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domingo, 24 de julio de 2011

Rojo Cegador - Fraterno Dracon Saccis


La marea avanzaba multitudinariamente. Su playa era el muro que debían cruzar, y ellos el líquido, tiñéndose de rojo mientras más avanzaran.
Al principio, las tropas lanzaban ganchos que, luego de atravesarles la piel, se abrían sujetándose de huesos y músculos. Entonces la soga de acero arrastraba su presa, a veces llegando con un par de extremidades, o sólo rastros de sangre. Pero en la mayoría de los casos la faena tenía éxito.
Sergei y Chan corrían en medio del tumulto, cuando sus perseguidores dejaron de lado los ganchos y tomaron las M-16, descartando la posibilidad de prisioneros.
Su avance menguaba, ya que el suelo, lejos de ser sólido, les ofrecía un débil soporte de muertos y heridos. Mas, consiguieron llegar. Comenzaron a trepar los bloques, aferrándose a las hendiduras. Chan miró a Sergei, con una sonrisa contrastante con el decorado de alrededor.
—Lo primero que haré afuera será oler u… —y fue interrumpido por el nacimiento de una flor, de fragmentos craneales, masa encefálica y pétalos de sangre, germinada por un certero francotirador. Tan pronto se marchitó, haciendo caso omiso del horror de la muerte de Chan, Sergei llegó a la cima. Tampoco reparó en los alambres de púas que coronaban la barrera. Una bala rasguñó una pantorrilla, haciéndolo caer sobre su hombro izquierdo, dislocándolo. Ninguna de sus lesiones le impidió reiniciar su escape, ahora al otro lado del encierro.
Salió a un camino que serpenteaba hasta perderse en el horizonte, rojizo por el atardecer. La figura de un vehículo se recortaba en el sol. Sergei quedó inmóvil, mientras la silueta crecía, orillándose veloz hacia él. Cuando creyó inminente el atropello, alguien salió por la ventana del copiloto y lo que ahora identificó como una camioneta, pasó por su lado.
No sintió la hoja deslizarse por su cuello, haciendo girar en el aire su cabeza. Sólo pudo ver, por una fracción de segundo, como una nueva flor extendía sus pétalos rojos, cuyo tallo era su propio cuerpo decapitado.

martes, 8 de febrero de 2011

Las luces, se acercan - Fraterno Dracon Saccis


Sintió que la gente de las luces venía por él.
Sus rayos aún no tocaban la casa, pero el hedor de sus mortíferas extensiones irritaba sus fosas nasales. No temía por sí mismo, si no que por sus niños. Por nada del mundo se los arrebatarían. Tantos riesgos que había tomado para que estuviesen junto a él, y ahora esos engendros vendrían con sus ojos iluminadores a arrancarlos de sus brazos. Sin embargo, no podía hacer nada para evitarlo. Ellos eran superiores tanto en número como en fuerza. Optó por subir a la habitación donde los pequeños dormían, ausentes del peligro inminente.
Se reunió con los dos niños en un abrazo. Éstos no despertaron con el movimiento. Mejor así, aprovecharía hasta el último instante junto a ellos sin inquietarlos. El corazón le latía tan fuerte que parecía que escaparía en cualquier momento por la garganta, atragantándolo. Pensó que podría traspasar su pánico a los infantes, por lo que los volvió a recostar y arropar en la cama, y sentado en el piso abrazándose las piernas, los contempló, sintiendo la esencia que habían impregnado en él.
Las luces entraron a través de las ventanas y las rendijas de las puertas, para luego destrozarlas, lanzando esquirlas de madera y vidrio, abriendo paso a los entes. Las luces no dejaron rincón oscuro, mostrando a los niños enfundados en la cama, y al hombre acurrucado. Uno de los seres destapó a los pequeños, dejando ver que eran sólo unos cadáveres con el abdomen abierto hasta la tráquea, sin ningún contenido más que aire descompuesto.
El hombre, que tenía su cara, torso y brazos cubiertos de sangre y astillas, tendió los brazos.
—¡No me los quiten! ¡Son míos!
El personaje que los descubrió apagó la linterna de su arma y tomó el radio.
—Aquí sargento Vásquez. Ambos están muertos. Repito. ¡Los niños secuestrados están muertos!