Mostrando entradas con la etiqueta Armando Azeglio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Armando Azeglio. Mostrar todas las entradas
viernes, 30 de septiembre de 2011
Preludio - Armando Azeglio
Fantaseaba con el encuentro de su cuerpo desnudo detrás de una ropa interior en tela camuflada, como la que usan los soldados. La imaginaba en un estudio fotográfico. Dentro de un cubo de acrílico transparente y enamorada de mí. La imaginaba presa de una furia animal similar a la de los caballos desbocados. Queriendo escapar. Nos imaginaba en medio a un furor que fungiera de puente, de salmodia, de alabanza a ese impuso vital que los comunes mortales suelen llamar sexo. Conjeturaba un poder capaz de trasformar un simple zapallo en una carroza mágica. Me figuré su consejero, su crítico enojado, su dulce mentor. No entendía el significado y la influencia de todo eso en mi vida, ni pretendía hacerlo. Entré a la habitación; detecté un rastro de miedo en su voz cuando pronunció aquellas tres palabras que se abrían paso entre la aceptación y el rechazo.
—Antes de hacerlo —dijo—, tenés que pagarme.
Dinero. Sentí pena de mi mismo. Pensé en Van Gogh y en aquella, su famosa oreja amputada.
Sobre el autor: Armando Azeglio
miércoles, 22 de junio de 2011
Índigo - Armando Azeglio

Agonizando en una mesa de operaciones escuché una frase: “la víctima había perdido la memoria en un trágico episodio”. Entonces miré hacia un costado y vi el aura (su aura) de un color índigo resplandecer hasta enceguecerme. Él me mostró varias ciudades. Un tren similar a una serpiente. Una laguna. Un fruncido ábaco perdido en los repliegues del tiempo con los que (creo) calculaba las edades de las cosas. Vi las salientes de un frágil promontorio, como aquel por donde los antiguos arrojaban sus niños deformes. Sentí ese olor a incienso presente en todos los rituales de los que el hombre tiene memoria. Me sentí frágil y (con las manos juntas) le imploré a algo que —me habían enseñado— era Dios. Nunca tuve respuesta. Entonces me vi dividido frente a un sendero para seguir todas las alternativas de los brazos en los que divergía. Empecé a creer en el poder de los seres ubicuos, pero dudé de mi salud mental. Me vi —ingenioso— conspirar en el asesinato del tiempo (en pos de la nada misma). Tome mi pluma, comencé a garabatear una historia y antes de sospechar que estaba muerto, escribí la palabra fin.
Armando Azeglio
lunes, 28 de febrero de 2011
Última etapa – Armando Azeglio & Sergio Gaut vel Hartman
Aunque no era consciente de ello, Salomón Cohen forjó toda su vida como una extraña intersección entre ajedrez y literatura. Y siempre supo que eso podía ser una herramienta para mantenerse vivo.
En 1942, durante las gélidas noches de silencio derruido, dentro del amurallado gueto de Varsovia, mientras los nazis ocupaban la ciudad, aprendió de Pinjas Piesejovich el paulatino arte del ajedrez. Empezó con piezas de madera y terminó jugándolo con soldados alemanes. Al principio se limitó a organizar el tráfico de alimentos desde el exterior al gueto; luego organizó fugas humanas que cubría con los disparos realizados contra los germanos utilizando una ametralladora de asalto rusa que en sus manos se negaba a permanecer callada. Mientras lo hacía, repasaba en su mente la crónica de un horror que no podría ni querría olvidar.
Desembarcó en el barrio judío del Once a finales de los cuarenta; buscaba unos parientes a los que nunca encontraría, por lo que se vio obligado a vender telas para sobrevivir, llegando, una vez más, al límite, vertiginosamente. El recuerdo de lo ocurrido en Varsovia hacía insomnes sus noches. ¿Se puede conjurar el olvido cuando el dolor queda grabado en la memoria celular? Descubrió a Arlt primero, a Israel Regardie después, para abrirse al escaso placer y al mucho dolor que el nuevo país le proponía. Pensaba en Najdorf y los muertos de los campos, y la herida permanecía abierta.
La década del setenta lo sorprendió secuestrado por un escuadrón del Ejército Revolucionario del Pueblo; lo acusaban de capitalista y explotador. Cohen, sin inmutarse, pidió lápiz y papel y empezó a escribir sus memorias. Descubrió quien era el enemigo, y aunque todavía no existía el término “síndrome de Estocolmo”, empezó a sentir simpatía por sus captores. Luchaban contra el mismo monstruo que él combatió durante la guerra; solo el nombre y la forma se habían modificado. Pero no era sencillo, en cambio, alterar el pensamiento dogmático: la Revolución está primero y él no podía demostrarles que todavía era un luchador antifascista, que la venta de telas y el éxito económico no lo dejaban en la vereda equivocada.
Tal vez fue por azar, quizá un hilo suelto de la trama. Un día, mientras hurgaba en sus recuerdos para reconstruir un episodio particularmente sórdido de los tiempos del gueto, dejó que su mano dibujara libremente un tablero de ajedrez. Sesenta y cuatro casillas en perfecta simetría y un puñado de piezas que componían la intrincada posición de una partida en la que Pinjas, luego de sacrificar una torre y un alfil, lo había acorralado, como ocurría casi siempre. No obstante, aquella vez, una alarma había interrumpido el juego y Salomón tuvo la sensación de que si hubiera podido proseguir la lucha habría logrado rechazar el ataque e imponerse gracias a la superioridad material de la que disponía. Pinjas no sobrevivió a ese episodio y aquella posición había atormentado a Cohen hasta convertirse en algo obsesivo y recurrente. Fue al rememorar aquello que la configuración regresó a su mente y volvió a percutir en su cerebro de un modo tan arrollador que no advirtió que el jefe del escuadrón del ERP, al que llamaban “Comandante Rafael”, lo contemplaba en silencio, ubicado a sus espaldas... un silencio que el revolucionario rompió con una inesperada observación.
—¿Qué hubiera pasado si movía el caballo? Las blancas no habrían podido capturarlo porque la dama negra hubiera quedado clavada por la torre. No sólo se perdía más material sino que desaparecía la presión.
Salomón Cohen escuchó la parrafada sin girar la cabeza, pero cuando finalmente lo hizo, miró a Rafael con una mezcla de suspicacia y satisfacción.
—Es obvio que usted es un jugador de buen nivel.
—Aceptable —respondió el revolucionario encendiendo un cigarro—. Eso no lo exime de la acusación que hemos hecho.
—No, pero ahora puede permitirse ver las cosas desde otro lado, con otra perspectiva. ¿No me cree cuando le digo que combatíamos al fascismo como lo hacen ustedes y por motivos semejantes?
—Lo estamos juzgando por el aquí y ahora —agregó Rafael con dureza—, no por su maravilloso pasado. Y a pesar de que le creo, eso no cambia las cosas. Hay reglas.
—Entonces mire la partida. ¿Qué ve?
El comandante se movió con brusquedad, quedó frente a Salomón y se sentó en el suelo con las piernas cruzadas; empezó a mirar el tablero dibujado desde la posición de las blancas. —Su adversario era el de las blancas, ¿verdad?
—Pinjas Piesejovich; murió peleando contra los nazis. Yo me salvé porque no me tocaba morir.
—Las negras están perdidas —dijo el comandante—. Si usted hubiese movido el caballo, la dama blanca no estaba obligada a capturarlo. Con retirarse por la diagonal dominando la columna en la que estaba el rey negro…
—¿Se da cuenta ahora?
—Pero usted creía que había una salida —protestó el comandante—, que podía ganar la partida, y eso no es cierto.
—¿Está seguro? Mire. —Cohen hizo un bollo con el papel en el que había dibujado el tablero e hizo el ademán de meterlo en la boca para comerlo—. Tampoco tenía que perderla, necesariamente. ¿Tablas? —Tendió la mano. El “Comandante Rafael”, tras vacilar un momento, sonrió y se la estrechó con firmeza.
Armando Azeglio
Sergio Gaut vel Hartman
martes, 14 de diciembre de 2010
La partida – Armando Azeglio

Nunca supo con exactitud cuál fue el momento, el instante en el que se terminó de mimetizar con la ola gris de oficinistas que a las siete de la tarde volvían a sus casas. Cientos, miles, millones en todo el mundo iban y volvían a sus trabajos detrás de las mismas cosas: mismos autos, mismas vacaciones, mismos objetos, mismos tipos de relaciones. A eso le llamaban libertad. A la posibilidad de elegir entre un tipo de gaseosa u otro. A eso llamaban policromía, a la mezcla apremiante de tonalidades que surgía de los anuncios publicitarios. Gris, no había colores.
Lo cierto es que un día se vio a si mismo con los mofletes caídos vistiendo esa coloración. Se vio a si mismo átono y mirando mas allá de las vidrieras. Sentía un agujero negro en el centro de su alma que devoraba todo lo que el percibía: casas, autos, homo sapiens disfrazados.
Llegó a su departamento. Lo esperaba una mujer inverosímil. La escrutó vacilante. Con minucia. Con cierta incertidumbre.
—Vamos —le dijo ella—; ya es suficiente.
Él tendió su mano.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Medusa - Armando Azeglio
Por momentos le parecía estar frente a un espectro tratando de explicarle a un amigo las razones de su microcosmos: el trabajo, los hijos, Cecilia, la tardía vocación por la guitarra eléctrica… la aparición de esa chica joven y sexi en su átona vida. La sumatoria simple de los elementos de la narración era coherente, pero faltaba algo. Nada en ese cuerpo quedaba de robusto o de viril. Ya no quedaba nada de la fortaleza que siempre lo caracterizó; había quedado reducido a un organismo frágil y de mirada doliente que a través de los labios regurgitaba todo aquello que lo enamoró de su mujer. Ese canto de sirena que durante años lo mantuvo fuerte, en estado de exaltación continua, se había diluido poco a poco, como la lluvia cuando borra los rastros de los pasos y del tiempo. Comparó a Cecilia con una medusa, pero el amigo no supo bien si se refería al organismo gelatinoso marino, o al personaje mitológico. Empezó a sentir que algo gélido flotaba en el fondo de las retinas de Alberto: en ese instante supo que se refería al segundo ser y no al primero. Sintió temor. En sus globos oculares secos vio el reflejo de un alma sin retorno, supo que nunca caería en la cuenta que aquella mujer a la que amó tanto le hubiera asestado tantas puñaladas como serpientes tenía en su cabeza. El piano sonó en el bar dando un acorde final. Alberto fue afectado por una suerte de cualidad liquida, y entonces se acabó el café.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)