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sábado, 11 de junio de 2011

Del polvo venimos - Diego Planisich



Ser polvo para preparar bizcochuelo no tiene mucha gracia. De chiquito soñaba ser algo más. Me dijeron que sí lo sería.
Y llegó el día de la batidora. A algunos les han metido una cuchara, qué más da, un poco de esto y otro poco de aquello y así revolvieron mis entrañas hasta que alguien dijo “ya está cremoso”. El asunto fue más allá y encima, como si fuera poco, me metieron en un horno a 200 grados de temperatura, me dejaron descansar un rato -como si yo debiera estar agradecido de eso- y me enterraron un cuchillo incontables veces me devoraron me bañaron en jugos gástricos y me cagaron.
Dicen que el destino está escrito para algunos. Aunque yo siempre tuve mis instrucciones al dorso nunca quise saber de ellas.

Imagen de Clarita

sábado, 21 de mayo de 2011

Banana - Diego Planisich


Éramos así, un poco intransigentes y mínimos. Tía Mary, luego del almuerzo, nos había dado una banana a cada uno.
Ése día llegué temprano. Una casa grande, dos plantas, en el frente una reja con atisbos carcelarios. Un perro y una tortuga. Él tenía muchos juguetes: Tía Mary siempre tuvo buen gusto para los regalos; y sus tortas, sus tortas eran inolvidables.
Nos miramos desafiantes, incólumes y elevados. Él seis, Yo ocho. Ambos nos aprestamos a desenvainar esa pulpa amarillenta y dulce. Tirando con sutileza de niño ese pálido pericarpo coriáceo se rendía en nuestras manos cual bailarina que cierra una pieza de baile.
Nuestras miradas rozaban lo ilegible de toda interpretación racional. Nos mirábamos. Él seis, Yo ocho. La siesta iba devorándose la ansiedad y las horas. Cada vez quedaba menos. Afuera llovía y el patio era un solo charco.
De haber habido velocímetros en nuestros cuerpos éstos estarían totalmente desconcertados. Él atesoraba sigiloso lo que en mano todavía mantenía, como uno de esos perros que odian que le quiten la comida de la boca, comía lento. Para mí el final era inminente, y aunque regulaba la aguja de mi tacómetro —como si también tuviéramos uno de ésos— sabía que se sorteaba entre dos o tres bocados, nada más.
Y el último resabio como comedor de bananas lo dejé en el basurero. La cáscara los hilitos y las partes que parecían podridas… me deshice de ellas. Él reía tenebroso, ya habían pasado dos horas y todavía conservaba una parte, gozaba de mi vacío, como si esa fruta oxidada en su mano fueran diez frutas. Yo, desahuciado y torpe, asentí lengüeteando mis dientes, venciendo los últimos sabores. Había comido tan sólo una, él aun tenía.
Me fui. Con la tarde dejé aquella casa de dos plantas. Atravesando las rejas con atisbos carcelarios subí al Renault 12 Break color naranja de mi Viejo, que me esperaba junto al cordón en la calle. El seis, Yo ocho. Había comido una, sólo una y en definitiva, él también.

martes, 10 de mayo de 2011

Todos los días - Diego Planisich


Ella baila, lo hace todos los días. Lo hace en la casa, lo hace en la calle, en el colectivo.
Cuando llega al conservatorio la música la espera. Es puntual. Saluda a los presentes y hace sus ejercicios de estiramientos: empieza con los brazos, sigue con las piernas, las demás partes no escapan. Se prepara y comienza.
—Aquí tiene su café, maestro, aquí el suyo, señorita, ¿se les ofrece algo más?