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lunes, 22 de agosto de 2011

Cuatro piedras, dos porterías - Isabel Mª González



Para Kimal el fútbol es algo más que un juego. Cuando corre con el balón entre sus pies, regateando a sus contrarios uno a uno, se siente fuerte: su autoestima crece hasta el infinito. En esos 90 minutos no hay límites, ni hambre, ni guerra, ni miedo. Nota su fuerza y su habilidad olvidando el dolor de sus pies descalzos en cada chute, el escozor de sus rodillas heridas en cada caida.

En aquel improvisado campo de tierra de todas las tardes los capitanes eligen equipo. El primero en elegir se lleva a Kimal consigo sabiendo que, de ese modo, su equipo ganará el partido.

En los atardeceres del Sudáfrica, diez muchachos sin zapatos sueñan con goles y aplausos, con copas de papel, con unas botas de fútbol.

viernes, 19 de agosto de 2011

La otra - Isabel Mª González


Estimados lectores, creo que ha llegado el momento de descubriros mi gran secreto.
Todo empezó un buen día en el que me dirigí al espejo decidida a enfrentarme con mi reflejo definitivamente. Llevaba bastante tiempo esquivándolo, ignorando las llamaditas que me hacía cada día cuando me acercaba a él en las horas del aseo. Yo le conocía bien y sabía que no era un reflejo como los demás, que no le bastaba con informarme objetivamente acerca de mi aspecto físico, del paso del tiempo y de alguna que otra mueca enquistada ya en mis gestos. Este no, este tenía que ser profundo y desalmado, preguntarme de dónde vengo y adónde voy, qué quiero hacer con mi vida y que si voy a conformarme con ésto o con lo otro, etc. Ya me había hecho algo parecido en el pasado, llevándome sus reflexiones a algunas decisiones poco afortunadas, así que ya no era miedo lo que le tenía sino que le había perdido del todo el respeto.
Era un 27 de noviembre y acababa de cumplir 49 años, uno de esos días grises y otoñales por fuera y por dentro. Me coloqué frente a él con chulería y a sus preguntas, respondí que quería dedicarme a escribir, pero que no estaba dispuesta a cambiar mi vida demasiado. No soportaría la fama y la popularidad de mis éxitos, concurso por aquí, certamen por allá, ... Así que esta vez fui yo quién le hizo una propuesta : Yo escribiría tranquilamente lo que me apeteciese, sin normas, ni frases de comienzo establecidas, ni temas, y él se dedicaría a los concursos, las firmas de libros, las presentaciones, los premios...etc.
Y así fue. Han pasado siete meses y las dos escribimos por nuestra cuenta y riesgo. Ella vive en Madrid, yo en Barcelona, ambas hemos llegado a tener entidad propia sin interferencias. Tan sólo de vez en cuando se produce alguna que otra confusión, seguimos compartiendo el nombre. Mi casa es ahora una casa sin espejos.
Os cuento esta breve historia para que sepáis que no era yo la Isabel González que firmaba libros en el stand 107 de la Feria del libro de Madrid de 2010 como escritora seleccionada para la antología de Clara Obligado "Por favor sea breve 2": Era "Ella", “ La Otra”.

miércoles, 17 de agosto de 2011

El placer de leerte - Isabel Mª González



Siempre me tienta empezar por tus finales. Ya sabes que soy bastante urgente. Avanza tu relato perfecto y coherente, pausado pero intenso, conquistándome. ¡Como me gustan tus previas! Cómo me enciendes. No entiendo cómo, conociéndote, pulsas siempre el detonador cuando menos me lo espero, y medio muero combustiéndome entre el placer de las deflagraciones y la frustración de que se acaben tus minificciones.

martes, 31 de mayo de 2011

Entre dos mundos - Isabel Mª González


No sé como llamar la atención de Isabel cuando está ahí dentro con toda esa gente. Hoy no para de hablar con la familia de un tal Ignasi Raventòs, todos llenos de piercings y tatuajes, pesados a más no poder con sus charlas de tinta y sus agujeros anímicos.
Ya no sé que hacer. He utilizado todos los recursos que estaban a mi alcance: fui sigilosamente hasta su habitación y conseguí la zapatilla prohibida, la rosa, la que provoca en ella esos aspavientos tan divertidos persiguiéndome por toda la casa con ese "no" tan familiar que ella piensa que me perturba y a mí me resulta tan motivador.
Después fui al lavabo y me traje ese otro objeto que provoca idéntica respuesta en ella, un objeto cilíndrico hueco y marrón que no sabe a nada pero que se destroza apetitosamente y se deshace en mi boca.
—¡Noooooooooooo!, ¡eso no! —me ha pillado.
Ha cerrado las puertas de los objetos prohibidos. Cuando esas puertas se abren, por olvido, claro, se abre el cielo.
Mi ama sigue tecleando. Es un ruido agradable que a veces me hace conciliar el sueño pero otras me exaspera y me aburre soberanamente, como ahora.
Por fin se han ido los cuatro visitantes pirograbados. Es la mía, ahora no hay nadie. Entro, me acerco a ella, nada. No lo entiendo. ¿Habrá dejado de quererme?
—¿Qué pasa chico? ¡Mi chicorrote! —mi cola es la primera en alegrarse, gira como las aspas de un molino—. ¡Está contento mi chico! —salto, me acaricia, me estiro, me retuerzo, me levanto, le pongo mi pata en la suya , le saco exageradamente la lengua, abro mis ojos todo lo que puedo.
—¡Y cómo le gusta que lo acaricien! —ya he hecho todo lo que sé hacer, porque lo de ladrar no procede. Por fin regresó. ¡¡Esta es mi ama!! Ahora seguro que me lleva al parque. Lo hace siempre que remuerde la conciencia y se siente culpable de haber estado tanto tiempo fuera.
—Vamos Dex, chiquitín, vamos al parque.