, les era increíble verlos chirriar sin aceite. Mojaban el pan y, de puro entusiasmados, sacudían las patitas levantando polvo en la tierra reseca.
El veinticuatro…, manía de decir el veinticuatro. Ayer los hijos de la Alcira habían llegado de tardecita con sus novias, y me trajeron un frasco de anchoas. Saben que a mí me enloquecen las anchoas y, como yo supe hacerme querer, de vez en cuando me hacen el gusto.
Sin dejar ir el tiempo, arrimamos la mesa a la puerta y, al reparo de la lonita que nos atajaba ese sol anaranjado, con los muchachos a la cerveza nos dimos. Y, ya temprano, empezamos la Nochebuena.
Un diciembre seco como ninguno. Ni me acuerdo cuando llovió. Pero, a nuestros pies, por los surcos del pasillo corría el agua; siempre corre el agua podrida en la villa. ¿Adónde van a ir esas aguas sino a correr por el pasillo?
La Alcira y las chicas cocinaban en la garrafa. Era como que cocinaban en el fondo de un infierno, y el olor de las frituras te punzaba la nariz.
A más calor: más cerveza, decían los muchachos y mandaban a los chiquitos al quiosco. Protestando iban. Pero bien que aprovechaban el viaje: de contrabando se traían más petardos. Más cerveza y más petardos. Dale que dale.
¡Así empezamos, ja,ja,ja! Cerveza, petardo y barullo de cumbia.
Todo bien, hasta que el Yagui pasó por la puerta, y se molestó. El muy delincuente cagó a gritos a los chicos. Sería por los petardos, vaya a uno a saber. Y volcó la mesa con las botellas y todo; y se nos metió en la casilla. Llantas con resortes, remera, gorrito: todo nuevo y de marca. Es como si cada día estrenara ropa. Si no cada día, día por medio la estrena; ellos no lavan la ropa sucia: la descartan. De punta en blanco el guacho, ahora nos gritaba a nosotros. Yo no entendía su hablar. Tanto escombro armó, que las mujeres dejaron sus cosas y se dieron vuelta hacia el frente. Los chiquitos habían entrado detrás del Yagui, y lo miraban con ojos de miedo. Para mí, ya estaba borracho el chabón.
—Está refalopa.
—Está pasado de merca —dijeron los hijos de la Alcira.
Y el otro seguía en ese idioma que yo nunca comprendí.
De golpe sacó una 9. Y tiraba al techo.
—¡EH…, PARÁ, CHE! ¡PARÁ QUE ME AUJEREAS TODAS LAS CHAPAS!
Pero siguió.
—¡PARÁ, CARAJO!
Vi la boca de la pistola, y el fuego. Oí un último tiro. Gritos. Gritos que se me fueron haciendo remotos, hasta apagarse.


Hoy debí haber amanecido con sed. Las anchoas siempre me dan una sed bárbara. Pero hoy no. Hoy no tengo nada de sed. ¡Y cuánto frío hace en diciembre! Mis huesos helados tiritan la carne, y un sol blancuzco y poroso, me chupa de entre mis chiquitos; en una paz desconocida y sedosa.
¡Ay, de mis pibes! Yo abandono mi cuerpo inmóvil, y él queda con ellos.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

De maderos quebrados - José Antonio Parisi


—Está bien, Juliana. Ya está bien.
—Pero, don Anselmo, si no me ha probado bocado…
—Ya está, he dicho. Llevate el plato. El libro no lo toqués.
Y, bajo la enorme araña de alabastro, protesta Juliana al levantar la mesa :
—Hace días que no me come, señor.
—No. También dejá la copa. Y andate a tu cuarto, a descansar nomás.
 Anselmo se contuvo hasta que vio salir a la empleada del comedor. Tosió sus flemas y  repasó con el índice el lomo de aquel libro que últimamente tenía siempre a mano. Con el pañuelo se secó los lagrimales y, cargando la dificultad de la artritis, se levantó. Se acercó a la ventana, oteó la desolación del campo en el invierno. El viento roncaba y ponía en torbellino a la lluvia. El hombre echó un ala del poncho hacia atrás, para abrigar la garganta: desde hacía rato, el caserón estaba muy frío. Y él hoy no tenía planeada la siesta.
Una puerta se abrió con estruendo. Lerdo, sosteniéndose en los muebles, fue y le puso llave. Y de regreso se topó con un retrato gris. Agrisado por las décadas, mejor dicho. Hablaba de un tiempo de sol, de plenitud. Un tiempo ido en el tiempo. Aquellas glicinas en flor y la pérgola, hoy vencida de maderos quebrados. Su mujer, sus hijos matándose de risa. Los varones y las mujeres. Y él, el sombrero altivo, ancha la figura.
No era bueno recordar tiempos felices. Entristecía. Era un infierno.
Los viejos viven como los chicos, pensó, no ven un futuro. Pero a sus espaldas hay un pasado. Un pasado perturbador, que porfía lacerante para no perder presencia.
¿Y él? ¿Acaso ahora no se había convertido en un viejo más?
Y no era realmente la vejez lo que le pesaba, no. Los años le pesaban. Aquellos años plenos y bien vividos, que lo atrapaban como una ciénaga. Que lo hundían.
Volvió a la mesa y, antes de sentarse, vació la copa de vino sin respirar. Abrió el libro por el señalador: “El Horla”, de Maupassant. Una vez más, leyó en silencio:

Para las mentes que piensan demasiado, la soledad resulta peligrosa. Cuando nos quedamos solos mucho tiempo, poblamos de fantasmas el vacío.

Y lo cerró acariciando la  tapa. No todo estaba muerto: quedaban los libros.
Vio agotarse el último leño en la chimenea, ya pronto el comedor se poblaría de fantasmas. Se pasó las yemas por la frente,  llevó la misma mano al cinturón y sacó la navaja. Una Rodgers, del viaje a Londres. Los dedos nudosos y titubeantes,  fuertes todavía, abrieron la hoja. Volcó la otra muñeca sobre el libro y aspiró hondo al surcarla con el acero. Un tentáculo de sangre desbordó la tapa y corrió  hacia el vaso. Y lo contorneó agrandándose.
Abatida su cabeza en el respaldo del sillón, el brazo se le descolgó de la mesa, y el dorso de la mano dio en el piso. Los ojos entornados, la respiración pálida y el pecho ya sin qué  bombearle; el viejo abrió una sonrisa mansa.