
—Perdón por la interrupción —dijo Pedro moviendo el llavero.
—¿Qué pasa ahora, Pedrito? —Dios se acarició la barba, largó un soplido y revoleó los ojos más allá del cielo—. ¿No me podés ver un segundo sin hacer nada?
—Bueno… por algo lo llaman el hacedor… Le llegó esta carta. De una tal María. No creo que sea la misma, la madre. Tal vez quiere retomar el contacto.
—No digas pavadas, cabeza de piedra. Si yo ni la toqué, tuve que mandar un arcángel. No ves que no tengo sustancia. Que soy pura energía. ¿Me ves un cuerpo acaso? No puedo tocar, yo soplo. Leela.
Pedro abrió el sobre, leyó y dijo:
—Parece que sopló de más, con ese carácter de mierda que tiene. María pregunta cómo quiere llamar a su hija. Jesusa no le gusta nada.
Jajaja. Irreverentemente bueno.
ResponderEliminarSaludos, Gabriela.