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miércoles, 8 de junio de 2011

Círculos – Luisa Hurtado González


La mujer de pelo oscuro y largo iba deprisa por la calle, no quería llegar tarde a su cita, a aquella tras la que esperaba que su vida diese un vuelco y le permitiese olvidar su miserable pasado; entonces, tropezó con él, con el hombre de los ojos azules, el mismo que aún tenía en su piel el recuerdo de la mujer delgada, aquella mujer a la que amaba, con la que esperaba algún día poder compartir su vida pero que aún estaba atada a su marido, un hombre atractivo y de mediana edad, al que ella había dejado de querer, un hombre que acababa de descubrir el desfalco cometido por su socio, ése que había sido su mejor amigo, al que había aconsejado una y otra vez que saliese del armario y que tirase por tierra el matrimonio de conveniencia que representaba, el mismo al que le estaban sometiendo a chantaje y que ahora esperaba en un café del centro, con un abultado sobre en el bolsillo interior del traje, el hombre que iba a encontrarse con una desconocida de pelo oscuro y largo, encuentro tras el cual él esperaba recuperar su vida y ella, como ya se ha dicho, olvidar su miserable pasado.

viernes, 3 de junio de 2011

Una función inolvidable - Luisa Hurtado González


La pasada Navidad los niños decidieron representar el cuento de “Los siete cabritillos” y aún hoy hablamos de aquello; sin embargo, seguimos sin saber qué es lo que no gustó a los padres del niño que hizo de lobo: la sangre, sus gritos o el ser conscientes de su pérdida rodeados de nuestros sinceros aplausos.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

sábado, 21 de mayo de 2011

La eternidad - Luisa Hurtado González


Agotada de las voces interiores que escuchaba en todo momento y que tantos abismos abrían a su alrededor, saturada de los susurros llenos de miedo en los que nadaban sus desafortunadas neuronas, cansada de luchar contra los negativos pensamientos que rebotaban como pelotas de tenis entre sus sienes, se quitó la vida buscando la paz.
Y sólo después de ser espectadora impasible de su propio entierro, cuando se quedó definitivamente sola, ya sin ser, para siempre, descubrió la terrible verdad, lo inesperado: detrás de la vida no se abría el frío del silencio que había ido a buscar, no, detrás estaban las voces de los muertos. Estaban sus gritos, aquellos en los que reclamaban la vida que habían perdido o que no llegaron a tener, en los que daban cuenta de los deseos insatisfechos, en los que contaban las injusticias de las que fueron objeto o las razones que les llevaron a actuar mal, los que llenaban de los recuerdos que querían guardar y que quizás habían ido inventando con el único propósito de hacerse oír y llamar la atención dentro de aquel interminable estruendo.
No, no era lo que ella había esperado encontrar pero pronto descubrió que, por lo menos, en aquella eternidad, le era absolutamente imposible oírse.

Sobre la autora: Luisa Hurtado González

sábado, 7 de mayo de 2011

Boris y Boris - Luisa Hurtado González


Boris, como tantos otros, transfirió al ordenador central del Ministerio de Defensa Estelar toda su mente y quedó vacío; preservaba así toda su esencia y, en caso de caer en manos enemigas, éstas no podrían obtener ninguna información útil de él.
Algunos días más tarde, la familia de aquel cuerpo de ojos vidriosos supo que éste había dejado de existir sirviendo al planeta tal y como se le había pedido.
Cien años más tarde, en el aniversario de aquella batalla en la que tantos héroes murieron, el Ministerio decidió volver a darles la vida. Se trasladarían las mentes de aquellos héroes a las cabezas vacías de un buen puñado de clones y los valientes volverían a vivir, serían capaces de realizar el milagro de dar humanidad a cada una de aquellas fotocopias de cuerpos.
La mente de Boris ocupó su envase y empezó a ser consciente de lo que había pasado, de dónde y cómo habían quedado truncados sus días; comprendió la oportunidad que se le brindaba y midió el esfuerzo que tenía que hacer para retomar su vida.
Quizás por eso, algún tiempo después, Boris cogió un arma, destruyó su clon y se dejó libre.

martes, 26 de abril de 2011

Castillos en el aire - Luisa Hurtado González


Desde hacía muchos años disfrutaba de su construcción, de ir añadiendo día a día pequeños y sutiles detalles.
Recordaba haberlo hecho desde siempre, desde niña, desde hacía más o menos 30 años.
Sin embargo, en cuanto esa cifra surgió en su mente, su peso hizo que las murallas empezasen a ceder, que las almenas se desplomasen, que el foso se llenase y que los torreones de derrumbasen.
Todos los castillos, sus castillos, se vinieron abajo, se evaporaron, sin siquiera levantar una nube de polvo, sin que nadie lo notase, inundándole los ojos de lágrimas.

Ilustración de Guillermo Vidal

viernes, 22 de abril de 2011

La empalagosa miel - Luisa Hurtado González


-¡Soy un romántico de la vida! –decía sin parar.
Sin embargo ella odiaba aquella frase porque significaba que él no quería entender que ya no le quería, que las flores, los bombones y los regalos la molestaban, que los malos gestos eran que quería quedarse sola, que los dolores de cabeza nacían con sus continuas atenciones absurdas
Decidió entonces ser la amante perfecta, la miel en persona, e interrumpirlo siempre para decirle que le quería apostando fuerte por una inundación persistente de carantoñas.
Ayer recibió un correo electrónico en el que la dejaba. Ella no contestó siquiera.

viernes, 8 de abril de 2011

Primer deseo - Luisa Hurtado González


Enterrada entre la basura encontré una vieja lámpara y recordé el cuento que me contó la vecina. De modo que la froté y pedí un deseo, el primero, que mi mamá deje de enfadarse, que no me pegue más, que sea dulce como lo es la profesora conmigo los días que puedo ir a la escuela.
Al día siguiente, al ir al colegio, volví la cabeza hacia nuestra casa. Mi mamá estaba en la ventana, como nunca había hecho, despidiéndome, sonriéndome, todita de azúcar.

Luisa Hurtado González

Imagen: "Esfinge vestida para un baile de máscaras", de Gustave Moreau

viernes, 1 de abril de 2011

Disco rayado - Luisa Hurtado González


Todavía, de vez en cuando, se echaban en falta. Todavía uno de los dos, él o ella, cogía el teléfono y llamaba al otro: “¿quedamos?”.
Algunos días más tarde, acudían a la cita nerviosos como flanes y, mientras él pensaba que ella era preciosa, ella se decía que era encantador. Se sentaban entonces y comentaban los proyectos que tenían en mente, lo que esperaban de la vida, los viajes que querían hacer o la familia que querían formar. Dejaban que la emoción devorase sus palabras, que el tiempo se parase en el brillo de sus ojos y en las caricias que dibujaban sus manos..
Después hablaban del presente, de cómo el trabajo y la rutina minaban sus deseos, del modo en que el silencio les separaba y el deseo empezaba a apaciguarse. Descubrían entonces, nadie sabía exactamente cuando, que sus manos ya no se tocaban y sus miradas habían empezado a evitarse.
Más tarde, cada uno haciéndose fuerte en un lado de la mesa que ocupaban, volvían a encontrarse para enfrentarse, para echarle en cara al otro que las promesas hechas nunca habían sido más que palabras, que cada uno de ellos por separado había luchado por su unión con más ahínco que nadie, que nunca fueron ni amigos ni amantes, que lo suyo había sido sólo una pérdida de tiempo, una mentira, una broma absurda y un engaño.
En ese momento pedían la cuenta, pagaban por separado y después salían a la calle tan solos como habían llegado, cada uno por su lado hasta el siguiente asalto.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

miércoles, 23 de marzo de 2011

Buena puntería - Luisa Hurtado González


El primero en caer fue el conejo azul. Unos segundos después, la víctima era el pato. Más tarde, vi caer con horror al cerdo, mi compañero y amigo. El siguiente era yo.
Aterrorizado busqué al culpable de la masacre: estaba sólo a un par de metros y sonreía.
Oí el disparo que tenía mi nombre pero… permanecí en el sitio. ¡El asesino había fallado!
Cuando el mecanismo que me mueve me devolvió a la calle, lo vi por última vez en mi vida. Llevaba en los brazos uno de los premios que se entregan a aquellos que tienen buena puntería. Llevaba en los brazos a la muñeca Chochona, mi novia.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor
http://microrrelatosalpormayor.blogspot.com/

Se acabó la ilusión - Luisa Hurtado González


Desde que tengo turno de noche no coincidimos en casa. Hace años que no nos vemos, pero nunca me preocupé por nuestra relación. Nos hemos comunicado siempre: mensajes, cartas, regalos, sorpresas. Recuerdo haber seguido un rastro de papelitos por la casa y meterme en la cama solo, pero feliz. Me acuerdo de nuestras peleas, de nuestras reconciliaciones y también, del modo en que ella ha luchado siempre para que no cayésemos en la rutina.
Sin embargo, desde hace un tiempo, sus notas son informativas, telegráficas, sosas, frías y lo que es peor, están escritas siempre con la misma letra.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

sábado, 12 de marzo de 2011

Una vieja amistad - Luisa Hurtado González


-Es la princesa que habita tus sueños la que ahora te habla.
Y frente al espejo, la mujer ahoga un grito llevándose la mano a los labios.
-¿Te acuerdas?
Sí, claro. Es su amiga invisible, la que había desaparecido cuando creyó enamorarse del hombre que ya empieza a aporrear la puerta.
-¿Se puede saber qué haces?
La mujer, asustada, teme que él entre en el pequeño baño y logre, como ya hizo antes, que todos sus sueños desaparezcan.
-No temas, él nunca podrá verme.
Antes de abrir la puerta la mujer mira de nuevo hacia el espejo, dibuja una sonrisa infantil en el rostro y añade, justo al final, una mirada delirante que tiñe a la imagen de espanto y hace que la joven ahogue, también ella, un grito.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

El Puzzle - Luisa Hurtado González



Todos me recordaban a Juan. Las manos de Enrique, la picardía de los ojos de Andrés, los chistes de Santiago, el modo de andar de Pepe, la medio sonrisa en la cara de Paco, los silencios de Víctor en medio de una frase, la inclinación de la cabeza de Eduardo cuando encendía un cigarro, el pelo siempre revuelto de Javier, las miradas poco disimuladas de Sancho hacia mis piernas, sí, ésas también eran de Juan, el guiño travieso de Abel después de la broma, el modo en que Fernando me cedía la silla, los sesudos discursos de Pedro, la conversación intrascendente de Jorge, la forma en que Alfonso abrazaba mi cintura para bailar juntos,... Estando con todos ellos, he estado con él y he disfrutado de todos sus encantos, de uno en uno. ¿Qué ha habido de malo en mi modo de actuar? ¿Qué es lo que tanto daño le ha hecho en mi comportamiento? ¿Por qué él no ha podido reconocerse, como yo lo hacía, en todos ellos?

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

miércoles, 9 de marzo de 2011

San Martín - Luisa Hurtado González


Deshacerse de un cadáver no es fácil, se dijo. Quizás por eso él prefirió las palizas y las amenazas.
Ahora que su marido yacía inerte en mitad de la cocina comprendía el problema al que se enfrentaba.
Estuvo a punto de dejarse aplastar por los gritos de años que aún retumbaban en su mente, cuando vio la sangre que empezaba a fluir por uno de sus oídos. Tenía que actuar rápido.
Recordó entonces a Maruja, su vecina del quinto interior, ella había participado en alguna que otra matanza, ella sabría como descuartizar a un cerdo.


Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

martes, 8 de marzo de 2011

Un gasto excesivo pero necesario - Luisa Hurtado González


Hasta él llegó un pitido. Era la agenda electrónica haciéndole saber que había sido invitado a una nueva fiesta o baile donde había sido reclamada su encantadora presencia.
Como era su costumbre, confirmó de inmediato su asistencia. Fue sólo después de hacerlo cuando descubrió con desesperación que la nueva cita interfería con siete actos sociales más a los que se había comprometido a ir como fuera.
Durante un momento se odió, odió esas malditas e inoportunas prisas suyas, sus temores y ese miedo que tenía de que se olvidarían de él si dejaba de asistir a todos los actos posibles como había hecho siempre.
¿Qué podía hacer con la última reunión social si sus siete clones ya estaban ocupados en representarle en otros tantos e igualmente importantes eventos? ¿Es que tendría que ir él mismo, en persona?
Qué pérdida de tiempo, pensó, y qué aburrimiento. Y, antes de que la cantidad exorbitante de dinero que se iba a gastar echase por tierra la idea que le andaba rondando por la cabeza, encargó que le hiciesen tres clones más mientras ponía como excusa que no tenía que ponerse.

viernes, 25 de febrero de 2011

El plantón - Luisa Hurtado González


Estaba enfadada con él. Más de cincuenta años juntos, toda una vida, pero… ¿por qué no volvía ahora con ella?, ¿quién le impedía resucitar?, ¿quién se creía que era la muerte ésa?


Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

sábado, 19 de febrero de 2011

La magia del fuego - Luisa Hurtado González


El intenso calor la acosaba. Las llamas empezaban a lamer su cuerpo. Y más allá, entre el humo, aún podía ver las miradas llenas de miedo de aquellos que la habían declarado culpable de brujería, a los que atemorizaban su pelo rojo, su rebeldía y su descaro.
Eligió a una mujer que como todas era pálida, vulgar y transparente, ésa que movía los labios como si rezase y hacía resbalar sus dedos nerviosos por un rosario desgastado.
La bruja logró que las yemas de sus dedos rozasen los amuletos que aún escondía entre la ropa, comenzó a susurrar extrañas palabras y, para cuando concluyó el conjuro, la mujer de pelo rojo era una más entre las personas del pueblo, tan vulgar y transparente como ellas aunque sus labios permaneciesen sellados y no rezasen. Tuvo que admitir entonces que, gracias a la belleza hipnotizadora del fuego y a los gritos desgarradores de la desgraciada por la que se había cambiado, el espectáculo no defraudó a nadie.


Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

jueves, 17 de febrero de 2011

Silencio - Luisa Hurtado González


¿La respuesta de mi marido? Ninguna.
Durante semanas le pedí que hablásemos, que me dijese qué problema había, que no olvidase que le quería; pero su silencio acabó por crisparme los nervios. Admito que comencé a elevar el tono de voz, a gritarle incluso, mientras impotente veía como él seguía sin abrir la boca.
Hoy al fin despegó los labios, salió de ellos como un gemido y esperé hasta que vi la sangre extendiéndose por su camisa. ¿Cómo podía yo imaginar que un día se me escaparía un disparo? Idiota, si hubiese hablado..., toda la culpa es suya.



Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

miércoles, 16 de febrero de 2011

Otra vez - Luisa Hurtado González


Estuve mucho tiempo con los ojos cerrados, respirando con dificultad, sólo alcanzaba a oír murmullos indescifrables, tenues pasos, roce de ropas, una puerta cerrándose y abriéndose suavemente. Descansé unos instantes más intentando reunir mis fuerzas. Cuando abrí los ojos, los ruidos crecieron a mi alrededor y aparecieron un par de caras amigas, él también estaba allí:
—¿Estás bien?
Y entendí que necesitaba que yo asistiese a su pregunta, que necesitaba mi sí, tan confuso, triste y desamparado empezaba a sentirse.
Le sonreí, ojalá que con la mejor de mis sonrisas.
—¿Y tú?
Y me sonrió con su mejor sonrisa.
¿Qué podía decirles? Que lamentaba el dolor que iba a causarles, que había muchas palabras y poco tiempo, que sentía dejarles solos, que… Busqué su mano y, al encontrarla, sonreí de nuevo, cómo no hacerlo al contacto de su piel.
—No os preocupéis, sólo estoy algo cansada.
Sólo me dolía el nudo que tenía en el pecho. Era la emoción, la maldita emoción que me impedía hablar con tranquilidad.
Ya casi no quedaba tiempo.
—Por favor, no me sueltes la mano.
Y un vértigo empezó a invadirme, obligándome a cerrar los ojos. Por un momento, quise coger fuerte su mano con las mías, pero se hubiese asustado, así que suavemente, imperceptiblemente, se la empecé a acariciar. La sensación de calor en mis dedos se iba perdiendo, me caía sin remedio. Cuando dejase de sentir, estaría sola en aquel agujero. Ya había dejado de ser, y no podía tan siquiera razonar lo que estaba ocurriendo. Todo era negro, no había nada, me quedaba solamente aquella suave oscuridad. ¿Iba a ser esto todo? ¿Así? No sé cuando, simplemente más tarde, empecé a sentir como un latido que inundaba aquel espacio, que me adormecía de puro monótono y constante. Ya no había días. Ya no había noches. Sólo aquella negrura y aquel tranquilizador ruido sordo que parecía acunarme. No, mientras había estado viva jamás había imaginado una eternidad así, un cielo u otra vida así. ¿Qué es esto? Un acompasado sonido en la oscuridad. Nada más. Ni el espacio, ni el tiempo.
En un momento, idéntico a otros muchos momentos, todo se trastocó. Me empujaban, primero despacio, más tarde con prisa, violentamente, hacia aquella luz difusa que se había abierto sobre mi cabeza. Mi suave universo me expulsaba con furia de él, de la luz algo áspero tiraba de mí. Hasta que me sacaron. Grité, lloré, ¡tenía tanto miedo!; entonces, oí unas palabras.
—Señora, es una niña.
¿Cómo entender su significado? Tenía que remontarme tan lejos para comprender….
Después de una eternidad, me colocaron junto a una piel suave y caliente, que me trajo el recuerdo, apenas un instante, de otra que acaricié buscando tranquilizarme un día. Cuando comprendí que aquella piel era mi refugio y oí, muy quedo, un latido, dejé de llorar.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

viernes, 11 de febrero de 2011

Fin de fiesta - Luisa Hurtado González


Recuerda a papá que baje la tapa cuando se vayan todos, me dijo mamá en un susurro.
Después, rodeado de palabras de condolencia, de algunas lágrimas, de silencios prolongados y recuerdos compartidos, me olvidé.
Al día siguiente no había nadie dentro del féretro. La abuela había vuelto a escaparse.

Tomado del blog Microrrelatos al por mayor

Imagen: Fargesia Victualia, de Vanlubeck en deviantArt

lunes, 7 de febrero de 2011

Desigual batalla - Luisa Hurtado González


Como todas las mañanas, el niño descubrió que su castillo de arena había sido destruido por las olas.
Tras apretar los puños, tragarse las lágrimas y morderse los labios, dirigió una mirada de odio al agua que ya le lamía sus pies y juró defender como fuera la que iba a ser su obra definitiva.
Esa noche nadie le sintió salir del apartamento donde pasaba las vacaciones junto a su familia, nadie fue testigo de la desigual batalla de un niño armado con una espada de juguete luchando contra el mar, nadie lo vio.
Lo cierto es que nadie volvería a verlo, nunca.


Tomado del blog Microrrelatos al por mayor