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martes, 23 de agosto de 2011

Volver - Ana Vidal


Abro los ojos al despertar, estoy en una estancia amplia, blanca y luminosa, tumbada en una cama pero no me duele nada. Debo estar muerta -pienso- tengo un vago recuerdo de una punzada en el estómago, de dolores de cabeza y piernas cansadas, pero en mi chequeo nada de eso aparece.
Muerta ¿y ahora qué? -me pregunto. Entra alguien en la estancia, una mujer agradable de pelo descolorido que me sonríe y se acerca a mí, me acaricia la cabeza sin decir nada y le pregunto ¿dónde estoy? ¿qué ha pasado?. Ella me mira con preocupación y cuando me contesta no entiendo nada, habla muy raro. Se va y vuelve con más gente que me habla, un chico joven, tampoco le entiendo, ni al hombre mayor que también trata de decir algo. Yo les sigo preguntando pero todos hablan entre sí y parece que no me entienden. Me hacen señas pero me cansa esta situación, me falta el aire.
La siguiente vez que abro los ojos hay una mujer a mi lado, su pelo es luz y habla muy pausadamente, pero no la entiendo y niego con la cabeza, me habla otra vez, parece que lo hace diferente pero con el mismo resultado. No entiendo nada -le digo gesticulando, entonces veo brillar sus ojos. Se va y vuelve con algo que coloca en mis oídos, y de ahí salen sonidos familiares, parece una conversación pero algo me impide comprender, falta algo y no sé qué es. Miro suplicante a la mujer de luz, asiento, porque entiendo que hemos avanzado y con la mano me tranquiliza.
Día a día voy cogiendo fuerzas, aunque aún me canso mucho y a veces me falta el aire y me desmayo ¿quién me está cuidando y por qué? ¿quién soy? ¿dónde estoy?
Días después trato de caminar, mis piernas no van muy bien, también noto que les falta aire. Y lo que siento es que en el agua me siento bien, cuando me lavan y cae agua sobre mi, me siento en paz y me dan igual todas las preguntas que se agolpan en mi cabeza.
Cuando ya estoy mejor, vuelve la mujer de luz y me lleva con ella en un vehículo. De pronto noto un olor familiar y debe ser que ella sabe porque me mira mucho y sonríe. Por fin para, y lo que veo me dan ganas de correr, aunque no puedo.
Estoy en casa, camino, camino, camino, nado, nado, respiro por fin y mi cuerpo pálido y cansado se llena de escamas.

miércoles, 18 de mayo de 2011

El Paseíto - Ana Vidal



Caminan rápido, aunque les duelan los pies dentro de las viejas botas. En un montículo junto a un claro del bosque paran y distribuyen a los prisioneros en fila. Primero los colocan de espaldas, como si no quisieran mirarles, pero cuando están todos dispuestos uno ríe y dice: «no, mejor daros la vuelta, quiero veros bien», y trabajosamente, porque tienen los ojos vendados, se giran.
Entonces se colocan ellos, uno enfrente de cada uno, apuntando, y dan la consigna: «uno, dos, tres, ¡fuego!». Caen los cuerpos sobre la piedra.
El más alto se acerca y tocando a uno con el pie le dice: «Juanito, siempre te tiras antes de oír fuego, te toca prisionero otra vez».