lunes, 3 de octubre de 2011

Altamente improbable – Guillermo Vidal


—¿Cuando la agencia espacial dice que es altamente improbable que caiga basura espacial sobre centros habitados está al tanto que acaba de suceder delante de sus narices y encima de mi casa?
—Creo que se refieren a que las trayectorias de los satélites en desuso están configuradas para caer sobre el océano o en lugares como nuestro pueblo, que esta tan alejado para las naciones desarrolladas como los mundos del sistema Alpha Centauri —respondió el especialista en un arranque de sinceridad inusual, por fortuna de corta duración—. Claro que nadie lo hace a propósito, seguro que no están informados que este lugar está habitado.

sábado, 1 de octubre de 2011

Terapia despareja – Sergio Gaut vel Hartman


—No sé si lo que me ocurre justifica una terapia, licenciado, pero allá vamos. Lo único que me atrevo a narrarle es lo que sucedió, tal como sucedió. Todos sabemos que la tecnología se ha metido en nuestras vidas, hasta con prepotencia, que llegó para quedarse y modificar casi todo, ¿no? También estoy seguro de que vamos a estar de acuerdo en que el problema de la muerte fue siempre algo delicado. La ausencia… bueno, usted me entiende. Uno lamenta la partida de su esposa, o sus padres o sus hermanos, y no hablemos de los hijos, quiera Dios que eso nunca suceda. Pero ¿qué es lo que nos apena? Lo dicho: que ya no están entre nosotros, que la cosa que se corrompe en las tumbas, en los nichos, no es la persona que en otros tiempos amamos. ¿Me sigue? Veo que sí. Ir a visitar cadáveres no compensa, ¿verdad? Y ahí entra a tallar la tecnología. ¿Qué hicieron los genios del IRSE? Tuvieron en cuenta que lo que nos perturba es que nuestros muertos sean sacados de casa, puestos a pudrirse en un cementerio. ¿La solución? Supongo que usted la conoce, pero lo repito para no perder el hilo. ¿No es maravilloso tener a nuestros muertos queridos en casa, hablándonos con su voz, moviendo sus extremidades gracias a motores silenciosos, con su carne incorrupta gracias a los fluidos refrigerantes que circulan por las cañerías instaladas en sus cuerpos, bien conservados y sin hedor? Hay que agradecerle a la tecnología, ¿no coincide conmigo? Ahora bien: si usted y yo estamos de acuerdo en que esto es algo maravilloso, y si mi esposa consideró que era una gran idea traer a su mamá a vivir a casa, en especial porque yo prometí hacerme cargo de todos los gastos, ¿me puede explicar por qué ahora considera que soy un monstruo? Es cierto que borré las grabaciones alojadas en la teta de la vieja. Pero hasta ella admite que la voz chirriaba demasiado. ¿Qué culpa tengo de que los de IRSE pongan el disco y el reproductor en un lugar tan… delicado? En todo caso, no me parece justo que mi mujer quiera divorciarse por eso. ¿Atada? Y sí, até algunas veces a mi suegrita para que no se mueva tanto; a veces los motores se recalientan y empieza a mover la cabeza, los brazos y las piernas de un modo descontrolado, ¿qué iba a hacer? ¿Y qué tiene de malo que asperje desodorante ambiental? La vieja hiede un poco, salta a la vista, o a la nariz, mejor dicho, a pesar de que IRSE garantice lo contrario. Así que no me diga que no tengo derecho a tomar algunos recaudos, después de lo que me costó el asunto. ¿Un caso extremo de resiliencia? No sé de qué está hablando; no conozco esa palabra. ¿Ah, yo? ¿Yo soy el resiliente? No lo entiendo. ¿Usted y yo, ambos? ¿No me diga? Su suegra… ¡no le puedo creer que…! ¡Qué coincidencia!

Roberto - Agustina María Bazterrica


Tengo un conejo entre las piernas. Es negro. Yo le digo Roberto, pero se podría llamar Ignacio o inclusive Carla, pero le digo Roberto porque tiene forma de Roberto. Es lindo porque es peludo y duerme mucho. Le conté a mi amiga Isabel. Le dije: “Isa, hace poco me creció un conejo entre las piernas. ¿Vos también tenés uno?”. Fuimos al baño de la escuela y se sacó la bombacha. Pero no tenía nada. Ella me pidió que le muestre a Roberto, pero me dio vergüenza y le dije que no. Se enojó y me dijo que ella ya me había mostrado y que yo era  una tonta y que no me creía nada de nada. Ella también es una tonta. 
Ayer Isabel le contó al profesor de matemáticas lo que yo le había dicho de Roberto. El profesor se rió y me llamó para que habláramos. ¿Es verdad lo que me dice tu amiga Isabel? No. ¡Si es verdad, yo se lo vi! gritó la tonta. ¡Mi mamá me dijo que nadie puede tener un conejo entre las piernas! ¡Pero ella tiene un conejo negro! ¡Yo se lo vi profesor! Le dije que era una mentirosa porque yo no le mostré nada. Le grité que era una tonta y una mentirosa y que ya no quería ser su amiga. Isabel se puso a llorar. No me dio lástima porque ya no es más mi amiga. El profesor García se rió y le dijo a Isabel que se fuera a su casa que después él le iba a explicar algunas cosas. El señor García se sentó al lado mío y me dijo: “Sos muy linda. Isabel no sabe nada, vos no le hagas caso”. Me dio un beso y después me dio otro beso más. Me dijo que mañana después de clases quería ver mi conejito. Me dijo que lo quería ver para enseñarle a portarse bien. 
Lo esperé. Me dijo que lo acompañe al baño porque nadie tenía que enterarse de nuestro secreto. ¿Cómo se llama tu conejo? Roberto. ¡Qué nombre más raro para un conejo! ¿Lo puedo ver? Me da vergüenza. Se sentó al lado mío y me dio muchos besos y me dijo que yo era su alumna preferida y que era la más linda. Mostrámelo, sé buenita. Yo no le voy a contar a nadie. Me hablaba mucho y  me miraba, y no hablaba como cuando está en clase porque me miraba mucho  y me agarró las manos y me dijo que me levante la pollera. “Mostrame tu conejito Roberto” me dijo, pero yo le dije que no le gusta que le digan conejito porque ya creció y es grande. El señor García me sacó la bombacha mientras me daba besos en la cara y en el pelo y en la boca y me decía portate bien, nenita, que tu profesor te va a enseñar muchas cosas. El señor García se quedó quieto, con la boca abierta mirando a Roberto. El señor García se quedó tan quieto que pensé que estaba jugando a las estatuas. Roberto movió las orejas y le mostró los dientes. El señor García gritó y se fue corriendo. Roberto se volvió a dormir.

Agustina M. Bazterrica

Tomado del blog
www.agustinabazterrica.com

Speculum maleficorum - Héctor Ranea


Pensó ella ante el altar: "Venía leyendo de atrás y no entendía nada"
Él pensó mirando en alto: "La veo de atrás y es un libro abierto"
La iglesia tembló un poco, ciertas gárgolas regurgitaron un miasma color ámbar.
Él siguió pensando: "¿Qué tendrá a sus espaldas que puedo leerla? ¿Será la garota de Ipanema? Debo conseguir hablarle"
Ella continuó ante el altar, impertérrita ante el ulular de los querubines en celo: "Leo de atrás, ¡está todo al revés, di con la clave!"
Él se acercó coceando, los belfos con baba congelada. Ella lo sofrenó de una mirada girando la cabeza sobre sus goznes. Pero entonces leyó lo que estaba escrito en el altar, cayó decubito ventral ante el centauro y éste, al verla, se heló de miedo. Medusa yacía vestida de novia atorada por la lectura errónea de la crucifixión.
—¡Corten! —gritó Mel Gibson. Ya le estamos restituyendo la verdad cristiana a la mitología griega. Recen, aunque sea al revés, pero recen. Derramen sangre, que la verdad os hará dolorosas muestras de guiñapos sangrantes. Y nada más.
La iglesia no duró mucho más. Las gárgolas se la comieron y con ella, por suerte, engulleron la última película del famoso director.

Creador de universos - Daniel Antokoletz


Con suavidad, la nave se acerca al puerto de control y, en segundos, se integra en el Orbitus, el sincrotón más grande y poderoso de la historia. Eso pone verdaderamente nervioso a 491519; al fin le dieron turno para poder utilizar el Orbitus.
El acelerador de partículas abarca una órbita completa de veinte tercs luz y gira alrededor de la enana blanca Paraíso, alimentándose de su energía
—Ingeniero 491519 —dice el examinador vestido de espuma verde—. Tiene veinte tercs, ni uno más ni uno menos, para utilizar el sincro. Aproveche el tiempo. Si necesita más, debe solicitar un nuevo turno. —491519 mira aterrado al examinador. Sabe que si tiene que pedir otro turno, puede esperar varios anuks, quizás un tercio de su propia vida. Y quiere tener su doctorado ya.
El examinador se para detrás de 491519 y observa cómo opera los controles. En su mano tiene la hoja electrónica con la tesis del ingeniero.
—¿Tiene idea de que lo que intenta probar es pura especulación?
—No señor, se basa en las teorías de Rok-Hem. El impacto de las subpartículas con ángulos y spines predeterminados por los cálculos y que colisionen a velocidades de veinte a veintidós cuarnets, darían como resultado un universo complejo estable por varios mili tercs. Y ese universo poseería una estructura dada por las distintas expresiones de una única ley endécimodimensional.
—Las probabilidades son muy bajas —sentencia el examinador—. En mi opinión esta tesis es toda una estupidez. —Sacude el papel electrónico—. Crear universos estables... ¿Quién puede creerse semejante tontería?
—Si procedo con cautela, puedo intentar dos, con mucha suerte tres colisiones.
El ingeniero se concentra en los cálculos y activa el generador. Se produce un suave zumbido. El aumento de frecuencia indica que los superconductores se cargan. Puede imaginar el recorrido de las subpartículas saliendo del emisor y, acelerando de manera vertiginosa, girar por los anillos alrededor de la enana blanca diez veces antes de estrellarse una contra otra en el colisionador.
Los números se suceden en los medidores y la cuenta regresiva llega a cero. Los superconductores se descargan.
Tanto el ingeniero como el examinador, se acercan a la consola del analizador de micropartículas: en efecto, un universo se había creado, aunque duró apenas un par de nano tercs.
—El orden de nano tercs …—dice el examinador—. No podemos considerar que eso sea un universo estable. Según los datos fue un universo levemente complejo. Cuatro o cinco átomos de diversidad como mucho. Inténtelo de nuevo.
El ingeniero verifica nuevamente los cálculos y observa que no manipuló los controles con la precisión necesaria. Necesitaba más energía. En su ansiedad, descargó demasiado rápido. Aspira profundo y trata de calmarse. Pasan doce tercs. Sólo le queda tiempo para un último intento.
—491519 —lo apura el examinador—, ¿se encuentra bien? ¿Va a intentarlo de nuevo, o deja de hacernos perder el tiempo?
—Todavía me quedan suficientes tercs.
Se concentra en los controles. Pasa sus dedos por la consola de configuración cambiando parámetros y ángulos. Los superconductores comienzan su canto monótono.
Esta vez, el ingeniero se toma su tiempo. Una señal de alarma titila frente a sus ojos. Pero él no le presta atención. El examinador lo mira preocupado. Levanta la mano y la pone sobre el pulsador de emergencia que descargará toda la energía acumulada al hiperespacio, antes que se destruya el anillo.
—Aguarde un momento —le pide el ingeniero—. Aún tenemos margen de seguridad. Necesito de toda la energía que pueda entregar Orbitus.
El examinador no le responde. La mano sigue, ominosa, sobre el pulsador de seguridad. Si el sistema se sobrecargara, la enana blanca podría convertirse en una nova. Y destruir todo a miles de tercs luz. Mira al ingeniero, mira los medidores y aguarda.
El ingeniero observa la cuenta regresiva del ordenador, y dispara rápidas miradas sobre el hombro observando el examinador. Sabe que si demora demasiado, el otro desactivará el sincrotón y su doctorado se irá al traste. Al menos por mucho tiempo.
El contador llega a cero y los superconductores se descargan. El ingeniero espera estático sobre los controles mientras el examinador observa los sensores.
—Ingeniero, obtuvo un universo bastante estable: ¡Diez mili tercs!
—¿Qué complejidad? —pregunta el ingeniero aún sin atreverse a mirar su creación.
El examinador no le responde. Atentamente observa la impresionante cantidad de información que captaron los sensores dentro del universo. El ingeniero observa al examinador. Sus atributos físicos tiemblan visiblemente.
—Hubo expansión temporal —dice el examinador—, lo que para nosotros fueron apenas diez militercs, dentro de su universo pasaron ¡cien mil millones de anuks! La complejidad de ese universo fue casi máxima. Ciento treinta especies de átomos estables diferentes... —El ingeniero le arranca la tableta electrónica de la mano y mira los datos que aún siguen transmitiendo los sensores amenazando con saturar la memoria de la máquina—. Y obtuvo desarrollo de especies biológicas. Cuatrocientas civilizaciones. Y varias de ellas tuvieron conciencia de su creador.
El ingeniero está excitadísimo, su éxito fue rotundo y, sin duda, ha logrado su doctorado.
—491519 —dice el examinador—, dado que ha aprobado la tesis, dígame su nombre para asentarlo en las actas.
—Dios. Soy el ingeniero Dios.
—Bien, a partir de ahora es el Doctor Ingeniero Dios, y se lo conocerá como el Creador de Universos.

Encuentro con Horacio Ojeda – Hernán Dardes


Me hubiese gustado toparme con Horacio Ojeda en mejores circunstancias. En la época en que invocar su nombre era suficiente para hacerse un lugar en aquel pobre barrio orillero en donde me tocó crecer. En los años en que mi padre hablaba de él con una reverencia formidable. Justamente mi padre, hombre de palabras escasas y gestos parcos. Tan frío a la hora de las emociones, pero de sangre caliente en las ardorosas tardes de bar, en donde lo defendía a fuerza de gritos y puñetazos sobre las mesas. Reverencia que en aquella parquedad nunca tuvo mucha explicación y que había sido transferida a fuerza de convicción y vehemencia.
Mi padre se ufanaba de haber sido anfitrión de Ojeda en dos oportunidades y nos repetía hasta el hartazgo que a la gratitud de ese hombre debíamos cada metro cuadrado que pisábamos. Junto con mi hermano Mariano nos maravillaba la atención de quienes lo oían cada vez que relataba aquellas lejanas dos visitas, entregando su atención como si se tratase del más atrapante de los cuentos. La manera en que se sobresaltaban al saber que estaban sentados en la misma silla en la que Don Horacio alguna vez reposó, y que el vaso generoso de licor bien podría haber saciado a ese hombre que los fascinaba.
Tal vez por mi edad me resultaba poco lógico encontrar el motivo por el cual se respetaba tanto a alguien del que pocos conocían su rostro. Pero sí tengo presente la manera en que mi madre corría a bajar el volumen de la radio cada vez que su nombre aparecía en alguna noticia, como protegiéndonos de alguna impensable desilusión. En algunas noches en las que el sueño resultaba difícil de conciliar discutíamos con mi hermano sobre él, suponiéndolo un héroe o el más feroz de los chacales. Y a la distancia reconozco que la figura heroica siempre me atrajo mucho más y a veces lo soñaba enmascarado, influido por las series en blanco y negro en las que encontraba refugio a la hora de la siesta.
En aquellos veranos ardorosos los niños jugábamos a ser Horacio Ojeda. Nos intercambiábamos los roles, y gozábamos infinitamente de ser, al menos por un par de horas, amo y señor en esos terraplenes. Cuando en el juego me tocaba a mí el papel principal, lo asumía con tanta responsabilidad que me agobiaba. No solamente había que demostrar destreza en la pelea e ingenio para ocupar la casa de piedra en ruinas en manos de mis amigos. También era imprescindible esa actitud, esa prestancia magnificente que le imaginábamos. Recuerdo cuando una vez haciendo su papel me desplomé trepando una roca; y lo que en otro momento hubiese sido motivo de jocosas carcajadas aquella vez significó el escarnio más severo. Mis amigos salieron de su escondite, y mientras me miraban como si hubiese cometido la peor de las herejías, volvieron a sus casas en silencio, con la imagen del héroe convertido en esa torpe caricatura en la que yo lo había transformado.
Con el paso del tiempo aquella imagen heroica fue desapareciendo, pero siempre se mantuvo la versión benefactora, la que motivaba a mi madre a invocarlo a la hora de encontrarle un trabajo para mi hermano. 
Si hablaras con Don Horacio… susurraba ella a los oídos de mi padre, prédica que él siempre rechazaba aduciendo peligro, mientras miraba a Mariano con ojos indulgentes.
Entre viajes y días recalados en otros pueblos y ciudades, el nombre de Ojeda fue desapareciendo poco a poco de mi vida, pero siempre retornaba a mis oídos en los visitas espaciadas. Los años me trajeron una versión de Horacio Ojeda mucho más empobrecida, pero siempre misteriosa. Rumores sobre fracasos, versiones sobre su muerte e incluso a veces aparecían historias sobre traiciones que mi padre se negó a creer y desmentía a los gritos desde su lecho de muerte.
Pero bastó que mi madre me ruegue que vuelva a instalarme en esa vieja casa de infancia para que su nombre comenzara nuevamente a atravesar mis días. Porque sin darme cuenta comencé a recorrer los mismos caminos que mi padre había transitado alguna vez. Poco a poco comprendí que en aquel poblado hacerse un lugar a la fuerza era indispensable para despertar al día siguiente y poder brasearse al sol exento de riesgos y libre de aquiescencias. Y el nombre de Horacio Ojeda mantenía su influjo caudillesco, pero ahora compartido con numerosos adalides con las mismas pretensiones e idénticos influjos. Fue en ese tiempo en donde mis recuerdos fueron puestos a prueba. Porque a medida que notaba que su fulgor se apagaba día a día, en mi fue creciendo un instinto casi paternal que supo ser motivo de severas reprimendas.
Y no me resultó fácil discernir en esa nueva vida la memoria intacta de mi niñez, con las exigencias de un presente que me trazaba caminos que cada vez me alejaban más de esos recuerdos mágicos y épicos. No era sencillo sentir la sombra de mi padre sobrevolando cada uno de mis actos, como si de su juicio dependiera el éxito en cada trifulca. Pero mucho me había enseñado aquella tarde del resbalón oprobioso, y en esa maraña entre los recuerdos y el hoy, no podía permitirme el favor de la duda.
Horacio Ojeda. Siempre soñé con tener con él mas no sea una charla de bar. Un encuentro cara a cara con el enigma. Me hubiese gustado participar en una sola de sus peleas. Integrar su banda y por una sola vez oír su voz de mando. Pero el destino no siempre cruza las vidas de la forma que uno imagina, y los caminos convergen en las formas más inesperadas. Y allí está él finalmente, dándome la espalda encorvado sobre la mesa de madera. Y aquí estoy yo, con los brazos tensos y las manos aferradas a mi fiel revolver. A punto de gatillar.

Tomado de: http://hernandardes.blogspot.com/

Nunca lo ves – Ricardo Giorno


Susurrando al sangrante llamado, la mano cayó una y otra vez. Siguiendo al descargante impulso, la otra mano llevó el tibio premio a la sedienta boca. Bebí, bebí y bebí. Hasta embriagarme. Una vez satisfecho, me abracé con ahínco a los amados demonios. Fue un abrazo de alegría, entre camaradas que saben que han cumplido con el deber. Les mostré la obra. Me elogiaron con desinteresada intención. Al ver esos conocidos rostros, los invité a beber. No quedaba mucho. Mucho se había desperdiciado, pero me agradecieron. Eran amigos. Me acompañaron en las amargas horas de martirio, antes de mostrarme la ancestral sabiduría.
Quedé solo. La vida trastocada de golpe. El enorme peso, desplazado. La novel levedad atacando desde arriba. Pasé largas horas analizando la púrpura obra. Cuando los ignorantes párpados dijeron presente, hubo algo que desencajó sobre el resto: la mano tallada en piedra. En piedra gris. En la soledad gris en que las inútiles horas aguardan. La mano no tendría que estar en esta obra. La piedra gris no debía manchar el rojo compuesto. Levanté la roca. La grisácea mano me atrapó, muerta como estaba.
Corrientes de sobrenaturales voltajes circularon entre los tres componentes de la escena. Llamé a los amigos. Los maldije. Les grité. Los insulté. No dieron rastros de vida. La mano de piedra gris comenzó a reptar. Lento. Atenazándome los huesos con el calor de la fría roca. Gris. Caí de rodillas. De rodillas ante la obra. La mano me apretó el cuello. El cuello respiró oscuridad frente a ella. Caí. No fui leve. Caí. No sentía nada. Caí. La cabeza golpeó el suelo. Por fin la mano dejó de apretarme. Giré mirando al techo, y no había techo. Estaban ellos, los demonios, los amigos. Me llamaron. Fui.
Al girar hacia abajo me veo con los dedos tejidos en el cuello. Frente a la obra. La mano de piedra gris, por fin cubierta de escarlata manta.