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martes, 12 de julio de 2011

Raifutblú - Alex Jamieson Barreiro


Fue en el cumpleaños de Chapa que quedamos así. A mí siempre me pareció medio raro el jueguito ese pero acepté como para salir de la rutina. Cada vez que nos juntábamos terminábamos jugando al truco, al escrabel y esas cosas de mesa. El tema es que Chapa se lo compró en uno de sus viajes y todavía no lo había estrenado, siendo la cumpleañera no podíamos negarnos. Que ninguno hablara inglés no fue excusa porque ella nos iba traduciendo: “fut, pie”, “red, rojo”, “rai, derecha” y así.

En un momento me tocó raifutblú y como no veía ningún círculo azul se me ocurrió apoyarlo en la camisa de Quique, que era azulina. A Vero le pasó algo parecido pero con la mano izquierda y cuando nos tocó mover de nuevo no vimos lo que habíamos apoyado. Vero me susurró “che, no sé dónde dejé la mano y no la veo” y yo le dije que usara la otra, total nadie se iba a dar cuenta de tan enquilombados que estábamos. Leandro se quejó en voz alta de que no encontraba su pie izquierdo, que supuestamente lo había dejado en la remera verde de Vero.Lo peor fue cuando me tocó de nuevo mover el raifutblú, no me quise dar por vencida aunque lo sentía como atrapado en algo tibio y húmedo. Ahí fue que Quique se quejó de que le estaba moviendo demasiado las vertebras y que por qué no dejaba el raifutblú quietito. Justo en ese momento a Chapa le tocó “jed, ielou”. Lo único amarillo era mi blusa. Y acá estoy, doctor, con la cabeza de Chapa adentro del estómago y el pie en la columna de Quique. A Vero no la ubicamos pero la oímos. Una preguntita, ¿usted es el traumatólogo o el cirujano?


Alexandra Jamieson Barreiro

miércoles, 9 de febrero de 2011

Sandalias de charol - Alex Jamieson


Subí al colectivo y elegí un asiento de uno. Ahí estaban. A mi derecha, cerca de la ventanilla. Hermosas. Negras. De taco alto. Charoladas y con hebilla dorada. Perfectas. Los pies que las calzaban no tanto. Eran unos pies ajados, marchitos, que nunca hubieran podido lucirlas ni caminar con gracia en ellas. Noté que hablaban animadamente con las zapatillas de al lado. Pensé que iban juntos y hubiera jurado que eran abuela y nieto. Me sorprendió mucho que las zapatillas de pronto se acercaran a la puerta para tocar el timbre, dejando a las sandalias sin saludarlas con el apego esperable de aquel parentesco. Me bajé del colectivo convencida de que las sandalias sólo viajaban en colectivo para calmar la soledad. Esas sandalias sólo evitaban que aquellos pies cumplieran con su función básica de sostenimiento. Sólo les permitían participar de una charla en posición de descanso. Perfectas para charlar.