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sábado, 20 de agosto de 2011

Mirando el cielo - Guillermo Rossini


En la oficina las cosas estaban tranquilas. Ya había pasado la hora de la locura y tenía tiempo para relajarse, tomar café y descansar de las corridas bancarias. Prendió la computadora y leyó rápidamente las últimas noticias: accidente aéreo, choques, nuevo ministro de Salud, horarios de los partidos del fin de semana. Un recuadro, con un mapa, indicaba en su título que era la última versión del EarthMap, un mapa virtual tomado desde los satélites que circunvalaban el planeta. Entró en el link y empezó a buscar direcciones conocidas: la casa de sus padres, su colegio secundario, el club de sus amores... Todo se veía con una nitidez asombrosa. Llevó el zoom hasta el límite y, por ejemplo, en la casa paterna pudo ver hasta las cortinas de la habitación que había sido su cuarto. Su madre las había conservado y todavía se veían allí puestas. Miró la fecha en el ángulo inferior izquierdo del mapa y era la de hacía dos meses. Se quedó pensando un momento, mirando fijo el monitor y escribió en el campo de “búsqueda” la dirección de la casa donde había vivido hacía un tiempo. Acercó la imagen. La casa no había cambiado en nada: se veía el jardín con sus árboles y flores tal cual la recordaba. Se recordó a sí mismo cortando el césped, jugando con Reina, la perra de la familia o lavando el auto en una tarde de verano. No había nostalgia. Simplemente recuerdos de otra etapa de su vida. Antes de cerrar el programa, fijó la vista en una mancha que aparecía sobre la parte delantera de la casa, en el jardín. Trató de acercar más la imagen, pero no pudo.
Después de un tiempo volvió a entrar en el mapa y a buscar su ex casa. Esa mancha le había quedado dando vueltas en la cabeza.
Ahora, la mancha tenía forma humana. Masculina. Estaba acostada en el pasto, mirando hacia arriba.

El jardín estaba impecable. Terminó de recortar las malezas con una tijera especial y estudió el resultado con el detenimiento propio de un cirujano que acaba de realizar una cirugía plástica. Satisfecho, enrolló el cable de la podadora y guardó los elementos de jardinería en la bolsa correspondiente. Su mujer apareció en el porche con un vaso de agua en una mano y una pastilla en la otra.
–Es la hora, Juan-. La mujer se acercó y le puso la píldora en la boca. Juan tragó el remedio con un largo sorbo de agua y le devolvió el vaso. Ella entró en la casa y él miró el cielo; el sol estaba muy fuerte. Caminó dos pasos y se desplomó. Apenas pudo girar sobre sí mismo y quedar mirando las nubes; un extraño sopor lo invadió. Mientras cerraba los ojos, creyó ver un destello plateado allá arriba, entre los cúmulos.
Soñó que estaba frente a un monitor de computadora, mirando un mapa de su propia casa, y se veía a sí mismo recostado en el pasto, mirando el cielo.

domingo, 12 de junio de 2011

Tristeza fantasma - Guillermo Rossini


La niebla envolvía las calles del pueblo. Todos sabían que, cuando este fenómeno sucedía, no debían salir de sus casas, ni siquiera a los patios o a los jardines. María dejó el libro que estaba leyendo y fue a buscar algo para tomar. Su corazón dio un vuelco cuando vio la puerta que daba al jardín trasero abierta de par en par y a su pequeño hijo jugando en el pasto. Corrió, sin pensar en las recomendaciones, a abrazar a su bebé y, cuando llegó a su lado, éste se desvaneció en el aire, con una sonrisa en la cara y la mirada alegre y serena. Ella volvió a su sillón y, en lugar del libro, tomó un porta retratos en el que se hallaba la foto de un niño.

La niebla desapareció a la tarde y María caminó despacio hasta el cementerio. Se acercó a una pequeña tumba, dejó unas flores junto a la lápida y miró a su alrededor. Estaba lleno de gente con flores en las manos, con miradas perdidas, con la tristeza a flor de piel.

viernes, 20 de mayo de 2011

La última visita - Guillermo Rossini


Dejó la puerta abierta. La esperaba. Se sentó suavemente en su sillón preferido y tomó el diario. Lo abrió al azar y se concentró un momento en una noticia trivial y enseguida cambió de página. James alargó la mano y, sin sacar la vista del periódico, tomó su último cigarrillo. Ella ya estaba sentada en el sofá, esperando que el hombre cumpliera su última voluntad antes de pedirle que la acompañe.
-Estoy listo –dijo él.
Y la casa se cerró para siempre, impregnada de olor a tabaco.

jueves, 5 de mayo de 2011

Otro cielo - Guillermo Rossini


La avioneta despegó desde Villa Mercedes a las seis de la mañana. Fumigar era un trabajo fácil y rentable, pensó Ramiro. Apenas se veía en el horizonte la claridad de un sol que asomaría sus rayos en cualquier momento. Levantó vuelo y viró en dirección sur, hacia el campo de los Roca. Revisó los instrumentos y estabilizó la altura: todo marchaba normalmente. Estaba cansado. Había tomado demasiado la noche anterior y las partidas de truco estiraron la hora de acostarse hasta las tres de la mañana. Pasó por encima del viejo establo y le pareció que se veía demasiado chico. Sin embargo, no estaba volando tan alto como para que esto sucediera. Volvió a mirar el altímetro y corroboró que estaba volando a mil metros. Algo andaba mal. Allá abajo, los campos se veían como una alfombra y los árboles no se distinguían. Además, el sol no había irrumpido en el cielo y la noche seguía instalada en el paisaje. Cerró las ventanillas y se ajustó el cuello de la campera; la temperatura de la cabina había bajado unos cuantos grados en cuestión de segundos. El altímetro ahora indicaba cien mil metros y la velocidad era de trescientos mil metros por segundo. "Una locura" pensó. Se aferró al comando y cerró los ojos, esperando que pase la alucinación. Cuando los abrió, estaba sobrevolando un paisaje muy similar al de Las Quijadas. Una hondonada gigante, llena de rocas redondeadas. El marcador de combustible titilaba; los otros instrumentos tenían las agujas inmóviles, muertas. Decidió aterrizar. Cuando encontró un lugar despejado, dejó planear el aparato hasta hacer contacto con la superficie y carreteó unos metros, como en cámara lenta. Era de noche y, en el cielo, una Tierra en Cuarto Menguante lo observaba como un deforme ojo azul y verde.

sábado, 5 de febrero de 2011

Escrito en un cuaderno - Guillermo Rossini & Sergio Gaut vel Hartman


La tapa del cuaderno estaba descolorida. El hombre lo abrió con cuidado y empezó a escribir. Desde la otra mesa, yo lo observaba con atención y sorpresa: a medida que la mano se movía, su figura iba desvaneciéndose. Primero, alrededor de la cabeza se formó una especie de halo grisáceo y luego todo el cuerpo adquirió una tonalidad cenicienta a la vez que el bar se hacía más nítido y real. Llegado un punto, el hombre, por entonces apenas una transparencia, miró hacia donde yo estaba y me guiñó el ojo.
—¿Qué se siente? —dijo.
—¿Me habla a mí?
—Sí, a usted, aunque podría tutearte.
—¿Nos conocemos?
—Yo te conozco. Te acabo de dar vida. Sos el personaje de esta microficción.
Tragué con dificultad. Eso sólo podía significar una cosa. Y no me gustó en absoluto.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Morir en el intento - Guillermo Rossini


Escapó. Una loca carrera por la calle principal del pueblo en medio de un cielo sin luna. Loco, aburrido de tanta quietud, de tanto muerto en vida en ese rejunte de casas bajas y siestas eternas. Escapó. Quería sentir el latido de la gran ciudad, aferrarse al insomnio para soñar despierto con otra vida, con otro horizonte que no fuera una línea negra detrás de los sembradíos. Llegó a la ruta y empezó a caminar en dirección norte.
Cuando despertó, supo que había soñado. Una profunda tristeza lo invadió cuando miró por la ventana y vio despertar al pueblo como todos los días. Como cada día. Un despertar lánguido, silencioso. Aterrador. Arrastró los pies hasta el armario de caza. No corrió. Abrió las puertas y cargó la escopeta de dos caños. Miró por última vez la postal de Buenos Aires que le había mandado su primo.
Escapó.