Como su jefe y guía espiritual está lejos, en la montaña, el pueblo se siente desamparado. Hombres y mujeres claman rogando protección, como niños.
En un intento desesperado por olvidar su orfandad reúnen sus joyas en un montón. Lo funden y modelan un becerro ante el que se postran confiándole sus penas y sus temores.
Le rezan.
Lo adoran.
Cuando el guía espiritual regresa ellos se arrepienten. Gritan y lloran ofreciendo disculpas.
El jefe los acusa de idolatría, se enfurece. Golpea la estatua de oro hasta reducirla a una masa amorfa. Y sigue golpeando.
Gracias, Químicamente Impuro
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