lunes, 14 de marzo de 2011

Visiones - Javier López


Quizá fuera el sol implacable. Quizá el agotamiento de tantos días en alerta, vigilante...
Marco se sentía cansado, algo mareado, con la mente un poco confusa. Fumaba un cigarrillo en la cubierta agitada por el oleaje. De manera algo vaga y como si fueran dibujos a los que le faltara un buen perfilado en tinta, recordó un episodio de su niñez. Aquel día de campo, niños y balón de fútbol, en el que se llevó el susto de su vida cuando la pelota cayó por un pequeño barranco. Al ir a buscarla, justo cuando la encontró y fue a tomarla entre sus manos, vio que no estaba solo. Una culebra custodiaba la pelota, y él se llevó en la mano izquierda el recuerdo del encuentro. Una mordedura y una experiencia aterradora que no iba a olvidar jamás.
Cuando por fin estuvo en casa, no sin antes haber pasado por una clínica de urgencias, Marco tuvo pensamientos que ahora sólo podía explicarse bajo la lógica de un niño de ocho años de la década de los sesenta.
Como todos los días, en los informativos pasaban imágenes de la guerra de Vietnam. Y Marco contemplaba incrédulo las tormentas de fuego con las que los americanos quemaban los bosques, aunque él no supo entonces que esas llamas no sólo iban dirigidas contra los árboles y las plantas, sino también contra los seres humanos. De hecho, entonces no llegaba a entender dónde estaba Vietnam ni tenía consciencia clara de quiénes eran "los americanos". Sólo sabía que vivían muy lejos.
Con la mordedura reciente, a Marco se le ocurrió que las autoridades, con ese poder y esa fuerza bruta que veía cada día en imágenes, no habían caído aún en la cuenta. Porque no podía ser otra cosa que dejadez u olvido el no haber detectado el problema. ¿Cómo podíamos compartir nosotros, seres humanos dominadores del planeta, nuestro espacio con las alimañas? Cuando las cosechas eran afectadas por plagas, se rociaban los campos con productos para acabar con ellas. Entonces, ¿cómo las autoridades permitían la existencia de serpientes, arañas, escorpiones, y toda esa clase de bichos que estropeaban a menudo la paz de sus días de campo?. "Nadie ha pensado antes en eso", resonaba en su mente infantil creyendo que acababa de hacer un gran descubrimiento. Los ayuntamientos, los gobiernos, los ejércitos... ¿cómo no se habían planteado nunca limpiar los océanos, los bosques, las playas, los parques, los ríos, de toda clase de animales peligrosos? Le vinieron a la mente tiburones, leones, tigres, hienas, avispas, cocodrilos, mosquitos, víboras, lobos, serpientes, osos... ¿de veras nadie había pensado aún en acabar con ellos y hacer del mundo un lugar más seguro y tranquilo para los hombres, y sobre todo para los niños? Luego lo pensó mejor. Los tigres, los leones y los osos eran hermosos. Quizá habría que conservar algunos ejemplares en zoológicos para que pudiéramos verlos, fotografiarlos, y pudieran seguir apareciendo en los libros de texto de la escuela.
El sol estaba ahora en lo más alto. Le dolía la cabeza, sentía algo de vértigo al rememorar aquellos pensamientos infantiles.
Por la megafonía del Rainbow Warrior II se alertó a los tripulantes de que el ballenero japonés trataba de embestirlos. Marco miró la proa del buque que se aproximaba hacia ellos. Vio armas en cubierta.

Sobre el autor: Javier López

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