domingo, 12 de junio de 2011

Maira Barroso - Fernando Puga


Maira. Si, creo que era Maira. De todos modos no importa. Seguramente no sea el verdadero, pero al leer estas líneas ella sabrá que hablo de ella y agradecerá que no la llame por su nombre. Sin embargo es muy probable que el nombre que di por verdadero, no lo fuera. Los artistas, aun los más ignotos, juegan a ser otros y eso incluye buscarse otro nombre. No veo por qué Maira, o como sea que se llame, no haya hecho lo mismo.
Así que Maira es su nombre y Barroso será su apellido, aunque éste último no sea más que el primero que viene a mi cabeza en este instante. Quien sabe no sea el verdadero, pero como ya quedó dicho: ¿a quién le importa?

Maira Barroso tenía una voz profunda. Cuando cantaba el mundo oscurecía, aun al mediodía sobre la seca plaza pública de alguna ciudad de la sierra ecuatoriana. Salían de su garganta desconsolados lamentos altiplánicos, sollozos de mujeres que trabajan de sol a sol, gritos que suben desde la hondura de la piedra explotada. Maira convocaba al silencio en la platea y ni una mosca osaba desgarrar el tul sombrío que envolvía al público. Algunas lágrimas; otros ojos se cerraban para intentar eludir tamaña cantidad de emoción congregada por esa mujer grande, morena, que parecía haber sido hecha de tierra en ese mismo instante. Todos se retiraban distintos y por algún tiempo resonaba esa voz.
Una de esas tardes de ardiente sol serrano yo estaba en la platea. Al terminar el concierto no atiné a alzarme de la silla hasta que un empleado municipal me hizo notar que ya se habían ido todos, se había levantado el escenario y yo era la última persona, sentado en la última silla que quedaba en la plaza. Le sonreí al pedir disculpas y caminé despacio hasta la cafetería de la esquina; había que volver a andar y costaba después de ser atravesado por ese dolor de siglos demorado en su voz.
En la bulliciosa cafetería llena de turistas, se amontonaba el público ansioso por comentar las vivencias del magnífico show que acababa de presenciar. Sin duda el evento había resultado inolvidable, y esos blanquitos que hablaban en lenguas extrañas no cabían en sí después del arrebato telúrico que sacudió tanta certeza europea. Yo no tenía ganas de participar de ese alboroto y tampoco me interesaba una conversación superflua con ninguna gringa, a pesar de saber que me invitaría a pasar juntos la noche, que jugaría conmigo por un rato y se iría al saber que no había nadie en mi cuerpo para darle placer.
Yo quería a Maira.
Caminé despacio hacia el hostal tarareando alguna de las melodías que acababa de escuchar, fantaseando con hacerle la segunda voz a esa voz, abrazando esa montaña de mujer que gime y hace llorar a las piedras.
Cayó de pronto la tarde y tiñó de suave rosa los techos coloniales; alargó las sombras; ordenó a los poetas perderse en callejuelas que trepan al poniente, que caen después zigzagueantes como brazos de un dios que no deja rincón sin descifrar, que desconoce simetrías.
Obedecí; me extravié por esas calles y la bruma que subía desde el valle sagrado me transportó a una irrealidad de sueño. Me olvidé del hostal, de las rubias ávidas de aventura, del hambre, de la sed, del cansancio. Me sumergí en la noche que nacía.
Entonces aparece. ¿Fantasma? Viene hacia mí y con sus manos de tierra toma mis mejillas de fuego y acerca a mi boca sorprendida la sabiduría de su boca milenaria. Me besa. Pasea con su lengua e inaugura cada poro de mi bóveda virgen. Me abre y baja por mi pecho y se detiene a lamer mis pezones y hurga en el ombligo y encuentra por fin el tímido varón que se despierta.
No es Maira. Es todas las mujeres que me estrenan y pretenden un hombre de este niño jadeante que en su abrazo deviene masculino, se yergue, arremete, se vuelca apresurado y cree de pronto que El Cielo está en La Tierra, ignorante de que sólo es el comienzo del incierto viaje de los cuerpos.

La rubia no se fue aquella noche, al contrario; por la mañana estaba luminosa, preparó el desayuno, bebió con ardor escandinavo hasta mi última gota y no me resultó fácil deshacerme de ella, ni de todas las mujeres que visitaron mi cuerpo a partir de aquel día.
¿Fue la voz y la música y esos frondosos cabellos que se mimetizan en la noche como se disimula el tigre en la espesura? ¿Era otro su nombre? No sé, pero cada mujer es ella desde entonces cuando cierro los ojos, para volverse otra frente a la luz del día.

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