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viernes, 5 de agosto de 2011

El día después de mañana - Miguel Dorelo


Carlos la encandiló con su charla al principio, la sedujo con sus lindos ojos luego y terminó de conquistarla esa primera noche en su casa y en su cama. Idílica relación sin fisuras, anillo al dedo, complemento perfecto de sus sueños más soñados, el hombre esperado y esperable. Amanda supo en esos días que no se podía ser más feliz.
Disfrutaba todas y cada unas de sus salidas, él sabía complacer a una dama, le abría y cerraba la puerta del coche, arrimaba su silla en el restaurant, jamás se olvidaba de preguntarle como andaba apenas se encontraban.
Y finalizar cada velada en el departamento de él o la casa de ella, un buen vino, alguna película consensuada y después, siempre, absolutamente siempre, un derroche de caricias sin guardarse nada para más tarde.
Horas deliciosas, días de ensoñación, meses de felicidades inauditas.
Y, claro, el desgaste que trae aparejada la rutina, aún la más deliciosa.
No siempre es así, por supuesto, hay amores que perduran y se consolidan aún atenuados por el paso del tiempo y la pasión se convierte poco a poco en ternura, que no es igual pero que alcanza. Pero, para que esto suceda hacen falta dos voluntades parejas y lamentablemente este no es el caso; Amanda amaba a Carlos las veinticuatro horas del día, en cambio Carlos…
Y un día, simplemente, él le dijo esto ya no va, hasta aquí llegamos, es lo mejor para ambos.
Verdad o mentira a medias, escudada en el patético egoísmo del que dejó de amar: era lo mejor para él y el fin del mundo para ella.

Al principio intentó reconquistarlo en vano, pero poco tiempo después él volvió a estar en pareja con una chica bastante más joven que ella. Lloró mucho y luego volvió a llorar. Después, ya no tuvo más lágrimas y fue peor, buscó alegrías que resultaron falsas en cuerpos ocasionales una y otra vez, pero ya no pudo volver a derramar lágrima alguna.
Se fue vaciando de a poco, casi sin darse cuenta; sin proponérselo se fue convirtiendo en una cáscara vacía, hueca y seca. Justo ella, tan fruto jugoso y fragante hasta hacía casi nada.
Ya no era una pendeja, es cierto, pero tampoco tan mayor como para alcanzar semejante deterioro. Hacía ya casi dos años que odiaba los espejos: al grande de su habitación lo tapó con aquella manta que ya no usaba.
Y todo por culpa de ese reverendísimo hijo de puta, se dijo por centésima vez sabiendo que se estaba mintiendo, que mucho de la culpa probablemente fuese suya, aún sin quererlo, sospechando sobre su nula capacidad de retención  de lo amado.
Amar así siempre trae consecuencias, la puta madre: ¿Por qué mierda no lo pensé antes?

Después, mucho después, demasiado después, comenzó de a poco a resignarse, adoptó el mejor sola que mal acompañada y trató de llenar sus días con actividades de todo tipo que solamente la ayudaban a acortarlos.

Nunca supo bien por qué, tal vez un poema leído en sus cada vez más largas noches, o la estrofa de una canción escuchada en el estéreo de su auto camino hacia su trabajo, pero un buen día, uno de esos que deberían ser obligatorios, se acostó tranquila y esa gloriosa mañana se levantó distinta, se metió en el baño, llenó la bañera, usó por  fin esas sales que en lejanos y mejores tiempos había comprado. Sumergida en el agua tibia, remembranza de vientres y mejores tiempos  gritó  bien fuerte ¡No me merecías, desgraciado! y volvió a nacer.

miércoles, 20 de julio de 2011

Necesidad y urgencia - Miguel Dorelo


—Yo creo que deberías ponerla ¡Ya! —me dijo con un tono que no admitían excusas. 
—Bueno, pero de a poquito, en dos o tres veces sería lo mejor —respondí como para no llevarle la contraria 
—¡Toda y de una! —exigió. 
—¿Y no será mucho? —Le dije pensando en el dolor que le podía causar—, son muchos centímetros. 
—¡No! ¡La quiero toda y ya! 
—¡Está bien! ¡Vos te la buscaste! ¡Pero no digas que no te lo advertí! 
Estas modelitos están cada vez más locas. Ciento veinte de busto es demasiada silicona para ponérsela de una. Digan que uno es un profesional y sabe lo que hace.

martes, 5 de julio de 2011

El juego sin nombre - Miguel Dorelo

En un rincón oscuro y ominosos del fondo del universo y de cuyo nombre prefiero olvidarme, un ser tenebroso y oscuro juega un juego que quizás pueda ser aquél que los hombres denominan "dados". Lo observo, agazapado detrás de un viejo y carcomido abedul, entre vahos de un olor nauseabundo, cuando de repente gira su horrible cabeza hacia donde me encuentro. En sus ojos veo reflejadas cosas tan horribles que jamás han sido ni siquiera vislumbradas por ser humano alguno. Creo que me ha visto y posiblemente estas sean las últimas palabras que escriba en este mundo.

Miguel Dorelo
Imagen de Imzel

lunes, 27 de junio de 2011

Conurbano - Miguel Dorelo


La observaba pasar desde hacia casi una semana.
Ella cumplía con su rutina todas las tardecitas, al trote durante parte del trayecto y luego acelerando el paso hasta terminar su recorrido justo en el puente donde realizaba sus ejercicios y elongaciones finales. Luego, a paso firme se alejaba cruzando la ruta y él la miraba hasta que su figura joven y esbelta se perdía detrás de una hilera de árboles que formaban un pequeño monte interrumpido abruptamente por las obras de un nuevo barrio en construcción.
De unos quince o dieciséis años, o quizás algo más, lucía hermosa y saludable enfundada en su equipo de gimnasia gris plata con vivos rojos que hacía resaltar su piel bronceada y su largo pelo rubio.
Él era de contextura más bien grande y poco propensa a cualquier tipo de actividad física a juzgar por su abultado vientre, aparentando por lo menos el doble de edad que ella; digamos que no era precisamente el tipo de hombre en el que una jovencita como ella se fijaría. Ciertamente, jamás había desviado en lo más mínimo su mirada cuando pasaba a su lado, como si él formase naturalmente parte del paisaje de aquél lugar del suburbano bonaerense tanto como algunas de las viejas fábricas abandonadas que se herrumbraban añorando épocas de bonanza ya pasadas.
Cuando ambos coincidían unos segundos en tiempo y espacio, él inspiraba muy hondo no queriendo desaprovechar ni uno solo de sus aromas, esa mezcla afrodisíaca de sudor y lavanda.
Quizás lo haya decido el primer día, o el tercero, no importa demasiado. A lo mejor fue luego de una mala noche de aún peores pensamientos; o simplemente fuera parte de su naturaleza.
La esperó unos dos mil metros más allá de donde solía sentarse para verla pasar, justo donde la sombra de los árboles en complicidad con la penumbra del atardecer conformaría el escenario ideal para sus planes.
Si no hubiese gritado. Todo habría sido distinto si no hubiese gritado tanto. Después de todo ella habría obtenido lo que todas las muñequitas como ella buscan y quieren. Y seguramente hasta lo hubiese gozado.
Tiene los ojos más hermosos que he visto, pensó al verlos tan de cerca, tan abiertos, tan celestes…ya tan sin brillo.

Extraído de: http://lacuentoteca.blogspot.com/

viernes, 13 de mayo de 2011

Uno no elige de quién enamorarse - Miguel Dorelo


Javier está perdidamente enamorado de Leticia.
Él la ve perfecta, la mujer soñada. Leticia tiene ojos mansos y mirada combativa.
Esto, entre otras cosas, enloquece a Javier.
Leticia, con su dulzura a cuesta, sus ojos claros y su fragante y sedoso pelo castaño, es un androide y Javier lo sabe; siempre lo supo. En los circuitos positrónicos de ella no está contemplado el amar a un ser humano.
Leticia no puede amar a Javier; no está permitido. La ley lo dice claramente: bajo ningún aspecto será contemplada la más mínima posibilidad de cualquier tipo de relación sentimental entre humanos y androides.
La ley es muy severa para con aquellos que osan trasgredirla. Así debe ser, ya que la tentación de hacerlo es muy grande y la mayoría sabe que eso no está bien. Y las leyes están hechas para proteger a las mayorías.
Pero él no es como los otros humanos. A Javier lo indignan sobremanera las imposiciones; lo prohibido es un incentivo al que no puede sustraerse.
— ¿Cómo es posible legislar sobre el Amor? —se pregunta una y otra vez.
De ninguna manera va a aceptar que le indiquen a quién puede amar y a quién no.
Sabe perfectamente que hay antecedentes de amores de este tipo; androides con mentes en apariencia perfectamente programadas han conocido a un ser humano especial y han roto todos los protocolos, sin que nunca se haya encontrado la causa de la falla.
—Simplemente el Amor, —asegura Javier.
Y aunque todos terminaron trágicamente, esto no hará menguar sus sentimientos por Leticia; luchará por ella con todas sus fuerzas, llamará a las puertas que sean necesarias, hablará con quien corresponda; rogará o amenazará, y solo claudicará cuando su corazón enamorado deje de latir. Ha escuchado, aunque son solo rumores, de una ley “Farmer” que ha sido el artilugio legal para que el Alto Tribunal haya autorizado más de un caso como el suyo.
Leticia ha dado señales inequívocas de un interés inusual por Javier, lo que ha hecho que éste decida dar un paso decisivo: expondrá sus argumentos ante las Máximas Autoridades Terrestres.
Esta mañana, en las Oficinas Centrales De Todo Lo Que Importa, Javier ha descubierto algo sorprendente: al presentar su pedido de Autorización De Relaciones Extrañas, tal cual se lo ha indicado su consejero, le ha sido informado que no hay razón alguna para que su inmenso amor no pueda concretarse. Javier es un androide. Una pequeña falla en su sistema, ya solucionada, le había echo creer que era un ser humano común y corriente.
Correspondido por Leticia y ya sin impedimento legal alguno, los siguientes tres meses fueron casi idílicos…
Hasta que conoció a Cecilia.
Cecilia no es tan hermosa, ni dulce como Leticia. Es algo desmañada y sufre de miopía.
Cecilia es un ser humano y Javier lo sabe; siempre lo supo.
Javier está perdidamente enamorado de Cecilia.
Él la ve perfecta…

jueves, 12 de mayo de 2011

Regreso a un país extraño – Miguel Dorelo & Sergio Gaut vel Hartman


—Ni buena memoria ni ojo clínico: acerté de puro culo, como solemos denominar por aquí a la suerte. Por una cuestión netamente investigativa, o artística, vaya uno a saber, suelo calcular las medidas de señoras y señoritas que no tengan demasiada ropa, lo que facilita mis aciertos... aunque no suelo acertar muy seguido, claro.
—Sin embargo —dijo el extranjero—, estoy deslumbrado por su memoria. Estuve en su país hace más de trescientos años y por entonces yo solo era un personaje de ficción. —Gulliver tomó al liliputiense que lo había reconocido y lo ubicó en la palma de su mano. Ambos sonrieron, pero no pudieron abrazarse.

Acerca de Sergio Gaut vel Hartman
Acerca de Miguel Dorelo

martes, 3 de mayo de 2011

El número perfecto - Miguel Dorelo


De ninguna manera puede faltar un buen vino, ni el mantel de hilo, las velas y todos y cada uno de los tópicos habituales.
O sí.
No importa demasiado; lo único imprescindible en esta noche para que resulte en una noche perfecta es la presencia de ella.
Una noche soñada para un futuro perfecto. Mi futuro junto a ella. Nuestro futuro. Juntos para siempre. Desde esta misma noche hasta el final de los tiempos. O más aún.
Dos, el número perfecto.
Compartir, nada más ni nada menos, que de eso se trata. En las buenas y en las malas. Aunque no puedo imaginarme cuales serían esas malas junto a ella. No se, como para hilar muy fino y no proyectar solo una convivencia absolutamente color rosa, podría ser dejar de ir a la cancha los domingos; o no juntarme con la barra a jugar al póker los viernes. Poca cosa comparada con estar junto a ella, tomando un café después de cenar y sentarnos a mirar una peli de esas muy románticas que tanto le gustan. Claro que las de Tarantino, mis preferidas, no son de su agrado y tendría que hacerme el lugar para poder verlas aunque sea solo, pero seguro que podré hacerlo. Tendré que resignar los torneos de padle de los fines de semana, a ella no le gusta quedarse mucho tiempo sola.
Con lo de las comidas, creo que sabré adaptarme a su fanatismo vegetariano y no extrañaré demasiado las milanesas a la napolitana, el pollo al horno o el ritual dominguero de achuras, chorizos, morcillas, costillares y matambres. Las ensaladas me gustan y los brotes de soja no son tan horribles después de todo.
Se está demorando un poco en llegar, pero siempre fue bastante impuntual, es otra de las cosas que a veces me molestan de ella, pero creo que con el tiempo se irá corrigiendo. Al menos eso espero.
Admito que me va a costar un poco más tener que dormir sin despatarrarme en mi gran cama de dos plazas y media, pero compartirla con esa piel tan amada será un pequeño sacrificio que bien valdrá la pena hacer. Espero que no ronque… ¿Y si tiene los pies fríos? Mejor ni lo pienso.
Hace cuarenta y cinco minutos que debería estar acá. ¿Y si la llamo? Se va a pasar la comida. Si en nuestra primer noche juntos ya empieza con esta falta de respeto hacia mí, ni quiero imaginarme cuando entre en confianza. ¿Esta mina se creerá que es el centro del universo? No es cuestión de que uno ponga su alma en juego, resigne un montón de cosas y esta se lo tome a la ligera. No, mejor espero un poco porque si la llamo va a creer que estoy ansioso y por ahí se pone peor esta turra.
Pero, no, ¿Qué estoy pensando? La amo y me ama y no hay nada mejor que estar con el ser amado, dormir abrazados, ducharse juntos… ¿Será de las que dejan las bombachas colgadas en las canillas de la ducha? ¿Tendré que secar siempre YO el baño?
Una hora de atraso. ¡Que hija de puta! Seguro que es de las que duermen hasta cualquier hora y encima va a querer que le cebe mate en la cama o una de esas que con la excusa de la igualdad de género te hacen hasta lavar los platos mientras miran la novela despatarradas en MI sillón favorito. ¡Basta! ¡No aguanto más! ¡La llamo ya!
—Hola, Pao. Veo que aún estás en tu casa; escucháme: no te apures, la cena se suspende. Si. No, no para otro día. Si, eso, para siempre. No llores. Es que me acaba de llegar un mail y me confirman la incorporación al monasterio. ¿No te había contado nada? Siempre tuve una fuerte inclinación religiosa, se me debe haber pasado. Si, en el Tibet, todos los monasterios están ahí, por supuesto. Es el llamado del Señor y no puedo negarme. No, salgo ya, no vamos a poder despedirnos. Del departamento se encarga mi amigo Pedro, ya les dejé las llaves, así que ni se te ocurra pasar, vos viste como es él. Tiene orden de vender todo y donarlo a la salita de la villa, debo desprenderme de todo lo material para empezar una nueva vida. Si, ya sé que me amás, pero ya no pertenezco a este mundo de vanidades y sentimientos terrenales. Lo siento mucho. Adiós.
Está hecho.
Por suerte aún enamorado uno es un ser racional y puede corregir errores a tiempo: no hay dudas, el número perfecto es el UNO.
Y siempre habrá tiempo para formar algún que otro dos ocasional y pasajero.

domingo, 1 de mayo de 2011

El juego sin nombre - Miguel Dorelo


En un rincón oscuro y ominoso del fondo del universo y de cuyo nombre prefiero olvidarme, un ser tenebroso y oscuro juega un juego que quizás pueda ser aquél que los hombres denominan "dados". Lo observo, agazapado detrás de un viejo y carcomido abedul, entre vahos de un olor nauseabundo, cuando de repente gira su horrible cabeza hacia donde me encuentro. En sus ojos veo reflejadas cosas tan horribles que jamás han sido ni siquiera vislumbradas por ser humano alguno. Creo que me ha visto y posiblemente estas sean las últimas palabras que escriba en este mundo.

sábado, 16 de abril de 2011

Página en blanco - Mónica Ortelli, Miguel Dorelo, Fernando Puga, Carmen Ruggero, Alejandro Domínguez, Claudio Leonel Siadore Gut., Marcos Zocaro, María del Pilar Jorge, Jorge De Abreu & Sergio Gaut vel Hartman



Tenía sesenta años y había leído mucho. Su vida, aunque larga, no había sido fructífera. Según consideraba, todavía no había podido escribir una página decente. Esa era su persistente maldición. —No voy a darme por vencido —se dijo mirando desafiante la inmaculada hoja en blanco. Pero en ese momento, su vida le pasó por la mente, vacía como esa página. Fue entonces cuando descubrió el extraño jeroglífico en el doble fondo del cajón del ropero. Eso es, pensó, escribiré un cuento sin utilizar letra alguna; usaré únicamente símbolos y dibujos.
Las sombras acechaban desde los rincones, la puerta del armario se abrió despacio; gruñendo consonantes se materializó el viejo brujo maya, el que años atrás, en las ruinas de la que una vez había sido una antigua ciudad, le explicara el significado de los jeroglíficos.
—Lo has comprendido: ambos somos dos jeroglíficos dibujados en la misma página en blanco.

miércoles, 13 de abril de 2011

Amar, lo que se dice amar, amé solo una vez – Miguel Dorelo


Siempre fui muy sexi.
Quizás no esté bien que lo diga, pero pecar de falsa modestia no es lo mío.
Debido a esta condición, supongo divina, tuve muchos amores e incontables romances.
Pero amar, lo que se dice realmente amar, solo amé una vez.
Si tuviera que hacer una lista de mis conquistas sería demasiado larga para este espacio y no es mi pretensión hacer gala de ello.
Si tuviera que catalogarme sería algo así como un Don Juan, para aquellos que ya peinan canas. O un metro-sexual, como me llamarían ahora.
Humildemente,yo creo que la descripción que mejor me cabe es la de un macho bien macho; eso fui siempre. Como a ellas les gusta.
Pero, como ya dije, poco significaron en mi vida la pasión de Julia, la desbordada ternura de Ángela, el desenfreno sexual de Eugenia o la casi insoportable adoración que Paula sentía por mí. Y solo estoy nombrando a unas pocas, como para ejemplificar.
El amor no es algo que uno planifique, ninguna de ellas puede vanagloriarse de haber sido algo más que un buen momento en mi extensa travesía sentimental.
Claro que como suele pasar, sin que uno se lo proponga un día llegó esa sola personita que pudo llegar hasta donde las otras ni siquiera vislumbraron el acceso.
Y, también, como inevitablemente suele suceder, otro fatídico día todo se terminó.
Quizás este descarnado relato sirva como vehículo para un no muy lejano reencuentro; a lo mejor aún me recuerde y cuando vea mi nombre en el título sienta algo de aquello y se decida a leer estas palabras que solo tendrán real sentido si son recorridas por sus ojos.
Les pido permiso queridos lectores para dirigirme en estos últimos párrafos a esa persona que motivó todo este patético y cursi relato.
Mi corazón, mi alma, todo mi cuerpo aún recuerda tus besos, tus caricias, tu mirada.
Hoy, ya retirado de esas lides, hastiado de amores vanos, cansado de buscar falsos sustitutos de tu amor, cada vez más añoro tu presencia. Esa que es ahora ausencia, dolorosa y ya insoportable.
¿En que lugar estarás… y con quién?
Y es en noches como esta, solo en la oscuridad de mi cuarto escuchando esa canción que solía acompañarnos cuando el amor hacía que nos fundiéramos en un solo cuerpo, ya rotos todos los diques del llanto susurro tu nombre apenas las primeras lágrimas comienzan a rodar por mis mejillas.
—Roberto…

Y sé que ya no podré conciliar el sueño.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Duda - Miguel Dorelo


—Dígame la verdad, doctor ¿Yo estoy vivo o muerto, eh?
—Depende de cómo se lo mire. ¿Usted como se siente?
—No sé, doctor. Para eso vengo acá, para que usted me lo diga. Mis buenos pesos me está costando esta terapia; diga que de vez en cuando me gano algún pesito como extra de cine si no sí que estaría muerto en el concepto más amplio de la palabra.
—Su estado final será siempre el que usted decida, yo tan solo soy un intermediario entre su yo inconsciente y su otro yo real. Su yo de usted, claro.
—Si…pero, ¿estoy vivo? Esta duda me está matando…Aunque si en realidad estoy muerto esta duda no podría matarme porque obviamente… ¡La puta que me parió! Estoy tan confundido…
—No se preocupe que para eso estoy yo.
—¿Para estar confundido? ¡Esto es una lisa y llana estafa!
—Para ayudarlo, gaznápiro mutante, para ayudarlo.
— Y ayúdeme entonces, carajo.
—Para eso estoy…Dígame como se siente.
—¡Muerto, me siento muerto! ¡Me tiene harto con sus boludeces!
—Sin embargo, yo diría que su reacción evidencia que usted está más vivo que nunca, aunque por supuesto la palabra final la tiene usted, yo solo soy un intermediario entre su incons…
El ataque fue sorpresivo y letal, fiel a su naturaleza, ni vivo ni muerto, el zombie no pudo reprimir aquél ansia irrefrenable de comer cerebros humanos aunque esta vez en especial al tragar el primer bocado sintió la extraña sensación de estar cometiendo un grave error; este cerebro en especial no podía dejar de ser tóxico.

miércoles, 9 de febrero de 2011

La cena está servida – Miguel Dorelo & Sergio Gaut vel Hartman


—Hoy tengo muchas ganas de escribir. Que digo muchas ganas, siento la imperiosa necesidad de volcar en palabras todo lo que llevo dentro. Ah… El corazón. Que mejor que empezar por el corazón. Y seguir luego por el páncreas o el esófago. Nombrar también al hígado o a los riñones. Los pulmones, el intestino grueso y el delgado, por supuesto. ¡Ah! Los jugos gástricos, el pequeño e insignificante apéndice, el colon y la próstata, en su caso, querido amigo, no en el mío.
—Tiene razón, querida condesa —interpoló Hannibal—. Y no olvide las venas y arterias, por donde corre la sangre nueva y la sangre vieja, ya sabe que no soy persona de andar discriminando partes por meras futilidades
—La nuez de Adán —siguió Bathory, como si no hubiera oído las palabras de Lecter—, la columna vertebral y las mucosas nasales. Vesícula biliar, ganglios linfáticos, médula ósea. Glándula pineal, la uretra, la gloriosa vesícula seminal…
—¡Exacto! —terció el marqués—, mi semen siempre dispuesto…
—¡Narcisista! —exclamó la condesa, risueña—. Permítame continuar con mi lista: los bronquios y la glándula tiroides. Y las amígdalas. Y el alvéolo. Y las suprarrenales.
—No quisiera que olvide el imprescindible aparato óseo apoyando, en conjunto con la masa muscular, el buen sostenimiento del todo. —Hannibal esperó expectante la respuesta de la condesa, que no se hizo rogar.
—Ahora sí, un gran alivio se apodera de mi alma y mi cuerpo; todo, o casi todo lo más íntimo de mi ha sido puesto en palabras. Me siento realizada.
—De acuerdo —dijo el marqués frotándose las manos—. Pasemos al comedor. Esa prolija enumeración abrió mi apetito de un modo escandaloso.
Hannibal guiñó un ojo y movió gentilmente la mano para que sus anfitriones pasaran primero. No lograba imaginar qué sabor tendría la carne de Vlad Tepes.

lunes, 17 de enero de 2011

Postergación - Miguel Dorelo


Aquella mañana Gregorio se despertó con un urgente e impostergable deseo de orinar.

Asombrado, al verse convertido en un escarabajo y comprendiendo que de ninguna manera podría hacer uso de su cuarto de baño se meó encima y decidió seguir durmiendo otro rato.

sábado, 8 de enero de 2011

Despertar - Miguel Dorelo


Esta mañana me desperté convertido en escarabajo y por el rabillo de uno de mis ojos alcancé a vislumbrar al dinosaurio que desparramado sobre la alfombra jugaba con unos zapatitos de bebé sin usar.
—Debo dejar de leer tanta literatura conjetural antes de acostarme —reflexioné antes de darme vuelta y volver a dormirme.

domingo, 26 de diciembre de 2010

El regateo sin fin - Miguel Dorelo


—La quiero —dijo.
—No es para vos —le respondieron.
—Me gustaría tenerla.
—Imposible.
—La compro.
—No está a la venta.
—Debe haber algún modo…
—No.
—Siempre lo hay.
—No en este caso.
—Está bien. Me rindo. Ya no la quiero.
— ¿La miraste bien? Una pieza única, más de uno daría cualquier cosa por hacerse de ella.
—La quiero —dijo.
—Hablemos —le respondieron.

Sobre el autor: Miguel Dorelo

Imagen: The Wizard, de Kinglemon en deviantArt

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Un ser superior - Miguel Dorelo


Por fin había alcanzado la cima.
Costó su buen esfuerzo, pero la inmensa satisfacción que sentía en ese momento lo compensaba todo. Había decido coronar aquella cumbre en una escalada libre, solo con la ayuda de sus manos y pies.
Una demostración cabal de lo que el Hombre, podía realizar cuando se lo proponía; nada ni nadie podría impedirlo.
La raza dominante del planeta, sin dudas. Por algo Él los había hecho a su imagen y semejanza, aunque algunos necios aún insistieran en negar su existencia.
Habían sido meses de un duro entrenamiento físico ya que nunca fue un amante de los deportes, pero en esto radicaba el desafío que se había propuesto: demostrar que un miembro promedio de la especie estaba destinado a cumplir cualquier tarea que se propusiera sin que nada ni nadie pudiera interponerse.
Además, lo sabía muy bien, contaba con aquél plus que algunos llaman “alma”, los únicos habitantes del planeta que la poseían, los únicos que vivirían eternamente, aún luego de sus desapariciones físicas.
Contempló el paisaje que lo rodeaba, a miles de metros de altura, rodeados de picos nevados en aquella inmensa cadena montañosa. Y él dominando el mundo.
Se permitió unos minutos de egoísmo, se los merecía, había llegado hasta ahí en solitario. Un metro ochenta de altura, setenta y cinco kilogramos de peso, una mente lúcida y toda la fuerza de voluntad que un ser humano poseía. No hacía falta nada más.
Cientos de metros más abajo revoloteaban unas aves que, debido a la distancia, no alcanzaba a distinguir de qué tipo se trataba.
—Ni siquiera ellas pueden llegar hasta aquí —murmuró pleno de orgullo.
Decidió que era hora de emprender el regreso.
Contempló por última vez aquél maravilloso paisaje, respiró muy hondo y gritó:
— ¡Gracias Padre por hacerme como Tú! ¡Gracias por tanta vida!
Una pequeña, casi insignificante roca, precipitó el final. Se desprendió en el preciso instante que apoyaba su pié en ella, en el momento menos adecuado.
El cuerpo detuvo su caída cientos de metros más abajo y quedó completamente destrozado.
Las aves carroñeras, últimos seres vivos que sus ojos contemplaran, comenzaron a acercarse. Sus primitivas mentes no alcanzaron a comprender la trascendencia del momento; no reconocieron la grandeza superior de ese ser inerte ni vieron elevarse de su cuerpo mutilado alma alguna.
Nunca sabrían del metro ochenta de altura ni los setenta y cinco kilos de peso, de fuerzas de voluntad o de razas superiores; menos aún de semejanza alguna con algún ser imaginario.
Quizás, tan solo quizás, supieran que en toda comida siempre algo se desperdicia.




sábado, 4 de diciembre de 2010

Una muy delicada situación - Miguel Dorelo

Ella llegará en media hora.
Tomo la mágica pastillita azul.
Empiezo a sentir su efecto.
Suena el teléfono.
Es ella.
—No voy a poder ir —dice entre sollozos —acaba de morir mi madre. Te espero ya en el velatorio.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Senderos 2 - Miguel Dorelo

Alternativa. Siempre la hay, aún en aquellos intrincados laberintos de frondosas y altas paredes que dificultan la visión, que confunden y ahogan. Sólo es necesario un momento, muy breve, en el que nuestra mente (o nuestro corazón, si así lo prefieren), vislumbra la salida. Puerta. Allí está, donde menos la imaginábamos, dispuesta y accesible, al alcance de nuestros pasos, tan cerca. Meta. Hasta es probable que no sea la primigenia, la buscada; quizás sea nada más, y nada menos, que la adecuada.

martes, 16 de noviembre de 2010

Ciento cuarenta y siete segundos cuatro décimas para el impacto - Miguel Dorelo


El objetivo estaba ya muy cerca. Solo 120 kilómetros y la tarea podría darse por cumplida.
A una velocidad constante de 900 km/hora unos ocho minutos más para que aquello para lo que había sido preparado diera por fin sus frutos.
Parecía mentira: cuatrocientos ochenta segundos, casi nada o una eternidad, según de que lado se lo viviese. Por lo menos en estas circunstancias.
No había forma de fallar.
Pasaron otros dos minutos o treinta kilómetros más cerca del objetivo Aparentemente todo estaba en orden.

Alguien, allá en el Comando Central, había decidido que ese pequeño pueblo debía ser destruido. No por crueldad, de ninguna manera; lamentablemente el líder de la revuelta y algunos de sus principales colaboradores se encontrarían por unas cuantas horas exactamente en el centro del poblado, de paso hacia su bunker principal. Todos sabían que de poder llegar y refugiarse allí, en medio de las montañas y con varias vías de escape a su disposición, les sería muy difícil poder acabar con él.
—Una oportunidad única —habían informado desde la Central de Inteligencia.

Otros noventa segundos, ya casi pasando la línea sin regreso luego de la cual ya no podría abortarse la misión. La torre de la iglesia principal del poblado a esa altura ya podía verse a simple vista gracias a la limpidez del cielo, más diáfano que de costumbre aunque no necesario para el cumplimiento de la misión ya que el sistema de guiado podía prescindir de la luz solar.
Había que recurrir a lo mejor, tratar de minimizar los riesgos de fracaso.
Y es ahí cuando decidieron recurrir a mí, pensó no exento de cierto orgullo.
Había sido especialmente preparado para este tipo de misiones.

Pero, de repente algo pasó, su mente se llenó de imágenes sin comprender de donde podían proceder. Cuerpos humanos destrozados o carbonizados por la explosión de la pequeña cabeza nuclear que habían decidido adecuada para el seguro éxito del ataque.
Dos mil ciento veintisiete habitantes, más de la mitad mujeres e infantes: daños colaterales, según el alto comando.
Y luego imaginó a esos hombres y mujeres llenos de vida yendo a trabajar, criando a sus hijos, haciendo el amor.
Se suponía que no debería tener ese tipo de remilgos, mucho menos cargos de conciencia. Había sido condicionado adecuadamente como una perfecta y letal arma de combate.
Lo que terminó por inclinar la balanza hacia su decisión fueron los niños: inocentes sin necesidad de plazo alguno para demostrar lo contrario.
Tal vez… pensó antes de precipitarse a tierra cuando aún restaban varios kilómetros para su meta final.

Ciento cuarenta y siete segundos cuatro décimas para el impacto, marcaron los instrumentos en la base cuando todo terminó.
La oportunidad única ya había pasado. El comando debería reconsiderar todo lo actuado hasta la fecha, el método había fallado.

El informe final llegó varias semanas después, justo al día siguiente en que el otrora líder revolucionario cerrara un acuerdo secreto con el gobierno y asegurara de por vida su buen pasar, el de sus hijos y de sus nietos.
—Luego de exhaustivos estudios hemos llegado a una conclusión, señor presidente —leyó el jefe del equipo científico —aconsejamos dejar de lado todo el proyecto y desmantelar de inmediato toda la línea de misiles GM-0709. Dotarlos de inteligencia ha sido un error, sus circuitos positrónicos auto-generaron algo que aún no hemos podido discernir. La mitad de mi equipo habla de conciencia y los restantes se inclinan por la palabra alma. De todas maneras esto fue lo que causó la falla y no hay manera de solucionarlo. Los riesgos son demasiado altos; quizás algunos acatarán las órdenes impartidas, pero un alto porcentaje podría cuestionarlas.
Los hemos hecho demasiado humanos.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Ser o no ser - Miguel Dorelo


Existencia y no existencia. Eso es todo; poca cosa más.
Vida y muerte.
Y aún no haber nacido, claro.
La no-vida o la no-muerte, ¿Cómo llamar a ese estadio en que un ser humano aún no ha sido concebido, pero que está destinado a ser?
¿Solo existe un infinito futuro de muerte sin su correspondiente pasado infinito de vida?
¿Todo comienza en cuanto los veintitrés cromosomas del espermatozoide se encuentran con los veintitrés del óvulo?
Casi una cuestión matemática; solo una pizca de azar y listo: una vida más.
¿Es esto el hombre?
A veces, muy pocas, algo ocurre: quizás una distracción de los dioses. O un sin número de probabilidades aleatorias extrañamente coincidentes. Quién sabe.
Alguna vez tenía que pasar. Algún extraño designio le había otorgado aquella facultad única.
El/Ella dispondría de una opción jamás antes otorgado a ser alguno; podría decidir ser o no concebido.
Existir o no existir. Decidir ser…o no ser.
Pero de verdad. Nada filosófico ni metafórico. Algo materialmente único.
Con todas las opciones implícitas en ello; casi infinitas, pero sin la posibilidad de elegir cuál.
Un libre albedrío acotado y patético. Solo ser, sin elección de género ni idiosincrasia.
—Seré —pensó, razonó, especuló o vaya a saber qué — Primero seré. Y luego quizás, médico de frontera, bailarina clásica, peón de albañil, asesino serial, escritor de ficciones especulativas.
Hombre o mujer.
Y casi al instante siguiente, dudó.
Quizás, después de todo no se llamaría Pedro, ni Juan, ni Martín; tampoco María, Irene ni Daniela.
Simplemente, no se llamaría de ningún modo.
Tenía todo el tiempo del mundo para decidirlo.