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viernes, 30 de septiembre de 2011
Veinte alumnos - Arantza Ruiz de Mendarozqueta
Me levanto pesadamente del suelo y me arrodillo sobre los rasposos ladrillos que lo forman. Mis manos, cubiertas de lodo y el resto de mis brazos, frotados y sucios. Pero no soy el único encerrado en aquella húmeda y oscura jaula, porque otros diecinueve niños se encuentran también allí. Nos miramos las caras, aterrorizados. De repente, se empiezan a oír pasos acercándose a la jaula. Todos escondemos el rostro entre las manos y contenemos la respiración. Sabemos quién nos va a venir a visitar, y tenemos miedo. Es el que maneja nuestro destino. Los pasos se acercan cada vez más. A continuación, una puerta rechina y se cierra fuertemente tras nosotros. Un hombre ríe por lo bajo y escupe el suelo. Cierro los ojos y deseo con todas mis fuerzas que el Oficial no decida llevarme a mí. Pero, repentinamente y a pesar de mis deseos, el hombre comienza a tirar de mi camiseta sucia para que me ponga de pie y lo acompañe. Le obedezco. A continuación, susurra unas palabras en mi oído…
—… los Trópicos y los Círculos Polares. Usted, Florencia, ¿podría explicarme de qué trata este texto?
Un escalofrío recorre mi cuerpo y activa el regreso de mi atención. El profesor de Geografía ha finalizado la lectura y ha comenzado a hacer preguntas. Mejor leo algo del texto por las dudas me pregunte a mí.
viernes, 1 de abril de 2011
Quién sabe - Arantza Ruiz de Mendarozqueta
Miré el reloj. Eran las once de la mañana; o de la noche, quién sabe. El reloj podría andar mal. Hice una apuesta: Yo digo que son de la mañana, ¿y tú? De la noche. Creo haberme despertado por una pesadilla… Bien, si tengo razón, gano una doble taza de té con leche. Si tú ganas, podrás ver todos los partidos de fútbol que quieras sin que yo te cambie de canal, ¿de acuerdo? De acuerdo. Miré por la ventana. De igual modo iba a ganar la apuesta ya que, después de todo, yo era uno solo. El cielo estaba nublado, un poco oscuro, un poco claro. De repente, todo ennegreció. Lentamente se volvió a ver un poco de luz. Mis ojos se entrecerraban. Aún tenía sueño. Sin darle importancia a la apuesta, volví a mi cama y me acosté nuevamente. Pensé que tal vez mis ojos me engañaban por el cansancio; o tal vez no, quién sabe. Tal vez mis ojos veían perfecto pero el mundo había cambiado de un día para otro y ahora el día y la noche se entremezclaban. No lo sé. Simplemente me acosté, y después vería.
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