Lo había encumbrado a lo más alto de las artes y de las letras la forma más pura de expresión del sentimiento, la poesía sin palabras, de la cual él era maestro y apóstol y yo ferviente admirador. Dispuso los folios inmaculados en el atril y dio comienzo a la lectura muda de sus versos no escritos. Al final del recital, tras tres cuartos de hora de vívidas emociones provocadas por lo que de sus silentes labios nunca llegó a salir, los asistentes no pudimos reprimir los aplausos, sinceros, sentidos y entusiasmados. Yo lo hice con los brazos cruzados sobre el pecho, otros prefirieron hacerlo con las manos en los bolsillos. También vi a un par de espectadores con las manos detrás de la espalda en la primera fila. El silencio de la espontánea ovación fue atronador. Los más descarados (no diré los más arrebatados porque todos estábamos subyugados por lo que no habíamos escuchado) nos acercamos a la tarima para que nos firmase su antología. Quise que me la dedicara personalmente y por eso silencié mi nombre. Yo mismo le ofrecí para ello el bolígrafo sin tinta que siempre llevaba en el bolsillo interior de mi americana. Escribió una rima, muy breve, deslizándolo con pausa por la primera página de su libro en blanco y sin título. Me devolvió el poemario y el bolígrafo sin decir nada, lógicamente. La belleza de la dedicatoria que no acerté a leer me hizo llorar, arrobado. Ninguna lágrima cayó de mis ojos secos y conmovidos.
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lunes, 29 de agosto de 2011
domingo, 17 de julio de 2011
Comida de trabajo - David Vivancos Apelluz
Hace tiempo que dejé de ir a comer con mis compañeros al bar del juzgado para hacerlo en mi despacho. Aunque sus platos difícilmente habrían satisfecho las expectativas del gourmet más exigente, sería injusto achacar mi decisión a la calidad de lo servido: de hecho, también había ido allí algún domingo con los niños. Mi elección tampoco guardaba relación con la crisis, ya que sus precios eran razonables. Fue fruto de la casualidad, supongo. No recuerdo cómo probé mi primer expediente pero sí su agradable sabor en mi paladar. Devoré providencias y papel timbrado con fruición desde ese día hasta la mañana en la que el juez entró en mi despacho alertado por los muchos documentos que últimamente se habían, digamos, traspapelado. Innecesario fue improvisar una excusa plausible: mis carrillos hinchados de celulosa me delataron. Dejó sobre mi escritorio una apelación particularmente incómoda. Ya sabe qué hacer con ella, dijo.
Imagen: Abstract land, de Amyandromain en deviantArt
domingo, 29 de mayo de 2011
Historia del jazz, volumen 3 - David Vivancos Allepuz

Leo en el suplemento dominical de un periódico de gran tirada que, en contra de lo que todo el mundo creía, Jim Morrison sigue vivo. El músico posa sonriente en la imagen que ilustra el reportaje con uno de esos imposibles trajes blancos que lucía cuando actuaba en los casinos de Las Vegas, medio de espaldas, de modo que se puede apreciar en todo su esplendor el águila de pedrería de la capita. Según informa el rotativo, el músico vive en un destartalado pesquero varado en una playa de Almuñécar y declara llevar una vida tranquila, sin excesos, y no añorar para nada la fama de la que gozó a finales de los años sesenta. Reconoce, eso sí, haberse animado a interpretar, como solía hacer entonces, el himno de los Estados Unidos tocando la guitarra con los dientes en alguna que otra juerga flamenca organizada por los gitanos en la playa. Ni una sola mención sobre cómo logró sobrevivir a los cinco tiros que le descerrajaron frente a la puerta del edificio Dakota.
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