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sábado, 8 de octubre de 2011

Las sillas - Alejandro Hugo González


En mi living hay seis sillas. Una de ellas, irrevocablemente, acarrea la muerte de quien la ocupe.
El problema es que en esto no hay certezas: la condición letal transmigra día a día de una a otra silla. Nunca es posible saber exactamente cuáles serán las cinco inofensivas, cuál la que alivie de la existencia a un nuevo amigo.
Desde hace años he optado por ubicarme en un sofá. Mis amigos, escépticos o arriesgados, se sientan prolijamente en torno a la gran mesa y charlan mientras todos esperamos.
La muerte nunca es súbita; siempre es inevitable. Cuando uno de ellos empieza a transpirar, todos sabemos ya quién morirá. A veces la agonía dura algunos segundos; otras, un día entero.
Así hemos ido pasando nuestras vidas, disfrutando de esta costumbre inhabitual. El número de mis amistades, que solía ser casi ilimitado, ha ido mermando considerablemente con el tiempo.
Me produce una razonable desazón imaginar el día en que haya quedado solo y deba, por lo tanto, dar mi propio espectáculo ante mí: showman y espectador en uno solo. Pero más me preocupa una posibilidad: no acertar con la silla que me dará la muerte.
Y es mucho peor que la vida y que la muerte imaginarme girando hora tras hora en esa especie de infierno circular.

jueves, 7 de abril de 2011

La última voluntad - Alejandro Hugo González


Se sentaron sobre mí e interrogaron a mi marido cortés pero largamente. Nuestra relación, las últimas palabras que habíamos cruzado, sus más ínfimos movimientos tras mi desaparición. Él mintió, por supuesto: qué iba a hacer. Y ya se retiraban, exhaustos y deprimidos, cuando un débil quejido, fruto de mi última voluntad, la de justicia, les advirtió que mi cuerpo estaba allí, prolijamente embutido en el sofá.

Alejandro Hugo González

Imagen: El grito, Edward Munch.

lunes, 4 de abril de 2011

Las razones del cuerpo - Alejandro Hugo González


Nunca le habían gustado las manos de su esposa. Pero eso no tenía que ver con ella: era tierna, bellísima, adorable. Inclusive podría haberse dicho, si no hubiera sonado tan ridículo, que él tenía miedo de aquellas manos. Pero se trataba de ellas; a su esposa la amaba con todo su corazón.
Y fueron precisamente aquellas manos las que una noche de invierno lo estrangularon, mientras su esposa, desesperada, atrás, gemía:
—Te amo, querido; te amo tanto como jamás podrás imaginar. Pero tu cuello, ay, tu maldito cuello...

martes, 29 de marzo de 2011

Saber lo que se quiere - Alejandro Hugo González


Siendo niño siempre le preguntaban qué quería ser cuando fuera grande. Y él siempre respondía:
—Asesino.
Sus padres sonreían, divertidos. Las visitas reían, un poco incómodas, y a veces se despedían enseguida.
Poco a poco llegó a ser un contador de fama no pequeña, padre de cinco hijos y respetado miembro de la comunidad. Sin embargo, de vez en cuando miraba con tristeza el fuego del hogar y confiaba a alguno de sus pocos amigos íntimos:
—Este es el resultado de no contradecir los deseos de los niños. Si mis padres alguna vez hubieran querido inducirme por la fuerza a ser médico, ingeniero o -incluso- contador ahora yo sería un asesino maravilloso, y no esta porquería que todos pueden ver.
Decía esto mirando como en sueños el cuello de su amigo, la suave piel del cuello, donde empieza la nuca, con sus pelitos.

Imagen: Leave a Trace, de Vampyeress en deviantArt