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viernes, 30 de septiembre de 2011

El remate - Javier López


El hombre con la cara llena de cicatrices llamó a la puerta.
El escritor le abrió, algo inquieto ante el aspecto del individuo con el que había contactado días antes, mediante un anuncio en el periódico y una conversación telefónica. Pero no había duda de que era él. No esperaba a nadie más, y había llegado a la hora acordada.
—¿Dónde hago el trabajo? —dijo con un acento que le pareció extranjero.
—Está... está ahí, en mi habitación. Pero ahora mi mujer descansa y...
—Eso no tiene nada que ver. Mejor así, si duerme.
El asesino entró sin más preámbulos en la habitación, sacó una 9 mm. de debajo de la chaqueta y le descerrajó dos disparos a la mujer que yacía en la cama.
—Ahora está gravemente herida —y un tercer disparo en la sién la remató—. Y ahora, muerta.
—¿Pero... pero qué hace, malnacido, asesino, bestia!
—Usted me contrató para que la rematara, y eso he hecho. Así que págueme si no quiere tener problemas.
—¡Canalla! Era mi novela la que tenía que rematar, que está ahí sobre el escritorio. ¡Ha matado a mi mujer! Voy a llamar a la...
—¡Càllese! Novela, morena... ¡Qué sé yo! Estos móviles se escuchan fatal. Me contrató para rematarla y eso hice. Y déme ya la pasta, que me estoy poniendo nervioso...

Sobre el autor: Javier López

lunes, 26 de septiembre de 2011

El códice secreto – Javier López & Sergio Gaut vel Hartman


—Hoy día cualquier lengua puede aprenderse en una academia —aseguró mi interlocutor.
—No esté tan seguro —lo contradije. Y sacando mi lengua de cincuenta y dos centímetros en la que había hecho tatuar el Códice Hamkuraki, un manual de masturbación nepalés del siglo II, lo desafié—. Apréndase mi lengua.

Sobre los autores: Javier López & Sergio Gaut vel Hartman

sábado, 24 de septiembre de 2011

Malos humos - Sergio Gaut vel Hartman & Javier López


La ley antitabaco resultó absolutamente restrictiva. Nadie podía fumar en un espacio cerrado. Ni siquiera en la propia casa. Podía haber peligro de que uno tuviera hijos pequeños y los envenenara con el humo de los cigarrillos. E, incluso, de no tenerlos, que recibiera la visita de algún sobrinito o niño pequeño. Y el gobierno bien es sabido que se preocupa sobremanera por la salud de los ciudadanos.
Cuando Umberto leyó la noticia en los periódicos no quiso creerla. Y tampoco cuando escuchó en los telediarios la advertencia:

Desde hoy, tres de enero, no se podrá fumar en espacios cerrados, ni aun en la propia vivienda. La nueva ley así lo establece y, aunque todavía no se hayan fijado las sanciones por incumplirla, el gobierno asegura que serán duras y ejemplarizantes

Umberto, que en ese momento iba a echar mano al paquete de tabaco, se retrajo y lo dejó. Pero, pensándolo bien, ¿quién podría enterarse de que fumaba en su propio hogar?
Así que tomó un cigarrillo y el mechero que estaba encima de la mesa. Hizo ademán de encenderlo, pero en ese momento escuchó pasos en el descansillo de la planta cuarta, donde vivía, y lo volvió a dejar.
¿Y si lo encendía en el salón y recibía una visita justo en ese instante? Lo pensó mejor y recorrió mentalmente las distintas estancias de la casa. La cocina quedaba demasiado cerca de la puerta del piso, con lo que el olor de tabaco rubio podía trascender en el momento que alguien llamara a la puerta y él abriera. El salón ya lo había descartado. El dormitorio sería un buen lugar, pero ya de por sí no tenía costumbre de fumar en esa pieza de la casa. De hecho, era la única que respetaba. Así que la única habitación que quedaba era... el baño. Allí desde luego nadie podía verlo, estaba lejos de la puerta de entrada y, además, tenía un servicio con ducha para invitados. De manera que si alguien lo visitaba, podría ofrecérselo y nadie tendría que entrar en su baño.
Se encerró y tomó algunas precauciones, como poner gel de ducha en el lavabo y abrir el grifo con todo su caudal. Así la espuma transmitía el olor del gel y enmascaraba un poco el del tabaco. Luego, cuando terminara, echaría ambientador para disimularlo aún más.
Acercó el mechero a la punta del cigarrillo. Aspiró con fuerza, deleitándose más que nunca, ya no sólo con el sabor, sino también con el aroma del tabaco rubio. "Ahhhh, qué placer", se escuchó decir a sí mismo.
Pero cuando apuraba la tercera calada, pudo oír una sirena sonando encima de su cabeza. "Un detector de humos", pensó. “¿Quién demonios...?”
No había pasado un segundo, cuando escuchó violentos golpes en la puerta de la calle. No era un aviso. La derribaron con la misma furia con la que derribaron la del baño, y aterrado pudo ver a tres hombres uniformados y con rifles de asalto que se habían metido en su casa. Lo llamaron por su nombre y apellidos, le leyeron los párrafos operativos de la ley, y antes de que pudiera reaccionar, lo ejecutaron disparándole varias ráfagas de balas.
En pocos meses la ley surtió efecto. El noventa y nueve por ciento de los ciudadanos abandonó el mal hábito de fumar. Del otro uno por ciento, jamás se volvió a saber.

Sobre los autores:  Sergio Gaut vel Hartman y Javier López

jueves, 8 de septiembre de 2011

Cubiertas - Javier López


Sé que difícilmente encontraré las palabras para decirle lo que siento. Aunque estoy seguro de que, por esa misma razón, estoy perdiendo una oportunidad única en mi vida.
Ella es suave, de piel finísima. Su tacto me pone nervioso y me excita, desde que estamos en íntimo, permanente contacto. Siento que mi piel es tosca, y que probablemente a ella no le resultarían cómodas mis caricias.
No sé, realmente, cómo el dueño de la casa decidió ponernos juntos en la misma estantería. Yo sólo soy un diccionario escolar, con cubierta de cartoné y escaso léxico. Ella, una bellísima enciclopedia de espléndida encuadernación, a la que no le falta una sola palabra.

Sobre el autor: Javier López

Concurso – Giselle Aronson, Sergio Gaut vel Hartman & Javier López


Esta noche se lleva a cabo un torneo de levantadores de microficciones. Los cinco contrincantes han trabajado y ejercitado duro para eso. Se medirán la musculatura del intelecto, la agilidad para moverse por distintos sitios, el salto de páginas, la fuerza en la elección del texto.
Sin embargo, la competencia no cuenta con la transparencia ética que requieren estos eventos. Los miembros del jurado son los mismos autores de las obras que, durante el último año, ha seleccionado el levantador número tres, precisamente, quien más dinero ofreció como soborno para asegurar su triunfo.


Sobre los autores: Giselle Aronson, Sergio Gaut vel Hartman Javier López

jueves, 1 de septiembre de 2011

A sangre y fuego – Héctor Ranea, Javier López, Gabriela Baade


—Es un error —afirmó el alarmado caballero.
—Imposible, soy un mago del pirograbado e hice exactamente lo que usted me pidió.
—Maestro, llegué a sus manos porque yo no tenía el valor. Si usted no cuenta que soy un cobarde, yo no cuento que usted es un tarado. ¿Cómo solucionamos esto?
Ambos miraban la inscripción chamuscada sobre el pecho del blondo caballero:
Mario, mi amor por siempre; y el papelito que aún reposaba sobre la mesa de materiales: María, mi amor por siempre.
—La solución es seguir quemando —dijo el mago, blandiendo en su mano derecha el punzón al rojo vivo.

Sobre los autores: Héctor Ranea, Javier López, Gabriela Baade

Ilustración: "Corriente", de Magali Dalmau

martes, 16 de agosto de 2011

La cortina de humo - Javier López


Lo primero que llamaba la atención al llegar al paraje eran los peces muertos flotando sobre el río. Millares de peces a los que la falta de oxígeno había convertido en balizas flotantes.
El color del agua delataba la presencia de metales pesados y altamente contaminantes. A lo lejos podía verse el origen del desastre: seis enormes chimeneas arrojaban diariamente a la atmósfera centenares de metros cúbicos de un humo espeso y maloliente.
Y eran los vertidos de esa industria los que habían llegado hasta el río y producían los estragos que yo estaba viendo. La masa vegetal que rodeaba el cauce estaba decolorada. Troncos de árboles muertos se apilaban en los alrededores, pudriéndose junto al resto de la vegetación.
Pero lo que más llamativo resultaba era ver la actitud de aquellas personas, pobladores del lugar infesto.
Los hombres pescaban en las orillas del río, junto a sus canastas, en las que se podían ver bocadillos, bebidas y tabaco. Los niños jugaban alrededor, e incluso algunos se bañaban y se sumergían hasta la cabeza, recogiendo tras cada chapuzón restos de aquella inmundicia. Y las mujeres charlaban mientras vigilaban a los niños. Pero todo parecía estar bien. Ellas tomaban el sol y también alguna se bañaba.
¿Cómo —me pregunté— podía aquella gente estar allí como si no pasara nada, conviviendo con el veneno que fluía mezclado con el agua?
Años después, cuando las autoridades tomaron cartas en el asunto y la noticia se hizo pública a través de los medios de comunicación, pude conocer la respuesta. La planta química había estado tapando sus vertidos bajo una cortina de humo: el humo tóxico de aquellas infernales chimeneas, que había producido en la población una visión alterada de la realidad.

Javier López

domingo, 14 de agosto de 2011

El bosque animado - Javier López


—La imaginación no tiene límites —pronunció solemnemente el árbol, extendiendo sus ramas como si fueran brazos y declamara algo importante.
—Ya. Lo imaginaba —respondió el pez que acababa de llegar volando para posarse en uno de esos brazos—. Sin embargo, a veces nuestra imaginación queda limitada por la pesada carga de la realidad, y no podemos aceptar que esta situación y esta conversación sean lógicamente admisibles.
Mientras tanto, una piedra despertaba en el suelo del bosque, con la sensación de haber tenido un sueño absurdo en el que animales y vegetales filosofaban.

Sobre el autor: Javier López

Imagen: The Magic Spiral Tree, de CuteandCreepyArt

jueves, 11 de agosto de 2011

Desde la trinchera - Javier López


Son ya ocho días y sus noches lloviendo granizos como puños.
Todos estamos refugiados en algún lugar desde que las bolas de hielo compacto comenzaron a caer, como proyectiles, a una velocidad de vértigo.
Los que estaban en sus viviendas cuando comenzó todo, no han vuelto a salir. Y los que transitábamos por las calles, corrimos a toda prisa hacia el lugar cubierto más próximo en cuanto sentimos los impactos mortales. Algunos logramos sobrevivir.
Desde entonces, el ruido infernal de las piedras rebotando contra todo lo que chocan, nos aterroriza. A partir del tercer día, muchos comenzaron a enloquecer.
Algunas personas han comenzado a salir ya de los refugios. He visto hombres y mujeres con las manos y la mirada dirigidas hacia lo alto, implorando al cielo que los deje vivir.
Pero el cielo no los escucha. Uno tras otro son ametrallados en esta guerra en la que se fusila a los que dejan de luchar.
Nosotros los vemos caer, desde las rendijas que dejamos sin cubrir en los escaparates de la zapatería en la que mi grupo está refugiado. Estamos exhaustos. Los víveres se han agotado hace días. Decidimos rendirnos y ser los próximos en salir.

Javier López

miércoles, 3 de agosto de 2011

A toda velocidad – Javier López


El repartidor llamó a la puerta. Tres mujeres de aspecto abandonado asomaron a la vez para recibirlo.
—Traigo un pedido para ustedes. Les advierto que son cajas bastante grandes. ¿Hay sitio en la casa donde almacenarlas?
—Si no hay, ya nos arreglaremos —gruñó Nona, la más pequeña de las hermanas—. Pero pase, pase. Estamos deseando poner en funcionamiento esa máquina. El transportista y su ayudante tardaron unos minutos para entrar en la casa las diferentes cajas que componían el moderno telar computerizado.
—Pues ya está todo. ¿Puede firmarme aquí? —y señaló el lugar en el albarán.
—Naturalmente —contestó Décima mientras dibujaba un garabato sobre el papel. Tardaron varias horas en finalizar el montaje. Ellas no sabían nada de tecnología y las instrucciones no eran muy claras. Pero, al fin, funcionó.
—Ahora van a enterarse esos humanos de lo que es vivir a toda prisa —dijo entre risas malvadas Morta, la tercera de las Parcas, presionando el botón de puesta en marcha. El telar comenzó a funcionar, a toda velocidad.

lunes, 25 de julio de 2011

Retórica erótica – Javier López


—¿Sabe alguien cuál es la figura de construcción, que consiste en emplear en la oración uno o más vocablos innecesarios para que tenga sentido completo, pero con los cuales se añade expresividad a lo dicho? —pregunta el profesor de literatura, temiendo que no va a recibir ninguna respuesta.
—Ahh, mmm, siiií, lo tengo entre los labios, en la punta de la lengua, casi puedo saborearlo —responde Marita, la chica más sexy de la clase, que parece conmovida por sacudidas sexuales.
—Está bien, señorita Sánchez, ¿va a decírnoslo? —el profesor muestra su evidente nerviosismo.
—Ahhhhhh, mmm, oh dios, siiiií, está a punto de llegarme, ¡me viene, me viene! —y la escena hace recordar a Meg Ryan en “Cuando Harry encontró a Sally"—. Me vino: ¡el pleonasmo!

miércoles, 20 de julio de 2011

Evolución - Javier López


De niño me decían que era un cero a la izquierda. Con ese lastre viví hasta que me di cuenta que yo no era un cero cualquiera. Era un cero binario, un bit. Un día encontré a mi uno, y formamos pareja. Ahora somos felices: con nuestra prole y sus descendientes, hemos llegado a convertirnos en una megafamilia.

domingo, 17 de julio de 2011

Macondo y la tecnología – Javier López


Cada viernes, durante 15 años, se había acercado hasta la lancha que repartía el correo, para comprobar si llegaba una misiva que nunca llegó.
Su vida se fue consumiendo, su hijo murió y su esposa enfermó. Hastiada de la situación, un día ella le preguntó:
—Y ahora dime: ¿qué comeremos mañana?
—Mierda —respondió el coronel.
Ese fue el retrato de la decadencia de uno de sus personajes más recordados que nos dejó García Márquez.
Lo que omitió el premio Nobel es que el contestador del viejo coronel estaba atiborrado de mensajes que confirmaban que se le había concedido la pensión por haber servido bajo las órdenes de Aureliano Buendía durante su juventud.
Murió sin saberlo, por culpa de la legendaria torpeza de los ciudadanos de Macondo con la tecnología.

Sobre el autor: Javier López

Imagen: Blue, de Bluedance en deviantArt

El momento de la verdad - Sergio Gaut vel Hartman & Javier López


Advertí que, de pronto, el rostro de Merchekovski que siempre parecía fatigado, como aquejado por una decadente flaccidez aristocrática, mostró una tensión enorme, antes oculta. En sus ojos afloró una obstinación casi fanática y cuando me miró con fijeza sentí un miedo cerval, algo que nunca me había ocurrido. ¿Qué pretendía ese hombre?
Pronto algo interrumpió mis pensamientos: sus colmillos se clavaron con violencia en mi cabeza. Y es que Merchekovski no sólo era un vampiro, cosa que ya había sospechado desde hacía tiempo: era un vampiro zombi. Con ritual parsimonia comenzó a sorber sangre y jugos de mi cerebro. Su rostro comenzó a mutar con cada trago. No pude ver toda la transformación sin desmayarme antes. Ahora siento que estoy a punto de despertar. Temo que lo voy a ver será aún mucho más aterrador que la fijeza de su mirada.

Sobre los autores:  Sergio Gaut vel Hartman, Javier López

Imagen: G., de  Witchlaugh en deviantArt

miércoles, 13 de julio de 2011

El levantador - Javier López


Antes de aceptar mi nuevo empleo, he de reconocer que confundí los objetivos.
Estuve durante varias semanas entrenando a diario en un gimnasio, reforzando la musculatura de piernas, abdomen, biceps, espalda y hombros. Aunque de poco me sirvió. Una vez que comencé a desempeñar mi tarea, tuve que entrenar bien el ojo para no dejar pasar una coma, guión o tilde erróneas. Y es que el trabajo de levantador de textos requería maña, y no fuerza. Aunque eso sí, para textos cercanos a las mil palabras, nunca viene mal manejarlos con un poco de músculo.

lunes, 11 de julio de 2011

Desacuerdo - Javier López


—Son mil quinientos treinta euros —dijo el especialista sin mirar siquiera a su clienta.
—¿Mil quinien...? ¡No puedo pagar esa cantidad, es demasiado caro! Por mi marido me cobró ochocientos, y la diferencia de tamaño entre Jack y mi esposo es bastante notable.
—No siempre es cuestión de tamaño, señora. Su marido se comportó como yo esperaba: estuvo quieto y no obstruyó en ningún momento mi trabajo. ¡Pero Jack...! No ha dejado de moverse un solo instante, ha intentado escaparse en varias ocasiones y me ha mordido tres veces. —Ahora sí la miró desafiante, molesto con el trabajo realizado e incómodo con la actitud de la mujer—. Además, me parece muy bien que su esposo quisiera ser enterrado en el mausoleo familiar con su pitbull, ¡pero al menos podría haber esperado a que el pobre animal muriera para embalsamarlo!

martes, 5 de julio de 2011

Xenofobia - Javier López


El timbre suena. Me siento como Catherine Hepburn justo antes de abrir la puerta a Sidney Poitier en "Adivina quién viene a cenar".
Somos más de diecisiete mil millones de seres humanos. Y mi hija ha tenido que ir a elegir a ese individuo. ¿Qué dirán en el barrio? ¿Cómo podré abrazarlo o besarlo cuando entre en casa? Y lo peor, ¿cómo serán mis nietos? Los mirarán mal, los insultarán, les dirán mestizos y se burlarán de ellos.
Abro la puerta. Y sucede lo que me temía. Soy incapaz de pronunciar una sola palabra ante la presencia de mi futuro yerno. Un hombre de color verde y aspecto repulsivo.
Se lo había advertido a mi hija. Somos más de diecisiete mil millones de seres humanos. Y ella tuvo que elegir a ese alienígena venido de Dios sabe qué planeta.

La palabra exacta – Oriana Pickmann & Javier López



Sabía que la había puesto en algún lugar, pero si algo destaca en casa es que no soy una amante del orden. ¿Quizá en el cajón de las metáforas? Fui a buscar y allí no estaba, solo encontré varias puestas de sol y un reguero de perlas. ¿En la estantería entre las metonimias? Tal vez incluso alguna me pudiera valer, pero no me terminaba de convencer algo que te lo cambia todo por solo una parte. Buscar entre las hipérboles lo descarté de antemano, sin llegar a abrir siquiera su gigantesco armario.
Y ya cuando menos lo esperaba, rápido como un fulgor, apareció el sinónimo de centella que había estado buscando. Lo había tenido todo el tiempo sobre mi mesa de trabajo.

Oriana Pickman
Javier López
imagen de Caín Santamaría

viernes, 1 de julio de 2011

La llama de la pasión - Javier López


Habíamos alquilado la suite nupcial del Hotel Ambassador. Una habitación espaciosa en colores cálidos, decoración e iluminación adecuada a la ocasión, provista de una música suave y envolvente y todo lujo de detalles.
Hacíamos el amor por primera vez. Ella era la mujer de mis sueños y entre nosotros surgió la pasión más desmedida tras apenas unas horas de conocernos. Así que quisimos celebrarlo sin mirarnos en gastos.
Nunca imaginé que se pudiera pasar de la mayor placidez, felicidad, compenetración de cuerpos y almas y complicidad en la intimidad de nuestra suite, a una situación que nos dejó aterrorizados, confundidos, dañados y lesionados. Todo ello, además, en cuestión de segundos.
Los cristales fueron lo primero en destrozarse. En principio, aunque me quedé tan helado que mi mente carecía de toda lucidez, pensé en una unidad de asalto anti-terrorista que hubiera errado su objetivo. Eran hombres altos y fuertes, vestidos de uniforme y en actitud de disparar, haciendo trizas los ventanales —supuse que se habían descolgado por la azotea y entraron atravesándolos— y derribando simultáneamente la puerta a golpes de ariete. Cuando levanté las manos para mostrar mi actitud no agresiva, recibí el primer disparo: una ráfaga de espuma que me hizo caer hacia atrás, aplastando a la mujer a la que instantes antes acariciaba. Pronto las demás mangueras se pusieron en acción, casi ahogándonos entre litros de líquido que se metieron en nuestros ojos, gargantas y fosas nasales.
Una hora después nos encontrábamos en la cafetería del hotel, acurrucados con una manta, helados de frío y con un montón de personas a nuestro alrededor pidiéndonos disculpas y ofreciéndonos lo inimaginable para que no denunciáramos al hotel: vacaciones con todos los gastos pagados, cruceros, semanas gratuitas de estancia en la mejor habitación del hotel... Pero ya no estábamos para bromas y pedimos que nos dejaran solos, que ya pensaríamos qué hacer más tarde.
El jefe de bomberos también vino a pedirnos disculpas. Al parecer, el detector de humos de nuestra suite había saltado accidentalmente.
Pese a todo, mi mente de escritor intentó sacarle partido a ese incidente. No podía desaprovechar una propuesta de escribir relatos sobre profesiones raras sin contar esto que ahora recuerdo como una desafortunada anécdota. Porque estaba claro: la profesión de aquellos hombres de uniforme no era otra que la de extinguir incendios provocados por la llama de la pasión.

Javier López

jueves, 30 de junio de 2011

El contravendedor - Javier López


Le tengo bien tomada la hora. Así que si a las 3:45 de la tarde suena el teléfono, como ocurre ahora, puedo estar seguro de que se trata de una llamada comercial.
Ayer preparé cuidadosamente una grabación en el contestador, y ya estaba deseando usarla.
Descuelgo el auricular para asegurarme, para escuchar la presentación del vendedor. Y no me equivocaba.
—Buenas tardes, señor Ramírez. Mi nombre es Gaudelino José del Rosario Villanueva, y le llamaba para ofrecerle...
En ese momento hice sonar la grabación:
—Señor o señora comercial: mi nombre es Miguel Ramírez. Si lo que desea es vender telefonía, ya tengo móvil y estoy tan descontento como lo estaría con el suyo. Si desea ofrecerme una conexión a internet, también tengo y va fatal, pero sabiendo que todas son iguales de malas, no me interesa cambiar de compañía. Si trata de vender seguros, estoy seguro de que no me interesan. Y de otros tipos de venta, ni hablemos. Así que puede ahorrarse continuar e invertir su tiempo en otro cliente. Gracias y que tenga buena tarde.

Sobre el autor: Javier López