domingo, 9 de octubre de 2011

Babel - Jesús Ademir Morales Rojas


K deambula por el Castillo, confundido y desorientado. Se acerca a un guardia a preguntar por la oficina de los trámites. Pero el guardia le responde en un lenguaje desconocido. K desesperado, intenta hacerse entender gesticulando el rostro y agitando las manos. El guardia parece sorprendido. Pero luego asiente y busca que K lo acompañe. El joven le sigue. Está satisfecho de finalmente haberse hecho entender. El guardia conduce a K a un cuarto. Oscuro, silencioso. K se consterna. Allí varios guardias le derriban. Le someten. Poco antes de ser ejecutado, K les maldice. Los verdugos sonríen, como si comprendieran.


Jesús Ademir Rojas

Sábado a la noche – Sergio Gaut vel Hartman



La cucaracha pasó junto a Gregor Samsa y escupió de costado. —¡Impostor! —murmuró.
—Kafka nunca dice que soy un blatodeo —respondió el infortunado ser—. Dice “monstruoso insecto” y lo más probable es que haya querido sugerir que me convertí en escarabajo.
La cucaracha se detuvo en seco. —¿Tiene algún compromiso para esta noche? Podríamos ir al Hnízdo švábů a tomar una Pilsen. ¿Qué me dice?
Samsa reflexionó un momento y descartó de inmediato a Claudia Schiffer, Angelina Jolie y Julia Roberts. Después descartó muchas otras alternativas.
—Acepto —dijo finalmente.


Sergio Gaut vel Hartman

La sopresa de K - Nana Rodríguez Romero



Franz Kafka al golpear la puerta del castillo de la Ley y al ver cómo una muralla infranqueable se levanta ante sus ojos, se transforma en cucaracha ante la mirada aterrorizada del centinela. Se escurre presuroso por una de las ranuras de la puerta.
¿Qué encontraría el gran escritor al atravesar el umbral y enfrentar el oscuro rostro de la Ley?


Nana Rodríguez Romero

K, el mar y los sueños IV - Jesús Ademir Morales Rojas




Naufrago de soledad, K decide encerrarse en una botella y aventurarse al capricho del mar. El mensajero anduvo errabundo hasta que fue depositado en las soleadas playas de Ítaca. Allí Penélope y Frieda lamentan a sus ausentes amados. Para suavizar la espera, Frieda descorcha una botella que las olas han dejado en la arena. La bebe entera. Alguien Llora. En el horizonte, las naves de Ulises.


Jesús Ademir Morales Rojas

sábado, 8 de octubre de 2011

Gretel toma una decisión - Saurio


Una vez que hubo empujado a la bruja dentro del horno, Gretel fue a liberar a Hansel. Cuando lo vio en la jaula, gordo como un cerdo, aún lamiendo la escudilla de la última comida que la hechicera le había servido, lo pensó mejor. Al fin y al cabo, ella estaba hambrienta, los planes de su hermano no habían sido muy buenos y, la verdad, el muy egoísta no se había negado a comer ni había separado parte de los alimentos para dárselos a su hermana. Todo lo contrario, aprovechaba la mala vista de la bruja para engañarla con un huesito de pollo y así obtener más comida, mientras la pobre Gretel meta laburar para, con suerte, recibir algún que otro mendrugo.

Sí, era una pena que todas esas deliciosas proteínas se malgastaran en el idiota de Hansel. Además, el horno ya estaba caliente, las papas y las cebollas estaban peladas y ella tenía mucho, mucho hambre.


Saurio

Las sillas - Alejandro Hugo González


En mi living hay seis sillas. Una de ellas, irrevocablemente, acarrea la muerte de quien la ocupe.
El problema es que en esto no hay certezas: la condición letal transmigra día a día de una a otra silla. Nunca es posible saber exactamente cuáles serán las cinco inofensivas, cuál la que alivie de la existencia a un nuevo amigo.
Desde hace años he optado por ubicarme en un sofá. Mis amigos, escépticos o arriesgados, se sientan prolijamente en torno a la gran mesa y charlan mientras todos esperamos.
La muerte nunca es súbita; siempre es inevitable. Cuando uno de ellos empieza a transpirar, todos sabemos ya quién morirá. A veces la agonía dura algunos segundos; otras, un día entero.
Así hemos ido pasando nuestras vidas, disfrutando de esta costumbre inhabitual. El número de mis amistades, que solía ser casi ilimitado, ha ido mermando considerablemente con el tiempo.
Me produce una razonable desazón imaginar el día en que haya quedado solo y deba, por lo tanto, dar mi propio espectáculo ante mí: showman y espectador en uno solo. Pero más me preocupa una posibilidad: no acertar con la silla que me dará la muerte.
Y es mucho peor que la vida y que la muerte imaginarme girando hora tras hora en esa especie de infierno circular.

El aullido del diablo - Félix Esteves


La noche se detuvo. Se eternizaron las sombras y misteriosamente no salió más el sol. Una espesa niebla lo cubrió todo y ya no éramos capaces de reconocernos ni siquiera por la voz, porque la niebla era tan densa que había cambiado el desplazamiento del sonido, las ondas sonoras se desquebrajaban antes de llegar a su destino, la acústica no era la misma y todo sonaba igual. Aterrado por no ver a mis congéneres y por no reconocerles ni siquiera por sus voces, me dediqué a probar, a experimentar con el sonido del miedo... me apoderé como pude en aquella inmensa oscuridad de un punzón y empecé a clavarlo a todo lo que podía detectar que se moviera en las tinieblas. Entonces descubrí que los sonidos cambiaban, unos eran agudos alaridos, algunos eran susurros lastimosos como un llanto ahogado, otros ecos guturales, reverberaciones velares como los fonemas de la k y la g, ningún sonido del miedo y de terror se confundían , cada uno era distinto y entonces me pregunté que cómo sería mi voz frente al terror y la cercana muerte, empecé a preludiar y ensayar con mi cuerpo, el filo del punzón atravesó primero mis muslos, y no emití sonido alguno, la reacción muda acrecentó mi morbo y con frenesí, violento y placentero arrebato profane todo mi cuerpo... tendido en el piso aún sin emitir sonido alguno, ni siquiera el murmullo de un cansado suspiro salió de mi boca... repentinamente las tinieblas desaparecieron, en ese instante reconocí que había sido un instrumento del mal, entoces mi garganta expulso un grito de extremo temor y así descubrí muy tarde el aullido del Diablo.