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martes, 4 de octubre de 2011

Mudanza - Anna Rossell Ibern


De su nueva ubicación le sorprendía el eterno silencio, roto sólo por esporádicos golpes de martillo y algún ruido poco duradero de pico y pala trabajando la tierra. Después reinaba otra vez la calma más absoluta, a pesar de la elevada densidad de población. Aún no había podido acostumbrarse a ello desde que había muerto.


miércoles, 17 de agosto de 2011

La expulsión del Edén - Anna Rossell


Inconsciente, arrastrado por las olas a la playa, se imaginó en recogimiento místico implorando la salvación de su alma. Por su mente pasó la película de su vida, una temática recurrente que seguía azotando a su raza, la historia que contaban los griots. La maldición les perseguía a través de los siglos. El largo brazo del Dios bíblico castigaba así a la primera pareja. Él les regaló un cálido paraíso, un estímulo válido, y ellos osaron desobedecerle. Ahora sus costumbres degenerarían: adorarían iconos, atravesarían los cartílagos de su nariz, su entorno devendría pestífero y cáustico, serían deportados en sórdidas embarcaciones en condiciones pésimas, tratados a golpe de látigo, vivirían bajo mínimos, se establecería entre los humanos un vínculo desigual y bárbaro, serían pasto del dolor, su muerte no sería rápida. Así el pueblo maldito erró sobre la tierra: eran los vástagos de Adán y Eva, de piel de ébano.

domingo, 14 de agosto de 2011

Cosas de niños - Anna Rossell Ibern


“¡No te pongas así, es sólo un castillo de arena!”, dijo el padre al ver el desconsuelo del niño cuando la ola invadió la construcción y la arrasó.
El agua se había llevado su ilusión, pero esto el padre no lo sabía. Era ...un adulto.

Sobre la autora: Anna Rosell Ibern

Imagen: ii, de ploomikook

lunes, 1 de agosto de 2011

Edición, seleccionar, cortar, pegar - Anna Rossell Ibern


El anunciado debate parlamentario había suscitado enorme interés en todo el país. Cierto que el resultado de la votación era algo más que previsible. Ahí no se esperaba sorpresa alguna. En este sentido se trataba de una sesión rutinaria. Pero el tema revestía la trascendencia suficiente como para despertar grandes expectativas entre aquel sector morboso de la ciudadanía aficionada a seguir de cerca los posicionamientos políticos de los partidos y las peripecias retóricas de los diputados.
Insólitamente, aquel día las intervenciones estaban siendo, casi sin excepción, de una calidad inusual. ¿Existían los milagros? Sin embargo esto no fue nada comparado con la impresión que causaron entre parlamentarios y telespectadores las palabras del presidente del partido conservador, a quien se vio palidecer por momentos ante las cámaras, abrumado por su propio texto, repentinamente trasgresor e incoherente. Después de balbucir un final torpemente improvisado, el mandatario abandonó el estrado, evidentemente azorado, entre socarrones comentarios y risas de la oposición y la perplejidad dibujada en las caras de sus correligionarios.
Lejos de allí alguien se abalanzaba como loco sobre el ordenador de su despacho para comprobar lo que ya era más que una sospecha, y cayó fulminado sobre su silla cuando vio que, efectivamente, al componer los textos había intercambiado, por error, párrafos de archivos distintos. No quería ni pensar el revuelo que se armaría en el congreso cuando el respectivo contrincante leyera su intervención.

miércoles, 27 de julio de 2011

Buena noticia - Anna Rossell


El Consejo estaba reunido para escuchar con mística atención el informe del jefe de la expedición:
“Procrean por estímulo de cálidos vínculos emocionales, su cuerpo es un amasijo de huesos, nervios, músculos y cartílagos, su color es más o menos pálido o de ébano, han desarrollado una tecnología de rápido crecimiento que les hace pasar horas ante pantallas pobladas de iconos –por ello se sienten como Dios, son arrogantes, pero no se respetan lo más mínimo-: a menudo viven en condiciones pésimas y sórdidas, tratan a su entorno de modo bárbaro, sus ríos son pestíferos, sus cáusticas ciudades están cubiertas de una densa película de niebla y compensan su maltrato con parques temáticos, legan a sus vástagos esta tendencia evolutiva, que llaman “progreso”. La previsión era válida: no hay nada que temer; su civilización se autodestruirá en breve. Nunca alcanzarán nuestro planeta.”

martes, 5 de julio de 2011

¡Oh, Casandra! - Anna Rossell Ibern


Aunque parecía sórdida ficción, la temática de la vieja película había sido una premonición; el vínculo con la realidad era bárbaro. Pero la advertencia no sirvió de estímulo a la criatura que se consideraba la imagen de Dios en la Tierra: el rápido calentamiento de la tierra había provocado drásticos cambios medioambientales y en las especies animales, algunas se habían extinguido. Sólo eran válidas para las cáusticas condiciones de vida las que habían desarrollado un cartílago protector sobre su cálida piel, las posibilidades de supervivencia eran mínimas, hasta los bosques de ébano –la madera más noble- se habían convertido en lugares pestíferos, de aire pésimo. Sobre la tierra quedaban sólo algunas tribus de primitivas costumbres que adoraban iconos con místico fervor y flagelaban con látigo a todo aquél que vulnerara la Sagrada Ley de la Naturaleza. Eran los últimos vástagos humanos.

jueves, 9 de junio de 2011

El valor de la ortografía - Anna Rossell Ibern


Le estaba muy agradecido a su colega mexicana por haberle ofrecido su casa mientras tuviera que quedarse en la ciudad. No era mucho tiempo, sólo el mes que duraba el seminario que debía dar en la universidad como profesor invitado. No tener que buscar alojamiento le ahorraba muchos problemas. Además estaría solo, a sus anchas. Su condición de fumador empedernido le planteaba a menudo serias dificultades de convivencia. Era una suerte que ella hubiera tenido que ausentarse por cuestiones de trabajo precisamente en las mismas fechas. Antes de emprender el viaje se habían escrito un par de correos. Él le había preguntado si tenía que ocuparse de algo a su llegada y ella le había contestado escuetamente: “No, abra la llave del gas. Anteayer detecté un grave problema y la cerré, pero ya llamé a la compañía”. Siguiendo a pies juntillas estas instrucciones, eso fue lo primero y lo último que hizo apenas hubo entrado y dejado la maleta en el recibidor. La explosión causó graves daños en todo el vecindario. Con las prisas ella había escrito una coma de más en su correo. La coma lo mató. Sin embargo ella insiste en que fue el tabaco.

martes, 7 de junio de 2011

Sexo oral - Anna Rossell Ibern


Le habían encargado que escribiera un texto breve, una historia de sexo con alienígenas. Al autor de la idea la propuesta debió de parecerle luminosa, un reto para la imaginación que sólo sabrían desarrollar los superdotados. Sin embargo a mí me parece de lo más común: ¿no podría considerarse algo así como un coito entre un extraterrestre y un alienígena el momento en que un mosquito introduce su aparato bucal en la piel de un humano? ¿Por qué, si no, casi todos los afectados, llegado el clímax, exclaman con vehemencia “¡joder!”?

Anna Rossell Ibern

El místico masoquista - Anna Rossell Ibern



Era vástago de una familia honorable, pero necesitaba estímulos bárbaros para excitarse. La última sesión de sexo duro en aquél pésimo, sórdido y pestífero antro le había provocado la inflamación del cartílago. En un movimiento rápido del látigo su cáustica compañera de jueguecitos lo había dejado fuera de combate. Como siempre, después le había invadido un profundo sentimiento de vergüenza; sentía vivamente su vínculo con Dios, que no admitía aquellas fantasías sexuales. Como siempre, después necesitaba congraciarse urgentemente con Él. Confiaba en que la bondad de su cálido Dios aceptara un gesto mínimo de su parte. El dolor de la rodilla le impedía andar. Encendió el ordenador, pinchó sobre el icono “Favoritos” y se dispuso a ver “Ébano”, una película de temática mística.

Anna Rossell Ibern

martes, 31 de mayo de 2011

Enfermedad crónica - Anna Rossell Ibern


Abrió y cerró la puerta tras de sí. El cuerpo encogido, casi acurrucado, en un rincón sombrío del comedor y la mirada de espanto de su mujer le revelaron que el terror la había vuelto a poseer, como sucedía tan a menudo desde hacía años. Los episodios de pánico habían empezado en seguida, casi inmediatamente después de casarse, y eran cada vez más frecuentes. Él seguía queriéndola, pero debía reconocer que aquella enfermedad había alterado sustancialmente su relación. Ella se había convertido en un ser asustadizo e inútil, no hacía nada del derecho y él tenía que soportar aquella carga que ya empezaba a pesarle demasiado. Sintió un golpe seco y contundente en la nuca y se desplomó como un saco. En la ambulancia, camino del hospital, retumbaba en su cabeza la voz cargada de odio de su hija: “¡Nunca más volverás a ponerle una mano encima! ¡Nunca más volverás a maltratarla! ¡Nunca!”

martes, 24 de mayo de 2011

La ventana indiscreta - Anna Rossell Ibern


El insomnio crónico que padecía lo había convertido en un lector compulsivo. Una vez más, amaneció cabeceando, sentado junto a la ventana con el libro caído en el regazo. En el piso de enfrente un hombre le mirab ...a con ojos ansiosos mientras levantaba con brusquedad la persiana del dormitorio. Le impresionó aquella mueca de pánico y se preguntó quién sería aquel individuo que acababa de mudarse al barrio. Se vistió y, como todas las mañanas, bajó a desayunar al café de la esquina. En la calle vio que el portón de la casa de delante estaba sólo entornado y entró. Frente al panel de los buzones calculó cuál sería el del nuevo inquilino: A. Monterroso, leyó en el del tercero primera. Entonces comprendió.


Anna Rosell

jueves, 19 de mayo de 2011

Desencuentro - Anna Rossell Ibern


La muerte de Agustina había devuelto a Doña Francisca a su pueblo, del que había partido hacía cuarenta y tres años. Se había jurado a sí misma no volver jamás. Desde entonces se había negado a saber nada de su hermana, con la que había roto definitivamente. Sin embargo, la llamada que le anunció el óbito no la dejó indiferente. A pesar de todo, la desaparición de Agustina reclamaba su presencia en la última despedida. Sólo se preguntaba si tendría fuerzas para volver a ver a Jaime, su cuñado, el amor que su hermana le había arrebatado y a cuyo recuerdo ella se había entregado para siempre. Cuando el taxi se detuvo ante la iglesia, los vecinos estaban ya congregados para el responso, a la espera de la llegada del féretro. Nadie pareció reconocer a Francisca, que se colocó discretamente en un rincón. Pero el cura, que al verla entrar había quedado aturdido, no pudo oficiar la misa. A Mosén Jaime hubo que ingresarle de urgencia por infarto.

domingo, 15 de mayo de 2011

El orate visionario – Anna Rossel Ibern


Le llamaban “El orate visionario”. No había nacido allí. Había llegado al pueblo de pequeño, con una tía suya, que había tenido que tomarlo a su cargo cuando se quedó huérfano. Nadie sabía a ciencia cierta qué edad tenía Pedro, nadie había cruzado nunca una palabra con él. Pedro no hablaba. Sólo decía “mamá”. Deambulaba por las calles sin rumbo fijo, echaba a correr de pronto sin motivo alguno y se agazapaba detrás de un matorral o se metía en un portal como para resguardarse de un grave peligro. El apodo de visionario le venía por la expresión que adoptaban a veces sus ojos cuando se detenía de repente y se quedaba mirando a un punto fijo, aterrorizado, temblando y petrificado al mismo tiempo. Ni las burlas ni los empujones de los chiquillos conseguían sacarle de aquel ensimismamiento, que sólo se rompía cuando su tía acudía a rescatarle y se lo llevaba a casa cogido de la mano. “Mamá, mamá”, decía entonces con voz entrecortada.
Así transcurría su vida desde los cuatro años, cuando su padre degolló a su madre en su presencia y se descerrajó después un tiro en la sien.

© Anna Rossell
http://annarossell.blogspot.com/

Anna Rossell