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miércoles, 14 de septiembre de 2011

Reunión familiar - Christian Lisboa


Daniel dejó caer unas gotas del líquido rubí sobre el mantel blanco. Las gotas resbalaron un momento sobre la superficie almidonada, para finalmente ser absorbidas. Miguel se apresuró a llenar nuevamente la copa y mintió formalmente:
—No te preocupes, no es nada.
Daniel hacía esto sólo con los mejores vinos. Contaba con exactitud cuántos segundos demoraban las gotas en desaparecer y podía adivinar, tan sólo por esos datos, por el color y el tiempo en ser absorbidas, la textura que luego disfrutaría en su lengua y en su paladar.
—¿Te gustó la cena, querido?, le preguntó Anatolia.
—Realmente deliciosa—. Era sincero. No podía comprender dónde conseguían ellos esas carnes tan suaves, esas salsas. En una ciudad tan pequeña, él debería saberlo.
—¿Un café?
—Por supuesto. Me encanta el café que usted prepara.
Anatolia se alejó hacia la cocina, sonriendo. Los demás le rodearon y se aprestaron a escuchar su relato una vez más. Daniel miró, disimuladamente, su reloj pulsera. Las once y cinco. Como todos los treinta y uno de octubre, él cumplía con el compromiso de la reunión anual. Faltaban cincuenta y cinco minutos. Su gesto no pasó inadvertido. Rebeca le dijo:
—Mi amor, tienes el reloj mural frente a ti. No necesitas mirar tu reloj pulsera.
—Eh, gracias, se me olvida. Es involuntario —dijo Daniel—. Pero él sabía que el reloj mural estaría atrasado intencionadamente en dos o tres minutos. En ese momento, Anatolia rompió el impasse al entrar en el comedor con la bandeja, con cuatro tazas de café de exquisito aroma.
Luego de distribuir las tazas, Anatolia le pidió a Daniel:
—Ahora, cuéntenos.
—Pero si ya lo han escuchado.
—Nos gusta recordarlo. Y tú eres el único que sabe relatarlo tan bien.
Miguel apagó el viejo equipo de sonido, deteniendo el tocadiscos bruscamente, en medio de una lúgubre melodía de Christian Vander.
Daniel les contó el accidente, como cada vez, sin olvidar nada, hasta el último detalle, fríamente, como si estuviera relatando una película, como si se tratase de un hecho absolutamente ajeno a todos ellos, como si no captase el brillo en los ojos de Rebeca, Miguel y Anatolia al revivir una vez más el impacto, el volcamiento, la destrucción casi total del automóvil. Tenía calculado el tiempo para contar la historia. Luego venían las despedidas. Dio un beso a Anatolia en la mejilla y abrazó a Miguel. Se dirigió a la puerta con decisión y giró la cerradura con la mano izquierda, mientras apretaba la daga de plata dentro de su bolsillo derecho. Rebeca le siguió, como siempre, como cada aniversario.
—No tienes que irte tan luego -le dijo.
—Rebeca, sabes que debo levantarme muy temprano.
—Pero es sólo una vez al año.
—Aún así.
—Todo podría ser tan diferente, Daniel.
—Lo siento, Rebeca. No puedo hacer nada.
—Pero podrías quedarte. Sólo un poco. Dame un beso, al menos. Daniel abrazó a Rebeca. Ella quiso darle un beso sensual, pero él la sujetó con fuerza y le dio un beso en la mejilla. Ella comenzó a llorar, quedamente.
—No te vayas, por favor.

Daniel se volvió y caminó apurado hacia la reja. Abrió la puerta y salió.
No miró hacia atrás, sabía que la puerta principal se estaba abriendo y que la madre de Rebeca y su hermano salían al antejardín, esperanzados en que ella le retendría lo suficiente. Pero él tenía aún dos minutos. Cerró la reja sin mirar, con doble llave.
Comenzó a caminar de regreso a la ciudad. La luna llena proyectaba sombras fantasmagóricas en el sendero, entre los arbustos se escuchaban los susurros de las lechuzas y uno que otro murciélago cruzaba el camposanto con torpes aletazos, pero Daniel no temía. Cruzó el portal del cementerio cuando los relojes marcaban las doce de la noche. Los guardias no estaban en su puesto, esa era la hora en que todos temían presentarse. En el mausoleo, todas las luces se apagaron, todos los sonidos se acallaron, todos los movimientos cesaron.

sábado, 20 de agosto de 2011

Bootstrap, una leyenda - Christian Lisboa


Cada vez que tiraba del cordón de uno de sus zapatos, Felipe se elevaba veinte centímetros. Los primeros tirones sólo le llevaron sobre los arbustos del jardín, pero de pronto se encontró frente a frente con el gavilán que acechaba a los pollos desde la rama más alta del cedro. Entonces se asustó. Miró hacia abajo, y ya estaba a unos cinco metros sobre el techo de su casa. Imaginó a su madre buscándolo, yendo de una a otra habitación con el cuaderno en la mano, diciendo: “¿Hiciste tus deberes?”. Y no pudo dejar de reír con esa idea, que le hizo olvidar el miedo. Se dio cuenta de que podía controlar la dirección del ascenso tirando más o menos del cordón izquierdo o el derecho, y esto le dio algo de seguridad. Estuvo practicando en ello hasta que de pronto se vio envuelto en una neblina espesa que no le permitía ver. Sólo cuando estuvo sobre ella comprendió que se trataba de una nube. Las montañas eran como islas en un mar de nubes, y Felipe seguía subiendo. Le costaba respirar, y tenía mucho frío. Más frío que aquella vez que nevó sobre su casa, mucho más. Y continuaba, más y más arriba. Aunque dejaba de tirar de los cordones, no paraba de ascender, un niño solitario en un cielo cada vez más oscuro, con un fondo de estrellas más brillantes que todas las luces de la ciudad. No supo cuántas horas o días estuvo viajando de esa forma, hasta que comenzó a acercarse a una luz blanca muy potente, como un gran farol. El gran círculo blanco crecía y llenaba todo el espacio, y de pronto sintió que caía velozmente hacia otra tierra, rodeado de colinas oscuras de bordes puntiagudos. Comprendió que debía tirar de sus cordones con fuerza para disminuir la velocidad de la caída, y es así como Felipe llegó a la superficie de la luna, en el centro del Mar de la Tranquilidad. Y allí lo encontró David Scott, por lo que propuso cambiar el nombre del lugar a “Mar de Felipe”. Pero esa es otra historia.

domingo, 24 de julio de 2011

Éxodo 17 - Christian Lisboa


La comunidad israelita salió del desierto de Sin, siguiendo su camino de acuerdo con las órdenes del Señor. Después acamparon en Refidim, pero no había agua para que el pueblo bebiera, así que le reclamaron a Moisés, diciéndole:
—¡Danos agua para beber!
—¿Para qué nos hiciste salir de Egipto? ¿Para matarnos de sed, junto con nuestros hijos y nuestros animales?
Moisés entró en la tienda, se ajustó el traje aislante y conectó el intercomunicador del Arca de la Alianza. A través del peculiar micrófono, se quejó amargamente con el jefe:
—¿Qué voy a hacer con esta gente? ¡Un poco más y me matan a pedradas!
Después del crepitar de la estática, la respuesta no se hizo esperar:
—Pasa delante del pueblo, y hazte acompañar de algunos ancianos de Israel. Llévate también el bastón con que golpeaste el río, y ponte en marcha. Yo estaré esperándote allá en el monte Horeb, sobre la roca. Cuando la golpees con el bastón, saldrá agua de ella para que beba la gente.
Así lo hizo Moisés. Al apuntar hacia las piedras con su bastón, presionando al mismo tiempo la empuñadura, un rayo láser casi invisible, pero de alta potencia, atacó la base de roca y comenzaron a aparecer pequeñas fracturas. Un rato después, el fino haz penetraba hasta llegar a una napa subterránea. Poco a poco, un hilo de agua afloró en la pequeña grieta formada, hasta convertirse en una vertiente. Todos los integrantes de la tribu se agruparon alrededor del surtidor, a horcajadas sobre él, bebiendo directamente sobre el orificio y juntando el precioso líquido en todos los recipientes que lograron reunir. Moisés se retiró, arrastrando su pesado disparador láser, sonriendo despectivamente al escuchar a los aduladores que agradecían su intervención. Sólo murmuró en voz baja:
—¡Incrédulos!, ¿cuándo aprenderán a confiar?
Mientras, los amalecitas se dirigían a Refidim para pelear contra los israelitas.
Al enterarse de esto, Moisés le dijo a Josué:
—Escoge algunos hombres y sal a pelear contra los amalecitas. Yo estaré mañana en lo alto del monte, con el bastón de Dios en la mano.
Josué hizo lo que Moisés le ordenó, y salió a pelear contra los amalecitas. Mientras tanto, Moisés, Aarón y Hur subieron a lo alto del monte. Cuando Moisés levantaba su brazo, los israelitas dominaban en la batalla; pero cuando lo bajaba, dominaban los amalecitas. La precisión de los impactos del cañón láser dejaba a decenas de enemigos fuera de combate. Como a Moisés se le cansaban los brazos debido al peso del bastón, tomaron una piedra y se la pusieron debajo, para que se sentara en ella. Luego, Aarón y Hur le sostuvieron los brazos, uno de un lado y el otro del otro. De esta manera los brazos de Moisés se mantuvieron firmes hasta que el sol se puso, y Josué derrotó al ejército amalecita.
Por la noche, reunidos alrededor del fuego, Moisés y sus lugartenientes comentaban los pormenores de la batalla.
—Josué se creyó realmente que es el héroe de esta batalla.
—No se puede negar que se portó valiente.
—Pero sin nuestra ayuda y el poder del bastón, estaríamos ahora lamentando la derrota, y los cadáveres sobre el llano no serían de amalecitas, sino de los nuestros.
—Maestro— dijo Hur, —¿por qué no vendemos, o, mejor aún, arrendamos el bastón al mejor postor, cada vez que se aproxime una batalla? Podríamos hacer mucho dinero…
—No te adelantes. Eso ocurrirá en tres mil años más. Por ahora, confórmate con lo que se nos ha otorgado.
Hur no se conformó. Uno de sus descendientes vendería armas químicas a Saddam Hussein, otro de ellos negociaría tecnología nuclear con Irán.

jueves, 7 de julio de 2011

Broma de 29 de diciembre – Christian Lisboa


El camaleón se miró las botas manchadas de sangre y pensó: “¡Qué desperdicio!”. Luego, se lavó minuciosamente y ocultó con crema las ojeras. No había dormido una pestañada. Había cambiado de apariencia tres veces durante la noche, y estaba cansado por la lucha y la carrera de regreso. Recién comenzaba a caerle el peso de la culpa. “¡Qué joder, aquí vamos de nuevo!”, se dijo, y se encaminó a la oficina. Aún no retiraban las guirnaldas navideñas de la puerta. Apenas entró, se le acercó Carlitos, todo compungido, con cara de culpable, y le dijo a media voz:
—¡Perdóname, ya sé que es una broma pesada eso de que tu mujer y Arturo anduvieron revolcándose por ahí!, pero era día de los inocentes, ¿sabes?
—Yo te tengo una broma de veintinueve de diciembre —dijo el camaleón desenvainando el facón.

domingo, 20 de marzo de 2011

Búsqueda del sucesor - Christian Lisboa


El maestro debía encontrar al hombre, al único que podría reemplazarlo. El tiempo se terminaba, pues eran los últimos días del imperio. Puso sus pocas pertenencias en una mochila y comenzó a recorrer el país. Después de conocer a muchos hombres, conoció a uno y le preguntó:
-¿Por qué lees?
El interpelado bajó los ojos y con un hilo en la voz respondió:
-“Leo para aprender de todos los que han vivido y conocido antes que yo”
El maestro le dio las gracias y siguió su camino. Pasó el tiempo, más de un año, antes de encontrar al segundo.
-Hombre, ¿por qué lees?, le preguntó.
El individuo levantó el rostro con una mirada arrogante y dijo:
-“Leo para encontrar los números que son la llave de las ciencias, la explicación de todo lo que existe”
El maestro continuó su camino sin mirar atrás. Meses después, mientras bebía, halló a uno que lo miró con los ojos llenos de estrellas cuando le dijo:
-“Leo para tejer una telaraña de olvido sobre la maravilla que es el universo del hombre y las pequeñeces que el hombre hace”
El maestro amó a ese hombre, pero no lo escogió. Eran los últimos días. Estaba cansado y se sentía enfermo. Había recorrido todos los caminos y comenzaba su viaje de regreso cuando lo encontró. Emocionado, le preguntó:
-Hombre, ¿para qué lees?
El escogido (pues la intuición del sabio así se lo decía), levantó la vista y lo miró a los ojos sin excesiva humildad, sin altanería. Su mirada no era ansiosa, ni agresiva. Sólo era una mirada inteligente. Y atenta. Lo que pensaba era un misterio tras los ojos grises cuando dijo:
-Leo para entretenerme.
El corazón del maestro latía con rapidez. Al fin, cuando el plazo se terminaba, había encontrado al hombre. Le dijo, con los ojos brillantes por la emoción:
-Vamos. Debo enseñarte algunas cosas.
El hombre lo miró con verdadero interés, quizá con un poco de lástima, y le respondió:
-Lo siento. Hoy estoy muy ocupado.

sábado, 15 de enero de 2011

Lilith - Christian Lisboa


Eva estaba preparando la comida de los niños. Abel chupaba un hueso, su hermano Caín mordía una zanahoria, y su padre estaba ocupado lavando su hoja de parra, cuando escucharon por primera vez el golpeteo de los cascos de un caballo. Los cuatro salieron de la caverna y contemplaron, sin poder creerlo, la impresionante figura de una mujer que llegaba galopando, disparando terrones y polvo a su paso. A pocos metros de la entrada de la cueva, la mujer se apeó de un salto y dejó a su cabalgadura pastando. Luego, se dirigió a los cuatro perplejos habitantes de lo que fue el paraíso y los saludó por su nombre.
Eva fue la primera en reaccionar.
—¿Quién eres tú?, ¿por qué nos conoces? ¿Por qué llegas aquí sin ser invitada?
—Tú deberías saber quién soy. ¿Quieres ir conmigo? Te puedo llevar a conocer los más hermosos lugares, podrás vestirte como yo, y los hombres quedarán rendidos a tus pies.
Eva observó a la recién llegada. Era escandalosa. En lugar de mostrar su cuerpo desnudo, como debía ser, lucía una prenda de cuero que cubría y realzaba la forma de sus pechos, además de bragas, también de cuero, que ocultaban el vello pubiano. Eva, a pesar de su juventud, ya mostraba los senos caídos por falta de cuidado, y sus vellos, hirsutos y sucios, no eran agradables de ver. El rostro de Eva era bello, pero sus ojos carecían de la chispa de energía que bailaba en los ojos de la desconocida. Adán estaba helado por la impresión. No sabía si reaccionar con agresividad, protegiendo a los suyos de la intromisión, o si acoger a la recién llegada con hospitalidad. Estaba más inclinado a lo último, pues los negros ojos de la mujer lo cautivaban, y las extrañas prendas de cuero que semiocultaban el cuerpo de la bella, mantenían su mente ocupada en imaginar qué había debajo. Pero Eva rompió el silencio.
—¡Eres una blasfema! ¡Falsa! Vienes aquí a invitarme a ser infiel a mi esposo. ¿Y tú quién eres? ¿Qué pretendes? ¿Cómo sé que no quieres seducir a mi hombre y llevártelo?
—¿A ése? Ese no vale ni lo que hay bajo las uñas de tus pies. ¡Libérate, mujer! Si no lo haces, todas las que vengan después de ti deberán ser obedientes como esclavas, de imbéciles como éste. Sí, Adán, ¿acaso no me conoces? ¿Ya olvidaste por qué te abandoné? Me fui porque eres el tipo más aburrido del mundo. Y no has cambiado. Lo único que ha crecido en ti es la barriga.
Adán salió de su estupor. Ella estaba tan cambiada, pero sus ojos, sus cejas, su nariz recta, eran inconfundibles. La deseó más que nunca, pero sabía que era demasiado para él. No supo qué decir.
Eva ya no estaba muy segura. Continuó insultando a la visitante, pero sólo por marcar su territorio. Incitó a los niños a arrojarle piedras, y de una sola mirada inmovilizó a su esposo para evitar que interviniese, a favor o en contra.
La mujer volvió a montar en su caballo y se despidió a los gritos.
—¡Te acordarás de mí! ¡Por miles de años, tú, y tus hijas, y tus nietas, vivirán al servicio de tipos como éste, hasta que te decidas a escucharme!
—¡Vete, endemoniada! —dijo Eva. ¿Cómo te llamas, engendro del mal?
—¡Soy Lilith! ¡No lo olvides! ¡Legiones de mujeres me seguirán en el futuro!