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domingo, 20 de febrero de 2011

La salida - Oscar Piolini


Mediodía.
Implacable, el sol fundía el asfalto. El pelotón de ciclistas se unía hasta estrecharse lo más posible, cuerpo contra cuerpo, como una lanza buscando penetrar la muralla invisible del viento en contra.
La ruta parecía una víbora que serpenteaba el horizonte de girasoles y pastizales secos. Y el intenso calor subía, y tomaba envión en los pedales para trepar por las piernas hasta las caras contraídas y empapadas. No se debía perder el ritmo, se decía él a sí mismo. El ritmo, la pedaleada fuerte y pareja. El ritmo. Sabía que si bajaba la velocidad se descolgaría del pelotón. No se lo podía permitir. La boca seca, pastosa. El casco recalentado le freía el cerebro. Ni siquiera pensaba con claridad. El ritmo. La pedaleada fuerte y pareja. El ritmo.
—¡Estás volando de fiebre, Martín! —le dijo la vieja.
Le dolía todo. Entreabrió los ojos. Trató de estirarse en la cama, pero fue para peor. Miles de punzadas le acribillaban la espalda. La sintió mojada, también mojados el colchón y las sábanas. Pegada a la cama, la vieja lo observaba en silencio, con esa cara que se contempla a los enfermos que no van a mejorar.
Se le acercó.
—Inclinate un poco de lado, ¿querés? Así te cambio las sábanas. ¡Empapadas están, m ‘hijo!
Entre resignado y obediente, Martín se volteó de lado. Un virus, había dicho el médico.
Los médicos siempre iguales; de manual, pensó. Cuando no saben qué decir, largan lo del virus. Seguro que es una gripe fuerte, nomás. Me quieren asustar, eso es.
Los escalofríos, de a ratos, le hacían rechinar los dientes. Notó que volvía a caer en ese sopor… Un sopor que ya era bienvenido, anhelado: lo alejaba del dolor. Tenía el cuello agarrotado de tan fuerte que sostenía el manillar de la bicicleta. Bien fuerte, para no caerse. Una caída podría ser fatal. La mirada fija en la rueda del compañero de adelante. No podía perder esa visión. A su derecha, Jorgito, el burgués extraviado, lo miró como si fuese una iguana. Y le gritó:
—¡Ponele huevos, que te estás quedando! ¡Venís muy cargado! Seguilo a Walter.
Walter, el matemático sentimental, pedaleaba adelante, encabezando el grupo con ritmo constante y rápido.
Más allá, Luis, con una mueca de dolor, batallaba inútilmente con el viento.
Eugenio, con el cerebro dividido en varios pedazos, y con esa particular tendencia a huir de las situaciones no bien definidas, subió de golpe varios piñones.
El dolor en la espalda se había vuelto insoportable, era como si cargase a un chino con navaja, que no paraba de apuñalarlo por detrás. Se le acalambraban los muslos. Las piernas ya no lo obedecían. Pensó: Quisiese ser una fiera pero soy un infeliz.
—Las piernas, las piernas me duelen mucho —chillo Martín semisentándose en la cama—. Dame agua, vieja. ¡Tengo mucha sed!
Tragó agua del pico, atragantándose con la misma voracidad de un náufrago del desierto. Al levantar la mirada, se dio cuenta de que había llegado su tía Coca. También el Cholo. El asunto debe venir rejodido, pensó.
Omnipresente, dominando la escena, el médico se le acerco y lo tomó del cuello con la misma prestancia que un director de orquesta comienza una opertura.
—Rigidez de nuca —sentenció el galeno—. Hay que punzarlo.
Y a él le pareció oír que la vieja decía algo como “meningitis”. Debía de estar escuchando mal.
En esa fina línea donde la ilusión se entremezcla con la realidad y uno no sabe cuál es cuál, Martín pensó que todo era un juego, una teatralización. Y pensó que no bien terminase la función, se repartirían masitas y bebidas en vasitos de plástico.
—¡Vas muy cargado! —oyó que le gritaba, de atrás, Clario.
Él salvaje domesticado, así lo había apodado él a Clario, una tarde de rodada.
—Piñón chico y no “reboleás” ¡Mové la piernas y dejate de joder! ¡Te estás quedando!
Dicho y hecho. Se quedó. Se agotó. Se rindió. La fiebre no paraba de subir. Los intervalos lúcidos casi no existían. El sopor lo atrapaba ahora con garras invisibles y lo retenía alejándolo de la realidad, del Cholo y la tía Coca. Del médico engrupido y de la vieja emperrada en cambiar las sábanas. Se hundía en esa ruta interminable, volando más que rodando, transpirado, exhausto, sediento.
Jadeando, sin coordinación, sólo alcanzó a ver el oxidado paragolpes frontal de un camión, que lo alejó definitivamente de Jorgito, de Walter, de Luis, de Eugenio y de Clario.


miércoles, 5 de enero de 2011

Lo vi venir - Oscar Piolini


Otra vez los abrazos, otra vez los saludos, otra vez las idas y venidas. Y otra vez las ausencias.
Faltaban dos días para el fin de año. Los almacenes del pueblo ya exhibían los corderos recién carneados.
Como un ritual establecido, a la tía Tita le tocaba hacer las ensaladas. La tía Elda compraría las Quilmes, y el tío Agustín otra vez cedería el patio del fondo. Lo entregaba iluminado con lamparitas azules y amarillas, que colgaban de la parra centenaria.
Armando, Julián y yo —que ya estábamos grandecitos— teníamos como misión resolver lo del plato principal: el chancho.
—¿Por qué chancho? —protesto Julián.
—¡Se dice cerdo, bruto! —dijo Armando.
—Será porque el año pasado comimos pollo —contesté.
—Como sea —dijo Armando misterioso—, ese no es el problema. El problema es que al chancho hay que matarlo.
Y nos sonrió a todos con malicia.
—¿Matar al chancho? —acoté, sin importarme un comino a esta altura del partido si era cerdo o chancho. Yo me sentía incapaz de matar una hormiga, pero no lo dije—. Y, ¿cómo se mata un chancho?
—¡Le pegás un palazo en la cabeza y listo, salame! —Julián dio media vuelta, con esa sencillez del que ignora.
—Para mí que el asunto es mucho más complicado —siguió Armando, haciéndose el enigmático—. Creo que hay que desangrarlo. La sangre se junta y con eso se hace la morcilla. Yo escuché que se le clava una cuchilla en el cuello hasta que se desangre.
—Che… ¿La morcilla no era sangre de caballo? —retrucó Julián. Y no se lo veía muy convencido con eso del cambio de plan de ejecución.
—Del caballo se saca la mortadela —dije con aires de conocedor—. De caballo viejo —agregué, reforzando el concepto de una, como para que no se diesen cuenta que no estaba muy seguro de lo que decía.
—Como sea —sentenció Armando, ya sintiéndose líder—, hay que matar al chancho. Así que mejor nos ponemos de acuerdo, y entre los tres lo amasijamos. Lo adobamos, lo cocinamos y nos lo comemos.
—¿Y si lo envenenamos? —sugirió Julián, en voz muy baja, como para no ser oído.
—¡Sos boludo o te haces! —escupió Armando—. Si lo comemos, nosotros también nos vamos a envenenar, ¿no te das cuenta?
—¿Y si le preguntamos al tío Agustín? —dije—. Seguro que el viejo la tiene atada.
—¡Ni en pedo le pregunto a ese viejo! —dijo Armando, ya líder indiscutido—. Se nos va a cagar de risa un mes entero, y le va a refregar a todo el mundo lo inservibles que somos.
—Matar a un chancho es tan simple como eso —dictaminó Julián—. Lo agarramos entre nosotros tres. Después lo pasamos a mejor vida en un periquete.
—Jodido sería si fuese uno contra uno, cuerpo a cuerpo —Armando se veía pensativo—, por ahí se pondría más difícil. Pero entre los tres lo hacemos jamón en un santiamén.
—Hagámoslo —dije, desconociendo mi propia voz de autoridad—. Hagámoslo mañana al amanecer. Para que no haya discusiones que cada uno empuñe el arma que más lo convenza —miré a Armando—. Vos, traéte la cuchilla esa, la que era del abuelo. Julián, andá armándote de un garrote de la leñera. ¡A las seis en punto! No me van a garcar, eh.
—¿Y vos —se burló Armando— qué vas a usar, vos? ¿La palabra?
—Una piedra. Eso: una piedra inmensa voy a llevar.

Esa noche, sin despegar los ojos del despertador por miedo a quedarme dormido, pensaba que los otros tampoco dormían. Para peor, a medida que pasaban las horas, menos quedaba para dormir. A eso de las tres y media, caí rendido.
Soñé con el chancho: gritaba como un chico. Armando, implacable, le clavaba una y otra vez la cuchilla en el corazón. Julián no paraba de pegarle garrotazos, con saña en la cabeza, le pegaba.
A las cinco y treinta en punto, sonó la campanilla del despertador a cuerda heredado del abuelo.
¡Poner el despertador para matar un chancho, hay que ser pelotudo!, me dije.
Desde la ventana, vi cómo los contornos de los arboles empezaban a cobrar forma, en ese misterioso intervalo de penumbra cuando no es de día ni de noche. El amanecer le daba a todo el asunto un aire marcial. Como de fusilamiento. Como de último día. Como si la muerte inminente fuese mi propia muerte, y no la del chancho. Me vino un retorcijón de panza.
Deseoso de terminar cuanto antes, cerré la puerta con llave como quien se va de vacaciones por tres meses, ni supe por qué. Tampoco supe por qué miré las cosas de la casa como por última vez. Me detuve en los cuadros, en las fotos de cumpleaños. Y en la copa que ganamos en el fulbito cuando salimos campeones.
Sin preámbulos, el chiquero fue el lugar de encuentro previo a la batalla.
El aire se había vuelto pesado, espeso. Costaba respirar.
Nadie dijo palabra alguna.
Armando con su cuchilla oxidada, amenazante.
Julián blandiendo su garrote: un tirante de quebracho más alto que él.
La mañana hedía a carnicería.
Ya no había retorno. Aunque quisiéramos volver atrás, no había retorno. El corazón me retumbaba en el pecho.
Sacando fuerza de no sé dónde, me cargué al hombro la piedra más grande de las que hallé al costado de chiquero.
Ceremonioso, Armando abrió la tranquera.
Y, cuando los tres estuvimos adentro, la cerró con sumo cuidado.
Los espié de reojo: estaban muy pálidos.
Internamente, rogué que el chancho estuviese dormido.
Pero, la bestia parecía esperarnos.
Lo vi enorme. Con esos ojos asesinos de animal acorralado.
Todo pasó demasiado rápido:
Primero fue por Armando. El pobre no había alcanzado ni a levantar la cuchilla. La bestia lo pisoteó, como para asegurarse de que ya no se movía.
Julián, queriendo escapar, tropezó con el tirante de quebracho. Y el monstruo le enterró el hocico en la garganta, sacudiendo jirones de músculos y pellejo.
Yo no podía moverme.
Lo vi venir.

Oscar Piolini