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viernes, 4 de marzo de 2011

El sabio y el hambre - José Vicente Ortuño

El sabio Rasputila, aburrido y hambriento caminaba bajo el sol por una senda polvorienta. Para ejercitar su mente recitaba versos que aprendió en su niñez:

“Cuentan de un sabio, que un día
tan pobre y mísero estaba,
que sólo se sustentaba
de unas yerbas que cogía.”

Hizo un alto, se quitó el sombrero y se secó el sudor de la frente con un pañuelo ajado, mientras, seguía recordando los versos de Calderón de la Barca:

“¿Habrá otro, entre sí decía,
más pobre y triste que yo?
Y cuando el rostro volvió,
halló la respuesta, viendo
que iba otro sabio cogiendo
las hojas que él arrojó.”

Rasputila se volvió. Tras él no caminaba otro sabio, sino su pobre aprendiz que, con la cara demacrada por el hambre, lo miraba con admiración.

sábado, 12 de febrero de 2011

Regreso a casa - José Vicente Ortuño


Guiado por un instinto ciego y un hambre atroz, excavó con furia la tierra húmeda y salió de su tumba. Se puso en pie tambaleándose sobre sus piernas descarnadas, a duras penas cubierto con un traje que odió en vida, su traje de boda, con el que lo habían amortajado y que, ahora, tras haber atravesado excavando dos metros de tierra, le colgaba hecho jirones. No le importó que cayesen finos copos de nieve, que se iban depositando sobre su lápida.
La mente de un muerto viviente no destaca por su lucidez ni rapidez de respuesta. Por eso, cuando miró la losa sepulcral, le costó un tiempo comprender el significado de las sencillas palabras que allí había grabadas: “Tanta paz lleves, como descanso dejas”. Una avalancha de recuerdos, espesos y brumosos, acudieron a su mente. Sin embargo, fueron suficientes para hacerle sonreír, aunque la mueca que apareció en su rostro putrefacto distaba mucho de parecer una sonrisa.
“Sí, María, fui un maldito cabrón que te maltrató de palabra y obra” —reconoció, aunque sus cuerdas podridas vocales fueron incapaces de emitir sonido alguno—. “En varias ocasiones pude haberte matado y no lo hice. Es hora de terminar lo que comencé.”
Salió del cementerio renqueando, junto con cientos de cadáveres que, como él, habían vuelto a la vida y buscaban saciar ese hambre que los corroía por dentro y los guiaba hacia la carne palpitante.
Las calles estaban repletas de muertos que deambulaban arrastrando los pies en busca de personas vivas. A veces tenían suerte y encontraban a alguno que se atrevían a salir de su escondrijo en busca de comida, aunque solían ir armados de cualquier cosa que sirviese para cortar o aplastar las cabezas y vendían caras sus vidas.
El hambre le obligó a sumarse al desmembramiento de un pobre imprudente, que no había cerrado bien la puerta de su escondite. La carne palpitante se deslizó por su reseca tráquea, pero el hambre atroz quedó insatisfecha a pesar de engullir una buena porción. Cuando no quedó nada que comer, algunos cadáveres ambulantes se marcharon, otros se quedaron quietos, con la mirada perdida, a la espera de que algo vivo se pusiese a su alcance.
Llegó a su antiguo hogar, si tal nombre se puede dar a un sitio donde la violencia y el sufrimiento eran cotidianos hasta que él falleció de un infarto. Recordó que su esposa lo vio morir y no hizo nada, ni siquiera llamó a urgencias. “¡Puta desagradecida!”, rugió.
La puerta estaba abierta. “¡Zorra inútil!”, farfulló. Durante unos instantes se sintió desorientado. La casa había cambiado. Las paredes estaban recién pintadas, había muebles nuevos. “¡La furcia ingrata no me ha guardado luto!”, gruñó. Entró en el salón. Su viuda leía sentada en un sillón. Esperaba que ella se pusiese a gritar aterrorizada al verlo entrar de nuevo. Sin embargo, simplemente levantó la vista del libro.
—Te estaba esperando, hijo de puta. Has tardado más de lo que esperaba, se ve que ahora eres más idiota que cuando estabas vivo, si ello es posible —dijo con un tono de voz tan frío, que hubiese helado la sangre de alguien que no fuese un zombi, y añadió con ironía—. Ya ves, pensaba que al fin estaba viuda y ahora tengo que pedir el divorcio.
El hambre le cegaba el corto entendimiento que puede tener un cerebro podrido. En el fondo de su mente ardió el deseo de golpear a aquella mujer hasta hacerla sangrar, como tantas veces lo había hecho, sin embargo, el hambre le imprimía un único pensamiento: ¡Morder, desgarrar, devorar!
Avanzó hacia su viuda. Ésta, sin inmutarse dijo:
—Te presento a mi abogado —levantó la mano, que hasta entonces había mantenido escondida, en ella sostenía un revólver.
Lo último que vio el zombi fue el dedo que se tensaba en el gatillo y el tambor del revólver que giraba…

Ilustración: M9 (detalle) Marco Maiulini. http://www.flickr.com/photos/marcomaiulini Todos los derechos reservados. Reproducido por gentileza del autor.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Tauromaquia zombi - José Vicente Ortuño


El zombi salió de su tumba vestido de luces y enrollado en un capote, tal como lo habían enterrado sus devotos seguidores. En su menguado intelecto, un poco superior al que había disfrutado en vida, sólo giraba una idea: regresar a la plaza y hacer la mejor faena de su vida. Aunque las calles eran un campo de batalla, llenas de cadáveres destrozados y coches en llamas, nadie lo detuvo. Entró a la plaza de toros. Las gradas, como se decía en el argot taurino, estaban llenas de zombis hasta la bandera. En el albero un toro intentaba cornear a los que se escondían tras los burladeros. A los que conseguía cornear los destripaba y pisoteaba sus restos, hasta convertirlos en pulpa que se fundía con la arena amarilla. El torero-zombi desplegó el capote, dispuesto a lucirse y matar al torote una certera estocada. Entonces el público lo ovacionaría y le concederían las dos orejas y el rabo, tras lo cual lo sacarían a hombros por la puerta grande. El toro-zombi observó al torero y lo reconoció, era aquel humano que lo había torturado clavándole en el lomo repetidas veces unos objetos cortantes, que había provocado muchísimo dolor. Luego él había empitonado al humano y le había sacado las tripas. Había disfrutado devolviéndole el dolor que le había inflingido. Luego otro humano vestido de verde lo había matado a él con un objeto que sonaba como un trueno. Sin embargo, ahora estaba vivo, ambos estaban vivos de nuevo, y la escena parecía que iba a repetirse otra vez.
La figura renqueante desplegó el capote y citó al toro: —¡Eh, toro! ¡Eh! El toro-zombi sintió el impulso irrefrenable de embestir contra aquel trapo de color rojo, pero los recuerdos de la agónica tortura que había sufrido le hicieron contenerse un instante.—¡Eh, toro! ¡Eh! —repetía el torero haciendo oscilar el capote, que lo tentaba con sus movimientos hipnóticos. El toro-zombi embistió. Sin embargo, cuando el torero se hizo a un lado para engañarlo, no siguió la tela roja, sino que continuó derecho hacia el torero, embistió con todas sus fuerzas y le clavó un cuerno por debajo de la barbilla. El pitón le atravesó el cráneo y la montera, pero era tal la fuerza de la embestida que le arrancó la cabeza. Los miles de zombis que llenaban las gradas aullaron y aplaudieron enardecidos, mientras el toro-zombi daba la vuelta al ruedo luciendo su trofeo ensartado en el asta.

http://grupoheliconia.blogspot.com/2010/11/jose-vicente-ortuno.html

sábado, 4 de diciembre de 2010

Un final es un final - José Vicente Ortuño

Un chirrido de bisagras oxidadas precedió a una corriente de aire gélido. La vela que iluminaba el escritorio se apagó. El hombre dejó la pluma y fue a cerrar la ventana. El viento gélido lo azotó con el olor putrefacto del bosque. Cerró la ventana y observó la oscuridad a través de los cristales. Imaginó ser el protagonista de su novela y ver los ojos de la bestia mirándolo desde la tenebrosa negrura. Escuchó su respiración, un jadeo largo y ronco como el de un enorme fuelle. Incluso percibió su olor acre, mezcla de sudor animal, sangre de sus víctimas y carne descompuesta. Se estremeció. Aseguró las contraventanas y se giró. Allí estaba la bestia, con los ojos inyectados en sangre y las fauces babeando ante el festín que le esperaba. Es un buen final para mi novela, pensó el novelista.